14. Ninguna copia basta
Ninguna copia basta
La computadora de Inés pidió una contraseña que ella no conocía.
Probó dos veces antes de llamar al técnico que atendía la red. El hombre le dijo que el acceso remoto había sido suspendido por una instrucción de administración. No había borrado nada. Necesitaba que aclararan quién podía autorizar el servicio antes de volver a tocarlo.
—Yo soy administración —respondió Inés.
El técnico guardó silencio.
—La instrucción llegó por Ramiro. Hablen ustedes y me dicen.
Inés dejó el teléfono sobre el escritorio. Había pasado la noche enviándose correos que sabía que debía conservar. No había terminado. En el servidor quedaban mensajes, estados mensuales y archivos de años enteros que no cabían en lo que ella había seleccionado para revisar.
Nicolás llegó mientras su hermana intentaba localizar al contador.
—No me deja entrar —dijo ella, señalando la pantalla.
Él se acercó, pero no probó contraseñas.
—¿Los papeles?
—Apartados. Ada hizo una lista conmigo.
En el almacén había un camión que Nicolás no reconocía. Dos hombres cargaban sillas y un ventilador industrial. Un tercero empujaba una plataforma con cajas de cartón.
Inés se puso de pie.
—Esas no.
El hombre detuvo la plataforma.
—Son de lo que se descarta.
—¿Quién te dijo?
Él señaló una hoja sobre la primera caja.
Tenía el membrete de la compañía y la firma de Ramiro. La descripción decía archivo viejo sin utilidad. No había una relación de las cajas.
Inés retiró la hoja y pidió que dejaran todo contra la pared. El hombre protestó porque cobraban por viaje.
—Anota el tiempo —respondió ella—. Yo no autorizo que salga esto.
Nicolás leyó las etiquetas. Una caja contenía manuales de equipos vendidos.
Otra, recibos de ruta. En la tercera había documentos de personal.
No era una selección exclusiva de pruebas sobre Mateo.
Era peor de una forma menos ordenada: un mismo rótulo volvía prescindible lo que a alguien le convenía no mirar.
—Tenemos fotografías de muchas cosas —dijo él.
Inés se volvió.
—No de todo.
La frase lo obligó a apartarse. Había pensado en las imágenes de su teléfono como en un respaldo de la historia entera.
Ada llegó con su libreta y reconoció dos de las cajas.
—Estas estaban detrás de la escalera.
—¿Quién las movió? —preguntó Inés.
—Yo ayer. Para que pudieran sacar el gabinete. No para botarlas.
Inés llamó a la persona que la asesoraba en la liquidación.
Explicó lo del acceso y las cajas, y pidió que constara su oposición al descarte.
Después se comunicó con el contador y con el técnico.
No solicitó que entregaran datos por fuera de sus autorizaciones: pidió que conservaran lo que tenían y que cualquier traslado se hiciera identificado.
Nicolás llamó a Mena. Los documentos aportados la noche anterior ya estaban en trámite de incorporación. El problema del archivo se añadió a la comunicación, con nombres y con el destino previsto de las cajas.
Nada de aquello hizo que el camión desapareciera ni que los compradores aceptaran un retraso sin costo.
Su representante llegó poco después de las once, con una lista del equipo que aún no podía retirar.
—Nos están cambiando las condiciones —dijo.
Inés lo recibió en la mesa de reuniones, delante de Nicolás.
—Les estamos pidiendo que el archivo no salga como descarte ni quede mezclado con sus bienes.
—Ya reservamos personal. Ya hay dinero adelantado. El local tenía una fecha.
—Lo sé.
El hombre dejó la lista sobre la mesa.
—Si no pueden entregar conforme a lo firmado, hay que revisar lo que sigue. Las rutas no se quedan esperando.
Inés miró hacia el almacén. Varios empleados trabajaban lo bastante cerca para oír que la conversación había dejado de ser una discusión sobre cajas.
—Entonces revísenlo con nuestros representantes —dijo—. No voy a liberar documentos sin identificar para no perder una fecha.
El hombre guardó la lista y salió a llamar por teléfono.
Cuando quedaron solos, Inés se apoyó en el borde de la mesa.
—Van a pedir que devolvamos parte del adelanto.
—¿Se puede?
—No entero. Se usó para pagar cosas.
Nicolás sintió una punzada de irritación contra su hermana. Había sido fácil pedirle que no autorizara pagos cuando él todavía imaginaba una cantidad apartada y disponible. Ahora había salarios, combustible, una deuda que no cuadraba y dinero que ya no estaba.
Inés pareció entender el cambio en su cara.
—No te voy a decir que se arregla —dijo.
Él asintió.
—¿Qué podemos hacer hoy?
* * *
Al mediodía la mesa de reuniones quedó cubierta de listas.
Ada anotó las cajas por su contenido visible, sin asignar fechas que no figuraban. Nicolás fotografió cada etiqueta y el estado en que se encontraba. Inés separó la correspondencia, las autorizaciones y los comprobantes de caja. Cuando dudaban, dejaban la duda escrita.
Un empleado de mantenimiento les trajo cinta adhesiva y les preguntó si había que detener también el desmontaje de las estanterías.
—Solo esa pared hasta terminar —respondió Inés—. Lo demás no depende del archivo.
No había espacio suficiente para guardar todo en la oficina.
Acordaron un traslado identificado a un lugar de custodia gestionado con sus representantes, pendiente de las instrucciones que correspondieran a la investigación.
Cada salida quedó anotada. Las primeras cajas no abandonaron el almacén hasta que hubo una persona responsable de recibirlas.
Nicolás encontró una carpeta con el nombre de Ramiro que no aparecía en las listas anteriores. La abrió lo justo para ver documentos de gastos y garantías personales.
—Esta también —dijo.
Inés leyó la etiqueta.
—Sí.
Más tarde apareció una con el nombre de Nicolás. Dentro estaban la cesión de su participación, su contrato y copias de las ayudas recibidas. La dejó sobre la misma pila.
Ada no hizo ningún comentario.
El técnico confirmó por escrito que conservaría los datos de que disponía y que no ejecutaría instrucciones contradictorias hasta que se aclararan las autorizaciones.
El contador entregó un inventario de sus propios archivos.
Las comunicaciones formales hicieron más difícil que una orden verbal pudiera presentarse después como un malentendido.
Ramiro no volvió al almacén ese día.
Llamó a Inés mientras cerraban la última caja. Ella puso el teléfono sobre la mesa, sin activar el altavoz, y escuchó.
—No —dijo al fin—. No retiré lo tuyo para quedarme con lo de papá. Se preserva todo.
Hubo una pausa.
—Mis correos también.
Colgó y apoyó ambas manos en la mesa.
Nicolás esperó a que respirara antes de hablar.
—¿Qué dijo?
Su hermana miró las cajas.
—Que después no diga que él no intentó evitarme esto.
Ada acercó la libreta para la última firma.
Inés la tomó y escribió su nombre completo.