El precio del apellido 3. La ruta diecisiete
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3. La ruta diecisiete

La ruta diecisiete

Nicolás no esperó a que volviera su tío.

A las once tuvo que atender la tercera llamada de su trabajo. Se encerró en la escalera de servicio para oír mejor. Su supervisor necesitaba el cálculo de materiales de una reparación que debían empezar el jueves; un suplidor había cambiado los precios y nadie encontraba la última versión.

Nicolás le indicó la carpeta y el nombre del archivo.

—¿Puedes revisarlo antes de las tres?

Miró por el hueco de la escalera. Abajo había un gabinete con una etiqueta amarilla y una caja de adornos de Navidad.

—Sí.

—Si necesitas más días por lo de tu papá, dímelo. Lo que no puedo es adivinar cuándo vas a estar.

—Te lo envío antes de las tres.

Cuando colgó, se quedó con el teléfono junto a la oreja. Había prometido dos cosas a dos personas que no tenían por qué esperar por él. Por primera vez desde el velorio, esa exigencia le produjo cierto alivio. Existían todavía trabajos que terminaban al entregar una cifra correcta.

Encontró a Inés revisando recibos con Ada. Esperó al otro lado de la puerta hasta que su hermana lo vio.

—Tengo que salir —dijo—. ¿Puedo mirar antes la hoja de ruta que iba con la orden?

Inés apartó un recibo.

—¿Sabes cuál era?

—No.

Ada siguió escribiendo en la calculadora.

—El número del camión tiene que estar en la autorización —dijo.

Nicolás abrió la imagen. Bajo el pliegue central de la copia se distinguía un doce.

—Unidad doce.

La calculadora dejó de sonar.

—Busca despacho, no las órdenes —dijo Ada—. Los cierres diarios se guardaban aparte.

Inés se levantó con él.

La segunda caja era más pequeña. Contenía sobres grandes, uno por día laborable. Dentro de cada sobre había hojas de ruta, recibos firmados y una hoja cuadriculada con las entradas y salidas del portón. Inés sacó el de la fecha que aparecía en el teléfono y lo dejó sobre la mesa.

Nicolás encontró el nombre de Mateo en la tercera hoja.

Ruta diecisiete. Unidad doce.

Había cinco entregas. La última tenía un sello ovalado y una firma que atravesaba la casilla de la hora. El regreso al almacén figuraba a las cuatro y cincuenta y ocho de la tarde.

—¿Y esta salida? —preguntó, señalando la fotografía de la autorización—. Cinco y cuarenta.

Inés acercó ambas hojas.

—Es después de cerrar la ruta.

Revisaron las entradas del portón. A las cinco y cuarenta, la unidad doce había vuelto a salir. El nombre de Mateo ocupaba la columna del conductor. Al final de la fila aparecía el número 0417.

Nicolás pasó el dedo por debajo, sin tocar la tinta.

—¿Volvió?

Inés recorrió el resto de la página.

—El camión, sí.

La entrada estaba anotada a las siete y veintiséis. En la columna del conductor había una raya.

—¿Eso qué significa?

—Que no pusieron el nombre.

—¿Podía haber entrado solo?

Su hermana lo miró.

—No hagas eso, Nico. Un espacio vacío no te dice quién venía.

Él retiró la mano.

Inés puso las hojas en paralelo. La cifra del odómetro al cerrar la ruta coincidía con la de la segunda salida. La del regreso nocturno era sesenta y seis kilómetros mayor.

—¿Dónde quedaba la oficina externa?

—No teníamos una oficina que se llamara así.

—Aquí lo dice.

—Ya lo vi. Podía referirse a un cliente, a un taller. No lo sé.

Nicolás fotografió las páginas completas. Después hizo una imagen de cada cifra y otra del sobre que las contenía. Inés permaneció a su lado hasta que terminó.

—Puedes enseñarle lo que se refiere a su papá —dijo—. Tapa los datos de los clientes. Y las firmas de los otros choferes.

—¿Puedo llevarme una copia en papel?

Ella lo acompañó a la fotocopiadora.

Mientras la máquina se calentaba, Nicolás escribió a Lucía: Encontré la hoja de ruta. El camión volvió a salir después. No está la orden original.

La respuesta llegó cuando él ya caminaba hacia el carro.

¿Dice con quién regresó?

Nicolás se detuvo junto al espacio vacío de su padre.

No pusieron nombre.

Lucía no volvió a contestar hasta las dos y cuarto.

Para entonces, él estaba en su apartamento, con la computadora abierta y una hoja de cálculo en la pantalla. Había logrado actualizar tres precios. El cuarto llevaba diez minutos delante de sus ojos.

A las cinco y media. Hay una cafetería frente al taller. Te mando la ubicación.

Nicolás terminó el cálculo y lo envió a las dos y cincuenta y tres. Después abrió las fotografías de nuevo.

Al salir de la funeraria había pensado que encontrar la orden bastaría para empezar a resolver algo. Ahora tenía más papeles y ninguna respuesta que pudiera decir en voz alta sin añadir una duda.

Ramiro llamó a las tres y seis.

Nicolás dejó que sonara hasta el final. Llegó un mensaje de voz, seguido de un texto: Inés dice que estuviste por acá. Tenemos que sentarnos tú y yo. Mañana te invito a almorzar.

No lo escuchó todavía.

* * *

Lucía llegó a la cafetería con una bolsa de tela y el cabello húmedo en la nuca.

—Tengo que irme a las seis y cuarto —dijo al sentarse—. Me dejaron una nevera abierta para terminar mañana y tengo que pasar a buscar una pieza.

Nicolás retiró la taza que había puesto frente a la silla vacía.

—Pedí café. No sabía si querías.

—¿Tiene azúcar?

—No.

Ella lo acercó y bebió antes de sacar los documentos.

Traía una carpeta de plástico transparente.

En la primera página había una fotografía de Mateo, de pie junto a un camión, con una mano levantada para protegerse del sol.

No era una foto elegida para un cartel. El hombre tenía los ojos medio cerrados y parecía estar respondiendo a alguien fuera del encuadre.

Lucía pasó esa página sin enseñársela.

—¿Puedo ver lo que trajiste?

Nicolás extendió las copias. Había cubierto los nombres y direcciones de los clientes en una segunda impresión; conservaba las imágenes completas en el teléfono. Le explicó qué había quitado.

Ella leyó primero la hoja de ruta. Después pasó al registro del portón. Mantuvo el dedo sobre el nombre del conductor hasta llegar a la hora.

—Cinco y cuarenta —dijo.

—Sí.

Lucía abrió su carpeta por una hoja escrita a mano.

—Mi mamá hizo esto el día que fue a denunciar que no había vuelto.

Era una lista de llamadas. Algunas tenían dos horas, una tachada y otra encima. Junto a las seis y doce aparecía una anotación: Ya terminó. Le pidieron otra vuelta. Que comamos.

Nicolás leyó la frase dos veces.

—¿Llamó de su teléfono?

—Sí.

—¿Tienen el registro?

—En esta carpeta no. Esto es lo que ella escribió. No sé si pidió la factura de llamadas después.

La precisión de la respuesta lo hizo sentirse torpe. Él ya había empezado a convertir la anotación en algo más firme de lo que era.

—¿Tú estabas en casa?

—Estaba bañándome. Cuando salí, ella dijo que fuéramos comiendo.

Lucía apoyó la palma sobre el plástico.

—Había hecho arroz con salchichas. Me acuerdo porque yo había pedido otra cosa y discutimos. Eso fue lo último que hablamos antes de empezar a llamar para saber dónde estaba.

En la mesa contigua, una mujer abrió una bolsa de galletas para un niño. Lucía volvió a beber café.

Nicolás señaló el odómetro.

—Según esto, el camión hizo sesenta y seis kilómetros después de terminar las entregas.

—¿Eso es lejos?

—Depende de adónde fuera. Es ida y vuelta, si no lo usaron para otra cosa.

—¿La orden dice adónde?

Él sacó la copia del documento que ella le había mostrado en el velorio.

—Solo esto. Oficina externa.

Lucía colocó su copia junto a la de él. Era la misma imagen, pero el papel que había guardado su madre conservaba una línea más clara en el margen. Nicolás pensó que se trataba de un defecto de la fotocopiadora.

Ella no miraba el margen. Miraba las firmas.

—¿Qué estabas autorizando?

Nicolás se acomodó en la silla.

—Era una salida fuera de programación.

—Eso dice el formulario. Te pregunto qué te dijeron a ti.

Él recordó la botella de agua sobre el escritorio, la mano de Ramiro cubriendo una esquina, la visita al apartamento que le importaba más que todo lo demás. También recordó haber preguntado por su padre.

—Que había que revisar inventario.

—¿De mi papá?

—No me dijeron eso.

—Pero su nombre estaba ahí.

Nicolás miró la firma. La raya bajo el apellido parecía aún más larga en aquella copia.

—No recuerdo haberlo leído.

Lucía recogió la hoja escrita por su madre y la metió de nuevo en la funda.

—Anoche me dijiste que no lo habías leído completo.

—Es lo que estoy diciendo.

—No es exactamente lo mismo.

Él buscó cómo explicarse y se oyó empezar una frase con el nombre de su tío. Se detuvo.

Lucía lo estaba mirando.

—Quiero encontrar lo que falta —dijo Nicolás.

Ella bajó los ojos al registro del portón.

—¿Puedo quedarme con esto?

—Sí.

Sacó el teléfono para hacer una foto de la anotación de las seis y doce. Antes de levantarlo, preguntó si podía. Lucía asintió y volvió a sacar la hoja.

Él fotografió la página entera.

No había una gran revelación que anunciarle.

Había un camión que había regresado a las siete y veintiséis, una llamada anotada a las seis y doce y un hombre que no había vuelto a cenar con su familia.

Nicolás no sabía si el registro estaba bien hecho, si la hora de la llamada era exacta o si alguien había usado el vehículo después de dejar a Mateo en otra parte.

Sabía que le habían dicho que el hombre se había marchado. Nunca le habían hablado de una salida autorizada por él al final del turno.

—¿Quién apuntaba esto? —preguntó Lucía.

Señalaba la hoja del portón.

Al pie había dos iniciales: E. S.

Nicolás amplió la fotografía en su teléfono. En el borde de la página siguiente se veía la misma combinación.

—No lo sé.

—¿Tu hermana lo sabe?

—Voy a preguntarle.

Lucía miró la hora y empezó a guardar. Dejó las copias de Nicolás en un compartimento distinto de los papeles de su madre.

—¿Qué vas a hacer si tu tío te pide que pares?

Nicolás pensó en el mensaje que no había escuchado. No quería decirle que Ramiro ya lo estaba buscando; tampoco quería que después pareciera otra cosa que había ocultado.

—Me llamó hoy. Quiere almorzar mañana.

Lucía cerró el broche de la carpeta.

—Pregúntale quién trajo el camión.

Se levantó, buscó unas monedas para el café y las dejó junto a la taza. Nicolás iba a decirle que él pagaba, pero ella ya se había echado la bolsa al hombro.

Desde la mesa la vio cruzar hacia el taller. Saludó con la mano a un hombre que esperaba junto a una puerta enrollable y se agachó para mirar algo dentro de una caja. Un instante después estaba discutiendo con él, señalando la pieza que sostenía.

Nicolás abrió la conversación con Inés.

¿Quién llevaba el portón ese año? Iniciales E. S.

La respuesta tardó seis minutos.

Ernesto Soto. Salió hace tiempo. ¿Por qué?

Antes de que Nicolás contestara, llegó otro mensaje.

Nico, no le prometas a esa muchacha cosas que todavía no sabemos si podemos darle.

Él dejó el teléfono sobre la mesa y leyó una vez más la fila de las siete y veintiséis.

En la columna del conductor no había un espacio sin usar. Había una raya trazada con la misma tinta que el resto del renglón.

Alguien había llegado hasta esa casilla.

Y había seguido escribiendo después.