Capítulo 30
Damián no se sentó. Se quedó frente a la ventana con las manos en los bolsillos, como si necesitara mantener cierta distancia para contar aquello.
Yo seguía en el borde de la cama. La fotografía permanecía sobre la mesa. Adrián. Un hermano del que nunca había oído hablar. Un hombre que llevaba años intentando destruirlo.
Y, por lo visto, alguien que nos había estado vigilando desde antes de que Sabrina decidiera convertir nuestras vidas en una campaña de prensa.
—Empieza desde el principio —dije.
Damián miró hacia la puerta.
—Deberíamos bajar. La policía puede necesitar…
—La policía tiene a Javier, a Laurent y a media casa. Yo te necesito hablando.
Su mirada regresó a mí.
—No intentes ganar tiempo.
—No lo intento.
—Entonces siéntate.
Lo hizo. No a mi lado. En el sofá. Por primera vez, aquel mueble horrible servía para algo.
—Adrián es cuatro años mayor que yo —comenzó—. Nuestro padre fundó la empresa con una oficina, dos empleados y más deudas que clientes. Cuando murió, dejó la mayoría de las acciones divididas entre nosotros.
—¿Y tu madre?
—Murió antes.
—Lo siento.
Damián asintió, pero no se detuvo.
—Adrián nunca quiso trabajar en la empresa. Le gustaba el dinero, no lo que hacía falta para producirlo. Vendía participaciones sin consultar, utilizaba propiedades como garantía y firmaba acuerdos con personas que no debían acercarse a nuestras cuentas.
—¿Y tú qué hiciste?
—Intenté impedirlo.
—Eso suena demasiado limpio.
La frase no le gustó. A mí tampoco. Pero ya no pensaba aceptar una versión resumida para protegerme de los detalles desagradables.
—No fue limpio —admitió—. Convencí al consejo para apartarlo de la gestión. Revisamos todas sus operaciones y encontramos transferencias, contratos falsificados y una sociedad que utilizaba para desviar dinero.
—¿Lo denunciaste?
—Sí.
—A tu hermano.
—Había robado millones.
—No estoy diciendo que no debieras hacerlo.
—Parece que sí.
—Estoy intentando entender por qué él cree que lo traicionaste.
Damián apoyó los antebrazos sobre las piernas.
—Porque le prometí que, si devolvía el dinero y renunciaba a sus acciones, no acudiría a la fiscalía.
—¿Y lo hiciste?
—No.
El silencio llenó la habitación.
—¿Por qué?
—Descubrí que había utilizado la empresa para blanquear dinero de un grupo investigado en varios países. Ya no podía resolverlo de forma interna.
—Pero ya se lo habías prometido.
—Sí.
—¿Se lo dijiste antes de denunciar?
Su expresión me dio la respuesta.
—No.
Cerré los ojos un instante. Ahí estaba otra vez. La misma forma de actuar. Decidir. Resolver. Informar después.
—Lo detuvieron en su casa —continuó—. Pasó once meses en prisión preventiva antes de que se archivara parte del caso por un error en la cadena de pruebas.
—¿Y el resto?
—Llegó a un acuerdo. Entregó las acciones, pagó una parte del dinero y salió del país.
—¿Hace cinco años?
—Sí.
—¿Desde entonces intenta vengarse?
—Aparece cuando estoy a punto de cerrar algo importante. Filtra datos, contacta con antiguos socios, financia demandas que no llegan a ninguna parte.
—¿Por qué no lo has denunciado otra vez?
—Porque nunca actúa directamente.
—Hasta ahora.
Damián miró la fotografía.
—Hasta ahora.
—¿Por qué me ha incluido?
—No lo sé.
—La nota dice que yo no era parte del plan.
—Lo he visto.
—Eso significa que había un plan antes de mí.
—Probablemente relacionado con la operación.
—¿Crees que trabajaba con Sabrina?
—No directamente.
—Pero sabía lo que ella estaba haciendo.
—Puede que lo aprovechara.
Me levanté. Necesitaba moverme. Cada respuesta abría una pregunta peor.
—¿Sabía de la grabación?
—Si tenía acceso a Élodie, sí.
—¿Élodie trabajaba para Adrián?
—Es posible que para ambos.
—¿Y el hombre que entró en la casa?
—No lo sabemos.
—Pero preguntas por mí, me sigue en Madrid y deja una fotografía en nuestra habitación.
La palabra salió sola. Nuestra. Damián la escuchó. No dijo nada.
—¿Hay algo más? —pregunté.
—No.
—Piénsalo bien.
—Aitana.
—Una deuda. Una amenaza. Otra persona de tu familia. Una esposa secreta. Un hijo escondido en Suiza. Este es el momento.
Su boca se tensó.
—No tengo hijos.
—Era un ejemplo.
—Ni esposa secreta.
—Perfecto. Ya tenemos dos problemas menos.
—No quiero bromear con esto.
—Yo tampoco quiero descubrir hermanos vengativos el día que pensaba ir a cenar.
Damián se levantó.
—Por eso no te lo conté.
Me quedé inmóvil.
—¿Perdón?
—Porque cada vez que Adrián aparece, todo se convierte en esto.
—¿En qué?
—Policía. Amenazas. Personas entrando en una casa.
—No decidiste no contármelo porque quisieras protegerme. Decidiste no hacerlo porque pensabas que podías mantenerme al margen.
—Sí.
La sinceridad me dolió más que una excusa.
—Otra vez.
—Sí.
—Después de prometerme que no volverías a hacerlo.
—No sabía que estaba detrás de esto.
—Pero sabías que existía.
—No tenía contacto con él desde hacía más de un año.
—Eso no elimina su existencia.
Damián pasó una mano por su cabello.
—No sabía cómo contártelo sin que pareciera que mi vida entera es una amenaza.
—Tu vida entera no lo es.
—Lo parece.
—Porque solo me enseñas las partes peligrosas cuando explotan.
La frase quedó entre nosotros.
—Podías haberme dicho que tenías un hermano —continué—. No necesitabas entregarme un informe policial.
—Habrías preguntado.
—Claro que habría preguntado.
—Y yo no sabía cuánto contar.
—Ese es el problema. Siempre decides cuánto puedo soportar.
—No quería que te fueras.
—¿Y creías que ocultarlo era la mejor forma de conseguirlo?
—No.
—Pues lo hiciste.
Damián cerró los ojos. Por primera vez no intentó justificarse.
—Sí.
La respuesta me dejó sin fuerza para seguir atacando. No porque estuviera arreglado. Porque no lo estaba.
Y él lo sabía.
—Tengo derecho a estar enfadada —dije.
—Sí.
—Mucho.
—Sí.
—Y puede que necesite tiempo para saber qué hago con esto.
Su rostro cambió. Muy poco. Pero vi el miedo.
—¿Vas a marcharte?
—No ahora.
—¿Después?
—No lo sé.
Damián asintió lentamente. La facilidad con que aceptó aquella posibilidad me dolió.
—No voy a impedirlo —dijo.
—No te he pedido que lo hagas.
—Lo sé.
—Pero tampoco quiero que te cierres y decidas que ya está perdido.
—No lo haré.
—¿Seguro?
—No.
La respuesta me sorprendió. Damián miró hacia el suelo.
—Mi primer impulso es pensar que esto se ha terminado. Que he vuelto a hacer lo mismo y que no vas a darme otra oportunidad.
—¿Y tu segundo impulso?
Levantó la vista.
—Decírtelo antes de actuar como si fuera cierto.
Aquello era progreso. Doloroso. Insuficiente. Pero progreso.
—Bien —murmuré.
—¿Bien?
—Eso es lo que tienes que hacer.
—¿Aunque la respuesta no me guste?
—Especialmente entonces.
Damián se acercó. Se detuvo a un metro.
—No quiero que te vayas.
—Lo sé.
—No quiero que Adrián consiga convertirte en otra cosa que me quita.
—Yo no soy una cosa.
—No era…
—Ya sé lo que querías decir.
—No parece.
—Estoy enfadada. Déjame ser poco generosa durante cinco minutos.
Su boca se movió apenas. No llegó a sonreír.
—Puedes serlo el tiempo que necesites.
—Tampoco abuses de la paciencia. Me irrita que seas tan razonable de repente.
—Estoy intentando no perderte.
La frase me atravesó.
—No puedes decir cosas así cada vez que estoy a punto de mandarte al infierno.
—¿Por qué?
—Porque funciona.
Esta vez sí sonrió. Muy poco. Abajo se oyó una voz. Después pasos subiendo la escalera. Javier apareció en la puerta con uno de los agentes.
—Tenemos noticias.
Damián se giró.
—¿Del hombre?
—Lo han detenido a dos kilómetros de aquí.
El agente sacó una fotografía del teléfono. Un hombre de unos cuarenta años, cabello oscuro y expresión cansada.
—¿Lo conoce? —preguntó.
Damián observó la imagen.
—No.
—Se llama Marc Vidal. Trabaja como investigador privado.
—¿Para Sabrina? —pregunté.
—Ella contrató a su empresa hace tres semanas —respondió Javier—. Pero recibió otro pago hace dos días.
—¿De Adrián? —dijo Damián.
—De una sociedad que ya habíamos relacionado con él.
El agente asintió.
—El señor Vidal afirma que su trabajo inicial era vigilar los movimientos del señor Salvatierra durante la negociación. Después recibió instrucciones para seguir a la señora Robles.
—¿De quién? —pregunté.
—No conoce el nombre. Todo se hizo mediante correos cifrados.
—¿Y entró en la casa porque se lo pidieron?
—Debía recuperar un teléfono y dejar el sobre.
—¿Por qué el teléfono de Camille?
—Había enviado fotografías desde ese dispositivo y quería eliminar parte del contenido.
—¿Le hizo daño?
—Dice que no era su intención.
Laurent apareció detrás del agente.
—Pues su intención me importa bastante poco.
Camille estaba con él. Seguía pálida, pero ya no temblaba.
—Estoy bien —dijo antes de que preguntáramos—. Solo quiero que ese hombre no vuelva a acercarse.
—No lo hará —respondió el agente.
Damián miró a Javier.
—¿Y Adrián?
—La policía ha solicitado localizarlo.
—¿Dónde está?
—Creemos que en Mónaco.
—Quiero hablar con él.
—No —dije.
Damián se volvió.
—No pienso quedarme esperando.
—No he dicho que esperes. He dicho que no vas a presentarte delante de un hombre que lleva semanas organizando todo esto.
—Es mi hermano.
—Precisamente.
—Tengo que terminarlo.
—No puedes terminar cinco años en una conversación.
—Puedo conseguir que deje de acercarse a ti.
—Eso le corresponde a la policía.
Su rostro se endureció.
—No confío en que lo detengan antes de que vuelva a intentarlo.
—Y yo no confío en que tú puedas hablar con él sin convertirlo en otra guerra.
—No sabes lo que ha hecho.
—Sé que ha entrado en mi vida para hacerte daño. Pero también sé que llevas años respondiendo exactamente como él espera.
Damián guardó silencio. El agente fingió revisar su teléfono. Laurent miró a Camille.
Javier observó una lámpara. Todo el mundo parecía haberse especializado en no participar en nuestras discusiones.
—¿Qué propones? —preguntó Damián.
—Que entregues todo lo que sabes. Las sociedades. Las filtraciones anteriores. Las amenazas. Todo.
—Eso abrirá una investigación sobre operaciones antiguas de la empresa.
—¿Hay algo que ocultar?
—No.
—Entonces hazlo.
—Puede afectar al grupo.