2. Lo que queda abierto
Lo que queda abierto
El nombre de su padre seguía pegado al espacio reservado del estacionamiento.
Nicolás lo vio al entrar, en una placa torcida sobre la pared: ESTEBAN VARELA. PRESIDENCIA. La pintura del suelo había perdido el amarillo, pero nadie ocupaba aquel rectángulo. Dejó el carro junto al portón, donde se estacionaban los visitantes.
Un camión esperaba con el motor encendido frente al muelle de carga. El chofer tenía la puerta abierta y una pierna afuera. Más adentro, dos hombres envolvían un escritorio con plástico transparente.
Nicolás tuvo que detenerse para reconocer el lugar.
No porque hubiera cambiado mucho. El mismo reloj sin cristal colgaba sobre la oficina de despacho; la misma gotera había oscurecido una esquina del techo.
Lo que faltaba era ruido. Antes, incluso en las horas muertas, había alguien discutiendo una entrega, llamando a un conductor o arrastrando una paleta.
Ahora se oía el plástico estirarse alrededor del escritorio.
—Eso no se va todavía.
Inés apareció desde el pasillo con una carpeta roja bajo el brazo. Los dos hombres dejaron de envolver.
—Ramiro dijo que lo preparáramos —contestó uno.
—Preparen el otro. Ese tiene expedientes adentro.
El hombre asintió. Inés esperó a que retiraran el rollo antes de mirar a su hermano.
—Pensé que vendrías después de almuerzo.
—No habíamos quedado a ninguna hora.
—Te mandé un mensaje.
Nicolás sacó el teléfono. Había tres llamadas de su trabajo y un mensaje de su hermana: Pasa a las dos. Tenemos que hablar de lo de aquí.
Eran las nueve y diecisiete.
—No lo vi.
—Ven.
La siguió hasta la oficina administrativa. Un aire acondicionado viejo hacía vibrar una persiana. Sobre la mesa de reuniones había tres calculadoras, una bolsa de pan sin abrir y una lista de nombres impresa de lado para que cupiera en una sola página.
Inés cerró la puerta.
—¿Desayunaste?
Él negó con la cabeza.
Ella le acercó la bolsa.
—Yo tampoco.
Nicolás tomó un pedazo. Inés dejó la carpeta sobre la mesa, pero no se sentó. Tenía la misma blusa del día anterior, o una muy parecida, y una marca roja donde la correa del bolso le había presionado el hombro.
—¿Cómo está mamá?
—Durmiendo cuando salí. La vecina iba a llevarle sopa.
—Puedo pasar después.
—Llámala primero. Todo el mundo aparece y ella se siente obligada a atender.
Nicolás puso el pan sobre una servilleta.
—Vine por una orden de salida.
Inés bajó la mirada a la carpeta.
—¿De cuándo?
—Del último año que trabajé aquí. La cero cuatro diecisiete.
Su hermana tiró de una silla y por fin se sentó.
—Lo de la muchacha.
—Lucía.
—Sí.
—¿Sabes dónde están esas órdenes?
Inés pasó una mano por encima de la lista de nombres, tapando una columna.
—Antes de que te metas a buscar, necesito que entiendas lo que está pasando.
Nicolás miró hacia el almacén a través del cristal. Un hombre probaba las ruedas del escritorio que acababan de dejar libre.
—¿Están cerrando?
—Estamos entregando parte de la operación. Se vendieron los vehículos que quedaban libres, el equipo y el derecho a continuar algunas cuentas. El contrato del local termina. Los nuevos operadores van a usarlo.
—¿Desde cuándo?
—Papá firmó hace tres semanas.
Nicolás esperó a que ella añadiera algo. Inés abrió la carpeta y sacó un calendario con varias fechas rodeadas.
—La entrega es dentro de nueve días. Antes hay que conciliar el inventario, dejar que los empleados que salen recojan sus cosas y trasladar el archivo.
—¿Qué empleados salen?
Inés apartó la mano de la lista.
Había treinta y cuatro nombres. Al lado de algunos aparecía una marca verde; junto a otros, una fecha. Nicolás reconoció cinco. Después seis. El último había empezado de ayudante cuando él todavía iba al almacén después de clases.
—¿Qué significa lo verde?
—Que los van a entrevistar. No que estén contratados.
—¿Y los demás?
—Estoy calculando lo que se les debe.
El teléfono de Inés empezó a vibrar. Ella leyó la pantalla y lo puso en silencio.
—No había dinero para seguir —dijo—. Hay camiones que trabajaban para pagar la reparación del mes anterior. Perdimos dos cuentas y llevamos ocho meses cubriendo una cosa con otra.
—Papá no me dijo nada.
Inés abrió la bolsa de pan, sacó un pedazo y lo sostuvo sin comer.
—A mí me dijo que tú no querías saber.
Nicolás buscó una respuesta y encontró demasiadas ocasiones en que había terminado una llamada antes de preguntar.
—¿Y el archivo adónde va?
—A depósito. Algunas cosas las recoge el contador. Otras se quedan aquí hasta que podamos clasificarlas.
—¿Quién decide cuáles?
—Por ahora, yo.
—Necesito revisar una caja.
Inés dejó el pan.
—¿Qué dice esa orden?
Él le mostró la fotografía. Su hermana sostuvo el teléfono cerca del cristal para evitar el reflejo de la lámpara.
—Esa firma es tuya.
—Sí.
—¿Y la otra?
—La de Ramiro, creo.
Inés amplió la imagen. Se quedó unos segundos sobre la casilla del destino.
—Esto no autoriza una entrega —dijo.
—Ya lo sé.
—No. Mira el formulario. Es una salida fuera de programación. Se usaba cuando cambiaban un camión de servicio, cuando había una inspección o algo que despacho tenía que justificar después. Tenía que adjuntarse a la hoja de ruta.
Nicolás se inclinó sobre el teléfono.
—¿Se archivaban juntas?
—Al final del mes. Si se hacía bien.
Le devolvió el aparato.
—No me acuerdo de Mateo firmando una renuncia.
—¿La buscaste alguna vez?
Inés levantó los ojos.
—No.
Lo dijo sin bajar la voz. Nicolás habría preferido alguna explicación que le permitiera discutir.
El teléfono volvió a vibrar. Esta vez Inés contestó.
—Sí, Ada. Estoy aquí. No, ese pago no ha salido. Espérame diez minutos.
Colgó y tomó un llavero del cajón.
—Puedes buscar hasta que vuelva. No saques originales. Hay papeles de empleados, de clientes. No todo es nuestro para enseñarlo.
—Lucía me pidió que no lo dejara aquí si lo encontraba.
—Y yo te estoy diciendo que primero lo encuentres.
Salieron por una puerta lateral. Al fondo del pasillo había una habitación sin ventanas, con estantes metálicos y cajas del tamaño de un microondas. En el suelo, una franja más clara marcaba dónde había estado un archivador.
Inés abrió y encendió la luz. Uno de los tubos parpadeó antes de quedarse fijo.
—Por año. Operaciones está a la derecha. Nómina, al fondo. No te subas en esa silla; tiene una rueda mala.
Le dejó la llave.
—Si encuentras algo, me llamas antes de moverlo de sitio.
Nicolás esperó a que sus pasos se perdieran. Después miró las cajas.
Había pasado once años evitando aquel lugar. No esperaba que volver consistiera en tener que agacharse entre una impresora rota y un paquete de vasos.
Encontró el año en el segundo estante. Las primeras cajas contenían facturas de combustible y recibos de peaje. En una había calendarios de una ferretería. La última tenía escrito OPERACIONES con marcador negro.
La puso en la mesa pequeña junto a la puerta.
Dentro había carpetas por mes. Algunas conservaban el cierre metálico; otras estaban sujetas con bandas resecas que se partían al tocarlas. Nicolás buscó el mes de la fotografía y sacó un paquete de formularios.
Los reconoció de inmediato. El papel autocopiativo amarillo, la línea roja sobre el número, el espacio para firmar que Ramiro señalaba con el dedo.
La cuatrocientos quince autorizaba el traslado de un camión al taller. La cuatrocientos dieciséis era una salida por inspección. Después venía la cuatrocientos dieciocho.
Nicolás separó las hojas y revisó el reverso. Repitió la secuencia dos veces.
La cuatrocientos diecisiete no estaba.
En el espacio entre las dos órdenes había una grapa oxidada sujetando un cuadrado de papel. Parecía haberse rasgado de una nota más grande. Solo quedaban dos palabras, escritas con bolígrafo: Con Esteban .
Fotografió el conjunto tal como lo había encontrado. Luego la portada de la carpeta, la caja y su etiqueta. No sabía si serviría de algo, pero el temor de olvidar cómo estaban las cosas le resultó más fuerte que la vergüenza de documentar un pedazo de papel.
Cuando bajó el teléfono, alguien estaba en la puerta.
Era una mujer de pelo canoso, recogido con una pinza. Llevaba una taza con el nombre Ada y una calculadora bajo el brazo.
—Tu hermana está con el señor de los camiones —dijo.
—¿Ada?
—Todavía.
Él intentó sonreír.
Ada entró lo justo para dejar la calculadora sobre la mesa. Miró la caja abierta.
—Tienen polvo hasta las copias.
—Estoy buscando una orden.
—¿De ese año?
—Sí.
Ella levantó la taza y bebió. Nicolás recordaba su escritorio frente a nómina, las uñas cortas, una radio que apagaba cada vez que entraba su padre. Ahora tenía una pequeña cicatriz encima del labio.
—¿Qué significa esto? —preguntó él, señalando la nota.
Ada no se acercó.
—Que lo tenía Esteban.
—Eso lo entiendo. Quiero decir, ¿dónde guardaba los papeles que sacaba de aquí?
—En su oficina.
—¿En algún sitio en particular?
—Tu papá tenía varios sitios en particular.
Nicolás miró de nuevo la nota. No había una fecha que indicara cuándo habían retirado la orden ni una firma de quien se la hubiera llevado.
—¿Esta letra es tuya?
Ada sostuvo la taza con ambas manos.
—No.
Él iba a preguntarle si sabía de quién era cuando sonó una bocina en el muelle. La mujer volvió la cabeza hacia el pasillo.
—Tengo que ver lo del pago.
—¿Te vas también?
Ada miró la calculadora que había dejado sobre la mesa, como si acabara de recordar para qué había entrado.
—Tengo treinta y un años aquí.
—No fue eso lo que te pregunté.
—Es lo que te estoy contestando.
Recogió la calculadora y salió.
Nicolás permaneció unos segundos frente a la puerta. Después volvió a colocar las hojas en el mismo orden y dejó la caja abierta sobre la mesa. Fue a buscar a Inés.
La encontró junto al escritorio envuelto a medias. Un hombre con una tabla de inventario discutía el precio de unas sillas.
—Después —le dijo ella a Nicolás.
Él esperó hasta que el hombre se alejó para contar las sillas del otro extremo.
—La orden no está. Hay una nota que dice que la tenía papá.
Inés se quedó mirando el rollo de plástico.
—Enséñame.
Él abrió las fotografías. Su hermana deslizó el dedo entre la imagen de la carpeta y el trozo de nota. Volvió atrás.
—No muevas esa caja.
—No la moví de la mesa.
—Digo que no la devuelvas al estante. Voy a apartarla de lo del traslado.
—Necesito entrar a su oficina.
Inés cerró los ojos un momento. Desde donde estaban se veía la puerta, al otro lado del almacén. El nombre de Esteban aparecía en letras doradas sobre el cristal.
—La cerró Ramiro ayer —dijo.
—¿Tú tienes llave?
—De esa cerradura, no.
Nicolás miró la puerta con más atención. La madera alrededor de la manija estaba astillada. Debajo, sobre una repisa, alguien había dejado un cilindro de cerradura con dos llaves viejas todavía puestas.
—¿La cambió?
Inés siguió su mirada.
El hombre del inventario los llamó para preguntar si también contaban un gabinete que estaba en la escalera. Ella no contestó enseguida.
—Dijo que había demasiadas llaves dando vueltas —respondió al fin.
Nicolás volvió a mirar el teléfono. La orden faltante, el nombre de su padre, el archivo que tenía que salir en nueve días. Quiso llamar a Lucía y decirle que ya estaba buscando, ofrecerle algo que justificara la promesa hecha en el estacionamiento.
Pero todavía no había encontrado el documento.
—¿A qué hora vuelve Ramiro? —preguntó.
Inés cerró la carpeta roja contra el pecho.
—A las dos. Le dije que ibas a venir.