El precio del apellido 1. La firma
6%
El precio del apellido

El precio del apellido

Por Papiro

© inepub.com

1. La firma

La firma

La mujer esperó a que Nicolás se quedara solo junto a la cafetera.

Durante las dos horas anteriores, todos los que se habían acercado a él habían pronunciado alguna versión de la misma frase: su padre había sido un hombre generoso.

Unos recordaban un préstamo. Otros, un empleo.

Una señora que Nicolás no conocía le había enseñado la fotografía de un techo reparado después de un huracán.

La mujer no llevaba una fotografía.

Sacó de su bolso una hoja doblada en cuatro y la puso sobre la mesa, al lado del azúcar.

—¿Esta firma es suya?

Nicolás tenía un vaso de café en la mano. Lo dejó antes de mirar el papel, con el cuidado exagerado de quien ya ha derramado algo en un lugar donde no debía.

Era una copia descolorida. En el encabezado aparecía el nombre de la compañía: Transportes Varela. Debajo había casillas, una fecha de once años atrás y dos firmas. La de abajo era la suya.

La reconoció por la última letra. Entonces todavía prolongaba la a hasta convertirla en una raya que cruzaba bajo el apellido. Había dejado de hacerlo cuando un supervisor le dijo que parecía la firma de alguien que aspiraba a tener empleados sin aprender primero a trabajar.

—¿De dónde sacó esto?

—¿Es suya?

Del otro lado de la puerta llegaba la voz del hombre encargado de acomodar las sillas. Pedía que dejaran libre el pasillo central. En cualquier momento empezarían unas palabras sobre Esteban Varela, y Nicolás tendría que sentarse al lado de su madre.

—Sí —dijo.

La mujer sostuvo el borde del papel para impedir que él lo recogiera.

—El nombre es el de mi papá.

Nicolás bajó la vista.

Mateo Cruz.

No era un nombre olvidado. Era uno que llevaba años sin oír.

—Lo siento —dijo, y enseguida comprendió cómo había sonado.

Ella retiró la mano.

—No le he dicho qué pasó.

Nicolás miró hacia la puerta. Su hermana estaba cerca del ataúd, hablando con un hombre de camisa azul.

Inés asentía sin dejar de observar el salón.

Lo había hecho toda la tarde: contar las personas que entraban, calcular las sillas, comprobar si su madre necesitaba agua.

Su padre llevaba dos días muerto y ella todavía parecía esperar una instrucción suya.

—Me dijeron que se había ido —dijo Nicolás.

—¿Quién?

Él volvió a mirar la fecha.

—No me acuerdo.

La mujer dobló una esquina del papel por la marca que ya tenía.

—Yo sí me acuerdo de quién me lo dijo a mí. Su tío. Fue a casa un miércoles. Dijo que mi papá había cogido dinero y que nos convenía no buscar problemas.

Desde el salón llegó una risa breve, incómoda, inmediatamente apagada.

—¿Cómo se llama usted? —preguntó Nicolás.

—Lucía Cruz.

La recordó más pequeña, sentada sobre una neverita junto a la oficina del almacén. Mateo la llevaba algunos sábados. La niña hacía tareas mientras él lavaba el camión. Nicolás recordaba las piernas sin alcanzar el suelo y un lápiz sujeto al pelo.

La mujer que tenía delante llevaba el pelo recogido con una liga negra. Bajo una uña conservaba una línea de suciedad que había resistido al lavado. Sobre el puño de la blusa se distinguía un pequeño remiendo.

—Te recuerdo —dijo.

—Yo también.

No lo dijo como un favor.

Nicolás acercó la hoja. El documento autorizaba la salida de un vehículo y de su conductor fuera de la ruta asignada. En observaciones había una frase escrita a mano: «Revisión de inventario, oficina externa».

Su tío le había puesto varios papeles enfrente aquella mañana. Nicolás recordó una botella de agua sudando sobre el escritorio y el teléfono de Ramiro vibrando sin parar. Recordó que tenía prisa porque iba a ver un apartamento. Recordó haber preguntado si aquello requería la firma de su padre.

«Tú apareces como encargado», había respondido Ramiro. «Firma ahí».

No recordó haber leído el nombre del conductor.

Había contado esa parte de su vida de muchas formas: el año en que se marchó, el año en que dejó de deberle explicaciones a su padre, el año en que empezó de nuevo. Nunca la había contado como el año en que firmó aquel papel.

—¿Dónde lo conseguiste?

—Entre las cosas de mi mamá. Murió en junio.

—No sabía.

—No tenía por qué saberlo.

Lucía alisó el documento con dos dedos.

—Había guardado todo. Las reclamaciones, las cartas que nunca contestaron, las fotos. Yo sabía de esas cosas. De esta, no. Encontré la caja cuando pude empezar a vaciar su cuarto.

Nicolás leyó la hora: cinco y cuarenta de la tarde.

Le pareció que algo acababa de moverse dentro de su recuerdo. La oficina había estado vacía después del almuerzo. Él había firmado por la mañana. No podía asegurar las horas, pero recordaba haber llegado al apartamento antes de las dos, porque la agente tenía otro compromiso.

—Esto se llenó después —dijo.

Lucía levantó la mirada.

—¿Qué parte?

Él volvió a leerlo antes de responder.

—La hora, creo.

—¿Lo demás estaba?

Nicolás sintió calor bajo el cuello de la camisa.

—No lo sé.

Ella esperó.

—No lo leí completo.

Lucía miró el vaso de café que él había dejado intacto.

—Mi mamá tuvo que pedir prestado para el alquiler ese mes. Después tuvo que entregar la guagua. A mí me sacaron de la escuela donde estaba porque no podíamos seguir pagando.

Nicolás abrió la boca, pero ella no había terminado.

—Se lo digo para que entienda cuánto tiempo lleva siendo un papel para usted.

En la puerta apareció Inés.

—Nico. Van a empezar.

Su mirada pasó del rostro de Lucía al documento. No intentó leerlo; Nicolás conocía bien aquel gesto. Inés podía notar una conversación inconveniente antes de saber de qué trataba.

—Ahora voy —dijo él.

—Mamá está preguntando.

Lucía dobló la copia.

—Ya me iba.

Inés se apartó para dejarla pasar.

—Gracias por venir.

Lucía no respondió. Nicolás la siguió con la vista mientras cruzaba el vestíbulo y empujaba la puerta de cristal.

—¿Qué quería? —preguntó su hermana.

—Es la hija de Mateo Cruz.

Inés tardó un momento en contestar.

—¿El chofer?

—Sí.

—¿Y qué quería?

Nicolás recogió el vaso, aunque ya no tenía intención de beber.

—Hablar conmigo.

Inés se frotó debajo de un ojo sin llegar a tocar el maquillaje.

—Hoy no, Nico.

Él la miró. Había querido preguntarle si reconocía la autorización, si recordaba aquella semana, si su padre había vuelto a pronunciar el nombre de Mateo alguna vez. La respuesta de Inés había llegado antes que todas las preguntas.

—Ve con mamá —dijo—. Voy enseguida.

Dejó el café junto a la máquina y salió.

Lucía estaba en el estacionamiento, buscando las llaves dentro del bolso. Una camioneta blanca ocupaba el espacio frente a ella. En la puerta había letras azules que anunciaban servicio de refrigeración. El parachoques trasero estaba hundido en un extremo.

—Lucía.

Ella encontró las llaves antes de volverse.

—Necesito una copia —dijo Nicolás.

—Esta es una copia.

—Quiero decir, para buscar el original.

Lucía observó la entrada de la funeraria. Tras el cristal, un empleado movía un arreglo floral para que no bloqueara la puerta.

—¿Todavía guardan esas cosas?

—Mi padre guardaba todo.

Lo había dicho sin pensarlo. Por primera vez aquella tarde, la costumbre de su padre le pareció algo distinto de una virtud.

Lucía sacó el teléfono.

—Le mando una foto.

Intercambiaron los números sin decir sus nombres. El de ella apareció en la pantalla junto a una imagen del documento.

Nicolás amplió la zona inferior. Había un número de orden en la esquina: 0417.

—¿Qué quieres que haga si lo encuentro?

—Que no lo vuelva a dejar allí.

—No sé si puedo sacar documentos de la compañía.

—Entonces averigüe cómo se conservan. Pero no le pregunte primero a su tío qué le conviene hacer.

Una pareja salió de la funeraria. El hombre reconoció a Nicolás y levantó una mano. Nicolás le devolvió el gesto. Lucía esperó hasta que llegaron a su automóvil.

—Mi mamá vino una vez al almacén —dijo—. Después de que él desapareció. ¿Usted la vio?

Nicolás recordó a una mujer junto al portón. Recordó, sobre todo, haber bajado la mirada al teléfono mientras Ramiro salía a hablar con ella.

—Sí.

Lucía apretó las llaves dentro de la mano.

—Ella decía que no la había visto nadie.

Nicolás no encontró una respuesta que no empeorara aquello.

—Mañana voy a buscarlo —dijo al fin.

—Trabajo hasta las cinco.

Lucía abrió la puerta de la camioneta. En el asiento del acompañante había una caja de herramientas, una botella de agua y un recibo arrugado. Apartó del volante un paño que usaba para cubrirlo del sol.

Antes de subir, miró otra vez a Nicolás.

—No necesito que me diga que su papá era bueno con usted.

Él negó con la cabeza, pero ella ya estaba sentándose.

La camioneta tardó en encender. Lucía lo intentó una segunda vez y el motor respondió. Nicolás se apartó. La vio salir despacio del estacionamiento, detenerse para dejar pasar a un hombre con un andador y perderse detrás de una guagua escolar.

Cuando regresó al vestíbulo, Ramiro lo esperaba junto a la mesa de condolencias.

Su tío llevaba la corbata floja. Tenía los ojos húmedos y un vaso de agua en la mano. Durante toda la tarde había abrazado a Nicolás cada vez que se cruzaban, como si el dolor pudiera hacerlo desaparecer entre una habitación y otra.

Esta vez no lo abrazó.

—Tu mamá está sentada ya —dijo.

—Voy.

Ramiro miró el teléfono que Nicolás aún sostenía.

—¿La muchacha te dio algo?

Nicolás apagó la pantalla.

—¿La conoces?

—La vi crecer.

Un empleado les indicó en voz baja que podían entrar por la puerta lateral. Ramiro le agradeció el gesto y puso una mano en la espalda de Nicolás.

—Su mamá sufrió mucho —dijo mientras caminaban.

Nicolás se detuvo antes del salón.

—¿Por qué?

La mano de Ramiro permaneció un segundo más sobre su espalda. Después cayó.

—Porque Mateo se fue.

Nicolás podía ver a su madre en la primera fila, con un asiento vacío a cada lado. Inés ocupaba el extremo y le hacía una señal para que avanzara.

—¿Adónde?

Su tío apretó el vaso de plástico. El agua subió hasta el borde.

—Ahora no —dijo.

Nicolás entró y se sentó junto a su madre. Ella buscó su mano sin mirarlo.

Al frente, un hombre empezó a hablar de la huella que dejaba una persona.

Nicolás mantuvo el teléfono boca abajo sobre la pierna. Bajo la funda, contra la palma, notaba el pequeño relieve de una tarjeta bancaria.

Cuando había llegado a la funeraria, su mayor preocupación era cuánto tardarían en repartir la herencia.

Ahora tenía que recordar qué más había firmado aquella mañana.