El precio de tentarte Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

—También puede impedir que Adrián siga utilizando el miedo a una investigación para controlarte.

La palabra se quedó suspendida. Controlarte. Damián nunca habría admitido que su hermano tenía aquel poder.

Pero lo tenía. Cada decisión precipitada. Cada puerta cerrada. Cada persona apartada antes de que pudiera traicionarlo.

Adrián llevaba cinco años entrando en su vida incluso cuando no aparecía.

—Si entrego todo, no podré controlar lo que ocurra después —dijo.

—Exacto.

Sus ojos se clavaron en mí.

—Eso es lo que más miedo te da.

—Sí.

La confesión fue tan baja que casi no la escuché. Me acerqué. No lo toqué.

—Pues quizá ha llegado el momento de dejar que algo ocurra sin que intentes dirigirlo.

Damián miró a Javier.

—Prepara toda la documentación.

Él asintió.

—La enviaré al equipo legal.

—No. A la policía.

Javier tardó un segundo en reaccionar.

—De acuerdo.

—Sin eliminar nada.

—Nada.

—Ni proteger nombres.

—Entendido.

Damián soltó el aire. No pareció aliviado. Pareció alguien que acababa de abrir una puerta que llevaba años manteniendo cerrada.

El agente salió con Javier. Laurent acompañó a Camille abajo. Nos quedamos solos otra vez.

—¿Te arrepientes? —pregunté.

—Todavía no.

—Gran avance.

—Pregúntame mañana.

—Lo haré.

Damián se acercó a la mesa y recogió la fotografía.

—No sabía que nos seguían en Madrid.

—Te creo.

—No quiero que regreses sola.

—Voy a regresar.

—No he dicho que no.

—Lo estabas pensando.

—Pensaba acompañarte.

—Tienes una cena esta noche.

—No voy a ir.

—Y asuntos aquí.

—Javier puede encargarse.

—¿Vas a dejar a Javier trabajando mientras te marchas conmigo?

—Está bien pagado.

No pude evitar reírme. La tensión cedió un poco. Solo un poco.

—Mi vuelo es dentro de dos días —dije.

—Podemos adelantarlo.

—¿Por seguridad?

—En parte.

—¿Y la otra parte?

—Quiero empezar esa semana en Madrid.

Lo miré.

—Después de esto.

—Especialmente después de esto.

—No sé si estoy preparada.

La frase le dolió. No intentó ocultarlo.

—Entiendo.

—No he dicho que no vaya a ocurrir.

—Has dicho que no sabes.

—Exacto.

—Puedo esperar.

—No eres bueno esperando.

—Puedo aprender.

—Últimamente aprendes demasiadas cosas.

—Tengo una buena profesora.

—No intentes seducirme.

—No lo intento.

—Eso es peor.

Damián levantó la mano. Se detuvo antes de tocarme.

—¿Puedo?

Miré sus dedos. Después su rostro.

—Sí.

Su mano se apoyó en mi mejilla. No me besó. Solo se quedó allí.

—No quiero que perdones esto hoy —dijo—. Ni que decidas nada porque tengas miedo o porque acabemos de pasar por algo peligroso.

—Bien.

—Pero tampoco quiero que te marches pensando que no estoy dispuesto a hacer lo necesario.

—Entregar los documentos es un comienzo.

—Lo sé.

—Contarme lo de Adrián también.

—Tarde.

—Sí.

—Pero te lo he contado.

—Porque te descubrí.

Su mano cayó.

—Tienes razón.

—Y eso también cuenta.

Damián frunció el ceño.

—¿Qué?

—Que no intentes convertir una verdad incompleta en una victoria.

—No lo hacía.

—Un poco.

—Quizá.

—Vas mejorando.

—¿Eso significa que todavía hay una semana en Madrid?

—Significa que no he cancelado nada.

El alivio apareció en sus ojos.

—No pongas esa cara.

—¿Cuál?

—La del hombre que cree que ha ganado.

—No he ganado.

—Bien.

—Pero tampoco te he perdido.

No respondí. No podía. Porque era verdad. Y porque admitirlo en voz alta habría sonado demasiado parecido a una promesa.

Bajamos. La casa estaba llena de agentes, abogados y teléfonos. Laurent había cancelado la cena.

Camille se negó a ir a un hotel, aunque aceptó que dos personas de seguridad permanecieran en la propiedad.

Sabrina fue trasladada a dependencias policiales para declarar.

Su padre presentó todos los documentos de las sociedades vinculadas a la transferencia.

Y Adrián fue detenido esa misma noche cuando intentaba abandonar Mónaco en un coche alquilado.

No hubo una persecución. Ni una confesión dramática.

Solo un control policial, un pasaporte y suficientes pruebas para obligarlo a dejar de moverse durante un tiempo.

Cuando Javier nos lo comunicó, Damián permaneció en silencio.

—¿Quieres verlo? —pregunté.

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—Podrías cambiar de opinión.

—Puede ser.

—Y no pasaría nada.

—Lo sé.

Aquella respuesta me tranquilizó. No porque todo estuviera resuelto. Porque por primera vez no parecía necesitar una decisión definitiva en el mismo instante.

Dormimos en la misma cama. Sin sexo. Sin discusiones. Damián se acostó a mi lado y dejó un espacio entre nosotros. Yo fui quien lo borró. Apoyé la cabeza en su hombro y cerré los ojos.

—Sigo enfadada —murmuré.

—Lo sé.

—Mucho.

—Lo sé.

—Y mañana volveremos a hablar.

—Las veces que necesites.

—Pueden ser bastantes.

—Tengo tiempo.

Sonreí.

—Pensaba que nunca tenías.

Su brazo rodeó mi cintura.

—Para ti estoy aprendiendo a encontrarlo.

La misma frase que había pronunciado cuando llegué. Entonces me había parecido una promesa bonita. Ahora sabía que encontrar tiempo no significaba abrir un hueco entre reuniones.

Significaba quedarse durante una conversación incómoda. Contar una verdad antes de tenerla bajo control. Escuchar un no sin convertirlo en un abandono. Y aceptar que amar a alguien no te daba derecho a decidir cuánto podía soportar.

A la mañana siguiente regresamos a Madrid. Damián no llevó asistentes. Ni ordenadores. Solo una maleta.