El precio de tentarte Capítulo 29 #3
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Capítulo 29 #3

—Gracias.

—También te dije que se había terminado.

—Después.

—Sí.

Damián volvió hacia mí.

—No voy a negarte lo que ocurrió para que duela menos.

Asentí. No era agradable. Pero era verdad. Y la verdad no podía competir con una provocación si nadie intentaba esconderla.

—¿Algo más? —pregunté a Sabrina.

Su sonrisa desapareció.

—No eres tan especial como crees.

—No necesito ser especial.

—Entonces ¿qué necesitas?

Miré a Damián.

—Que no me mienta.

—Todos mienten.

—Él ya aprendió lo que pasa cuando lo hace.

El padre de Sabrina golpeó la carpeta contra la mesa.

—Esto no es una terapia de pareja.

—No —dijo Damián—. Es una oportunidad para explicar por qué una de sus sociedades pagó a la mujer que robó mis archivos.

Delacour se acercó a su hija.

—¿Sabes algo de esto?

—No.

—Sabrina.

—He dicho que no.

El teléfono de Javier vibró. Lo miró. Después levantó la cabeza.

—La policía ha localizado a Élodie.

El rostro de Sabrina perdió el color. Solo un instante. Pero todos lo vimos.

—¿Dónde? —preguntó Damián.

—En el aeropuerto.

—¿Viajaba sola?

Javier leyó el mensaje.

—No.

El silencio se volvió más denso.

—¿Con quién? —preguntó Delacour.

Javier miró a Sabrina.

—Con su asistente personal.

Su padre se volvió lentamente hacia ella.

—¿Qué significa esto?

—No lo sé.

—Tu asistente viajaba con una mujer que acaba de ser detenida por robar información confidencial.

—No controlo lo que hace fuera del trabajo.

—El billete fue comprado por una cuenta de tu oficina —añadió Javier.

Sabrina retrocedió.

—Eso no demuestra nada.

—Demuestra que alguien de tu equipo organizó la salida —dijo Damián.

—No fui yo.

—Entonces dinos quién.

—No tengo que responderte.

—A mí no —dijo su padre—. A la policía sí.

Sabrina lo miró. Por primera vez no parecía segura.

—Papá.

—¿Has hecho esto?

—Quería que la operación se retrasara.

La confesión cayó sin fuerza. Casi como si llevara demasiado tiempo sosteniéndola.

—No quería que perdieras la participación —continuó—. Sabía que, si aparecían las fotografías, el consejo dudaría.

—¿Y la grabación? —pregunté.

Sus ojos se dirigieron hacia mí.

—Eso no estaba previsto.

—Pero ocurrió.

—Élodie encontró el archivo.

—Y tú decidiste publicarlo.

—No.

—¿Quién?

Sabrina guardó silencio.

—¿Quién me envía los mensajes? —repetí.

—No lo sé.

—Sabías que Javier había vuelto.

—Yo no estaba mirando la casa.

La frase fue demasiado concreta. Damián la entendió antes que yo.

—¿Quién estaba mirando?

Sabrina cerró los ojos. Su padre dio un paso hacia ella.

—Responde.

—Mi asistente contrató a alguien.

—¿Para qué? —pregunté.

—Para saber qué hacían.

—¿Quién?

—No lo sé.

—Mientes.

—No conozco su nombre.

Javier levantó el teléfono.

—La policía sí.

Nos miró.

—El hombre contratado está fuera de la casa de Laurent.

El miedo regresó de golpe. Camille. Laurent había salido con nosotros, pero ella seguía allí.

—Llama a Camille —dije.

Damián ya estaba marcando. No respondió. Volvió a llamar. Nada.

—Javier.

—Estoy avisando a seguridad.

Mi teléfono vibró. Otro mensaje. Esta vez no había fotografía. Solo una frase.

No deberías haber salido de la casa.

Sentí que se me helaban las manos. Damián leyó la pantalla. Su rostro cambió. No perdió el control. Lo concentró.

—Nos vamos.

—Yo también —dijo Laurent.

—Javier, avisa a la policía.

Sabrina se acercó.

—No iba a hacerle daño a nadie.

Damián se volvió hacia ella. La furia estaba allí. Pero no la soltó.

—Espero por tu bien que sea verdad.

Salimos de la suite. Corrimos hacia el ascensor. Damián intentó llamar otra vez. Camille no respondió.

—Puede estar en el jardín —dijo Laurent.

—O en la ducha.

—O sin cobertura.

Ninguna posibilidad nos tranquilizó. Las puertas del ascensor tardaron demasiado en abrirse. Cuando llegamos al coche, Javier arrancó antes de que termináramos de cerrar.

—La seguridad está entrando en la casa —dijo—. La policía llegará en siete minutos.

—¿Y Camille? —pregunté.

—Todavía no la encuentran.

Laurent maldijo en francés. Damián tomó mi mano. No para calmarme. Porque él también necesitaba sujetarse a algo. Mi teléfono vibró otra vez. Abrí el mensaje.

Había una fotografía de la terraza de la casa. Tomada desde el jardín.

En la imagen se veía la puerta abierta. Y una figura al fondo. Camille.

Le enseñé la pantalla.

—Está dentro.

—La foto puede ser de antes —dijo Javier.

—No.

Amplié la imagen. Sobre la mesa estaba la botella que Laurent había abierto hacía menos de dos horas. Era reciente.

Damián llamó de nuevo. Esta vez alguien respondió. Nadie habló. Solo se oyó respiración.

—¿Camille? —dijo.

Un ruido. Después la llamada terminó. Laurent se inclinó entre los asientos.

—Dame el teléfono.

Damián volvió a marcar. Apagado. El coche tomó la última curva. La casa apareció al fondo. Había un vehículo de seguridad junto a la entrada.

La puerta principal estaba abierta. Javier frenó. Damián salió primero.

—Espera —le dije.

No lo hizo. Yo bajé detrás. Laurent corrió hacia la casa. Dos agentes aparecieron en la terraza. Uno levantó una mano.

—No entren.

—Mi esposa está dentro —dijo Laurent.

—La hemos localizado.

—¿Está bien?

El agente dudó. Solo un segundo.¡ Suficiente para que mi corazón se detuviera.

—Está consciente.

Laurent empujó la puerta. Damián lo siguió. Yo entré detrás de ellos.

Camille estaba sentada en el suelo de la cocina, apoyada contra un mueble. Tenía las manos temblando y una marca roja en la muñeca.

Laurent cayó de rodillas frente a ella.

—¿Qué ha pasado?

Camille lo abrazó.

—Había un hombre en el jardín.

—¿Te ha hecho daño?

—No.

Su voz se quebró.

—Entró cuando fui a cerrar la puerta. Quería mi teléfono.

Miré alrededor. Había una silla caída. Un vaso roto.

—¿Dónde está? —preguntó Damián.

Uno de los agentes apareció en la puerta.

—Ha escapado por la parte trasera.

—¿Lo han visto?

—Tenemos una descripción.

—Eso no basta.

El agente lo miró.

—Señor, estamos buscándolo.

Damián abrió la boca. Me acerqué.

—Déjalos trabajar.

Su mirada cayó sobre la marca de Camille. Por un instante pensé que no iba a escucharme. Después asintió.

Laurent ayudó a su mujer a levantarse.

—Nos vamos de aquí.

—La casa es segura —dijo el agente.

—Ya no.

Camille me miró.

—Encontró mi teléfono y preguntó por ti.

Sentí un vacío bajo los pies.

—¿Por mí?

—Quería saber cuándo volverías.

Damián se colocó delante de mí. Un gesto automático. Protector. Esta vez no le pedí que se apartara.

—¿Qué le dijiste? —pregunté.

—Nada. Intenté encerrarme en la cocina y me quitó el teléfono.

—¿Por qué preguntaba por mí?

Camille negó con la cabeza.

—No lo sé.

Mi teléfono volvió a vibrar. Todos lo escuchamos. Lo saqué despacio. El mensaje era diferente. No venía del número anónimo. Era un archivo enviado desde el teléfono de Camille.

Un vídeo.

Pulsé la pantalla. La imagen mostraba la habitación que Damián y yo compartíamos. Nuestra maleta abierta. La cama. El sofá.

Después la cámara se acercaba a la mesa. Sobre ella había un sobre blanco.

El vídeo terminó. Subí corriendo. Damián vino detrás de mí.

La puerta de la habitación estaba abierta. Todo parecía intacto. Excepto el sobre. Seguía sobre la mesa.

Mi nombre estaba escrito en la parte delantera. Aitana.

—No lo toques —dijo Damián.

—Está dirigido a mí.

—Puede contener algo.

—No creo que haya entrado aquí para dejar veneno.

—No lo sabemos.

Por una vez, su miedo no me pareció control. Me pareció sentido común. Uno de los agentes subió, se puso guantes y abrió el sobre. Dentro solo había una fotografía. La colocó sobre la mesa.

Damián y yo aparecíamos saliendo de mi edificio en Madrid. La imagen había sido tomada semanas atrás. Antes de Niza. Antes de las fotografías de Sabrina. Antes de que yo supiera que alguien nos observaba.

En la parte posterior había una frase escrita a mano. Ella no era parte del plan. Miré a Damián.

—¿Qué significa?

Su rostro había perdido todo el color.

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

—No.

—Damián.

Tomó la fotografía. La observó durante varios segundos.

—Este hombre no trabaja para Sabrina.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Porque esa foto es anterior a que ella decidiera filtrar nada.

—Entonces ¿quién nos seguía?

Damián levantó los ojos.

—Alguien relacionado conmigo.

—¿Quién?

No respondió. La forma en que evitó mi mirada hizo regresar todas las dudas de golpe.

—Prometiste que no volverías a ocultarme nada.

—No estoy ocultándote nada.

—Entonces dime qué significa.

—Necesito comprobarlo.

—No. Esta vez no.

—Aitana.

—Dime quién podía estar vigilándote antes de todo esto.

Damián cerró los dedos alrededor de la fotografía.

—Mi hermano.

El nombre que no era un nombre. La persona de la que nunca había hablado.

—¿Tienes un hermano?

—Sí.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—¿Por qué podría estar siguiéndonos?

El silencio duró demasiado.

—Porque lleva años intentando destruir todo lo que construyo.

Lo miré.

—¿Y pensabas contarme que existía cuándo?

Damián no tuvo respuesta. Abajo se escuchaban voces, pasos y teléfonos. Pero la habitación volvió a parecer tan silenciosa como aquella en la que había cerrado mi maleta. Solo que esta vez no pensaba marcharme sin escuchar toda la verdad.

—Tenemos una conversación pendiente —dije.

Damián sostuvo mi mirada.

—Sí.

—No una parte.

—No.

—Toda.

Dejó la fotografía sobre la mesa.

—Toda.

Me senté en el borde de la cama. Él permaneció de pie frente a mí.

Por primera vez desde que lo conocía, Damián parecía no saber por dónde empezar.

Y entendí que lo que iba a contarme no tenía nada que ver con Sabrina, con una operación empresarial ni con una fotografía publicada en internet.

Era el secreto que había debajo de todos los demás. El motivo por el que no confiaba. Por el que atacaba antes de ser herido. Por el que necesitaba controlar cada puerta, cada dato y cada persona que entraba en su vida.

—Se llama Adrián —dijo al fin—. Y hace cinco años intentó enviarme a prisión.