El precio del apellido 15. Antes de declarar
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15. Antes de declarar

Antes de declarar

Nicolás llevó dos camisas en el carro.

La primera era la que usaba para visitar clientes. La segunda, blanca, seguía colgada detrás del asiento del acompañante desde el velorio. Había pensado ponérsela antes de llegar y después se sintió ridículo: ninguna prenda iba a modificar lo que tenía que decir.

Entró con la camisa del trabajo.

Mena lo esperaba en una sala pequeña. Sobre la mesa había una copia de su relación de hechos, las fotografías numeradas y una lista de los originales aportados. El abogado no había corregido su voz. Había marcado preguntas donde Nicolás usaba palabras demasiado amplias.

—Aquí escribió que lo apartaron —dijo—. ¿Vio que alguien apartara a Mateo de algún lugar?

—No. Me dijeron que no lo dejara pasar a la oficina.

—Entonces diga eso.

Nicolás miró la línea siguiente.

Había escrito que Ramiro lo hizo firmar.

La leyó antes de que Mena se la señalara.

—Me dio el documento. Me dijo que yo era el encargado. Yo firmé.

El abogado hizo una marca al margen.

No era una forma de dejar a Ramiro fuera. Era una forma de impedir que la decisión de Nicolás desapareciera dentro de un verbo.

Repasaron las fechas del apartamento. Nicolás explicó que el contrato fijaba una entrada dieciocho días después de la desaparición, pero que el cheque para sus gastos se depositó más tarde. No quería seguir hablando de todo aquello como si hubiese recibido una sola ayuda en una sola tarde.

También corrigió la hora de un recuerdo. No podía asegurar que había llegado a ver el apartamento antes de las dos; sabía que la agente tenía otra cita y que él había firmado en el almacén por la mañana. Conservaba el mensaje de confirmación de la visita, no una constancia de su llegada.

Mena dejó ambas cosas anotadas.

—¿Cree que esto basta? —preguntó Nicolás.

—Basta para que usted deje de omitir lo que sabe. El alcance de cada prueba lo van a examinar con otras.

Él asintió.

Había esperado algo más tranquilizador, aunque sabía que no tenía derecho a comprarlo dentro de aquella consulta.

* * *

Teresa llegó con Inés.

No entrarían juntos a contar una misma versión. Su madre tenía que explicar la carta no entregada y la carpeta guardada durante años. Inés debía responder por sus propios documentos y por las gestiones del archivo. Cada una había recibido asesoramiento separado antes de acudir.

En el pasillo, Teresa llevaba una bolsa de tela con agua y un paquete de galletas. Le ofreció una a Nicolás. Él aceptó y se quedó con ella en la mano.

—No sé cómo se dice esto —murmuró su madre.

Inés apoyó el bolso entre los pies.

—Como nos lo dijiste.

Teresa negó con la cabeza.

—A ustedes les dejé cosas fuera.

Nicolás la miró.

Su madre tenía los ojos en la puerta de la sala. No estaba pidiendo instrucciones para que aquello saliera bien. Estaba avisando que la conversación familiar tampoco era un lugar donde hubiera contado todo de una vez.

—Entonces empieza antes —dijo él.

Cuando lo llamaron, dejó la galleta envuelta sobre la bolsa de su madre.

Las primeras preguntas fueron sencillas: nombre, edad, relación con la compañía.

Después le pidieron que describiera sus funciones once años atrás.

Nicolás explicó que su padre lo presentaba como encargado aunque muchas decisiones las tomaba Ramiro.

Se ocupaba de documentos, asistencias y cambios de servicio.

A veces firmaba sin comprobar lo que tenía delante.

No usó la palabra siempre. Tampoco la palabra nunca.

Al llegar a Mateo contó el encuentro fuera de la oficina, la orden de esperar y la firma. Le preguntaron por qué entendió que se trataba de una revisión y qué significaba que no volvería a ruta hasta dejar aquello aclarado.

—Entendí que querían que aceptara unas diferencias de dinero —respondió.

—¿Usted sabía si esas diferencias eran reales?

—No.

—¿Lo comprobó?

—No.

La pregunta sobre Ana llegó después.

Nicolás describió el portón, el teléfono al que había bajado la vista y a Ramiro saliendo a hablar con ella. No sabía qué se dijeron. No podía asegurar la fecha exacta; recordaba que aún estaba recogiendo sus cosas del almacén.

Después explicó lo que recibió para marcharse y entregó los documentos correspondientes. Alguien anotó las cantidades. Él miró su nombre escrito sobre la mesa y no intentó convertir aquel dinero en un regalo separado de todo lo que estaban examinando.

La entrevista no terminó con una conclusión sobre su inocencia. Terminó con páginas que debía leer, precisiones que debía comprobar y la advertencia de que podrían volver a llamarlo.

Leyó despacio. Corrigió una palabra que hacía parecer que había oído una amenaza directa contra Mateo. Lo que había oído era una condición sobre su regreso a la ruta. No quiso exagerarla para que los demás entendieran la gravedad de lo ocurrido.

Cuando firmó, miró por primera vez cada renglón anterior a su nombre.

* * *

Lucía esperaba afuera cuando él salió.

No había ido a verlo. Su abogada estaba con ella y llevaba otra carpeta. Se encontraron junto a una máquina de bebidas, en un espacio demasiado estrecho para fingir que no se habían visto.

—Ya entregué lo mío —dijo Nicolás.

Lucía asintió.

—También mi madre —añadió él.

Ella miró hacia el pasillo sin acercarse.

—Ernesto habló —dijo.

Nicolás sostuvo la carpeta contra el costado.

—Me avisó que iba a hacerlo.

Lucía sacó una hoja doblada de su bolso.

—Quiso que yo tuviera esto. Lo escribió para mí después de declarar. Me dijo que podías leerlo.

Era un relato breve, distinto del registro del portón.

Ernesto había ido con Ramiro a la propiedad para recoger la guagua de servicio.

Allí vio a Mateo sentado en el suelo del cobertizo, apoyado contra la pared.

No respondió cuando le habló. Félix estaba cerca del camión doce.

Ramiro dijo que Mateo se había puesto mal y que había que terminar de devolver los vehículos.

Ernesto escribió que debió pedir ayuda. No había visto golpes ni sabía a qué hora murió Mateo. Había salido con la guagua; al volver al almacén encontró la unidad doce y completó la hora que Ramiro le indicó. Félix había regresado con el camión, según le dijo él mismo después.

La última línea estaba escrita con más presión que las otras.

No puedo decir que no vi a tu papá. Lo vi y me fui.

Nicolás devolvió la hoja.

Lucía la dobló por las mismas marcas.

—No me ha pedido que lo perdone —dijo.

Él negó con la cabeza.

—Yo tampoco voy a hacerlo.

Lucía guardó el papel.

—Eso no hace que sea más fácil.

Nicolás dejó pasar unos segundos antes de contestar.

—Lo sé.

Esta vez no quiso decir que entendía su pérdida. Quiso decir que no iba a esperar que ella premiara la forma en que él aceptaba una consecuencia.

La abogada de Lucía regresó desde la entrada y le hizo una señal. Ella se despidió con un movimiento breve de la cabeza.

Nicolás volvió al pasillo.

Su madre salía en ese momento con Inés. Teresa no lloraba. Tenía el rostro pálido y llevaba la bolsa de tela apretada contra el pecho.

—¿Nos vamos? —preguntó.

Él tomó sus llaves.

Antes de salir se acercó a la mesa donde había dejado la galleta. Seguía allí, dentro de la bolsa. La guardó sin abrir.