7. La carta sin entregar
La carta sin entregar
Teresa abrió antes de que Nicolás sacara la llave.
Se había peinado. Llevaba una blusa de salir y unas chancletas con una tira remendada. En la mesa del comedor había dos platos, un vaso de agua y una olla sobre un salvamanteles. Había apartado las flores de las condolencias para dejar espacio.
Nicolás le entregó el pan.
—No sabía cuál querías.
—Ese está bien.
Lo llevó a la cocina como si fuera necesario guardarlo antes de poder hablar de otra cosa. Él dejó la carpeta sobre una silla. En la pared seguía la fotografía de su graduación de escuela superior: Esteban con la mano en su hombro, Teresa sonriendo al sol, Inés sujetándose el pelo.
Su madre regresó con un cuchillo y un plato pequeño.
—¿Comiste?
—Sí.
—Sírvete aunque sea un poco.
Nicolás obedeció. Teresa se sentó frente a él, pero dejó su plato vacío.
—Ramiro llamó —dijo ella.
—¿Cuándo?
—Después de almuerzo. Quería saber si necesitaba algo.
Nicolás hundió la cuchara en el arroz.
—¿Te habló de mí?
—Me dijo que estabas preocupado con unos papeles.
—¿Te acuerdas de la ayuda para mi apartamento?
Teresa asintió.
—Tu papá estaba contento de poder hacerlo.
—No parecía contento de que me fuera.
—Son dos cosas.
Él sacó la copia del cheque y el recibo. Su madre no los tocó.
—¿Sabías lo que estaba pasando con Mateo?
Teresa miró hacia la puerta de la cocina. Nicolás conocía aquel movimiento. Cuando era niño, su padre aparecía por allí para preguntar qué quedaba de comer; su madre podía calcular cuánto tiempo faltaba por la voz del televisor.
El televisor estaba apagado.
—Sé lo que dijeron después —respondió.
—Te estoy preguntando por antes.
Su madre se levantó. Fue hasta el aparador y abrió un cajón que guardaba manteles. Debajo de una carpeta de citas médicas sacó un sobre pequeño.
Lo dejó al lado del plato de Nicolás.
En el frente se leía: Para don Esteban. Personal .
—Me lo dio Mateo —dijo—. Vino por aquí el día antes de que desapareciera. Tu papá no estaba.
Nicolás apartó el plato.
—¿Por qué lo tienes tú?
Teresa se sentó de nuevo.
—Porque no se lo di.
El sobre estaba abierto con un corte irregular. Dentro había una hoja de libreta doblada por la mitad. Nicolás la sacó sujetándola por los bordes.
Don Esteban:
Le he pedido hablar con usted y no me han dejado. Yo entregué lo de mi ruta. No acepto que me descuenten viajes que no hice. Tengo copias porque mi nombre aparece dos veces para la misma entrega. Las hojas no dicen lo mismo.
Ramiro dice que mañana tengo que ir a revisar unos números afuera. Quiero hablar con usted antes. No quiero un problema con nadie, pero tampoco voy a firmar que debo lo que no debo. En mi casa hace falta mi sueldo completo.
Mateo Cruz.
Debajo había un teléfono.
Nicolás leyó de nuevo la frase sobre el día siguiente.
—¿Por qué no se la diste?
Teresa apoyó las manos en el borde de la mesa.
—Habían discutido ustedes esa mañana. Tu papá llegó tarde. Le hablé de un hombre que había venido por un problema de trabajo y dijo que en su casa quería comer tranquilo. Yo pensé que podía esperar.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta el otro día.
—¿Y el otro día?
Su madre retiró las manos.
—La dejé en el cajón de la entrada. Después vino todo lo demás. Tu papá dijo que Mateo había dejado un faltante y se había ido.
—La carta dice que iba a reunirse con Ramiro.
—La leí después.
—Entonces pudiste entregarla después.
Teresa miró el sobre, no a él.
—Sí.
No se defendió con el cansancio ni con la discusión de aquella mañana. Nicolás sintió que la respuesta abría algo más difícil de soportar que una excusa.
—¿Alguien vino a preguntar?
—Su esposa. No aquí. Llamó una vez. Le dije que yo no llevaba los asuntos del trabajo.
Nicolás se levantó y fue a la ventana. Afuera pasaba un hombre arrastrando dos zafacones vacíos.
—Tenías esto.
—Lo sé.
—Todo este tiempo.
Teresa empezó a doblar una esquina del mantel. La alisó enseguida.
—Me dio miedo que fuera verdad que había un robo. Que me metiera y termináramos todos metidos. Después me dio miedo otra cosa.
Nicolás se volvió.
—¿Qué cosa?
—Que llevara demasiado tiempo guardada para poder explicar por qué.
Él regresó a la mesa. Quiso preguntarle si no había pensado en la familia que esperaba. La carta sobre el mantel respondía que sí; el cajón de los manteles respondía qué había hecho con ese pensamiento.
Fotografió el sobre por ambos lados y la hoja entera.
—Voy a enseñársela a Lucía.
Su madre cerró los ojos. Cuando los abrió, asintió.
—No quiero que le digas que yo estaba sola ni que tu papá era difícil —añadió—. Si pregunta por qué la guardé, que me lo pregunte a mí.
Nicolás no prometió organizarle esa conversación.
Llamó a Inés desde el pasillo. Su hermana iba camino a casa y tardó unos segundos en entender lo que él trataba de decirle.
—¿Una carta de quién?
—De Mateo. Dice que había viajes duplicados. Que Ramiro lo había citado antes de que yo firmara la orden.
Inés dejó de hablar. Nicolás oyó el intermitente del carro.
—Voy para allá.
Esperaron sin tocar la comida. Teresa recogió el plato de su hijo y lo cubrió con otro. Nicolás le escribió a Lucía que tenía una carta dirigida a Esteban, conservada por su madre. Le envió las fotografías y dejó el teléfono sobre la mesa.
Inés llegó con una bolsa de medicamentos que había comprado para Teresa. La puso en la cocina y entró al comedor con las llaves todavía en la mano.
Leyó la carta de pie.
—Esto no era una revisión de un camión —dijo.
Nicolás negó con la cabeza.
—Era un reclamo de dinero.
Inés se sentó junto a Teresa. La madre intentó tocarle la mano; ella la retiró para pasar la hoja.
—¿Papá sabía que la tenías?
—No.
—¿Estás segura?
—De esta, sí.
Nicolás levantó la vista. Teresa estaba mirando a su hija. Parecía haber elegido cada palabra y no querer decir ninguna más.
El teléfono vibró sobre el mantel.
Quiero la carta original. No para llevármela a mi casa. Para entregarla donde tenga que estar.
Nicolás leyó el mensaje en voz alta.
—Está bien —dijo Teresa.
Inés fue a buscar una funda limpia entre los materiales que guardaba su padre en un mueble del pasillo. Volvió con varias y deslizó la carta dentro sin volver a doblarla.
—Mañana voy a pedir las cuentas de esos viajes —dijo—. Los que aparecen dos veces. Si los cobraron, tienen que estar en alguna parte.
Su voz tenía la firmeza de cuando daba instrucciones en el almacén. Esta vez no había nadie a quien encargarle la tarea.
Antes de irse, Nicolás recogió el plato cubierto que su madre había preparado para él.
Teresa lo acompañó hasta la puerta.
—¿Vas a volver?
Él miró la comida entre sus manos.
—Sí.
Su madre asintió. No le pidió que la abrazara.
Al llegar al carro encontró un mensaje de Ramiro con un número de teléfono y dos palabras: Ernesto Soto .
Había llegado mientras estaban leyendo la carta.