Capítulo 29 #2
—Precisamente. Llevamos demasiadas horas sobrios.
Nadie discutió. Mientras Javier y Damián hablaban con el equipo legal, salí a la terraza con Camille. El mar seguía tranquilo. Era insultante.
—¿Estás bien? —preguntó.
—No sé.
—Respuesta más sincera que la de esta mañana.
Me apoyé en la barandilla.
—Siento que cada vez que resolvemos una cosa aparece otra.
—Eso ocurre cuando hay dinero, egos y una mujer acostumbrada a no aceptar que alguien le diga que no.
—¿Crees que es Sabrina?
—Creo que está implicada.
—No es lo mismo.
—No.
Camille se colocó a mi lado.
—También creo que Damián está asustado.
—No lo parece.
—Porque lleva toda la vida convirtiendo el miedo en instrucciones.
Aquello encajaba demasiado bien.
—Antes habría revisado el teléfono de Javier —dije.
—Antes habría llamado a seis personas, despedido a dos y comprado el despacho para poder cerrarlo.
La miré.
—Eso no ayuda a tranquilizarme.
—Pero no lo ha hecho.
—Porque se lo pedí.
—No. Porque eligió escucharte.
Observé a Damián a través de la ventana.
Estaba de pie junto al escritorio, hablando por teléfono. No levantaba la voz. No caminaba de un lado a otro. Escuchaba.
—No quiero convertirme en la persona que tenga que frenarlo siempre.
—Entonces no lo hagas.
—¿Cómo?
—Déjalo equivocarse alguna vez.
—Eso podría ser peligroso.
—También para ti.
La frase me hizo mirarla.
—Si tu relación depende de que tú seas siempre más sensata, terminarás agotada. Él tiene que aprender solo. Tú puedes decirle lo que necesitas, pero no puedes hacer el trabajo por los dos.
Tenía razón. Y no me gustó nada.
—¿Siempre das consejos así de incómodos?
—Solo cuando me caen bien las personas.
—Prefería cuando hablábamos de ropa.
—Podemos volver a eso.
Mi teléfono vibró. Las dos miramos el bolso. Lo saqué. Otro mensaje del mismo número.
Javier ha vuelto. Qué alivio.
Sentí un escalofrío. La persona sabía lo que ocurría dentro de la casa. Miré hacia el jardín. No había nadie.
—¿Qué pasa? —preguntó Camille.
Le enseñé la pantalla. Su expresión cambió. Entramos inmediatamente.
—Damián.
Él dejó de hablar. Le tendí el teléfono.
—Sabe que Javier ha vuelto.
Javier se levantó.
—¿Cuándo ha llegado el mensaje?
—Ahora.
—Podría estar observando la casa —dijo Laurent.
Damián caminó hacia las ventanas.
—Cierra las persianas.
—No —dije.
Se volvió.
—Si las cerramos, sabrá que nos ha asustado.
—Ya sabe que has leído el mensaje.
—No necesariamente.
—Aitana.
—No quiero vivir escondida detrás de una persiana.
—Y yo no quiero que alguien pueda verte desde fuera.
—Puede que ni siquiera esté aquí.
Javier abrió un programa en el ordenador.
—Envíame el número.
Lo hice.
—Intentaré localizar el origen, aunque probablemente use un servicio temporal.
—¿Quién sabía que Javier había regresado? —pregunté.
—Nosotros —respondió Laurent—. El personal de la casa. Los abogados con los que acaba de hablar.
—Y cualquiera que estuviera mirando la entrada.
Damián seguía frente a la ventana.
—Voy a pedir seguridad.
—Eso sí —dije.
Me miró.
—¿Sin discutir?
—No quiero ser irresponsable solo para demostrar que puedo decidir sola.
—Bien.
—Pero discreta.
—Dos personas.
—Una.
—Dos.
—Una dentro y otra en la entrada.
—De acuerdo.
Laurent sonrió.
—Esto ha parecido una negociación de verdad.
—No ayudes —dijimos Damián y yo.
Javier levantó una mano.
—El número está registrado a través de una plataforma anónima. No puedo obtener una ubicación inmediata.
—¿Puede leer nuestros teléfonos? —pregunté.
—No hay señales de acceso al tuyo.
—¿Y al de alguien de la casa?
—Voy a comprobarlo.
Damián tomó su chaqueta.
—¿Dónde vas?
—A hablar con Delacour.
—Pensaba que ibas a llamarlo.
—No quiero hacerlo por teléfono.
—¿Vas solo?
—Sí.
—No.
La palabra salió antes de que pudiera pensarlo. Damián arqueó una ceja.
—¿No?
—La persona que envía los mensajes sabe lo que pasa aquí. Si sales, también lo sabrá.
—Eso no cambia que deba hablar con él.
—Puede venir.
—No vendrá.
—Entonces haz una videollamada.
—No pienso discutir esto delante de una cámara que podría estar comprometida.
—Tampoco sabes quién te espera fuera.
—Tengo seguridad.
—Que acaba de llegar.
Damián se acercó.
—No puedes pedirme que me quede encerrado.
—No te lo pido. Te estoy diciendo que tengas cuidado.
—Lo tendré.
—¿Cómo?
—Javier vendrá conmigo.
Él levantó la cabeza.
—Acabo de volver.
—Y te vas otra vez.
—Empiezo a echar de menos la época en la que todos sospechaban de mí.
—¿Vendrás? —preguntó Damián.
Javier cerró el ordenador.
—Sí.
—Entonces yo también —dije.
—No.
La respuesta fue inmediata.
—¿Perdón?
—No voy a llevarte a enfrentarte con Delacour.
—No soy un paquete.
—No he dicho eso.
—Lo estás decidiendo por mí.
—Es una conversación empresarial.
—Sobre una filtración que incluye mi número, mis fotografías y mensajes dirigidos a mí.
—Precisamente por eso quiero que te quedes aquí.
Respiré hondo. No quería convertirlo todo en una prueba. Ni medir cada reacción. Pero tampoco podía aceptar que su primer instinto siguiera siendo dejarme fuera.
—Puedo ir en otro coche —dije.
—No se trata del coche.
—Entonces ¿de qué?
—De que no sé cómo reaccionará Delacour.
—Y yo no sé qué hará la persona que sabe que estoy en esta casa.
Damián miró hacia las ventanas. El argumento lo alcanzó.
—La casa estará vigilada.
—Y tú también deberías estarlo.
—No necesito…
Se detuvo. Otra frase vieja que no terminó.
—Quiero que vengas —dijo al fin—, pero no quiero exponerte.
—Eso sí es una decisión que podemos tomar juntos.
—¿Quieres ir?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque los mensajes me los están enviando a mí. Porque quiero ver su reacción cuando se lo enseñemos. Y porque no quiero quedarme esperando a que regreses con una versión ya procesada.
La última frase le dolió. Lo vi. Pero no se defendió.
—De acuerdo.
—¿De acuerdo?
—Vendrás.
—Eso ha sido más fácil de lo que esperaba.
—No lo ha sido.
—Se te nota.
Camille me tomó del brazo antes de que saliéramos.
—Ten cuidado.
—Volveremos pronto.
—No se lo decía solo a ti.
Miró a Damián. Él asintió. El trayecto hasta el hotel donde se alojaba Delacour fue silencioso. Javier conducía.
Damián estaba sentado a mi lado en el asiento trasero. No revisaba documentos. No hablaba por teléfono. Miraba por la ventanilla.
—¿Qué vas a decirle? —pregunté.
—Que sabemos que una sociedad vinculada a su grupo pagó a Élodie.
—¿Y si lo niega?
—Le enseñaré las transferencias.
—¿Y si dice que no sabía nada?
—Le preguntaré quién lo sabía.
—No lo amenaces.
—No pensaba hacerlo.
—¿Seguro?
Damián giró hacia mí.
—No voy a repetir lo de Sabrina.
—No estaba hablando de ella.
—Yo sí.
Su mano se abrió sobre el asiento. Cerca de la mía. No la tocó.
—No voy a decidir que alguien es culpable antes de escucharlo —dijo—. Pero tampoco voy a fingir que esto no tiene consecuencias.
—Eso me parece razonable.
—No pareces sorprendida.
—Estoy intentando no celebrarlo demasiado.
—Gracias.
Entrelacé mis dedos con los suyos. Solo un momento. Él cerró la mano.
—¿Tienes miedo? —preguntó.
—Sí.
—Yo también.
Lo miré. No había dicho que estaba preocupado. Ni molesto. Ni furioso. Había dicho miedo.
—¿De qué?
—De que sigan utilizando cosas de mi pasado para hacerte daño.
—No pueden hacerme daño con algo que ocurrió antes de mí.
—Pueden intentarlo.
—Y yo puedo preguntarte.
—Sí.
—Y tú puedes responder.
—Sí.
—Entonces tendrán menos poder del que creen.
Damián llevó mi mano a sus labios. No dijo nada más. El hotel estaba junto al puerto. Subimos por un ascensor privado hasta una suite en la última planta.
Un hombre de seguridad abrió la puerta. El padre de Sabrina nos esperaba en el salón. No estaba solo. Sabrina permanecía junto a las ventanas.
No pareció sorprendida al verme. Eso bastó para ponerme en alerta.
—Traes compañía —dijo.
—Ella está implicada —respondió Damián.
—Porque tú la implicaste.
—No vamos a empezar por ahí.
El padre de Sabrina señaló los sillones.
—Siéntense.
Nadie lo hizo. Javier dejó la carpeta sobre una mesa.
—Élodie Marchand recibió esta mañana una transferencia de una sociedad vinculada a su grupo.
Delacour abrió la carpeta. Leyó el primer documento. Después el segundo. Su expresión no cambió.
—No conozco esta operación.
—La sociedad pertenece a una de sus filiales —dijo Damián.
—Eso no significa que yo autorice cada transferencia.
—No. Pero significa que alguien cercano a usted lo hizo.
Sabrina cruzó los brazos.
—¿Has venido a acusarnos porque no puedes controlar a tus empleados?
—Élodie no era empleada mía.
—Javier sí. Y su acceso aparece en el registro.
—Fue clonado.
—Qué conveniente.
—Tenemos pruebas.
—Tienes papeles.
—También una denuncia.
Por primera vez, Sabrina dejó de sonreír.
—¿La policía está investigando?
—Sí.
Su padre cerró la carpeta.
—Esto podía haberse hablado entre abogados.
—Podía —dijo Damián—. Hasta que Aitana empezó a recibir mensajes.
Los ojos de Sabrina se dirigieron hacia mí. Demasiado rápido.
—¿Qué mensajes?
Saqué el teléfono.
—Estos.
Le mostré la fotografía. La leyó. Después la frase. Su rostro permaneció tranquilo.
—Cualquiera pudo enviarlo.
—También sabía que Javier había regresado a la casa.
—No sé quién es Javier.
Él levantó una ceja.
—Nos vimos ayer.
—No recuerdo a todos los asistentes.
—Eso debe de resultar muy cómodo —dije.
Sabrina me sostuvo la mirada.
—¿Crees que he sido yo?
—Creo que sabes más de lo que dices.
—Damián te está contagiando su tendencia a sospechar.
—No. Precisamente estoy intentando no decidir antes de escuchar.
—Qué pareja tan equilibrada.
Damián dio un paso. Le sujeté la mano. No para detenerlo. Para recordarle que seguíamos allí juntos.
—La fotografía fue tomada en París —dije—. En una cena que tú organizaste.
—¿Y?
—¿Quién la hizo?
—No lo sé.
—Está encuadrada desde el edificio de enfrente.
—Hay muchas ventanas.
—Y tú llevabas tres semanas intentando que Damián volviera contigo.
Su expresión se enfrió.
—No sabes nada de aquella época.
—Sé lo que necesito.
—¿También sabes que me dijo que me quería?
El golpe llegó. No porque creyera que fuera mentira. Porque sabía que ella esperaba ver el efecto. Miré a Damián. No apartó los ojos.
—Sí —dijo—. Se lo dije.
Sabrina sonrió.