10. Inventario de pérdidas
Inventario de pérdidas
Inés puso dos sobres sobre la mesa de reuniones.
Uno contenía las copias enviadas por el contador. El otro, las cuentas que Ramiro había llevado para preparar el pago de las deudas antes de la entrega del almacén. Había añadido un separador amarillo a una de las carpetas.
Nicolás llegó con veinte minutos de retraso. Había pedido permiso para salir de la visita de su trabajo y tuvo que quedarse hasta que un técnico comprobara una medida.
Su hermana no le reprochó la hora.
—Siéntate.
Ada estaba junto a la ventana. Había traído su taza, pero no bebía. Del almacén subía el sonido de una herramienta cortando los pernos de una estantería.
Inés sacó primero dos comprobantes de entrega y los puso uno junto al otro.
—Esto es de lo que hablaba Mateo en la carta.
El primero coincidía con una de sus rutas. El segundo tenía otra numeración, un recargo por espera y el mismo nombre de conductor. La mercancía y la firma del cliente eran idénticas hasta en una mancha junto al sello.
—Es una copia del mismo recibo —dijo Nicolás.
—Pero se presentó como otro servicio. El contador encontró el cobro en la cuenta. No puedo decirte todavía quién preparó el duplicado.
Le mostró un tercer documento. Allí la empresa reclamaba a Mateo unas diferencias relacionadas con aquella mercancía.
—Al cliente le cobraban otra vez y al chofer le ponían un faltante —dijo él.
—En estos documentos aparece eso. Falta revisar los demás viajes. Hay ajustes que pueden tener otra explicación, y hay firmas que tendremos que identificar.
Nicolás volvió a mirar la mancha reproducida junto al sello. Mateo no había usado una palabra vaga para protestar por su sueldo. Había descrito dos hojas que no decían lo mismo, aunque pretendieran responder por la misma entrega.
Inés las guardó en una funda separada.
—Voy a entregarlas juntas. Con la cuenta donde se registró el segundo cobro. No quiero que esto se quede en mi explicación de lo que veo.
—Los doscientos de Ana salieron de caja —dijo Inés—. El recibo de su mamá cuadra con el cierre. Los otros cuatro pagos se anotaron en la relación personal de papá, pero aquí no hay comprobantes de entrega.
—¿Salió el dinero?
—En dos fechas hay retiros de efectivo de la cuenta de la compañía. En las otras todavía no lo sabemos. Un retiro no nos dice quién terminó cobrándolo.
Nicolás miró los papeles.
—¿Y los de Elena?
—Hay cheques que sí llegaron a ella. Otros fueron a una clínica. Eso está mejor documentado.
Inés le pasó una hoja con varias líneas señaladas.
—Tu cheque también aparece. Papá lo cargó a su cuenta con la empresa. Lo del alquiler, igual. No sale descontado de los pagos anotados a Ana.
Nicolás sintió alivio antes de poder impedirlo.
Su hermana lo vio.
—Eso es lo que podemos decir de las cifras —añadió—. No nos explica por qué decidió darte el dinero entonces.
Él asintió.
Ada acercó una silla.
—Hay algo que yo tengo que decir —intervino.
Sacó un grupo de hojas de un sobre y las dejó frente a Inés.
—Hice copias cuando empezaron a pedirme que anotara como entregados pagos que no había hecho yo. Las guardé por si un día me decían que faltaba dinero.
Nicolás miró a su hermana. Inés seguía mirando las hojas.
—¿Desde cuándo?
—De años distintos. No de todos.
—¿Me preguntaste alguna vez por esto?
Ada sostuvo la mirada.
—Te pregunté por dos pagos. Dijiste que, si tu papá los autorizaba, yo no tenía que resolver a quién iban.
Inés bajó los ojos.
—Me acuerdo.
Una hoja de las copias de Ada contenía una instrucción de Esteban: Entregar a R. V. para gestiones. No nómina . Debajo aparecía una de las cantidades que luego figuraban a nombre de Ana.
—¿Eso lo recibió Ramiro? —preguntó Nicolás.
—Yo le di ese sobre —respondió Ada—. Lo que hizo después no lo vi.
Inés se apartó de la mesa y fue hasta la puerta. La cerró. Permaneció un momento con la mano sobre el picaporte antes de regresar.
—También hay algo mío —dijo.
Abrió una carpeta de su computadora y puso la pantalla hacia ambos.
Era un correo de tres años atrás. El contador preguntaba por una serie de gastos sin factura. Inés había respondido que correspondían a acuerdos personales de Esteban y que se regularizarían contra su cuenta al cierre.
Había una segunda pregunta sin contestar.
—No lo regularizamos —dijo—. Fuimos arrastrándolo. Yo seguí cerrando los meses.
Ada apoyó la espalda en la silla.
—Por eso guardé lo mío.
Inés no le pidió que lo entendiera.
Sacó la carpeta del separador amarillo y la abrió por una relación titulada Aportaciones pendientes R. V. .
—Ramiro está pidiendo cobrar esto antes de repartir lo que quede de la venta.
La cantidad superaba los cien mil dólares.
Nicolás la comparó con la oferta que llevaba doblada en su maletín.
—¿Él le prestó eso a la compañía?
—Parte, sí. Hay transferencias. Otra parte son gastos que dice haber adelantado de su bolsillo. Algunos ya se habían pagado con dinero de aquí.
Inés separó dos hojas.
En una aparecía el retiro de una cantidad para una ayuda. En otra, el mismo concepto figuraba como dinero adelantado por Ramiro y pendiente de reembolso.
—Puede haber errores —dijo—. Pero no voy a autorizarle el pago con esto así.
Ada miró hacia el almacén.
—Los empleados van después.
—Según lo que preparó él, sí —respondió Inés—. Yo no lo he firmado.
Nicolás se pasó una mano por la boca. Empezaba a comprender la utilidad de aquella deuda. Mientras el dinero saliera del bolsillo que Ramiro señalaba, él podía decidir qué ayuda continuaba, qué favor se cobraba y cuánto quedaba para los demás.
—¿Papá lo sabía?
Inés giró hacia él una página llena de cifras.
Al pie estaba la firma de Esteban.
—Aprobó este saldo hace cuatro meses.
—¿Lo revisó?
—Yo se lo preparé.
El ruido de la herramienta se detuvo. El silencio hizo más evidente la respiración de Ada, que tenía la nariz tapada por el polvo.
—Yo se lo preparé —repitió Inés—. Con las cantidades que mandó Ramiro. No puedo hacer como si hubiera encontrado todo esto ayer en una caja.
Nicolás pensó en el documento que había enviado a Lucía. Su hermana necesitaba escribir el suyo.
No se lo dijo todavía.
Ada recogió su taza.
—Lo que guardé está ahí. Quiero un recibo de que lo entregué. Con la fecha de hoy y la lista de hojas.
Inés asintió y buscó papel.
La mujer no estaba traicionando una fidelidad de treinta y un años. Estaba dejando de ofrecer esa fidelidad como garantía de un dinero que no controlaba.
Nicolás contó las páginas con ella. Inés escribió el inventario y ambas firmaron una copia.
Cuando Ada salió, su hermana se quedó mirando la lista.
—Tenía miedo de perder la compañía —dijo—. Cada vez que faltaba un papel me decía que, si paraba por eso, alguien no cobraba el viernes.
—¿Y cobraban?
Inés levantó la vista.
—A veces. Otras, no completo.
Nicolás no respondió.
Ella abrió la carpeta de Ramiro por la última sección. Había gastos de mantenimiento de varias propiedades que no aparecían entre los activos de la compañía. La mayoría tenían direcciones. Uno llevaba solo un nombre escrito a mano: La cantera .
—Esto se paga desde antes de que yo entrara en administración —dijo—. Luz, reparaciones, recogido. Ramiro lo pone como patio auxiliar.
—¿Usábamos un patio auxiliar?
—No para las rutas que yo llevaba.
Nicolás recordó la respuesta de Ernesto: había ido a recoger la guagua de servicio.
—¿Hay una dirección?
Inés revisó las hojas hasta encontrar una factura doblada. En el margen llevaba la misma abreviatura de otras cuentas, pero el proveedor había escrito el lugar completo de su trabajo.
La separó de las demás.
Por primera vez desde que empezó a revisar los pagos, ninguno de los dos preguntó cuánto costaba.