11. Una propiedad sin rótulo
Una propiedad sin rótulo
La factura era por una bomba de agua.
Llevaba el nombre del técnico, un teléfono y una dirección escrita en el espacio reservado al lugar del servicio. Debajo, con otra tinta, alguien había añadido: Portón verde. Llamar antes .
Inés encontró dos pagos anteriores al mismo técnico. En uno se mencionaba la reparación de un tanque; en el otro, un trabajo de electricidad en un cobertizo. Ninguno tenía relación con la ruta de un cliente.
—Se sigue pagando algo ahí —dijo.
Nicolás miró las fechas. La última factura era de siete meses atrás.
—¿A nombre de quién está el sitio?
—No lo sé todavía.
Su hermana abrió un cajón y sacó una libreta de contactos. El proveedor figuraba bajo mantenimiento, junto a los que reparaban las puertas del almacén. Inés llamó desde el teléfono de la oficina y se identificó.
Nicolás solo oyó su lado de la conversación.
—Estoy ordenando gastos antes de entregar el local. Necesito la copia completa de esta factura. Sí. La dirección también. ¿El mismo lugar de los años anteriores?
Escribió una indicación adicional en una hoja.
—No, no voy a mandar a nadie a trabajar. Solo quiero comprobar el archivo.
Cuando colgó, dejó el bolígrafo.
—Lo conoce como el patio de los Varela. Dice que siempre coordinó con Ramiro.
Nicolás miró por la ventana. Un empleado recogía tornillos del suelo con un imán sujeto a un palo.
—Voy a pasar por fuera.
Inés giró hacia él.
—¿Para qué?
—Para saber qué es.
—¿Y qué vas a hacer si está Ramiro?
Nicolás guardó la fotografía de la factura en su carpeta. No tenía una respuesta preparada.
—No voy a entrar.
Su hermana lo observó unos segundos.
—Dale esto también a quien te vaya a orientar. No esperes a tener resuelto el caso para hablar.
Él asintió.
Había conseguido una cita para esa tarde con un abogado recomendado por un compañero de trabajo.
Le había adelantado por teléfono que firmó un documento relacionado con la desaparición de un empleado y que estaba reuniendo papeles de la empresa familiar.
El abogado le pidió que llevara también lo que lo comprometía a él.
Nicolás había sentido una breve resistencia a la frase. Después entendió que necesitaba oírla antes de pagar por aquella conversación.
* * *
El camino hacia la propiedad empezaba detrás de un taller de bloques.
Nicolás llegó a la bifurcación y redujo la velocidad. El portón verde estaba al final de una entrada de tierra, a suficiente distancia para que no pudiera ver la casa desde la carretera. No había un letrero de Transportes Varela. Solo un número de metal y una cadena nueva sobre un cierre oxidado.
Avanzó hasta un ensanche donde cabía apartarse sin bloquear el paso.
Detrás del portón vio el techo bajo de un cobertizo y la esquina de un tanque de agua. Más allá había árboles, un terreno en pendiente y una estructura que pudo haber sido una oficina. No vio camiones.
Sacó el teléfono para comparar el número con la factura.
Era el mismo.
La aplicación de mensajes mostraba la conversación con Ernesto. Nicolás había escrito dos veces desde el encuentro en las gradas. No había recibido respuesta.
Le envió la fotografía de la factura, ocultando los datos personales del técnico.
¿Fue aquí donde recogiste la guagua?
Dejó el teléfono sobre el asiento.
Podía acercarse a la cadena. Podía intentar mirar por un lateral. Había visto a personas hacerlo para comprar una casa, para reconocer un terreno, por curiosidad. Durante unos segundos quiso llamar a aquello de alguna de esas formas.
Luego pensó en Ernesto diciendo que no había llevado a Mateo. En el silencio del hombre cuando le preguntó si lo había visto allí.
Permaneció dentro del carro.
Un vehículo apareció detrás de él y redujo la velocidad para pasar. Nicolás lo dejó alejarse. No vio quién conducía y no intentó atribuirle una intención.
Tomó una fotografía desde donde estaba y anotó la hora. Después regresó a la carretera.
El teléfono vibró cuando llevaba varios minutos conduciendo. No lo miró hasta llegar a una gasolinera.
No entres , decía Ernesto.
Nicolás sintió que la piel se le enfriaba bajo la camisa.
Lo llamó.
El hombre no contestó.
Nicolás escribió: Ya me fui. Necesito saber por qué me dices eso .
La segunda respuesta tardó.
Porque yo entré.
* * *
El abogado tenía una oficina pequeña y una mesa sin fotografías familiares. Se llamaba Daniel Mena. Escuchó a Nicolás sin interrumpirlo durante los primeros diez minutos; después empezó a preguntar por fechas y por el origen de cada documento.
No le dijo que había hecho bien ni que aquello bastaría para demostrar nada.
—¿Qué originales tiene usted ahora?
Nicolás puso sobre la mesa la funda de la carta de Mateo. Teresa se la había entregado para presentarla con su consentimiento. De los demás papeles llevaba copias. Los registros del almacén permanecían con Inés; Lucía conservaba la copia de la autorización que guardó Ana.
—Necesito que me separe lo que vio de lo que le contaron —dijo Mena.
Nicolás sacó su relación de los hechos.
—Empecé a hacerlo.
El abogado leyó la primera página y le pidió que explicara la diferencia entre no haber leído un nombre y saber a quién se refería la gestión. Nicolás contestó sin buscar una palabra más favorable.
Después mostró la factura, la fotografía del portón y los mensajes de Ernesto.
Mena dejó de pasar las hojas.
—¿Hay alguien allí ahora?
—No lo sé.
—¿Usted entró?
—No.
El abogado hizo una anotación y explicó los siguientes pasos de su representación. No podía garantizarle un resultado ni una calificación para su firma. La desaparición, los documentos y la posible localización tenían que comunicarse; la investigación tendría que determinar lo demás.
Nicolás llamó a Lucía al salir. Le contó que había buscado asesoramiento y que iba a aportar lo que tenía. Le envió la dirección de la propiedad y las imágenes relacionadas con Ernesto.
—Ya hablé con mi abogada —respondió ella—. Voy a llevar la carpeta mañana. Dile al tuyo quién es para que sepan que existe lo mismo en dos sitios.
Le dio el nombre y un contacto profesional. Nicolás los anotó.
—¿Vas a llevar a tu mamá? —preguntó Lucía.
—Si acepta hablar. Yo voy a explicar cómo me dio la carta aunque ella no vaya.
Lucía guardó silencio.
—La mía ya no puede —dijo al fin.
Nicolás no respondió con una promesa. Había agotado el derecho a usar una promesa donde todavía solo tenía trabajo por hacer.
Esa noche se documentó la comunicación inicial de los hechos por medio de su abogado.
Nicolás entregó copias de la factura, las imágenes del registro y los mensajes; el original de la carta quedó identificado para su incorporación formal.
Conservó los comprobantes que le dieron y se fue con menos papeles de los que había llevado.
No había un grupo de vehículos esperando para ir al portón. No hubo una llamada anunciando que todo estaba resuelto. Había preguntas pendientes, una gestión iniciada y un hombre que por fin había dejado de ser el único destinatario de sus propios hallazgos.
Al llegar a su apartamento recibió un mensaje de Ernesto.
Ramiro vino hoy a verme. ¿Le dijiste que hablamos?
Nicolás se sentó en el borde de la cama antes de contestar.