El precio del apellido 12. El favor
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12. El favor

El favor

Ernesto llamó a las siete de la mañana.

No saludó.

—No vuelvas a escribirle a Elena.

Nicolás se incorporó en la cama.

—Yo no le he escrito.

—Ramiro dice que andas preguntando por ella. Por el dinero que recibe.

—Hablé con él de los pagos. No he contactado a tu hija.

La respiración del hombre sonaba cerca del micrófono.

—Dice que, si empiezan a revisar todo, se paran las ayudas.

Nicolás apoyó los pies en el suelo. La primera idea que tuvo fue ofrecerse a resolverlo. No había calculado una cantidad; había sentido la necesidad de apartar aquel miedo para que Ernesto pudiera contestar sus preguntas.

Reconoció el mecanismo antes de abrir la boca.

—No puedo prometerte dinero —dijo—. Tampoco sé qué va a pasar con las cuentas. Lo que puedo hacer es poner a tu alcance el contacto de mi abogado para que busques orientación propia.

—Yo no tengo para eso.

—Podemos preguntar qué opciones hay sin que dependas de lo que Ramiro te diga.

Ernesto no contestó.

—¿Te amenazó? —preguntó Nicolás.

—Vino a recordarme las veces que se presentó cuando yo lo necesitaba.

Al fondo se oyó una puerta. El hombre bajó la voz.

—Yo sabía que iba a querer cobrarlo alguna vez. Pensé que mientras no hablara estaba saldado.

Nicolás miró el maletín junto al armario.

—A mí me está ofreciendo comprarme la parte de la compañía.

Ernesto soltó una risa sin aire.

—A ti te lo escribe en una hoja.

Nicolás aceptó el golpe.

Le explicó lo que ya había comunicado y le dijo que su nombre figuraba como origen de las afirmaciones que él había hecho. No había presentado como testimonio formal aquella conversación en las gradas. Había dicho quién se la contó.

—Quiero que lo sepas antes de que te llamen.

—Ya lo sabe todo el mundo menos mi hija —respondió Ernesto.

Colgó antes de que Nicolás pudiera preguntar qué quería hacer.

* * *

Ramiro fue al apartamento sin avisar.

Nicolás lo vio desde la ventana, junto al carro que debía reparar. Su tío levantó una mano y esperó a que él bajara. No tocó la bocina ni llamó a los vecinos.

Al llegar a la acera, Nicolás mantuvo el portón del edificio entre ambos.

—Tengo que salir a trabajar.

—Son cinco minutos.

Ramiro sostenía una carpeta de cartón.

—Inés dice que no va a autorizar los pagos. Que está consultando con otro contable. Los compradores no van a esperar a que ustedes terminen una auditoría de once años.

—No le puedes pedir que pague lo que no puede justificar.

—Yo puse dinero para que esa empresa siguiera abierta.

—Hay partidas que ya habían salido de caja.

Su tío miró la calle. Un camión de reparto se había detenido en doble fila frente al edificio vecino.

—Tu hermana tendrá que sentarse conmigo a cuadrarlas. A eso vine.

—Entonces habla con ella.

Ramiro acercó la carpeta al portón.

—También traje lo tuyo. Podemos resolver tu salida hoy y que dejes de gastar tiempo en esto.

Nicolás no la tomó.

—Ya busqué un abogado.

La mano de Ramiro permaneció un instante entre las barras.

—¿Para la venta?

—Para declarar lo que sé.

Su tío bajó la carpeta.

—¿Qué sabes tú que no supieras antes de que muriera tu padre?

Nicolás sintió el golpe de la pregunta en el pecho. Tenía que admitir una parte de ella sin aceptar la conclusión que Ramiro quería imponerle.

—Algunas cosas las sabía. Otras las encontré ahora.

—Y vas a mezclarlas para darle una explicación a una mujer que lleva media vida buscando a alguien.

—No voy a darle yo la explicación.

Un vecino salió del edificio. Nicolás se apartó para dejarlo pasar; Ramiro lo saludó y le sostuvo la puerta del carro hasta que entró.

Esperaron a que arrancara.

—Escúchame —dijo su tío—. Tu papá guardaba anotaciones de todo. No todas eran correctas. A veces apuntaba un pago y luego se cambiaba la forma de hacerlo. A veces me cargaba a mí lo que había puesto él. No puedes llevarte un papel y dejar el contexto.

—Por eso Inés quiere entregar los registros completos.

Ramiro apretó la carpeta contra el costado.

—Lo personal no tiene por qué salir de la familia.

—¿Los pagos de Ana eran personales?

—Eran una ayuda.

—¿Quién recibió los otros seiscientos?

Su tío dejó de mirar a la calle.

—No te voy a dar cuentas aquí de cada sobre que movimos.

—A ella tampoco se las dieron.

Ramiro se acercó un paso.

—Guarda lo de tu alquiler. Lo de tu mamá. Saca lo que sea de ustedes antes de que se lo lleven todo. Las relaciones viejas sin firmas no prueban nada y solo van a hacer daño. Esas se pueden quedar para descarte.

Nicolás miró la carpeta bajo el brazo de su tío.

—¿Eso es parte de la oferta?

—Eso es sentido común.

—¿Y la orden que firmé? ¿También?

Ramiro tardó en contestar.

—Tu padre guardó ese papel con cosas que tú no entiendes todavía.

Nicolás se quedó quieto.

—Dijiste que no sabías dónde estaba.

—Dije que había que buscarlo.

Su tío retrocedió y abrió la carpeta. Sacó la primera hoja y la sostuvo para que Nicolás viera la cantidad.

—Esto es una salida. Te estoy ofreciendo una salida antes de que no quede ninguna.

Nicolás pensó en la cuenta bancaria, en la nevera y en la tarjeta. Después miró los zapatos de Ramiro, limpios pese al polvo de la acera.

—No voy a venderte mi parte.

La frase no le produjo alivio.

Ramiro guardó la hoja.

—Pues tendrás que quedarte hasta el final.

Se alejó sin golpear el portón.

* * *

Nicolás contó la visita a su abogado y escribió lo que recordaba de las frases exactas. No podía grabar hacia atrás una conversación ni convertir la presencia de su vecino en un testigo de palabras que no había oído.

Después llamó a Inés.

Su hermana escuchó sin interrumpirlo.

—Voy a separar los archivos del inventario de los muebles —dijo—. Hoy mismo.

—No saques solo lo que nos conviene.

—No iba a hacerlo.

Él cerró los ojos.

—Lo sé. Te lo estoy diciendo para que me lo repitas a mí si hace falta.

Inés guardó silencio y luego le pidió que pasara por el almacén al salir del trabajo.

Ernesto llamó de nuevo a media tarde.

Su voz sonaba distinta. Había otra persona cerca.

—Se lo conté a Elena —dijo.

Nicolás esperó.

—No todo. Lo suficiente para que supiera por qué estaba sentado sin poder comer.

Una voz de mujer se oyó al fondo, demasiado baja para entender las palabras.

—Dice que no quiere seguir recibiendo un dinero que yo tenga que pagar así —añadió Ernesto.

Nicolás se apoyó en la pared del pasillo de su trabajo.

—¿Qué quieres hacer?

—Hablar con alguien que lo escriba como se debe. Y que no seas tú el que tenga que acordarse de lo que dije.

Nicolás le dio el contacto de Mena. Explicó que debía aclarar desde el principio que buscaba una representación independiente; el abogado de Nicolás podía orientarlo sobre a quién acudir, pero sus intereses no eran necesariamente los mismos.

Antes de colgar, Ernesto lo detuvo.

—La guagua estaba detrás del cobertizo. Había otro hombre con Ramiro.

Nicolás no hizo la siguiente pregunta. Ernesto estaba pidiendo precisamente dejar de responderle a él.

—Dilo allí —contestó.

Aquella noche, Teresa llamó mientras Nicolás guardaba las copias.

—Encontré otra cosa —dijo.

Él oyó un roce de papel cerca del teléfono.

—¿La encontraste ahora, mamá?

Teresa no respondió enseguida.

—No —dijo al fin—. Ahora decidí sacarla.