El precio de tentarte Capítulo 29
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Capítulo 29

Tardé veinte minutos en regresar a la casa. Parecieron dos horas.

Cuando llegué a la terraza, Damián estaba junto a la puerta con el teléfono en la mano. No había salido a buscarme. No había enviado a nadie por el sendero. No había convertido mi paseo en una operación de rescate.

Había cumplido su promesa. En cuanto me vio, guardó el teléfono y caminó hacia mí.

—¿Estás bien?

—Sí.

Sus ojos recorrieron mi rostro, mis brazos y mis piernas como si necesitara comprobarlo por sí mismo.

—Te dije que no hicieras nada.

—No he hecho nada.

—¿Has llamado a Javier?

—No.

—¿Al despacho de París?

—Tampoco.

Me detuve delante de él.

—¿De verdad?

—Te lo prometí.

La respuesta fue sencilla. Sin reproches. Sin recordarme lo difícil que le resultaba quedarse quieto cuando todo dentro de él exigía actuar.

Le tendí el teléfono.

—Estos son los mensajes.

Entramos en el despacho. Laurent estaba junto a la ventana. Camille permanecía sentada en uno de los sillones y el ordenador de Javier seguía abierto sobre la mesa.

Nadie parecía saber qué hacer con él. Damián leyó los mensajes sin hablar. Primero la fotografía. Después la frase. Luego la captura del registro.

Su expresión no cambió hasta que apareció el nombre de Javier. Entonces su mandíbula se tensó.

—Puede ser falsa —dije.

—Sí.

—Y la fotografía es anterior a que nos conociéramos.

—Tres semanas.

—Lo sé.

Me miró.

—¿Cómo?

—La fecha aparece en la imagen.

Damián volvió a observarla.

—Esa cena fue en París.

—No necesito una explicación.

—Quiero dártela.

—Damián.

—No quiero que vuelvas a preguntarte si había algo que no supieras.

El tono no permitía pensar que estuviera intentando defenderse.

Solo cumplir lo prometido.

—Sabrina pidió verme —continuó—. Quería que reconsiderara la ruptura y amenazó con contarle a su padre algunos detalles de nuestras negociaciones anteriores. Fui para dejarle claro que no volveríamos a tener ninguna relación.

—¿Y por qué alguien me envía esa fotografía ahora?

—Porque quiere que dudes.

—Eso resulta bastante evidente.

Laurent se acercó.

—¿Puedo verla?

Damián le entregó el teléfono. Laurent amplió la imagen.

—Este restaurante está frente al despacho de Delacour.

—Sí —dijo Damián.

—Entonces cualquiera pudo tomarla.

—También Sabrina.

—No parece una fotografía casual —añadí—. Está demasiado bien encuadrada.

Camille se levantó del sillón.

—¿Creen que preparó la cena para conseguir imágenes?

—Es posible —respondió Damián.

—Eso significa que lleva meses guardándolas —dije.

—O que quien te escribe tiene acceso al archivo de alguien que lo hace.

Miramos el ordenador de Javier. Damián no se acercó. Aquello me llamó la atención.

El día anterior habría abierto todas las carpetas, revisado cada correo y llamado a media empresa antes de terminar la primera frase. Ahora esperaba.

—¿Qué ocurrió exactamente antes de que Javier se fuera? —pregunté.

Laurent se apoyó en la mesa.

—Estaba revisando el acceso al servidor. Recibió una llamada, salió al pasillo y volvió unos minutos después.

—¿Dijo quién era?

—No.

—¿Y después?

—Cerró el ordenador, dejó los teléfonos y dijo que necesitaba comprobar algo.

—¿Nada más?

—Que regresaría en media hora.

Miré el reloj.

—¿Cuánto lleva fuera?

—Casi una hora —respondió Damián.

—Eso no significa que haya huido.

—Ha dejado su teléfono personal.

—Eso sí es raro.

Damián señaló la mesa. Había dos teléfonos junto al ordenador. El de la empresa y otro con una funda negra.

—¿Está bloqueado? —pregunté.

—Sí.

—¿Puedes acceder?

—Probablemente.

—No lo hagas.

Laurent levantó las cejas. Damián me miró.

—Puede contener información relacionada con la filtración.

—También puede contener su vida privada.

—Si Javier está involucrado…

—Todavía no sabemos si lo está.

—Aitana.

—Lleva años contigo. Ha protegido tu empresa, ha soportado tus horarios y te ha dicho varias veces que hablaras conmigo cuando tú insistías en ocultarlo todo.

—Eso no demuestra que sea inocente.

—Tampoco que sea culpable.

Damián guardó silencio. Sabía que aquella conversación no trataba solo de Javier.

Trataba de Sabrina. De la cerradura cambiada.

De las cosas enviadas mediante un abogado.

De todas las veces que Damián había convertido una sospecha en una sentencia porque esperar le parecía más peligroso que equivocarse.

—No voy a revisar su teléfono —dijo al fin.

Laurent lo miró como si hubiera escuchado hablar a un desconocido.

—¿Seguro?

—Sí.

—Podría tener respuestas.

—También puede tenerlas Javier cuando vuelva.

El timbre de la entrada sonó. Todos nos quedamos quietos. Camille fue la primera en reaccionar.

—Será él.

Salió del despacho. Damián no la siguió. Tampoco yo. Escuchamos voces en el vestíbulo.

Después pasos. Javier apareció en la puerta. Llevaba la chaqueta abierta, el cabello revuelto y una carpeta de cartón debajo del brazo. Al vernos, se detuvo.

—Veo que ya saben que me fui.

Damián no respondió. Yo tampoco. Javier miró los teléfonos sobre la mesa.

—También veo que no han intentado desbloquearlos.

—No —dijo Damián.

La sorpresa en su rostro duró un segundo.

—Bien.

—¿Dónde estabas? —preguntó Laurent.

Javier entró y cerró la puerta.

—En el despacho de París.

—Eso está a más de media hora —dije.

—Utilicé una moto.

—¿Sin teléfono?

—No quería que pudieran localizarme ni borrar nada antes de llegar.

Dejó la carpeta sobre la mesa.

—La descarga aparece vinculada a mi usuario porque alguien clonó mis credenciales.

Damián se acercó.

—¿Quién?

—Élodie Marchand.

El nombre no me decía nada. A Laurent sí.

—La responsable de seguridad informática —dijo.

Javier asintió.

—Tenía acceso a los registros, a las copias del servidor y a los sistemas de autenticación.

—¿Trabaja para el despacho? —pregunté.

—Trabajaba —respondió Javier—. Ha desaparecido.

Damián abrió la carpeta. Había impresiones de registros, transferencias y correos.

—¿Cómo sabes que fue ella?

—Encontré una copia del acceso remoto y varias conexiones hechas desde su equipo. También una transferencia recibida esta mañana.

—¿De quién?

Javier me miró antes de responder.

—De una sociedad vinculada al grupo Delacour.

La sala quedó en silencio.

—Sabrina —dijo Damián.

—No podemos demostrar que fuera ella personalmente.

Su voz se endureció.

—No necesito…

Me miró. La frase murió antes de salir. Respiró hondo.

—Necesitamos demostrarlo.

—Sí —respondió Javier.

No pude evitar sentir algo parecido a orgullo. No porque hubiera dicho la frase correcta. Porque había frenado la equivocada.

—¿Por qué te fuiste sin decir nada? —pregunté.

Javier se quitó la chaqueta.

—Porque recibí una llamada de una persona del despacho. Me dijo que Élodie estaba eliminando archivos. Si avisaba a alguien o utilizaba mi teléfono, podía desaparecer todo antes de que llegara.

—Podías haber dejado una nota —dijo Damián.

—Tenía prisa.

—Una frase.

—Usted tampoco era especialmente bueno contando las cosas a tiempo hasta hace dos días.

Laurent miró al techo. Camille se tapó la boca. Yo decidí que Javier me caía todavía mejor. Damián lo observó en silencio.

—Tienes razón —dijo.

Ahora sí nos quedamos todos inmóviles. Javier parpadeó.

—No esperaba que dijera eso.

—Acostúmbrate.

—No creo que deba.

Damián pasó las hojas.

—¿Dónde está Élodie?

—No lo sabemos. Abandonó el despacho hace cuarenta minutos. Su coche sigue en el aparcamiento, pero no está en el edificio.

—¿La policía?

—El despacho ha presentado una denuncia por acceso ilegal y robo de información.

—¿Y Delacour?

—Todavía no saben que tenemos las transferencias.

Damián cerró la carpeta.

—Lo sabrán pronto.

—No podemos hacer pública la acusación —dije.

—No pensaba hacerlo.

—¿Qué pensabas hacer?

—Hablar con el padre de Sabrina.

—¿Ahora?

—Sí.

—¿Para qué?

—Para darle la oportunidad de explicarlo antes de que intervengan los abogados.

Lo miré.

—Eso también es nuevo.

—No todo lo nuevo va a gustarte.

—Esto sí.

Javier recuperó los teléfonos.

—Hay otra cosa.

La forma en que lo dijo borró cualquier alivio.

—¿Qué? —preguntó Damián.

—La grabación no era el único archivo al que accedieron.

—¿Qué más se llevaron?

Javier abrió el ordenador.

—Correos. Informes de la operación. Documentos antiguos.

—¿Información sensible?

—Parte.

—¿Qué parte?

—La mayoría está desactualizada. Pero también descargaron una carpeta personal vinculada a su antigua cuenta.

Damián se quedó quieto.

—¿Qué carpeta?

Javier no respondió de inmediato.

—Correspondencia privada.

Lo miré.

—¿Con Sabrina?

—Entre otras personas.

—¿Y qué hay dentro?

Damián no apartó la vista del ordenador.

—Nada ilegal.

—No he preguntado eso.

—Correos de hace años. Documentos personales. Fotografías.

La imagen del restaurante regresó a mi cabeza.

—¿La fotografía que me enviaron estaba allí?

—Probablemente —dijo Javier.

—Entonces quien me escribe tiene acceso a todo.

—Sí.

Mi teléfono pesó de repente dentro del bolso.

—¿Pueden saber dónde estoy?

—No a través de esos archivos.

—Pero conocen mi número.

—Eso es más fácil de conseguir.

—Qué tranquilizador.

Damián se acercó.

—No volverás a salir sola.

Lo miré. Él cerró los ojos un instante.

—Quiero decir que preferiría que no lo hicieras hasta saber quién envía los mensajes.

—Eso está mejor.

—Y sigo pensando que no deberías hacerlo.

—Puedo aceptar no salir sola hoy.

—¿Solo hoy?

—Después volveremos a hablar.

Asintió.

—De acuerdo.

Javier empezó a revisar las carpetas.

—Tenemos que cambiar todos los accesos, informar al equipo legal y preparar una respuesta por si publican más material.

—No responderemos a contenido personal —dije.

—Dependerá de lo que sea —respondió Damián.

—No. En eso no deberíamos ceder.

—Si publican algo falso…

—Se desmiente lo falso. No se explica cada parte verdadera para demostrar que no escondes nada.

—Pueden manipular cualquier correo.

—Y nosotros podemos demostrarlo si ocurre.

Javier asintió.

—Aitana tiene razón.

Damián lo miró.

—Estás abusando de tu reincorporación.

—Todavía no sabía que me habían despedido.

—No lo estabas.

—Es un alivio.

Laurent abrió la botella que seguía sobre una mesa lateral.

—Creo que todos necesitamos beber algo.

—Son las cuatro de la tarde —dijo Camille.