5. Los nombres del sobre
Los nombres del sobre
La llave giró a la primera.
Nicolás empujó la puerta de la oficina de su padre y buscó el interruptor sin mirar. Su mano encontró la pared en el lugar equivocado. Habían movido la placa unos centímetros al instalar una canaleta.
Encendió la luz.
El escritorio seguía frente al cristal, orientado de modo que Esteban pudiera ver el almacén sin levantarse.
Había dos monitores apagados y un calendario del mes anterior.
En una bandeja descansaban unos espejuelos con una patilla envuelta en cinta adhesiva.
Nicolás los reconoció: su padre decía que los buenos estaban en la casa y que para leer facturas aquellos bastaban.
Acercó la silla destinada a las visitas. La suya de niño había sido esa, o una idéntica, con un corte en el vinilo del asiento. El aire olía a papel, a humedad retenida y a una colonia que podía venir del respaldo o de su memoria.
Inés apareció antes de que él abriera el primer cajón.
—¿Te dio la llave?
Nicolás se la enseñó.
—Dice que te la deje cuando termine.
Su hermana miró la cerradura nueva y después las cajas vacías apiladas junto al armario.
—Esta mañana vinieron a medir también aquí. Les dije que esperaran.
—¿Has revisado algo?
—Los contratos de la bandeja. Lo demás, no.
Se acercó al escritorio y tocó los espejuelos con la punta de un dedo. No llegó a levantarlos.
—Me ofreció treinta mil por mi parte —dijo Nicolás.
Inés retiró la mano.
—Pensaba que iba a esperar la valoración.
—Me dijo que podía terminar recibiendo menos.
—Puede ser.
—También más.
—También.
Su hermana lo miró como si quisiera preguntarle algo y hubiera decidido que no podía atender otra respuesta.
—No firmes nada sin leerlo —dijo.
Los dos bajaron la vista al escritorio.
Inés soltó el aire por la nariz.
—Me refería a que lo vea alguien que no sea Ramiro.
—Lo sé.
Abrieron los cajones de a uno. El primero contenía bolígrafos, baterías sueltas, llaves sin identificar y una fotografía de Inés con toga. El segundo, libretas de cheques antiguas y sobres de banco. En el tercero había manuales de dos equipos que ya no estaban en el almacén.
La autorización no apareció.
Inés tuvo que salir para atender a un proveedor. Nicolás continuó por el armario, separando las carpetas sin cambiar el orden. Había copias de pólizas, papeles de vehículos vendidos, una bolsa con controles remotos. Sacó una caja rotulada PAGOS POR CUENTA E. V. y la puso sobre la mesa.
Las primeras carpetas correspondían a reparaciones de la casa de sus padres.
Después venían préstamos a empleados y facturas que Esteban había pagado de su bolsillo.
Nicolás reconoció el nombre de una mujer que había trabajado limpiando las oficinas.
Recordaba que su padre le había comprado una nevera.
En el fondo había un sobre grande con dos nombres escritos en el frente.
Ana Rivera.
Elena Soto.
El primero no le decía nada. El segundo lo hizo detenerse.
Miró el teléfono. Lucía había respondido a su mensaje del almuerzo: ¿Aceptaste?
No , escribió.
Luego añadió: ¿Cómo se llamaba tu mamá? Nombre completo.
Apoyó el teléfono sobre la caja y abrió el sobre por la solapa, despegada ya en un extremo.
Contenía un grupo de hojas dobladas alrededor de otra más gruesa.
Nicolás las extendió sin separarlas del todo.
La primera era una relación de pagos, con columnas trazadas a regla.
Cada línea tenía una fecha, una cantidad y unas iniciales.
Algunas incluían números de cheque; otras, la palabra «efectivo».
Los pagos empezaban once años atrás.
Su teléfono vibró.
Ana Isabel Rivera Torres. ¿Por qué?
El nombre completo aparecía en la segunda hoja. Debajo se leía: Familia M. Cruz .
Nicolás hizo una fotografía del documento entero y la amplió para asegurarse de que podía leerse.
—No te lleves eso todavía.
Ada estaba en la puerta con un recibo en la mano.
Él dejó el teléfono sobre la mesa.
—No me lo estoy llevando.
La mujer entró despacio. Miró el sobre, la caja y las carpetas que Nicolás había apoyado contra el monitor.
—Tu hermana está abajo con el de las baterías. Necesito que firme esto cuando suba.
Dejó el recibo en la bandeja de entrada. Luego alisó una esquina que había quedado doblada.
—¿Quién es Elena Soto? —preguntó él.
Ada acercó una de las sillas.
—La hija de Ernesto.
Nicolás miró otra vez la relación.
—¿La conoces?
—Trabajó un verano haciendo archivo. Después tuvo un accidente. No volvió a trabajar aquí.
—¿Mi papá la ayudaba?
—A ella y a otros.
Ada señaló la caja sin tocarla.
—Eso lo llevaba Esteban aparte. A mí me daban algunos recibos para cuadrar el dinero que salía de caja y después me los pedía de vuelta.
—¿Aparte de qué?
—De nómina. De lo que pagábamos por trabajo. No sé cómo lo resolvía después el contador.
Nicolás separó la hoja del nombre de Ana. Había una cantidad de doscientos dólares y, debajo, cuatro anotaciones mensuales de seiscientos. La línea destinada a la firma de recepción estaba vacía en las cuatro últimas.
—¿Entregaste tú esto?
Ada no contestó enseguida.
—Yo entregaba lo que me tocaba entregar. Si me estás preguntando por un pago de ese año, necesito mirarlo.
Él le pasó la hoja.
La mujer leyó con el recibo del proveedor todavía entre los dedos.
—Estos doscientos salieron de caja —dijo—. Puede que el comprobante esté en el cierre. Los demás no tienen número.
—Aquí dice «entregado».
—Aquí dice «efectivo». No dice quién lo llevó.
Nicolás giró el papel para comprobarlo. Tenía razón.
Ada lo dejó sobre el sobre.
—No pongas a la gente a responder por lo que no está escrito.
—Estoy tratando de saber si alguien recibió ese dinero.
La mujer apoyó las manos en las rodillas.
—Yo también he tenido que preguntarlo.
Nicolás esperó, pero Ada no añadió nada.
Abajo sonó el golpe de una paleta contra el suelo. La mujer volvió la cabeza y se levantó.
—El recibo es para hoy —dijo, señalando la bandeja.
Esta vez Nicolás no intentó detenerla.
La hoja de Elena era distinta. Los primeros pagos llevaban el nombre de una clínica y el concepto de transporte.
Había copias de cheques, recibos con su firma y algunas notas breves: una cita aplazada, un reembolso, una diferencia por pagar.
Después de varias páginas, los conceptos desaparecían y quedaban solo las fechas y las cantidades.
Los desembolsos continuaban años después de que Ernesto hubiera dejado el almacén.
Nicolás volvió al primer mes. Los pagos de ambas familias habían empezado en la misma semana, poco después de la desaparición de Mateo.
No era una prueba de que estuvieran relacionados. Su padre podía haber conocido dos necesidades a la vez. Podía haber juntado los papeles porque había pagado ambas con dinero de la misma cuenta. Podía haber razones que Nicolás, ausente durante once años, no conociera.
Pero el sobre llevaba los dos nombres.
Cuando Inés regresó, él estaba fotografiando el reverso de una copia de cheque.
—¿Eso qué es?
Nicolás le explicó lo que había encontrado. Su hermana se sentó en el borde de la silla y leyó las primeras hojas. Pasó el pulgar por la firma de Elena sin tocarla.
—Lo de ella sí lo recuerdo —dijo—. Ernesto la llevaba a rehabilitación.
—¿Cuándo tuvo el accidente?
—No sé la fecha. Por esa época.
—¿Y lo de la mamá de Lucía?
Inés volvió a la primera página.
—Eso no lo llevaba yo.
—¿Nunca lo viste?
—Nico, puedo decirte que no me acuerdo o puedo decirte que no. La verdad es que no me acuerdo.
Él la miró. La respuesta se parecía a las de Ramiro, pero Inés mantenía los ojos en el papel, intentando reconocerlo.
—Hay más de dos mil dólares que no tienen recibo —dijo Nicolás.
—Hay que ver si están en otra parte.
—Lucía dice que tuvieron que entregar la guagua.
—Eso no nos dice si recibieron un pago ni cuánto debían.
Nicolás apartó la caja para darle espacio. Inés sacó una hoja limpia y escribió los nombres, las fechas y los números de cheque que podían comprobar.
—Voy a pedir los asientos de ese año. Si salieron de la compañía, debería haber algún rastro. Si salieron de una cuenta personal de papá, va a ser otra gestión.
—¿Ramiro los entregaba?
—Pregúntaselo.
—Me dijo que fue varias veces a ayudar.
Inés dejó el bolígrafo.
—Pues empieza por ahí. Pero no le digas a Lucía que le robamos un dinero porque encontraste cuatro apuntes sin firma.
—No he dicho eso.
—Te conozco la cara.
Él se apoyó contra el respaldo. Del otro lado del cristal, dos empleados despegaban del suelo la cinta que marcaba una zona de carga.
—Voy a decirle lo que encontré —respondió.
Inés asintió después de un momento.
—Eso sí.
* * *
Lucía llamó cuando Nicolás estaba todavía en el estacionamiento.
Él había enviado solo la página de Ana y la fotografía del frente del sobre, cubriendo el nombre de Elena. Le había escrito que existían apuntes de pagos y que no sabía si se habían hecho.
—Los doscientos sí —dijo ella en cuanto contestó—. Mi mamá tenía el papel. Eso fue lo que Ramiro llevó la primera vez.
Nicolás abrió la imagen para seguirla.
—¿Y los otros cuatro?
—No los encuentro aquí.
—¿Podrían estar en otra caja?
Oyó una puerta cerrarse al otro lado de la llamada.
—Podrían. No voy a decirte que no porque yo no los viera. Pero en esos meses mi mamá pedía prestado para comprar comida. Si le dieron ese dinero, quiero saber cuándo y para qué.
—Inés va a intentar comprobar de dónde salió.
Lucía guardó silencio.
—¿El otro nombre de quién es? —preguntó después.
—De la hija de Ernesto Soto.
—¿El del portón?
—Sí. Tuvo un accidente. Mi padre pagaba cosas de su tratamiento. Hay recibos firmados.
—¿Por qué están juntos?
—No lo sé.
Nicolás miró hacia el almacén. Inés lo vio desde la ventana y levantó la llave nueva que él acababa de entregarle. La dejó en un cajón, fuera de la vista.
—¿Está la orden? —preguntó Lucía.
—Todavía no.
Ella respiró hondo. Al fondo se oía un motor con una vibración irregular.
—Mi mamá escribió algo detrás del recibo de los doscientos —dijo—. Lo estaba buscando cuando mandaste la foto.
—¿Qué escribió?
—Que él iba a volver el viernes.
—¿Ramiro?
—Eso entiendo. Dice: «Trajo doscientos. Vuelve viernes con lo que falta».
Nicolás cerró los ojos un momento.
—Mándame las dos caras, si puedes.
—Ahora.
La fotografía llegó antes de terminar la llamada. El frente reconocía una ayuda de doscientos dólares a Ana Rivera, familiar del empleado Mateo Cruz. En la línea del concepto no había nada sobre salarios ni liquidación.
Detrás, la anotación de Ana ocupaba apenas dos renglones. Lucía había puesto al lado una regla de plástico para mantener recta la hoja.
—Hay otra cosa —dijo ella—. Mi mamá subrayó el viernes en el calendario. El que estaba en la cocina. Lo guardó también.
Nicolás buscó la fecha en la relación de pagos de su padre.
La siguiente anotación, la primera de seiscientos dólares sin firma, correspondía a ese viernes.
—Aquí hay un pago ese día —dijo.
Lucía no respondió inmediatamente.
—Entonces tenemos que averiguar quién lo recibió.