4. Una ayuda de familia
Una ayuda de familia
Ramiro había pedido por los dos.
Cuando Nicolás llegó, había una jarra de agua sobre la mesa y dos platos cubiertos con tapas metálicas. Su tío se levantó a medias para abrazarlo. Olía a jabón y al mismo perfume que usaba cuando lo llevaba de niño a comprar zapatos para la escuela.
—Te pedí bistec —dijo—. Aquí no lo secan.
Nicolás se sentó frente a él.
Había escogido aquel restaurante para varias comidas de la familia: cumpleaños, el almuerzo después de la graduación de Inés, una celebración por un contrato del que Nicolás nunca supo los detalles.
Ramiro siempre se sentaba de espaldas a la pared.
Nicolás no recordaba si alguna vez había pensado en ello antes de esa mañana.
El camarero levantó las tapas.
—¿Todo bien, don Ramiro?
—Todo bien. Tráeme otro limón cuando puedas.
Su tío esperó a que se alejara.
—¿Cómo vas durmiendo?
—Regular.
—Los primeros días son así.
Ramiro cortó un pedazo de carne. Nicolás miró las papas, la ensalada pequeña y el borde del plato, donde alguien había dejado una huella al colocarlo. Tenía hambre. Le molestó darse cuenta.
—¿Quién devolvió el camión de Mateo? —preguntó.
El tenedor de Ramiro quedó sobre el plato.
—Inés me dijo que estabas mirando papeles.
—¿Quién lo devolvió?
—No sé, Nico. Han pasado once años.
—La unidad doce. Entró a las siete y veintiséis. El espacio del conductor tiene una raya.
Su tío tomó agua.
—Podía traerlo cualquiera de los muchachos que tuviera licencia. Si estaba en mantenimiento, lo movían. Si había que recoger otro vehículo, también.
—Mateo lo sacó a las cinco y cuarenta.
—Eso dice la hoja.
—Lo sacó con una orden que firmamos tú y yo.
Ramiro lo miró por encima del vaso.
—Tú firmabas órdenes. Era parte de lo que hacías allí.
La respuesta le quitó a Nicolás el pequeño resguardo de hablar de la firma como si se tratara de una anomalía.
—Quiero saber para qué era esa.
Su tío dejó el vaso en el círculo húmedo que había formado sobre el mantel.
—Entonces vamos por partes. ¿La encontraste?
—Tengo una copia.
—¿La de la hija?
Nicolás asintió.
—Quiero verla.
Él había preparado una impresión antes de salir. La puso entre ambos, lejos de los platos. Ramiro sacó los espejuelos del bolsillo de la camisa. Recorrió el documento sin tocarlo y se detuvo en la firma inferior.
—Sí —dijo—. Esa es la tuya.
—La otra es la tuya.
—Sí.
El camarero llegó con los limones. Ramiro le dio las gracias y esperó a que se marchara.
—¿Qué era la revisión de inventario? —preguntó Nicolás.
—Había diferencias en las entregas.
—¿Faltaba mercancía?
—O sobraban facturas. Eso era lo que había que aclarar.
—¿Lo aclararon?
Ramiro deslizó la copia hacia él.
—Después Mateo dejó de venir.
Nicolás sintió el impulso de sacar todos los papeles de una vez. El registro, la ruta, la anotación de la llamada. En cambio, mantuvo la carpeta cerrada sobre las piernas.
—¿Adónde lo mandaron?
—No me acuerdo de esa salida en particular.
—Te acuerdas de las diferencias, pero no de adónde fue.
Su tío se quitó los espejuelos.
—Me acuerdo de que teníamos un problema. No me acuerdo de cada gestión que hicimos para resolverlo. No te voy a inventar una dirección para que salgas contento de aquí.
Nicolás bajó los ojos al papel.
Había algo razonable en aquella respuesta. Era precisamente lo que la volvía difícil de apartar. Él tampoco recordaba una fecha sin verla impresa. Tampoco habría podido reconstruir la mañana del apartamento si Lucía no le hubiera puesto la firma delante.
—La orden original no está en su carpeta —dijo.
—Pues habrá que buscarla.
—Hay una nota que dice que la tenía papá.
Ramiro pasó la lengua por el interior de la mejilla.
—Esteban sacaba papeles todo el tiempo.
—Necesito entrar a su oficina.
—Entra.
—Cambiaste la cerradura.
Su tío dejó los espejuelos sobre el mantel y metió la mano en el bolsillo. Sacó un llavero pequeño con dos llaves nuevas. Desprendió una y la puso junto al documento.
—Habían entrado a medir los muebles. Tu papá guardaba cheques, cosas de tu mamá. Yo no sabía cuánta gente tenía copia de la otra.
Nicolás no recogió la llave enseguida.
—Inés no tenía.
—Porque no me la pidió. Dale esta cuando termines. Yo tengo la otra.
La llave era corriente, plateada, con una pequeña rebaba en el borde. Nicolás la tomó con una sensación incómoda. Había llegado preparado para que le negaran la entrada. La facilidad de obtenerla le hacía dudar de la importancia que le había concedido a la puerta cerrada.
Ramiro volvió a su plato.
—Come. Después te lo quieres llevar y recalentado no sirve.
Nicolás cortó un pedazo de carne. La carne estaba tibia todavía.
Durante unos minutos hablaron de Teresa.
La presión, las visitas que no sabía rechazar, una prima que quería quedarse a dormir y a la que había que decirle que no sin ofenderla.
Ramiro había mandado a reparar una filtración antes de que llegaran las lluvias; faltaba que el muchacho volviera a pintar.
—Yo me encargo de llamarlo —dijo Nicolás.
—Ya le pagué. Solo tienes que abrirle.
Su tío recogía esas tareas como quien aparta platos de una mesa. Reparaciones, recibos, compras. Nicolás había crecido viendo aparecer soluciones sin presenciar nunca la conversación que las hacía posibles.
Cuando el camarero retiró los platos, Ramiro sacó una hoja doblada del bolsillo interior de la chaqueta que colgaba en la silla.
—Quería hablarte también de lo tuyo.
Nicolás dejó la servilleta junto al plato.
—¿Qué mío?
—Tu participación. Le dijiste a Inés que querías vender.
—Antes de que muriera papá.
—Y ahora la necesitas más.
Su tío abrió la hoja. Era una impresión sencilla con el nombre de Nicolás, un porcentaje y una cantidad al pie.
Treinta mil dólares.
Nicolás miró la cifra antes de leer lo demás.
—La compañía está cerrando.
—Está vendiendo activos. No es lo mismo.
—¿Y cuánto me corresponde cuando termine?
—Eso lo va a calcular el contador después de pagar lo que haya que pagar. Puede ser más. Puede ser bastante menos.
Ramiro apoyó un dedo junto a la cantidad.
—Esto te lo pagaría yo. Compraría tu parte tal como está. Con lo que venga.
Nicolás repasó las pocas líneas. No era un contrato. Era una propuesta con una cifra redonda y el porcentaje que su padre le había cedido cuando entró a trabajar en la empresa.
—¿Para qué la quieres?
—Para terminar esto sin tener que consultarte cada paso. Tú tienes tu trabajo. Inés tiene encima toda la liquidación. Yo no voy a empezar a estas alturas en otra empresa.
—¿Inés sabe?
—Sabe que iba a hacerte una oferta. La cantidad la estamos hablando tú y yo.
El camarero se acercó para ofrecer café. Nicolás iba a negarse, pero Ramiro pidió dos.
—No tienes que decidir ahora —dijo su tío.
Nicolás volvió a mirar la cifra.
Debía cuatro mil ochocientos dólares del carro.
La tarjeta había pasado de dos mil y todavía no había pagado una reparación que llevaba semanas oyendo cada vez que viraba a la izquierda.
En su apartamento, la nevera vibraba de noche con un ruido que él había aprendido a interrumpir moviéndola unos centímetros.
Se imaginó comprando otra y no teniendo que comprobar el balance antes.
Después calculó cuánto quedaría tras liquidar ambas deudas.
Lo hizo tan rápido que sintió vergüenza.
—Si vendes —añadió Ramiro—, dejará de tocarte ese dolor de cabeza. Podemos adelantar una parte mientras preparan los documentos.
—¿Cuánto?
La pregunta le salió antes de que pudiera medir lo que concedía al hacerla.
Su tío no sonrió.
—Dime lo que necesitas.
Nicolás dobló la propuesta por la marca que ya tenía.
—Tengo que verla con calma.
—Por supuesto.
Ramiro apartó el agua para hacer sitio a las tazas.
—Y cualquier gasto de tu mamá, me lo dices. No te pongas a sacar de donde no tienes.
—Yo puedo ayudar a mamá.
—No dije que no pudieras.
El café llegó demasiado caliente. Nicolás rodeó el asa con el dedo sin levantar la taza.
—¿Te acuerdas de Ernesto Soto?
Ramiro sostuvo la cucharita sobre el azúcar.
—Claro.
—Sus iniciales están en el registro del portón.
—Era su trabajo.
—Quiero hablar con él.
Su tío echó el azúcar y removió.
—Hace años que no está.
—¿Tienes su número?
—Tendría que buscar.
—Búscalo.
Ramiro dejó la cucharita en el plato.
—Puedo preguntar. Pero ten cuidado con lo que esperas que te diga la gente. Después de tanto tiempo, uno termina mezclando lo que vio con lo que le contaron.
—Solo quiero preguntarle quién entró con ese camión.
—Pues pregúntale eso.
Nicolás bebió. Se quemó la lengua y dejó la taza con demasiada fuerza.
—Tú fuiste a casa de la esposa de Mateo.
Ramiro se quedó quieto. Después recogió una gota de café del borde del plato con la servilleta.
—Fui varias veces.
—¿Para qué?
—Para ayudar.
—Lucía dice que les dijiste que él había cogido dinero.
Su tío levantó la vista.
—Había un dinero que no aparecía.
—Eso no es lo mismo.
—No sé las palabras que usé hace once años.
El ruido de una silla arrastrándose en otra mesa llenó el silencio. Ramiro esperó a que Nicolás lo mirara.
—¿Sabes cuántas veces fui a esa casa? ¿Cuánto tiempo estuvimos pendientes? Esa muchacha era una niña. Hay cosas que no tenía por qué saber.
Nicolás pensó en el alquiler prestado, en la guagua entregada, en la madre buscando respuestas frente a un portón. No había forma de conciliar aquello sentado ante dos tazas de café.
—Su mamá guardaba los recibos —dijo.
Su tío frunció el ceño.
—¿Qué recibos?
Nicolás se dio cuenta de que había hablado de más. Lucía había dicho que su madre guardaba reclamaciones, cartas, fotografías. Él había convertido aquella caja en una afirmación sobre dinero.
—No sé cuáles. Tendría que verlos.
Ramiro lo observó unos segundos antes de pedir la cuenta.
—Entonces míralos.
Pagó con efectivo. Dejó las vueltas bajo el plato y se levantó mientras Nicolás guardaba la copia de la autorización.
—Llévate también eso —dijo, señalando la oferta.
Nicolás la metió en la carpeta.
En el estacionamiento, Ramiro lo abrazó con ambas manos sobre los hombros.
—No tienes que pasar otra vez por lo mismo que pasaste con tu papá.
Nicolás sintió la llave nueva contra la pierna, dentro del bolsillo.
—Estoy haciendo una pregunta.
—Yo también empecé por una pregunta cuando me metí a ayudar a Esteban con este negocio.
Su tío soltó los hombros y caminó hacia su carro. Antes de subir se volvió.
—Lo del adelanto me lo puedes decir hoy. No hace falta esperar por el contador para resolverte algo.
Nicolás permaneció junto a su puerta hasta que Ramiro salió del estacionamiento.
Sacó el teléfono y abrió la conversación con Lucía. Escribió: Hablé con él. Dice que no recuerda quién regresó con el camión. Me dio una llave de la oficina para buscar el original.
Releyó el mensaje.
Añadió: También me ofreció comprar mi parte de la compañía.
Lo envió antes de calcular por tercera vez cuánto dinero le quedaría.