El precio de tentarte Capítulo 28 #3
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Capítulo 28 #3

No respondió. El silencio llenó el despacho. Afuera, Laurent y Camille hablaban en la terraza.

Alguien abrió una puerta. La casa seguía funcionando mientras nosotros intentábamos decidir si aquello también podía hacerlo. Damián miró hacia la ventana.

—La cena de esta noche sigue en pie.

—Sí.

—No tienes que venir.

—Lo sé.

—¿Quieres ir?

Pensé en las cámaras. En el consejo. En otra mesa donde todos mirarían cada gesto.

—No.

Asintió.

—De acuerdo.

—No quiero castigarte.

—No lo has dicho.

—Pero lo estás pensando.

Una sonrisa amarga apareció en su boca.

—Pienso muchas cosas.

Esta vez la frase no tuvo ninguna gracia.

—Necesito unas horas sola.

Damián se tensó.

—¿Vas a marcharte?

—No.

—¿Segura?

—Sí.

—¿A dónde irás?

—A caminar.

—Puedo pedir un coche.

—Quiero ir sola.

—Hay periodistas fuera.

—Saldré por detrás.

Abrió la boca. La cerró.

—De acuerdo.

Aquello era lo que le había pedido. Espacio. Sin discutir. Sin seguirme.

Sin decidir que el mundo era demasiado peligroso para que pudiera caminar por mi cuenta. Y, aun así, una parte de mí deseó que no fuera tan fácil.

Salí del despacho. Subí a la habitación, me cambié los zapatos y guardé el teléfono en el bolso.

Damián no apareció. Tampoco cuando bajé por la escalera trasera. Camille me vio junto a la cocina.

—¿Todo bien?

—Necesito aire.

Miró hacia el despacho.

—Eso no responde a la pregunta.

—Entonces no.

Se acercó.

—¿Quieres compañía?

—No, gracias.

—Hay un sendero que baja hasta una cala. No suele haber nadie.

Me indicó la puerta.

—No te alejes demasiado. Esta zona parece tranquila hasta que intentas volver cuesta arriba.

—Lo tendré en cuenta.

Caminé durante casi una hora. El sendero bordeaba la costa, atravesaba una zona de pinos y descendía hasta una playa pequeña de piedras claras.

No había periodistas. Ni teléfonos reproduciendo voces. Ni hombres intentando controlar el desastre. Me senté cerca del agua. Necesitaba ordenar lo que sentía. No estaba enfadada porque Damián quisiera investigar.

Estaba asustada porque había visto lo rápido que regresaba a sus viejos mecanismos. También porque yo había hecho exactamente lo mismo.

Él había levantado la voz. Yo había empezado a buscar motivos para alejarme. Dos personas intentando cambiar sin dejar de ser quienes eran.

No parecía una base especialmente sólida. Pero tampoco quería irme.

Esa era la parte más difícil. No estaba buscando una excusa para escapar. Estaba buscando una forma de quedarme sin desaparecer dentro de su vida.

Mi teléfono vibró. Esperé que fuera Damián. No lo era. Un número desconocido.

Abrí el mensaje. Había una fotografía adjunta. Damián y Sabrina. No la imagen del beso. Otra.¡ Estaban sentados en la terraza de un restaurante. Él tenía una mano sobre la mesa. Ella se inclinaba hacia él.

La fecha aparecía en una esquina. Tres semanas antes de que Damián y yo nos conociéramos.

Debajo había una frase.

Pregúntale qué más no te ha contado.

Mi estómago se cerró. Llegó un segundo mensaje.

La grabación no salió del despacho de París.

Miré alrededor. La cala seguía vacía. El mar golpeaba las piedras. Escribí una respuesta.

¿Quién eres?

Los tres puntos aparecieron casi de inmediato. Después llegó otro archivo. Una captura del registro del servidor. La descarga de aquella mañana. La dirección de París. Y un nombre.

Javier Ortega.

Me quedé mirando la pantalla. No tenía sentido. Javier había sido quien descubrió la filtración. Quien nos había entregado el audio. Quien estaba investigando el acceso.

El teléfono volvió a vibrar.

Damián confía en muy pocas personas. Debería empezar a preguntarse por qué siempre elige mal.

Guardé la captura. Marqué el número de Javier. No respondió. Llamé otra vez. Nada. Mi primer impulso fue llamar a Damián. Decírselo todo. No esperar. No intentar resolverlo sola. Cumplir la misma promesa que le había exigido.

Busqué su nombre. Antes de pulsarlo, entró una llamada. Damián. Contesté.

—¿Dónde estás?

Su voz estaba tensa.

—En la cala.

—Vuelve a la casa.

—¿Qué ha pasado?

—Javier se ha ido.

Miré la captura en la pantalla.

—¿Cómo que se ha ido?

—Ha dejado el ordenador y el teléfono de la empresa. Nadie sabe dónde está.

El miedo sustituyó al enfado.

—Damián, acabo de recibir unos mensajes.

Hubo un silencio.

—¿De quién?

—No lo sé.

—¿Qué dicen?

Respiré hondo.

—Que la grabación salió de una descarga hecha con el acceso de Javier.

No respondió.

—Tengo una captura —continué—. Puede ser falsa.

—Vuelve ahora.

—No vayas a hacer nada hasta que llegue.

—Aitana.

—Promételo.

El silencio duró demasiado.

—Promételo —repetí.

—No haré nada hasta que vuelvas.

—Voy para allá.

Colgué. Me levanté. El sendero de regreso parecía mucho más largo. Empecé a caminar deprisa.

No sabía si Javier había filtrado el audio. No sabía quién me estaba enviando los mensajes.

Ni por qué había incluido una fotografía antigua de Damián y Sabrina.

Pero sí sabía algo. Esta vez Damián me lo había contado antes de actuar. Y yo había hecho lo mismo.

Quizá confiar no consistía en dejar de tener miedo.

Quizá consistía en llamar antes de que el miedo decidiera por nosotros.