El precio del apellido 16. El almacén vacío
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16. El almacén vacío

El almacén vacío

El día de la entrega no hubo entrega completa.

Parte del equipo ya se había retirado conforme al inventario.

Lo demás quedó sujeto a nuevas condiciones, reclamaciones y cuentas que los representantes de ambas partes tendrían que resolver.

Los compradores no asumieron las rutas en los términos que Esteban había previsto.

Algunas pasaron a otras empresas; otras se perdieron antes de que alguien pudiera negociarlas.

Los empleados lo supieron por Inés, no por un mensaje de madrugada.

Los reunió junto al muelle donde antes esperaban los camiones. No había sillas para todos. Ada permaneció de pie con una carpeta bajo el brazo.

Nicolás se quedó a un lado.

Su hermana había escrito lo que necesitaba decir. La primera vez que lo leyó, la noche anterior, parecía una circular. Lo rompió y empezó de nuevo.

—La operación de la compañía termina —dijo—. La venta no va a dar continuidad a los empleos como esperábamos. Las entrevistas que estaban señaladas no son contratos. Voy a entregarles por escrito lo que está confirmado y lo que todavía no podemos pagar.

Un hombre levantó la mano antes de que terminara.

—¿Y los días que nos deben?

Inés consultó la hoja.

—Aquí tengo el cálculo individual. Vamos a revisarlo con cada uno.

—El cálculo lo tenemos hace rato. Pregunté por el dinero.

Ella bajó la hoja.

—No está todo disponible hoy.

El hombre soltó una risa seca y se apartó del grupo. Nadie intentó hacerlo volver.

Una mujer preguntó por los documentos de su seguro. Otro quiso saber si podía retirar las herramientas que había comprado. Ada anotó los nombres. Inés respondió lo que sabía y dejó escrito lo que tenía que comprobar.

No habló de sacrificios de la familia. Tampoco mencionó las ayudas que Esteban había dado a empleados durante décadas.

Cuando alguien preguntó si el cierre tenía que ver con Mateo Cruz, Inés miró a Nicolás y después volvió hacia el grupo.

—Se están investigando hechos relacionados con su desaparición y con los documentos de la compañía —dijo—. Se entregaron registros. No puedo contarles una conclusión que no me corresponde dar.

—¿Ustedes sabían? —preguntó la misma persona.

Inés tardó un momento.

—Yo respondí por lo que sabía y por lo que hice. Voy a seguir haciéndolo.

La respuesta no calmó al grupo. Nicolás comprendió que no estaba hecha para eso.

* * *

Después ayudó a despejar el espacio de los casilleros.

Un empleado al que recordaba desde su adolescencia lo miró mientras levantaban un banco.

—Tú eras el que se iba a quedar con esto.

—Eso decía mi padre.

—A mí me dijo que tú no querías trabajar.

Nicolás sostuvo el banco hasta que el hombre pudiera cambiar la mano de sitio.

—Trabajaba —respondió—. Pero no hacía todo lo que tenía que hacer.

El hombre lo miró sin decidir si aquello merecía otra pregunta. Llevaron el banco hasta la puerta y lo dejaron entre dos cajas.

Unos metros más allá, Ada revisaba un sobre con una empleada. La mujer señaló una cifra y Ada la corrigió delante de ella. Cada error parecía ahora una discusión posible sobre años enteros de confianza.

Inés llegó con el teléfono en la mano.

—No va a sobrar para repartir —le dijo a Nicolás.

Él asintió.

Su participación, la herencia de la empresa, la cantidad que había calculado antes del velorio: todo acababa de adquirir la forma de un saldo que podía no existir.

Todavía habría que vender activos, resolver deudas, discutir las partidas de Ramiro y atender reclamaciones. Nadie había terminado de contar.

—¿Cuánto tenemos que poner? —preguntó.

Inés lo miró.

—No te voy a pedir que firmes otra cosa sin explicártela.

Nicolás aceptó la respuesta.

* * *

Ramiro no entró al almacén.

Su vehículo apareció al otro lado del portón poco antes de las tres. Se quedó allí varios minutos. Nicolás lo vio desde el lugar donde guardaban la máquina de agua y sintió el impulso de salir.

Todavía había preguntas. Quién decidió retener a Mateo. Qué hizo Félix. Cuándo supo Esteban que el hombre había muerto. Por qué anotaron pagos a Ana que nadie podía acreditar. Ramiro podía responder algunas y mentir sobre las demás.

Nicolás dejó el vaso sobre la máquina.

Su tío llamó.

Él contestó.

—¿Tú también vas a decirme que hable con un abogado? —preguntó Ramiro.

Nicolás miró hacia el portón.

—Voy a decirte que no voy a negociar lo que ya entregué.

—No te he ofrecido negociar nada.

—Entonces dime para qué llamas.

Hubo una pausa.

—Para que sepas que yo no me quedé con lo de esa mujer.

Nicolás apretó el teléfono.

—Hay gente revisándolo. Díselo a ellos.

—Tú ya decidiste lo que soy.

Un empleado pasó cargando una caja con sus zapatos de trabajo.

—Sé lo que hiciste con algunos papeles —respondió Nicolás—. Lo demás se tendrá que aclarar con lo que haya.

Ramiro no volvió a mencionar la oferta. Colgó.

El vehículo permaneció un momento más frente al almacén y se fue.

Nicolás lo siguió con la vista hasta que dejó de verlo. Había imaginado durante días que negarse a su tío tendría una forma más evidente: un enfrentamiento, una frase que pudiera recordar como el instante de la ruptura. En cambio, tenía un vaso usado y dos cajas que aún debía mover.

Las movió.

* * *

Al atardecer llegó una actualización sobre la propiedad.

Las gestiones iniciadas días antes habían permitido que los investigadores accedieran al terreno por la vía correspondiente. Habían localizado restos humanos. No había una identificación confirmada y no se podía afirmar todavía a quién pertenecían.

Nicolás no recibió la noticia primero.

Lucía le envió un mensaje después de ser informada.

Encontraron restos. Todavía no saben. No me llames ahora.

Él leyó el texto con la mano apoyada en una estantería vacía.

Se lo mostró a Inés sin reenviarlo a nadie más. Su hermana dejó de cerrar la caja que tenía delante. Ada preguntó si estaba bien y ella respondió que necesitaba sentarse.

Nicolás salió al estacionamiento. El espacio de Esteban seguía vacío. La placa torcida se había aflojado más y uno de los tornillos colgaba fuera del agujero.

No la arrancó.

Se sentó en el borde de la acera, lejos del carro, y esperó a poder volver adentro.

* * *

La última persona en salir fue Ada.

Llevaba su taza envuelta en una bolsa y una caja pequeña con plantas de plástico, fotografías y una botella de medicina. Inés le ofreció llevarla a su casa. Ada dijo que su hijo venía a buscarla.

—Mañana voy a llamar por lo pendiente —dijo.

—Está bien.

—No quiero que me digas que tenga paciencia porque te conozco desde chiquita.

Inés bajó la cabeza y volvió a levantarla.

—No te lo voy a pedir.

Ada asintió. Abrazó a Nicolás de lado, con una mano todavía ocupada por la taza. A Inés no la abrazó. Le entregó la llave de su escritorio y esperó afuera.

Nicolás ayudó a su hermana a cerrar las ventanas. Comprobaron la puerta del archivo, ahora vacío y con el traslado documentado. Después apagaron los interruptores del pasillo.

Inés se quedó frente a la oficina de Esteban.

—No sé trabajar en otro sitio —dijo.

Nicolás la miró. Durante años había entendido aquella permanencia como una ventaja que ella eligió mientras él salía a aprender a vivir. Ahora veía también lo que le había costado no salir.

—Tendrás que aprender —respondió.

Ella asintió sin agradecerle que no la tranquilizara.

Salieron juntos.

El reloj sin cristal quedó colgado sobre despacho. Nicolás no se había fijado en la hora hasta entonces.

Estaba detenido.