Capítulo 3 — Mateo #3
Sentado en aquel banco, bajo la misma luna que había presenciado nuestro primer beso años atrás, repasé mentalmente todo el camino recorrido desde aquella primera reunión lluviosa en el centro social de Vallecas: el proyecto de Sierra Gorda, las crisis superadas juntos, el crecimiento mutuo que habíamos experimentado, y ahora esta nueva etapa incierta que estábamos a punto de comenzar.
Le envié un último mensaje a Valentina antes de levantarme de aquel banco por última vez en mucho tiempo: "Estoy en nuestro banco del Retiro, despidiéndome de este lugar tan importante para nosotros.
Pase lo que pase, siempre va a ser el lugar donde todo lo verdaderamente importante entre nosotros comenzó a tomar forma. "
Su respuesta, llegada apenas unos minutos después, resumía bien la esperanza compartida que ambos intentábamos sostener en medio de tanta incertidumbre: "Y será también el lugar donde, algún día, celebremos nuestro reencuentro, estoy segura de ello."
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Aquella última semana en Madrid, antes de mi partida definitiva, decidí también organizar una pequeña cena de agradecimiento para todos los profesores de la ETSAM que habían influido significativamente en mi formación, más allá de Iris Moreno, incluyendo a varios docentes que habían mostrado un apoyo genuino durante distintas etapas de mi carrera universitaria.
—Vuestra dedicación ha sido fundamental para todo lo que he conseguido, tanto académicamente como en mi próxima incorporación a Rehberg & Asociados —les dije, durante aquella cena de agradecimiento—.
Espero poder representar dignamente, en mi nueva etapa profesional, todo lo que me habéis enseñado durante estos años.
Aquella cena, aunque modesta en su planteamiento, representó un cierre significativo de mi etapa universitaria, permitiéndome expresar formalmente la gratitud que sentía hacia toda la estructura académica que había hecho posible mi propia trayectoria de crecimiento profesional, desde aquel primer año de incertidumbre hasta la consolidación de una carrera que ahora me llevaba hacia uno de los estudios más prestigiosos de Europa.
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Aquella cena de agradecimiento a los profesores de la ETSAM incluyó también un momento especial en que Iris Moreno, en representación de todo el claustro presente, me entregó un pequeño reconocimiento simbólico: un diploma honorífico que la propia escuela había decidido otorgarme por mi contribución excepcional a los proyectos de arquitectura social desarrollados durante mis años de formación.
—Esto no es un título oficial, Mateo, pero representa el reconocimiento genuino de toda la comunidad académica hacia tu trabajo excepcional —me explicó Iris Moreno, entregándome aquel diploma con una ceremonia sencilla pero profundamente significativa—.
Pocos estudiantes dejan un legado tan tangible como el que tú dejas en esta escuela, con Sierra Gorda, con el proyecto de vivienda para extutelados, con tu ejemplo constante de compromiso social genuino.
Aquel reconocimiento inesperado, el broche final perfecto para cerrar mi etapa universitaria, se convirtió en otro de los objetos preciados que llevaría conmigo hacia Berlín, un símbolo tangible de todo el camino recorrido y de todo el impacto genuino que había conseguido generar durante mis años de formación en aquella escuela que me había visto crecer, tanto profesional como personalmente.
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Aquel diploma honorífico de la ETSAM, colgado con orgullo en la pared de mi nuevo apartamento en Berlín apenas unos días después de mi llegada, se convirtió en un recordatorio visual constante de todo el camino recorrido, cada vez que dudaba, en los momentos más solitarios de aquella adaptación inicial, de si había tomado la decisión correcta al aceptar aquella oportunidad tan extraordinaria pero también tan exigente en términos personales.
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Aquel diploma honorífico, sumado a todas las demás despedidas y reconocimientos recibidos durante aquella última semana en Madrid, confirmó una vez más la magnitud del capítulo vital que estaba a punto de cerrar, un capítulo lleno de crecimiento, de aprendizaje, y de conexiones genuinas que perdurarían mucho más allá de la distancia geográfica que estaba a punto de separarme temporalmente de todo lo que había construido durante casi cuatro años de vida universitaria tan transformadora.
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Aquella última noche en Madrid, mientras terminaba de hacer las maletas, revisé una última vez el pequeño baúl de recuerdos que había ido acumulando a lo largo de mis años universitarios: fotografías, entradas de conciertos, notas de Valentina, el dibujo de Nayara, y ahora también aquel diploma honorífico de la ETSAM, todos objetos que, juntos, contaban la historia completa de mi propia transformación personal durante aquella etapa tan significativa de mi vida.
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Aquel baúl de recuerdos, cuidadosamente empaquetado entre mis pertenencias más importantes, viajaría conmigo hasta Berlín como un recordatorio tangible de que, independientemente de la magnitud del cambio que estaba a punto de emprender, la historia completa de mi propia transformación personal durante aquellos años universitarios permanecería siempre conmigo, formando parte integral de la identidad profesional y personal que llevaría hacia aquella nueva etapa de mi vida.