6. La casa pagada
La casa pagada
La nevera empezó a vibrar a las diez y media.
Nicolás estaba sentado en el suelo, junto al armario del cuarto. Había sacado una caja de cables, dos pares de zapatos que ya no usaba y una bolsa con documentos del carro anterior. Detrás quedaba un maletín negro con el cierre roto.
Lo había comprado para empezar a trabajar en el almacén. Su padre se rio al verlo llegar con él.
—¿Qué traes ahí, los contratos del gobierno?
Durante meses Nicolás guardó dentro una libreta, un bolígrafo y la comida. Después lo usó para llevar papeles entre mudanzas. Era demasiado malo para venderlo y había costado demasiado, a sus veintitrés años, como para tirarlo sin más.
La nevera volvió a sonar.
Se levantó, fue a la cocina y la apartó unos centímetros de la pared. El ruido cesó. En la puerta había una lista de compras sujeta con un imán de una farmacia: huevos, detergente, café.
Regresó al maletín.
No había empezado a buscar por el cheque. Quería encontrar su contrato de trabajo y ver qué puesto ocupaba cuando firmó la autorización. Recordaba una credencial que decía operaciones, pero no sabía si aquel título había existido fuera del plástico colgado al cuello.
Encontró primero un contrato de alquiler.
La dirección era la del apartamento que había ido a ver la mañana de la firma. Un segundo piso sobre una tienda de piezas, con un balcón demasiado estrecho para poner dos sillas. La agente había abierto todas las ventanas antes de que él llegara para disimular el calor.
Nicolás había decidido tomarlo antes de ver el baño.
En la última página estaba su nombre, la firma del dueño y la fecha de entrada: dieciocho días después de la desaparición de Mateo.
Debajo había un recibo.
Seis meses de renta y un depósito. Cuatro mil quinientos cincuenta dólares.
La línea del pagador decía Esteban Varela.
Nicolás apoyó el papel sobre una caja de zapatos. Lo recordaba. No había descubierto que su padre pagó el apartamento. Había descubierto la fecha que llevaba años evitando poner junto a las otras.
Volvió a meter la mano en el maletín.
Encontró un sobre del banco con una copia de un cheque de nueve mil cuatrocientos cincuenta dólares. Su padre se la había dado para que guardara constancia del depósito.
Nicolás había gastado parte en una cama, una mesa y una computadora.
El resto le permitió aceptar un trabajo que pagaba menos y estudiar por las noches.
Cuando hablaba de aquel período, mencionaba las guaguas que tomaba, los horarios, lo que había tardado en aprender a hacer un presupuesto que alguien quisiera pagar.
Todo eso había ocurrido.
También habían ocurrido los seis meses de alquiler cubiertos y el dinero en la cuenta.
Puso el cheque junto al contrato y buscó la fecha en el teléfono. Coincidía con el segundo pago anotado a nombre de la madre de Lucía.
No tenía que significar nada. Su padre hacía pagos los viernes. El almacén entero se ordenaba alrededor de los viernes. Nicolás sabía que podía defender aquella coincidencia sin mucho esfuerzo.
Dejó de hacerlo cuando se dio cuenta de que no había nadie en el cuarto con quien discutir.
* * *
Inés lo llamó a la mañana siguiente mientras él esperaba que terminara de hacerse el café.
—El contador va a revisar lo que tenga digitalizado —dijo—. Lo de aquel año no está completo.
—¿Lo de Ana?
—Eso y los cheques que copié. No me va a dar una respuesta hoy.
Nicolás miró los papeles sobre la mesa.
—Quiero añadir uno.
—¿Encontraste otro en la oficina?
—En mi casa.
Le explicó lo del alquiler y el cheque. Su hermana no respondió hasta que él terminó.
—Me acuerdo del apartamento —dijo—. Fui a ayudarte a limpiar.
—No dejes ese pago fuera de la revisión.
—¿Por qué iba a dejarlo fuera?
Nicolás apoyó la mano sobre la copia.
—Porque está a mi nombre.
Oyó a Inés cerrar una puerta.
—Mándame lo que tengas.
—¿Tú sabías de dónde había salido?
—De papá.
—Eso me dice quién lo pagó.
—Es lo que sabía.
Él guardó silencio.
—¿Piensas que te dieron el dinero de esa señora? —preguntó Inés.
—No he dicho eso.
—Te lo estoy preguntando.
Nicolás miró la cantidad. Era mayor que todos los pagos de Ana juntos.
—No lo sé.
—Entonces no lo conviertas en la respuesta antes de buscarla. Puede ser de la misma cuenta y no ser el mismo dinero. Puede haber pagos mal registrados. Puede haber cosas peores. Tenemos que mirarlo.
—Quiero mirarlo.
—Bien. Pero completo.
La máquina del café dejó caer las últimas gotas. Nicolás no se movió.
—¿Por qué dices eso?
—Porque siempre cuentas que te fuiste sin nada.
La frase llegó sin que Inés subiera la voz.
Él miró hacia la ventana. Sobre el edificio de enfrente, un hombre sacudía una alfombra.
—Nunca dije que no me ayudaran.
—No. Dices que empezaste de cero.
Nicolás buscó una diferencia que pudiera explicar por teléfono. Su hermana se la negó antes de que hablara.
—Yo también he tenido ayuda. No te estoy cobrando la tuya. Te estoy diciendo que, si vamos a revisar lo que pasó, eso también pasó.
Él retiró la mano del cheque.
—Te mando las fotos.
—En cuanto pueda las miro.
No se despidieron enfadados. Eso le dolió más que una discusión.
* * *
Después de enviar las imágenes, Nicolás abrió el correo viejo.
La cuenta todavía funcionaba. La usaba para recibos y registros que no había cambiado al empezar en su trabajo actual. Buscó la dirección del apartamento y encontró un intercambio con la agente. Una de las respuestas llevaba copiado a su padre.
El mensaje de Esteban era de tres líneas. Confirmaba el pago y pedía que entregaran las llaves a Nicolás. No incluía ninguna condición.
Debajo había una respuesta suya.
Gracias. Con esto resuelvo. Paso mañana por mis cosas y les dejo todo.
Nicolás leyó esa última frase varias veces.
Quería decir que dejaría los asuntos del trabajo, las llaves, el uniforme.
Quería decir que no regresaría cada vez que su padre lo llamara para cubrir a alguien o firmar una entrega.
Había discutido con Esteban por horarios, por salarios, por la forma en que corregía a los empleados delante de los demás.
Tenía motivos para marcharse y los había repetido tantas veces que habían acabado por ocupar todo el recuerdo.
Ahora el mensaje le sonaba a un acuerdo más amplio.
No podía demostrar que lo hubiera sido.
Buscó otras conversaciones de aquella semana.
Encontró el comprobante de una cama, una oferta de internet, la confirmación de una entrevista a la que había ido con una camisa prestada.
El resto no estaba allí. Habían hablado por teléfono o de pie, en la oficina; su padre le había puesto un sobre delante y le había dicho que revisara si faltaba algo.
Nicolás recordaba su propia pregunta.
—¿Esto es un préstamo?
Y la respuesta de Esteban, mientras cerraba el cajón:
—Te vas con la casa pagada. Lo demás te toca resolverlo a ti.
Se trataba de un apartamento alquilado. Aun entonces Nicolás había sabido que su padre exageraba para dejar clara la magnitud del favor. Pero nunca lo había corregido. Había aceptado la frase, el dinero y las llaves.
Guardó los correos en un archivo y lo dejó junto a las fotografías. Después llamó a su trabajo y confirmó que podía hacer la visita técnica del día siguiente. Necesitaba seguir ganando su sueldo. No quería convertir otra vez el apellido en la única forma de pagar el mes.
A mediodía recibió una llamada de Ramiro.
—¿Encontraste lo que buscabas?
Nicolás miró el sobre del banco.
—Encontré otros pagos.
—En esa oficina hay de todo.
—También encontré lo que me dio papá cuando me fui.
Ramiro no contestó de inmediato.
—¿Qué pasó con eso?
—Quiero saber de dónde salió.
—Tu papá te ayudó. Lo hablamos aquella vez.
—No me acuerdo de hablarlo contigo.
—Yo estaba allí cuando preguntó cuánto iba a costar el alquiler.
Nicolás cerró los ojos. Podía recordar a Ramiro en la puerta, pero no aquella conversación. Había demasiadas personas entrando y saliendo de la misma habitación en todos sus recuerdos.
—¿Por qué me dio tanto?
—Porque podía entonces.
—Yo llevaba meses diciéndole que quería irme.
—Y meses peleando con él. Al final entendió que era mejor ayudarte a salir que seguir discutiendo.
La respuesta ofrecía una historia reconocible. Nicolás había vivido con ella once años sin necesitar que nadie se la completara.
—Quiero ver cómo se registró.
—Pues míralo. Pero no me mezcles lo de aquella gente con lo tuyo sin saber.
Nicolás abrió los ojos.
—¿Qué gente?
—La familia de Mateo. Estás mirando eso, ¿no?
—También lo de Elena Soto.
—Eso de Elena fue una desgracia. Pregúntale a Ernesto lo que tu padre hizo por ella.
—Todavía no tengo su número.
—Te dije que iba a buscarlo.
Al otro lado se oyó el sonido de un cinturón de seguridad y una puerta cerrándose.
—Lo de tu participación sigue en pie —añadió Ramiro—. No porque tengas dudas sobre un cheque voy a dejar de ayudarte ahora.
Nicolás alisó el recibo del alquiler con el borde de la mano.
—No voy a pedir el adelanto.
—Como tú quieras.
Su tío no intentó convencerlo. Se despidió porque iba a conducir.
Nicolás dejó el teléfono sobre la mesa. Al instante sintió el peso práctico de la decisión: el carro seguiría debiendo lo mismo, la tarjeta también. Podía volver a llamar y pedir una parte sin firmar la venta. Ramiro acababa de ofrecérselo.
Sacó de la carpeta la hoja de los treinta mil y la dejó dentro del maletín.
No la rompió.
* * *
Teresa contestó al cuarto tono.
—¿Vas a pasar hoy? —preguntó antes de que él hablara.
Nicolás oyó la televisión encendida y, más cerca, el golpe de una cucharita contra una taza.
—Puedo ir después de las seis.
—Hay comida. Tu tía mandó una olla que no me voy a acabar nunca.
Él miró las fotografías listas para enviar a Lucía. Había escrito que estaba revisando un pago recibido por él en las mismas fechas. No había añadido ninguna explicación que hiciera inocente la coincidencia ni ninguna que la volviera una acusación.
Envió el mensaje antes de responder a su madre.
—Mamá, quiero preguntarte por cuando salí del almacén.
La cucharita dejó de sonar.
—¿Qué quieres saber?
—Por el dinero. Por lo que pasaba esos días.
Teresa bajó el volumen del televisor.
—Ven y hablamos.
—¿Te acuerdas de Mateo Cruz?
Hubo una pausa breve. Nicolás se quedó inmóvil junto a la mesa.
—Sí —dijo su madre—. Me acuerdo.
Esperó algo más: que preguntara por qué, que repitiera la versión de Ramiro, que dijera cuánto tiempo había pasado.
Teresa solo le pidió que llevara pan.