Capítulo 30 #3
Javier se quedó en Niza terminando los asuntos de la operación y, por primera vez desde que lo conocía, parecía genuinamente feliz de perder de vista a su jefe.
Durante el vuelo, Damián trabajó una hora. Después cerró el portátil.
—¿Qué haces? —pregunté.
—Nada.
—Eso no existe en tu agenda.
—Acabo de crearlo.
—¿Y cuánto dura?
—Lo que tú quieras.
—No me responsabilices de tu descanso.
—Entonces una hora.
—Muy ambicioso.
Miramos una película. Damián no entendió la mitad porque siguió revisando el teléfono a escondidas. Se lo quité.
—Dijiste una hora.
—Solo estaba comprobando…
—Una hora.
Guardé el teléfono en mi bolso.
—Eso es mío.
—Lo recuperarás si te portas bien.
—No me hables como a un niño.
—Entonces deja de comportarte como uno.
—Quiero mi teléfono.
—Y yo quería una vida tranquila.
—Eso nunca te lo prometí.
—No. Y menos mal.
La frase salió antes de que pudiera detenerla. Damián me miró.
—¿Menos mal?
—Una vida completamente tranquila sería aburrida.
—¿Y yo no?
—Tú eres muchas cosas. Aburrido no está entre ellas.
—¿Insoportable?
—En primer lugar.
—¿Controlador?
—Muy arriba.
—¿Algo positivo?
Lo pensé. Solo para molestarlo.
—Tienes buenos aviones.
—Aitana.
Sonreí.
—También estás aprendiendo.
—¿Eso es positivo?
—Mucho.
Damián tomó mi mano.
—¿Y tú?
—¿Qué pasa conmigo?
—¿Estás aprendiendo algo?
Miré nuestros dedos unidos.
—A no salir corriendo antes de escuchar toda la historia.
—Esta historia era bastante mala.
—Sí.
—Podrías haber corrido.
—Podría.
—¿Por qué no lo hiciste?
Levanté la vista.
—Porque esta vez te quedaste mientras la contabas.
No dijo nada. Tampoco hacía falta. Al aterrizar, había periodistas esperando. Menos que en Niza. Pero suficientes.
Damián me miró antes de que se abrieran las puertas.
—Podemos salir separados.
—¿Quieres hacerlo?
—No.
—Yo tampoco.
—Publicarán fotografías.
—Ya tengo una colección.
—Puedo pedir que nos lleven por otra salida.
—Damián.
—Te estoy dando opciones.
—Lo sé.
Apreté su mano.
—Salgamos.
Las cámaras empezaron en cuanto aparecimos. Preguntas sobre Adrián. Sobre Sabrina. Sobre la operación. Sobre nosotros. No respondimos. Caminamos juntos hasta el coche. Esta vez no sentí que entrara en su mundo.
Tampoco que él invadiera el mío. Solo éramos dos personas intentando descubrir cómo construir uno compartido sin destruir los que ya teníamos.
Cuando llegamos a mi edificio, Damián miró la fachada.
—Es pequeño.
—Vas a empezar muy bien.
—Me refería al portal.
—También es pequeño.
—¿Hay ascensor?
—Sí.
—¿Y seguridad?
—Una cerradura.
Su expresión fue exactamente la que esperaba.
—No.
—Bienvenido a la vida normal.
—Vamos a instalar…
Lo miré. Damián cerró la boca.
—Vamos a hablar de si quieres instalar algo.
—Mejor.
Subimos. Abrí la puerta. Damián entró con la maleta y observó el salón. El sofá. Mi sofá. No era grande. Tampoco cómodo.
—No cabes —dije.
—Cabré.
—Te vas a despertar doblado.
—Sobreviviré.
—Podemos compartir la cama.
Me miró.
—¿Eso es una invitación?
—Es una posibilidad.
—Aitana.
—¿Qué?
—Necesito que seas clara.
Sonreí.
—Quiero que duermas conmigo.
Damián dejó la maleta.
—Eso sí es claro.
—Solo dormir esta noche.
—De acuerdo.
—Mañana veremos.
—De acuerdo.
—Y durante esta semana no eres mi jefe.
—Nunca lo he sido.
—Te comportas como si fueras el jefe del planeta.
—Eso es diferente.
—Tampoco puedes comprarme muebles.
Miró el sofá.
—Necesitas uno nuevo.
—Damián.
—No compraré nada.
—Ni mandarás a nadie.
—No.
—Ni llamarás a un decorador.
—No conozco ninguno en Madrid.
—Eso no te detendría.
—Probablemente no.
Dejé el bolso sobre una silla.
—¿Café?
—Sí.
—Lo preparo yo.
—Puedo hacerlo.
—¿Sabes usar una cafetera normal?
—Claro.
Le señalé la cocina.
—Adelante.
Damián entró con la seguridad de un hombre que acababa de adquirir una empresa y podía enfrentarse a cualquier máquina doméstica.
Cinco minutos después, la cafetera empezó a hacer un ruido preocupante.
—¿Qué has hecho? —pregunté.
—Nada.
—Sale agua por debajo.
—Eso no debería ocurrir.
—Gran análisis.
—La cafetera está mal diseñada.
—La cafetera lleva conmigo seis años.
—Entonces está vieja.
—No vas a comprarme otra.
—No he dicho nada.
—Lo estás pensando.
—Pienso muchas cosas.
Lo señalé.
—Esa frase sigue jubilada.
Damián levantó las manos. Apagué la cafetera y limpié el agua. Él me observó desde el otro lado de la encimera. Sin trajes. Sin una sala de juntas. Sin periodistas.
Solo con una camisa remangada y la expresión de un hombre que no sabía preparar café en una cocina pequeña.
Aquello era exactamente lo que necesitábamos. No una promesa enorme. Ni una declaración pública. Una semana. Una casa real. Una cafetera rota. Y dos personas intentando no repetir los errores que casi las habían separado antes de empezar.
Damián se acercó.
—¿Puedo besarte?
—Sí.
—¿Aunque haya roto la cafetera?
—No la has roto.
—Entonces todavía tengo posibilidades.
—No te emociones.
Me besó. Despacio. Sin prisa. Como si esta vez no hubiera ningún sitio al que tuviéramos que llegar. Y por primera vez entendí que quedarme no significaba rendirme.
Significaba elegir. A él. A mí.
Y la posibilidad de que, entre todas las cosas que todavía podíamos hacer mal, aprendiéramos a hacer algunas bien.