El precipicio (Dos mundos 4) Capítulo 3 — Mateo #2
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Capítulo 3 — Mateo #2

—Mateo, ¿recuerdas cuando estuviste en Berlín de prácticas, esos tres meses? —me preguntó, mientras cenábamos juntos una noche—. Vuestra relación sobrevivió a esa distancia, e incluso se fortaleció, según me contaste en su momento. ¿Por qué esta vez sería tan distinto?

—Porque esta vez sería permanente, Lucía, no temporal. Y eso cambia completamente la naturaleza del reto.

—Quizás. O quizás la clave no está tanto en si es temporal o permanente, sino en si ambos seguís comprometidos genuinamente a hacer que funcione, sea cual sea la duración real de la distancia.

Aquella reflexión de mi hermana, ofreciendo una perspectiva que distinguía entre la naturaleza objetiva de la distancia y el compromiso subjetivo de ambas partes para sostenerla, me ayudó a replantear mi propia manera de abordar la decisión, entendiendo que quizás la pregunta relevante no era únicamente "temporal o permanente", sino "estamos ambos dispuestos a comprometernos activamente a hacer que esto funcione, sea cual sea su duración final".

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Mi madre, además de la conversación reveladora sobre su propia experiencia en su matrimonio con mi padre, compartió también conmigo, durante los días finales antes de mi partida, una reflexión práctica sobre cómo mantener viva una relación a distancia, basada en la experiencia de varias compañeras suyas del hospital cuyos propios hijos habían enfrentado situaciones similares.

—He hablado con algunas compañeras del trabajo, hijo, cuyos hijos también han tenido que sostener relaciones a distancia por motivos profesionales —me comentó, mientras preparaba mi maleta juntos—.

Lo que más funciona, según ellas, es establecer rituales concretos: una llamada a la misma hora cada día, visitas planificadas con antelación, proyectos compartidos que podáis desarrollar juntos aunque estéis en países distintos.

—¿Proyectos compartidos, mamá? ¿Como qué?

—No sé, algo que os mantenga conectados más allá de la simple conversación.

Quizás podríais retomar aquel proyecto imaginario del que me hablasteis una vez, "Puentes", ¿no era así como lo llamabais?

Podríais empezar a desarrollarlo de manera más concreta, aunque sea a distancia, como una manera de mantener vivo un objetivo compartido más allá de la simple relación sentimental cotidiana.

Aquella sugerencia de mi madre, práctica y creativa a partes iguales, se quedó grabada como una posible estrategia a implementar una vez llegara a Berlín, ofreciéndome una perspectiva adicional sobre cómo sostener, de manera activa y concreta, la relación con Valentina más allá de las simples llamadas telefónicas cotidianas.

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Bruno, en una conversación final antes de mi partida, compartió también conmigo su propia reflexión sobre cómo había cambiado, a lo largo de los años, su percepción inicial sobre la viabilidad de mi relación con Valentina, ofreciéndome una perspectiva sobre la solidez de lo que habíamos construido juntos que me ayudó a afrontar con mayor confianza la incertidumbre del futuro inmediato.

—¿Recuerdas cuando te advertí, al principio de todo esto, que vuestros mundos no estaban hechos para encajar?

—me preguntó, mientras terminábamos de cargar las últimas cajas en el coche que me llevaría al aeropuerto—.

Llevo cuatro años viéndoos demostrar que estaba completamente equivocado.

Habéis superado ultimátums, humillaciones sociales, crisis de todo tipo.

Esta distancia, por difícil que sea, es solo un obstáculo más en una lista ya bastante larga de dificultades que habéis conseguido superar juntos.

—Gracias, Bruno. Necesitaba escuchar eso justo ahora.

—Solo digo la verdad, tío. Confía en lo que habéis construido. Si ha sobrevivido a todo lo demás, tiene toda la capacidad de sobrevivir también a esto, aunque el camino no sea sencillo ni inmediato.

Aquella reflexión final de Bruno, cargada de una confianza que contrastaba con su escepticismo inicial de años atrás, se convirtió en un recordatorio valioso durante el vuelo hacia Berlín, reforzando mi determinación de mantener viva la esperanza sobre el futuro de mi relación con Valentina, independientemente de las complicaciones inmediatas que ambos enfrentábamos.

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Renata, en una última conversación antes de mi partida definitiva, compartió también conmigo una reflexión sobre cómo su propia amistad con Valentina había evolucionado a lo largo de los años gracias a mi propia presencia en la vida de ambas, ofreciéndome una perspectiva sobre el impacto duradero que nuestra relación había tenido más allá de nosotros dos mismos.

—¿Sabes, Mateo? Antes de conocerte, Valentina y yo teníamos una amistad bastante superficial, centrada en eventos sociales y en cotilleos sin mucha sustancia —me confesó, durante aquella última conversación—.

Verla crecer y madurar a través de su relación contigo ha profundizado también nuestra propia amistad, dándonos temas de conversación mucho más significativos que los que solíamos compartir antes.

—Me alegra saber que mi relación con Valentina ha tenido ese efecto positivo también en tu amistad con ella, Renata.

—Ha sido un regalo inesperado, la verdad. Y quiero que sepas que, pase lo que pase con vuestra relación sentimental, siempre voy a estarte agradecida por el impacto positivo que has tenido en la vida de mi mejor amiga, y por extensión, en la mía propia.

Aquella reflexión final de Renata, revelando una dimensión de nuestro impacto conjunto que no había considerado plenamente hasta entonces, me ofreció una perspectiva adicional sobre la magnitud de las conexiones genuinas que Valentina y yo habíamos generado a nuestro alrededor a lo largo de casi cuatro años de relación, conexiones que trascendían ampliamente nuestra propia historia de amor individual.

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Aquella última noche en Madrid, antes de mi vuelo hacia Berlín, decidí también dar un último paseo por el Retiro, visitando nuestro banco habitual una vez más, en solitario esta vez, para despedirme simbólicamente de aquel lugar que había sido testigo de tantos momentos importantes de mi relación con Valentina a lo largo de los años.