Epílogo
Tres meses después, Damián seguía sin saber preparar café. Había mejorado en otras cosas. Preguntaba antes de decidir. Avisaba cuando una reunión se alargaba.
Y había aprendido que «llego en diez minutos» no significaba «terminaré una llamada, responderé doce correos y apareceré una hora después fingiendo que el tráfico era terrible».
Pero la cafetera continuaba siendo su enemiga.
—No funciona —dijo desde la cocina.
Yo seguí mirando el ordenador.
—Funciona perfectamente.
—No sale café.
—Porque no has puesto agua.
Hubo un silencio. Después el sonido del depósito al abrirse.
—Eso no estaba claro.
—Tiene una marca enorme que dice “agua”.
—Está en la parte de atrás.
—Donde se pone el agua.
Damián apareció en la puerta de mi despacho. No era un despacho de verdad. Todavía.
Era la habitación pequeña de mi piso, con una mesa nueva, dos estanterías y una silla demasiado cara que él había conseguido comprar después de una negociación de tres semanas.
No había cedido con el sofá. Seguía siendo el mismo. Damián había dejado de quejarse después de descubrir que podía dormir en mi cama.
—Deberíamos comprar otra cafetera —dijo.
—No.
—Una más sencilla.
—Esta es sencilla.
—Una que no requiera conocimientos técnicos.
—Poner agua no es ingeniería.
Se apoyó en el marco de la puerta.
Llevaba pantalón oscuro, camisa blanca y las mangas dobladas. Había llegado de París la noche anterior y tenía una reunión en Madrid dentro de una hora.
Aun así, no se había marchado antes de verme terminar la propuesta. Eso también era nuevo.
—¿Ya está? —preguntó.
—Casi.
—Llevas diciendo eso desde hace cuarenta minutos.
—No me presiones.
—No te presiono.
—Estás de pie mirándome.
—Puedo sentarme.
—Eso sería peor.
Damián sonrió. Volví a la pantalla.
El documento era para una empresa tecnológica que había sufrido una filtración de datos y necesitaba una estrategia antes de que el problema explotara en prensa.
Mi tercer cliente. El primero que no tenía ninguna relación con Damián. Ni con Salvatierra Capital. Ni con nadie que lo conociera. Eso había sido una condición. Mía. Él la había aceptado.
Después había pasado dos semanas enviándome artículos sobre comunicación de crisis, contactos de abogados que yo no le había pedido y una lista de posibles nombres para mi empresa.
La lista había terminado en la basura. El nombre lo elegí yo. Robles Estrategia. Sencillo. Mío. Sin apellidos compartidos. Sin favores escondidos.
Damián lo había leído, había asentido y solo había dicho:
—Es bueno.
Nada más. También eso había sido un progreso.
—¿Vas a enviarlo hoy? —preguntó.
—Sí.
—¿Quieres que lo revise?
Levanté la vista.
—No.
—De acuerdo.
—No te ha molestado.
—Un poco.
—Pero no vas a insistir.
—No.
—¿Seguro?
—Aitana.
—Solo compruebo.
—Llevas tres meses comprobando.
—Y tú llevas tres meses mejorando.
Se acercó a la mesa.
—No todos los días.
—No.
—Ayer discutimos durante una hora.
—Porque querías poner seguridad en el portal.
—Alguien dejó la puerta abierta.
—Era la vecina del tercero bajando la basura.
—Eso no mejora la situación.
—Tiene ochenta años.
—La edad no impide cometer errores.
—Tampoco te convierte en una amenaza.
Damián se inclinó hacia mí.
—No dije que fuera una amenaza.
—Dijiste que el edificio era vulnerable.
—Lo es.
—Y yo te dije que no pensaba vivir en un búnker.
—Lo recuerdo.
—¿Y qué hiciste?
—Nada.
—Exacto.
—Puse una cámara en el coche.
—Eso es tu coche.
—Por eso no discutimos.
Sonreí. No todo era perfecto. Ni fácil. Algunas semanas funcionábamos mejor que otras.
Había días en que Damián regresaba a sus viejos hábitos y decidía que contarme algo podía esperar hasta tener una solución.
Y días en que yo interpretaba cualquier silencio como la prueba de que estaba a punto de apartarme otra vez.
Pero ahora hablábamos antes de convertir el miedo en una sentencia.
No siempre rápido. No siempre bien. Pero hablábamos. Adrián seguía pendiente de juicio.
La investigación había unido las filtraciones, los pagos a Élodie y el seguimiento ilegal. Sabrina había llegado a un acuerdo con la fiscalía a cambio de colaborar y mantenerse lejos de nosotros.
Su padre retiró su propuesta y desapareció de la operación.
La prensa perdió el interés unas semanas después, cuando apareció otro millonario con otro escándalo mucho más rentable.
Internet era así.
Podía convertirte en el centro del mundo durante tres días y olvidarte en cuanto alguien más famoso cometía un error con mejor iluminación.
—¿En qué piensas? —preguntó Damián.
—En que ya no salimos en ninguna portada.
—Te dije que pasaría.
—También dijiste que sabías usar una cafetera.
—Son cosas distintas.
—Mucho.
Su mirada bajó hasta el ordenador.
—¿Nerviosa?
—Un poco.
—El proyecto es bueno.
—No lo has leído.
—Tú eres buena.
—Eso ha sonado a frase para tranquilizarme.
—Lo era.
—Pues gracias.
Damián se quedó quieto.
Todavía le sorprendía que aceptara un cumplido sin convertirlo en una discusión.
A mí también.
—¿Vas a quedarte esta noche? —pregunté.
—Sí.
—Pensaba que tenías una cena.
—La he cancelado.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Porque llevo cuatro noches fuera.
—Eso no es una razón empresarial.
—No.
—¿Estás enfermo?
—Probablemente.
—¿Has movido la cena o la has cancelado?
—La he movido.
—Eso está mejor.
—No quería que pensaras que estoy abandonando la empresa.
—Nunca lo pensaría.
—Tú no. El consejo sí.
—¿Y qué les has dicho?
—Que tenía un compromiso personal.
Mi pecho reaccionó de una forma poco profesional.
—Eso suena serio.
—Lo es.
—No lo digas así.
—¿Por qué?
—Porque parece que vas a pedir algo.
Damián guardó silencio. Demasiado. Cerré el ordenador despacio.
—¿Qué has hecho?
—Nada.
—Mientes fatal.
—Solo contigo.
—Damián.
Metió una mano en el bolsillo del pantalón. Mi corazón empezó a golpear.
—No.
Se detuvo.
—¿No qué?
—No saques una caja.
—No iba a sacar una caja.
—¿Seguro?
—Sí.
—Porque llevamos tres meses.
—Casi cuatro.
—Eso no ayuda.
—No voy a pedirte matrimonio.
Solté el aire. Una parte de mí se sintió aliviada. Otra, mucho más estúpida, se sintió un poco decepcionada.
Damián lo vio. Por supuesto que lo vio.
—¿Te molesta que no vaya a hacerlo?
—No.
—Aitana.
—No.
—Bien.
—¿Qué ibas a sacar?
Sacó una llave. La dejó sobre la mesa. La miré. Después a él.
—¿Qué es?
—Una llave.
—Eso ya lo veo.
—De mi casa en Madrid.
—Tienes una casa en Madrid.
—Un apartamento.
—Desde cuándo.
—Desde hace seis años.
—Y sigues durmiendo aquí.
Miró hacia el salón.
—Tu cama es mejor.
—Mi cama es más pequeña.
—Precisamente.
Volví a mirar la llave.
—¿Por qué me la das?
—Porque quiero que tengas acceso cuando quieras.
—¿Vas a pedirme que me mude?
—No.
—¿Que deje mi piso?
—No.
—¿Que pase allí todas las semanas?
—Tampoco.
—Entonces ¿qué significa?
Damián apoyó una mano sobre la mesa.
—Que no quiero que mi casa sea un lugar al que solo entras cuando yo estoy. Quiero que puedas ir, dejar cosas, trabajar o marcharte sin pedirme permiso.
La llave parecía demasiado pequeña para todo lo que estaba diciendo.
—Eso es bastante serio —murmuré.
—Lo sé.
—¿Y tú tienes llave de mi casa?
—No.
—Eso no parece equilibrado.
—No me la has dado.
—Podías pedirla.
—Estoy aprendiendo a esperar.
—No se te da bien.
—No.
Cogí la llave. Pesaba poco. Muchísimo menos que todas las decisiones que había evitado tomar durante los últimos meses.
—Hay una condición —dije.
—Claro.
—No puedes aparecer sin avisar solo porque tengas llave.
—De acuerdo.
—Ni enviar a nadie a dejar cosas.
—De acuerdo.
—Ni cambiar muebles.
—Eso es más difícil.
—Damián.
—De acuerdo.
—Y yo quiero que tengas una de aquí.
Su expresión cambió.
—¿Seguro?
—Sí.
—No tienes que hacerlo porque yo…
—No lo hago por eso.
Abrí el cajón. La copia llevaba dos semanas guardada allí. No porque esperara que me diera una llave. Porque había decidido entregársela y todavía no encontraba el momento.
La dejé sobre la mesa. Damián la miró. Después me miró a mí.
—No digas nada demasiado bonito —advertí.
—No pensaba hacerlo.
—Lo estabas pensando.
—Pienso muchas cosas.
—Esa frase sigue jubilada.
Cogió la llave. Cerró la mano alrededor.
—Gracias.
—De nada.
—¿Puedo besarte?
—Sí.
Se inclinó sobre la mesa. El beso empezó suave. Terminó con mi silla desplazada, sus manos en mi cintura y el documento del cliente completamente olvidado.
Cuando nos separamos, miré el reloj.
—Vas a llegar tarde.
—Puedo mover la reunión.
—No.
—Diez minutos.
—Damián.
—Cinco.
—Vete.
—No quieres que me vaya.
—Eso no significa que puedas quedarte.
—Antes habrías dicho que sí significaba eso.
—Antes no tenía una empresa.
—Ni yo una llave.
Sonrió. Se enderezó la camisa.
—Esta noche cenamos fuera.
—Tengo trabajo.
—Después.
—No conviertas esto en una celebración.
—Es una celebración.
—Solo hemos intercambiado llaves.
—Exacto.
—La gente normal no reserva un restaurante por eso.
—Yo no soy gente normal.
—Eso ya lo sabía.
Damián llegó hasta la puerta.
—Aitana.
—¿Qué?
—No voy a usarla sin avisar.
—Bien.
—Pero voy a llevarla siempre.
La frase me desarmó.
—Vete antes de que llegues tarde.
—Ya llego tarde.
—Pues corre.
—No corro.
—Claro.
—Te llamaré cuando termine.
—No hace falta.
—Quiero hacerlo.
—Entonces llama.
Se marchó. La puerta se cerró. Me quedé mirando la llave de su casa sobre la mesa. No era una promesa de para siempre. Ni un anillo. Ni una mudanza.
Era algo mucho más difícil para dos personas como nosotros. Acceso. Espacio. Confianza. La posibilidad de entrar sin invadir. Y de marcharnos sin utilizar la puerta como una amenaza.
Volví al ordenador. Terminé la propuesta. La revisé una vez. Solo una. Después la envié.
El correo tardó unos segundos en desaparecer de la bandeja.
Mi primer gran proyecto completamente mío. Sin que Damián lo revisara. Sin pedir permiso.
Sin preguntarme si estaba preparada para ocupar un lugar que antes parecía demasiado grande.
El teléfono vibró. Un mensaje suyo. He llegado tarde. Sonreí. Escribí:
Milagro.
La respuesta llegó de inmediato.
Te recojo a las ocho. No mandes coche. Iré yo. Avisa antes de subir.
Tardó unos segundos.
Lo haré.
Dejé el teléfono. La llave seguía junto a mi mano. No sabía cuánto duraría lo nuestro. Nadie podía saberlo. Seguíamos siendo complicados. Él continuaba intentando controlar demasiado. Yo continuaba buscando salidas cuando tenía miedo. Pero ya no fingíamos que amar era no equivocarse.
Amar era decir la verdad antes de tenerla ordenada. Pedir permiso. Aceptar un límite. Volver después de una discusión sin convertir el regreso en una victoria.
Y elegir a alguien no porque prometiera no hacerte daño, sino porque estaba dispuesto a mirarte de frente cuando lo hiciera.
A las ocho menos cinco, el teléfono volvió a vibrar.
Estoy abajo. ¿Puedo subir?
Miré la hora. Después la llave. Y sonreí.
Sí.
Escuché el portal abrirse unos segundos más tarde. No corrí hacia la puerta. Tampoco me escondí detrás del ordenador. Esperé. Porque sabía que iba a entrar.
Y porque, por primera vez, confiar no me parecía una caída.
Me parecía el precio de tentarlo todo.