El precio de tentarte Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

—No me preocupa el despacho. Me preocupa lo que haces cuando crees que alguien te ha traicionado.

Damián dejó el teléfono sobre la mesa.

—Esto no es Sabrina.

—No. Pero tú sigues siendo tú.

Su mandíbula se tensó.

—¿Piensas que voy a repetir lo mismo?

—Pienso que estás a una llamada de hacerlo.

El silencio se alargó. Javier cerró lentamente el ordenador.

—Puedo seguir revisando desde otra habitación.

—No —dijo Damián.

—Sí —respondí yo.

Javier nos miró.

—Voy a elegir la opción que menos probabilidades tenga de acabar conmigo en medio.

Tomó el ordenador y salió. La puerta se cerró. Damián se apoyó en el borde de la mesa.

—No voy a despedir a nadie sin pruebas.

—Hace cinco minutos querías retirar toda la documentación.

—Como medida de seguridad.

—Y llamar al socio responsable.

—Para exigir una explicación.

—Damián, no todo puede resolverse exigiendo algo.

—No todo se resuelve esperando.

—No te he pedido que esperes. Te he pedido que investigues antes de reaccionar.

—Ya estamos investigando.

—Pues deja que Javier termine.

Me sostuvo la mirada. La ira seguía allí. No contra mí. Contra la pérdida de control. Contra la sensación de que alguien había entrado en un espacio que consideraba suyo.

—Esa grabación era privada —dijo.

—Lo sé.

—La hice porque sabía que Sabrina podía negar la conversación.

—Lo sé.

—Y ahora han utilizado una frase sobre ti.

—También lo sé.

—No voy a permitirlo.

—Ya ha ocurrido.

La verdad pareció golpearlo. Bajó la vista.

—Eso es lo que no soportas —dije—. Que no puedas deshacerlo.

—No.

—Pero puedes decidir qué haces ahora.

—¿Y qué quieres que haga?

—Nada impulsivo.

—Eso no es una acción.

—Para ti sí.

Levantó la cabeza.

—Confías muy poco en mí.

La frase me dolió.

—Estoy intentando confiar.

—No parece suficiente.

—Llevamos dos días reconstruyendo algo que rompiste hace semanas. No puedes pedirme que de repente ignore todo lo que sé de ti.

—No te lo estoy pidiendo.

—Lo parece.

Damián se apartó de la mesa.

—He hecho todo lo que me has pedido.

—Esto no es una lista de tareas.

—Te he contado la verdad. He respetado cada decisión. No he respondido a la prensa. No he actuado contra Sabrina sin hablar contigo.

—¿Y esperas una recompensa?

—Espero que no me mires como si fuera a convertirme en el peor hombre que has conocido cada vez que me enfado.

La frase me dejó inmóvil.

—No pienso eso.

—Sí.

—No.

—Entonces ¿por qué asumes que voy a destruir a alguien antes de comprobar qué ha ocurrido?

Porque podía hacerlo. Porque ya lo había hecho. Porque Sabrina había contado una historia que, aunque no la convirtiera en inocente, revelaba una parte de él que yo todavía no sabía cómo manejar.

—Porque tienes miedo de que te traicionen —dije—. Y cuando tienes miedo, atacas antes de que puedan volver a hacerlo.

Su rostro se cerró.

—No tienes derecho a analizarme.

—No te estoy analizando.

—Acabas de decidir por qué hago las cosas.

—Te estoy diciendo lo que veo.

—Ves una versión de mí que te conviene para mantener la distancia.

Retrocedí un paso.

—Eso es injusto.

—¿Lo es?

—Sí.

—Has venido. Has dormido conmigo. Has dicho que estamos juntos. Pero cada vez que algo se complica, vuelves a colocar una salida entre nosotros.

La acusación me atravesó.

—No estoy buscando una salida.

—La tienes preparada.

—Porque no quiero quedarme atrapada.

—No soy una trampa.

—No he dicho eso.

—Lo piensas.

—No puedes usar mis frases para inventar lo que siento.

Damián respiró hondo. La ira desapareció de su expresión. Lo que quedó fue peor.

—¿Vas a volver a Madrid dentro de dos días? —preguntó.

—Sí.

—¿Y yo iré una semana?

—Eso acordamos.

—¿Para qué?

—¿Cómo que para qué?

—¿Para comprobar si paso una prueba? ¿Para decidir si merezco seguir contigo?

—Para ver cómo funcionamos fuera de todo esto.

—No quiero que me evalúes, Aitana.

—Ni yo quiero entrar en tu vida sin saber si hay espacio real para mí.

—Lo hay.

—Porque tú lo dices.

—Porque estoy intentando crearlo.

—En dos días.

—Desde antes.

Lo miré.

—¿Desde cuándo?

Damián guardó silencio. No mucho. Lo suficiente para que entendiera que la respuesta importaba.

—Desde Madrid —dijo—. Desde antes de que te marcharas.

—Entonces ¿por qué no hiciste nada?

—Porque pensé que podía resolver lo de Sabrina primero.

La frase nos devolvió al principio. A su error. A mi maleta. A todas las cosas que ocurrían mientras él intentaba ordenar el mundo antes de permitirme entrar.

—Exacto —murmuré.

Damián cerró los ojos un instante.

—No sé hacerlo de otra forma todavía.

—Y yo no sé confiar sin hacer preguntas.

—Entonces hazlas.

—Las hago y te molesta.

—Me molesta que ya tengas las respuestas.

—No las tengo.

—Has decidido que voy a actuar como con Sabrina.

—He dicho que temo que lo hagas.

—No es lo mismo.

—Para ti tampoco lo era cuando se trataba de mí.

Su mirada cambió. La frase encontró el lugar exacto.

—Tienes razón —dijo.

No sentí alivio. Solo cansancio.

—No quiero discutir así.

—Yo tampoco.

—Pero esto va a pasar más veces.

—Sí.

—Y no podemos acabar cada vez preguntándonos si todo fue un error.

—Yo no me lo pregunto.

—Yo sí.

Damián se quedó inmóvil. La sinceridad dolió en cuanto salió.

—No si estar contigo fue un error —aclaré—. Si estamos intentando correr demasiado para arreglar algo que todavía no está preparado.