El precio del apellido 8. El hombre del turno de noche
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8. El hombre del turno de noche

El hombre del turno de noche

Ernesto aceptó hablar, pero no quiso que fueran a su casa.

Citó a Nicolás en unas gradas junto a una cancha. A esa hora no había partido. Un hombre lavaba el pasillo con una manguera y dos muchachos lanzaban al canasto desde el mismo punto, turnándose sin llevar la cuenta.

Nicolás llegó diez minutos antes. Ernesto ya estaba sentado en la última fila, con una bolsa de pan sobre las rodillas.

No lo habría reconocido en la calle. Recordaba un hombre ancho, con una camisa demasiado ajustada en los hombros. Ahora el cuello salía estrecho de una camiseta sin dibujos y la piel de los brazos colgaba bajo las mangas.

—Tu tío dijo que ibas a llamar —dijo Ernesto.

Nicolás se sentó dejando un espacio entre los dos.

—¿Te dijo para qué?

—Por unos papeles viejos.

Sacó la copia del registro del portón y la apoyó sobre una carpeta rígida. Ernesto no estiró la mano para recibirla.

—¿Esa letra es tuya?

El hombre acercó la cabeza.

—Sí.

—Quiero saber quién regresó con la unidad doce.

Ernesto miró hacia la cancha. Uno de los muchachos había perdido la bola y corría tras ella.

—Han pasado años.

—Lo sé.

—Uno no recuerda todos los carros que entraron.

—No te pregunto por todos.

El hombre dobló el borde de la bolsa de pan y volvió a desdoblarlo.

—Tu padre murió hace unos días.

—Sí.

—Le debo mucho.

Nicolás había preparado preguntas sobre las horas, los vehículos y el nombre que faltaba. No había preparado una forma de responder a aquello sin usar el dolor del hombre contra él.

—Sé que ayudó a Elena —dijo.

Ernesto se volvió.

—¿Quién te habló de mi hija?

—Encontré recibos en la oficina. Ada me dijo quién era.

El hombre apretó la bolsa. Después la dejó a un lado.

—Ella no tiene que ver con esto.

—No he dicho que tenga que ver.

—Pues que se quede así.

Nicolás guardó silencio hasta que Ernesto volvió a mirar el papel.

—No escribiste un nombre —dijo—. Escribiste una raya.

—La hoja se cerraba al final del turno.

—¿No estabas en el portón cuando entró?

Ernesto se pasó una mano por la cara.

—Esa noche me sacaron de allí.

Nicolás lo miró.

—¿Adónde?

—A buscar un vehículo.

El muchacho de la cancha encestó y levantó los brazos. El otro le quitó la bola antes de que terminara de celebrar.

—¿Qué vehículo?

—Una guagua de la compañía. La de servicio.

—¿La trajiste tú?

Ernesto asintió.

—¿Desde dónde?

El hombre se inclinó para recoger la bolsa.

—No quiero seguir con esto.

Nicolás sintió que, si lo dejaba levantarse, tendría que volver al almacén con la misma raya. Sujetó la carpeta con ambas manos para no intentar tocarle el brazo.

—No sabes lo que le pasó a la familia de Mateo.

Ernesto lo miró de frente por primera vez.

—No me digas eso.

Nicolás bajó la voz.

—Su esposa murió sin saber dónde estaba.

—Sé cuándo murió Ana.

El hombre se quedó sentado, pero desplazó la bolsa al lado opuesto.

—Fui al entierro —añadió—. No entré donde estaban ellos. Fui después.

Nicolás miró hacia el pasillo mojado. El hombre de la manguera había empezado a enrollarla.

—¿Sabes cómo consiguió Ana una copia de la orden que firmé?

Ernesto cerró los ojos un instante.

—Se la dejé yo.

La respuesta hizo que Nicolás volviera a mirar el papel, como si pudiera ver en él el recorrido entre ambas casas.

—¿Cuándo?

—Al otro día. En el buzón. Mateo me dio su copia antes de salir y dijo que la guardara. Después, cuando no volvió, fui a dejarla.

—¿Por qué no hablaste con ella?

Ernesto no contestó.

—¿Viste regresar el camión?

—Cuando volví al almacén ya estaba adentro.

—¿Quién te dijo a qué hora había entrado?

El hombre se frotó los nudillos. Nicolás esperó.

—Ramiro.

—¿Y no te dijo quién lo trajo?

—Me dijo que lo apuntara. Que ya habían terminado.

—¿Terminado qué?

Ernesto bajó la cabeza.

—No lo pregunté.

Nicolás pensó en su firma, en la hora que creía haber visto añadida después, en todas las casillas que podían llenarse al final de un día para hacer que las cosas parecieran ordenadas.

—¿Por qué no escribiste su nombre?

—Porque no lo vi.

—Pero pusiste la hora.

—La que me dijeron.

Una mujer llegó a recoger a uno de los muchachos. Lo llamó dos veces antes de que él aceptara dejar la bola. El ruido de las suelas sobre el cemento dejó paso al tránsito de la avenida.

Ernesto se levantó.

—Yo no llevé a Mateo.

Nicolás permaneció sentado.

—¿Lo viste donde recogiste la guagua?

La bolsa de pan crujió entre los dedos del hombre.

—Yo no llevé a Mateo —repitió.

Nicolás no podía convertir la repetición en una respuesta a otra pregunta.

—¿Elena sigue recibiendo ayuda?

Ernesto lo miró con una expresión tan dura que Nicolás comprendió cómo había sonado.

—No te estoy ofreciendo nada —dijo—. Tampoco voy a quitarle nada. No tengo cómo hacerlo.

—Hoy no.

El hombre empezó a bajar los escalones.

—Ernesto.

Se detuvo sin volverse.

—¿Puedo decir lo que me acabas de contar?

La pregunta quedó entre las gradas vacías. Ernesto giró apenas la cabeza.

—No me vuelvas a poner palabras que yo no dije.

Bajó el último escalón y se alejó por el pasillo mojado.

* * *

Nicolás anotó la conversación antes de encender el carro. No había grabado. Escribió eso en la primera línea para no olvidar después qué tenía y qué no.

Separó las frases que recordaba de lo que él había entendido. Ernesto había reconocido la letra, había dicho que condujo una guagua desde un lugar que no quiso identificar y que anotó la hora del camión por indicación de Ramiro. No había dicho que viera a Mateo ni que supiera dónde estaba.

Cuando terminó, le envió a Lucía un mensaje pidiéndole hablar.

Ella llamó veinte minutos después.

Nicolás le contó lo de la copia en el buzón. Al otro lado se oyó un movimiento de papeles.

—Mi mamá había escrito «la dejaron» en el sobre donde la guardó —dijo Lucía—. Pensé que lo decía por la oficina.

—Ernesto dice que Mateo se la dio antes de salir.

—Entonces sabía que podía necesitarla.

Nicolás cerró la libreta.

—Sí.

Lucía guardó silencio unos segundos.

—¿Y tú qué sabías?

Él miró por el parabrisas. Ernesto ya no estaba a la vista. El hombre de la manguera cerraba una pequeña verja junto a las gradas.

—¿Por qué me lo preguntas?

—Por la carta. Tu mamá dice que te habías peleado con tu papá. Tú dices que te querías ir. Mateo dice que lo estaban haciendo responder por viajes que no hizo. ¿Qué se discutía en esa oficina antes de que firmaras?

Nicolás abrió la boca y se quedó mirando la libreta cerrada.

Una mañana entera no cabía en la imagen de una botella de agua.

—Tenemos que hablar en persona —dijo.

Lucía no aceptó enseguida.

—Esta vez empieza por lo que recuerdas.