17. Mateo Cruz
Mateo Cruz
La confirmación tardó cuatro meses.
Durante ese tiempo hubo llamadas, documentos por completar y días en que Nicolás miraba el teléfono sin haber recibido ninguna notificación.
La compañía dejó de operar, pero sus cuentas siguieron ocupando oficinas y conversaciones.
Su padre perdió el lugar de hombre generoso en algunos recuerdos y lo conservó en otros.
Las dos cosas sucedían en las mismas personas.
Lucía no le enviaba cada actualización.
Él sabía lo que le comunicaban por los cauces de la investigación y lo que necesitaba revisar con Mena. Había vuelto a declarar sobre un detalle de la mañana de la firma. También tuvo que identificar documentos y corregir una fecha que había aproximado en su primer relato.
No le sorprendió que la verdad necesitara correcciones. Le sorprendió cuántas veces había usado antes esa necesidad como motivo para no empezar.
El mensaje de Lucía llegó un martes, al final de su jornada.
Es mi papá. Ya lo confirmaron.
Nicolás estaba cerrando un cálculo de materiales. Había dejado en blanco la cantidad de tubos de una instalación porque no tenía la medida definitiva. Se quedó mirando esa casilla hasta que un compañero le preguntó si podía apagar el equipo.
—Un momento —respondió.
Escribió a Lucía: Recibí tu mensaje. No voy a llamar si no quieres .
Ella contestó una hora después.
Vamos a despedirlo el sábado. Puedes venir. Mi prima te manda el lugar. No traigas a Ramiro ni hables por nadie.
Nicolás leyó la invitación sin intentar encontrar en ella algo más que lo que decía.
Teresa le preguntó si podía acompañarlo. Él le explicó que no era una invitación para la familia Varela. Su madre aceptó que consultara, sin llamar por su cuenta ni pedir a otra persona que intercediera.
La respuesta de Lucía fue breve: prefería que Teresa no estuviera allí.
Nicolás se lo dijo sin suavizarlo.
Su madre asintió, sentada junto a la ventana de la casa que todavía estaba aprendiendo a mantener con menos dinero.
—No mandes flores a mi nombre —dijo.
—No iba a hacerlo.
Ella volvió a mirar hacia afuera.
Había contestado preguntas sobre los papeles y sostenido su declaración. No había recibido una respuesta de Lucía que pudiera interpretar como perdón. Nicolás empezaba a entender que podía seguir haciendo lo que le correspondía sin esperar una señal para saber cuándo había hecho suficiente.
* * *
El sábado llegó antes de la hora señalada.
La prima de Lucía lo recibió en la entrada. Se llamaba Nora y llevaba una libreta pequeña con los nombres de quienes habían ofrecido ayuda para las gestiones. Le indicó dónde sentarse y le pidió que dejara libre la primera fila.
No había una gran fotografía de estudio.
Sobre una mesa descansaba la misma imagen del camión que Nicolás había visto en la carpeta de la cafetería. Mateo, con los ojos entrecerrados, se protegía del sol mientras respondía a alguien fuera del encuadre.
Ahora podía verla entera.
A un lado aparecía parte de una neverita azul.
En la esquina inferior había una mano pequeña que intentaba entrar en la foto.
Era una imagen mucho más vieja que los últimos días de Mateo.
Nicolás lo comprendió al ver a Lucía junto a ella, comparando el marco con otra fotografía que Nora acababa de traer.
No todos sus recuerdos del almacén correspondían al año en que desapareció. La niña de la neverita había crecido hasta convertirse en una joven de diecinueve años mientras él seguía viéndola, cuando le convenía, como una presencia al margen de la vida de los adultos.
Lucía lo saludó con la cabeza.
Él ocupó una silla cerca de la puerta.
Llegaron antiguos compañeros de Mateo. Algunos miraron a Nicolás antes de decidir dónde sentarse. Uno pasó de largo y otro se acercó solo para decirle que debía responder cuando lo llamaran. Nicolás le contestó que lo haría.
Ernesto no llegó.
Nora recibió una llamada y salió a hablar. Al volver le entregó a Lucía un sobre que alguien había dejado con ella el día anterior. Lucía lo guardó en el bolso sin abrirlo allí.
Nicolás no preguntó de quién era.
La despedida no se convirtió en una relación del caso. Hubo espacio para el dolor que todos conocían, pero también para el hombre que no había vivido únicamente para desaparecer.
Un primo recordó que Mateo perdía a propósito las primeras manos de dominó para que los demás apostaran una comida.
Un compañero contó cómo detenía el camión para recoger una pieza caída aunque la entrega ya fuera tarde.
Nora habló de una receta que él nunca hacía igual porque decía que no se podía medir el hambre con una taza.
Algunos se rieron.
Nicolás bajó la mirada. Había pasado meses aprendiendo las horas del último recorrido de Mateo y no sabía nada de aquellas costumbres.
Cuando Lucía se levantó, llevaba dos hojas. Dejó una sobre la silla y conservó la otra.
—Había escrito lo que pasó después —dijo—. Lo de mamá. Las llamadas. Las cosas que tuvimos que dejar. No lo voy a quitar de lo que se está contando. Pero hoy quería leer esto.
Era una lista de recuerdos.
Mateo sabía quitar una astilla sin que ella mirara. Guardaba monedas en un frasco para comprarle zapatos. No podía arreglar una radio, pero abría todas antes de admitirlo. Los domingos se dormía a mitad de una película y después discutía el final como si lo hubiera visto.
Lucía se detuvo para beber agua.
—No sé cuál habría sido nuestra vida si hubiera vuelto esa noche —continuó—. Sé que tenía derecho a volver. Y que nosotros teníamos derecho a esperarlo sin que nos dijeran que dejó de querernos.
Nicolás apoyó los pies en el suelo y no se movió.
No había una frase que le correspondiera añadir.
* * *
Al salir, Nora pidió ayuda para llevar unas cajas al carro.
Nicolás tomó una y encontró dentro fotografías, un paño doblado y la neverita azul. El asa había sido reparada con un alambre cubierto de cinta.
La llevó sin ofrecerse a restaurarla.
Lucía se acercó cuando él ya había acomodado la caja.
—Mi mamá conservó hasta las cuentas que no podía pagar —dijo—. Yo estaba cansada de ver papeles cuando empecé a vaciar su cuarto. Pensé que llevaba demasiado tiempo viviendo entre lo que había guardado.
Nicolás esperó.
—No quiero que la historia termine diciendo que por fin pude pasar la página. No se hace así.
Él asintió.
—No voy a decirlo.
Lucía miró la caja.
—El taller quiere poner mi nombre en los servicios que hago. Antes firmaba todo el dueño. Voy a aceptar. También voy a terminar una certificación que dejé pendiente.
—¿Sigues con la misma camioneta?
—Hasta que aguante. Ahora el motor prende a la primera, por lo menos.
Por un momento, la conversación tuvo la forma de una vida que seguía requiriendo piezas, horarios y dinero. Nicolás no intentó convertir su continuidad en una victoria de la investigación.
—Gracias por avisarme —dijo.
Lucía cerró el portón trasero.
—Vas a tener que volver a contar lo que hiciste. Cuando te lo pidan.
—Sí.
Ella lo miró antes de subir.
—Eso es lo que necesito de ti.
Nicolás se quedó en la acera mientras Nora y Lucía terminaban de acomodar las cosas. No esperó un abrazo.
Cuando arrancaron, vio la neverita entre las cajas y las flores.
El nombre que llevaba escrito con marcador en un costado no era el de una empresa.
Era Mateo.