Capítulo 28
La voz de Damián empezó a sonar en varios teléfonos al mismo tiempo.
—Desde ella.
Diez segundos repetidos una y otra vez. En distintos volúmenes. Con distintos titulares.
Y con suficiente insistencia para que pareciera que acababa de declararme amor eterno delante de la Bolsa de Nueva York.
Los periodistas avanzaron. Las preguntas llegaron antes de que alcanzáramos el coche.
—Señor Salvatierra, ¿esa frase se refiere a Aitana Robles?
—¿Desde cuándo mantienen una relación?
—¿La grabación demuestra que rompió con Sabrina Delacour por ella?
—¿Está enamorado?
La última pregunta hizo que mi mano se tensara dentro de la suya. Damián lo notó. No respondió. Ni aceleró el paso.
Se limitó a seguir caminando a mi lado mientras Javier y dos miembros de seguridad abrían espacio entre las cámaras.
—Aitana, ¿sabía que Damián había dicho eso?
—¿Ha viajado a Niza porque él se lo pidió?
—¿Van a hacer pública su relación?
Una periodista se colocó demasiado cerca.
—¿Está enamorada de él?
Aquello ya era absurdo.
Habíamos cerrado una operación de millones hacía menos de una hora y ahora lo único que parecía importar era si Damián me quería y si yo pensaba devolverle el favor.
Llegamos al coche. Él abrió la puerta. Antes de subir, miré hacia los periodistas.
No debía decir nada. Lo sabía. Habíamos decidido no responder.
Pero una cosa era no alimentar la historia y otra permitir que Sabrina convirtiera una conversación privada en una versión que le convenía.
—La grabación pertenece a una conversación privada —dije—. No vamos a comentarla.
Las preguntas aumentaron.
—¿Confirma que se refiere a usted?
—¿Está molesta por la filtración?
—¿Denunciarán a Sabrina Delacour?
Entré en el coche. Damián subió detrás de mí y cerró la puerta. El ruido desapareció. No del todo.
Las manos seguían golpeando ligeramente los cristales y varias cámaras permanecían pegadas a las ventanillas.
Javier ocupó el asiento delantero.
—Eso contará como respuesta —dijo.
—Ya lo sé.
—No ha estado mal.
—Gracias por tu entusiasmo.
El coche avanzó despacio. Damián seguía sujetándome la mano.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí.
—No lo parece.
—Porque no me gusta escuchar una conversación privada en el teléfono de veinte desconocidos.
—A mí tampoco.
—¿Cómo consiguió la grabación?
—Lo averiguaremos.
—¿La hiciste tú?
—Sí.
—Entonces solo la tenías tú.
—Y Javier.
Miré hacia delante. Él giró la cabeza.
—Estaba guardada en el servidor interno —explicó—. Con acceso restringido.
—¿Cuántas personas tienen acceso?
—Cinco.
—Eso ya no suena tan restringido.
—Dos son del equipo legal. Una pertenece a seguridad informática.
—Y las otras dos son ustedes.
—Sí.
Damián soltó mi mano. No de forma brusca. Necesitaba el teléfono. Marcó un número.
—Bloquea todos los accesos al servidor y revisa las descargas de las últimas cuarenta y ocho horas.
Escuchó.
—No. Nadie entra ni sale del sistema hasta que sepamos qué ha ocurrido.
Colgó.
—Eso no ha sonado a una petición —dije.
—No lo era.
—¿Vas a despedir a alguien?
—Si alguien ha vendido información confidencial, sí.
—Primero tendrás que demostrarlo.
—Lo haré.
—No empieces a castigar antes de saber.
Damián giró hacia mí.
—No voy a hacerlo.
—Acabas de sonar exactamente como si ya tuvieras una lista preparada.
—Tengo una lista de personas con acceso.
—Eso no significa que una de ellas lo haya enviado.
—Significa que debo comprobarlo.
—Comprobar no es destruir.
Su mirada se mantuvo en la mía.
—Lo sé.
No estaba segura de que lo supiera. O de que pudiera recordarlo cuando se sintiera traicionado.
El coche dejó atrás el edificio y tomó la carretera costera. Mi teléfono empezó a vibrar dentro del bolso.
Lo saqué. Tenía diecisiete mensajes. Tres llamadas perdidas. Dos de mi madre. Una de una antigua compañera.
Varias de personas que no me escribían desde hacía años y que, de repente, habían descubierto un profundo interés por mi vida sentimental.
Abrí el primero.
¿Eres tú la de la grabación?
El segundo era peor.
Tía, estás en todas partes. ¿Desde cuándo sales con un millonario?
Guardé el teléfono.
—No quiero mirar más.
—Apágalo —dijo Damián.
—No.
—Te hará daño.
—También podría haber algo importante.
—Javier puede filtrar las llamadas.
—Javier no va a gestionar mi teléfono.
Él levantó las manos.
—De acuerdo.
—No quiero que cada vez que algo me incomode decidas que debo dejar de verlo.
—Solo intentaba ayudarte.
—Pues pregúntame.
Damián respiró hondo.
—¿Quieres que haga algo?
—No.
—Bien.
—Y eso no significa que tengas que quedarte callado como si te hubiera regañado.
—Me has regañado.
—Te he recordado algo.
—Con bastante claridad.
Javier fingió mirar por la ventanilla. Mi teléfono volvió a vibrar. Esta vez era mi madre. Cerré los ojos.
—Tengo que contestar.
—¿Quieres que te dé espacio? —preguntó Damián.
La pregunta me sorprendió.
—No. Quédate.
Deslicé el dedo por la pantalla.
—Hola, mamá.
—¿Se puede saber dónde estás?
No saludó. Eso era mala señal.
—En Niza.
—Eso ya lo sé. Lo sabe medio país.
Miré a Damián. Él apartó la vista.
—No es exactamente medio país.
—Tu tía me ha enviado un vídeo donde sale un hombre diciendo que le importas desde ti.
—La frase no era así.
—La he escuchado seis veces.
—Entonces sabrás que sí era así.
—No me corrijas. ¿Quién es ese hombre?
—Damián.
—Eso también lo sé. Tu padre lo ha buscado en internet.
Perfecto. Toda la familia reunida alrededor de un buscador.
—¿Y qué han encontrado?
—Demasiadas cosas.
—Internet exagera.
—¿Es tu novio?
La pregunta me hizo mirar otra vez a Damián. Él no fingió no escuchar.
—Estamos juntos.
Fue la respuesta más precisa que encontré.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace poco.
—¿Y por qué me entero por una grabación?
Aquello dolió porque se parecía demasiado a lo que yo le había reprochado a él.
—Porque todavía no sabía cómo contarlo.
Damián bajó la mirada.
—¿Estás bien? —preguntó mi madre.
El tono cambió. Menos enfadado. Más preocupado.
—Sí.
—¿Segura?
—Sí.
—¿Te está metiendo en algún problema?
Miré los periodistas que aún nos seguían en varias motos.
—Un poco.
—Aitana.
—Pero no estoy sola.
Damián levantó la cabeza.
—Quiero hablar con él.
Abrí los ojos.
—¿Ahora?
—Sí.
—Mamá, estamos en un coche.
—Los teléfonos funcionan dentro de los coches.
No tenía defensa contra esa lógica.
—No creo que sea el momento.
—Entonces esta noche.
—Tenemos una cena.
—Después.
—Será tarde.
—No me importa.
Solté el aire.
—De acuerdo.
—Y que no piense que porque sale en los periódicos va a impresionarme.
—Te aseguro que no lo piensa.
—Eso ya lo veremos.
Colgó. Damián me observaba.
—Quiere hablar contigo.
—Lo he entendido.
—Puedes decir que no.
—No.
—No tienes que hacerlo.
—Quiero hacerlo.
—No sabes cómo es mi madre.
—Tú tampoco sabes cómo soy yo hablando con madres.
—Eso me preocupa más.
Una sonrisa apareció en su boca.
—¿Esta noche?
—Sí.
—Bien.
—No pongas esa cara de hombre que se prepara para una adquisición.
—No es una adquisición.
—Exacto.
—Solo quiero que le quede claro que mis intenciones contigo son serias.
Me quedé quieta. Javier también. Hasta el conductor pareció reducir un poco la velocidad.
—No digas eso por teléfono —advertí.
—¿Por qué?
—Porque mi madre puede interpretar “intenciones serias” como que vamos a casarnos.
Damián no respondió de inmediato.
—No era lo que quería decir.
—Menos mal.
—Aunque tampoco lo descartaría por principio.
Lo miré.
—¿Perdón?
—He dicho que no era lo que iba a decir.
—Pero has añadido otra cosa.
—Una observación.
—No hagas observaciones sobre matrimonio después de dos noches.
—Nos conocemos desde hace más tiempo.
—No tanto.
—Lo suficiente.
—Damián.
—No te estoy pidiendo que te cases conmigo.
—Pues deja de hablar como si estuvieras preparando el terreno.
—No preparo terrenos.
—Compras edificios enteros.
Javier se aclaró la garganta.
—Puedo pedir otro coche.
—No —dijimos los dos.
El trayecto continuó en silencio durante unos minutos. No era incómodo. Solo estaba lleno de una palabra que ninguno iba a volver a pronunciar.
Matrimonio. Era ridículo. Prematuro. Completamente fuera de lugar.
Y, aun así, mi cuerpo había reaccionado como si Damián hubiera acercado una cerilla a una habitación llena de gasolina.
Llegamos a la casa poco antes de las dos. Camille esperaba en la terraza con el teléfono en la mano.
—Ya he visto el vídeo —dijo.
—Todo el mundo lo ha visto —respondí.
—Es una frase preciosa.
—Es una filtración ilegal.
—También.
Laurent apareció detrás de ella.
—Damián, esto es excelente.
—No.
—Desde el punto de vista de imagen, sí.
—No vamos a utilizarlo.
—No hace falta. Ya lo están utilizando todos.
Damián entró en la casa sin responder. Laurent me miró.
—Está de mal humor.
—Le han robado una grabación privada.
—Damián siempre está de mal humor cuando no controla la difusión.
—No creo que sea solo eso.
Lo seguí hasta el despacho. Javier ya había abierto el ordenador y revisaba los registros del servidor.
—Hay dos descargas —dijo—. Una tuya de ayer y otra esta mañana desde una dirección externa.
—¿Qué dirección? —preguntó Damián.
—Una conexión segura vinculada al despacho legal de París.
—¿Quién estaba conectado?
—Todavía no lo sé.
Damián tomó el teléfono.
—Espera —dije.
Me miró.
—¿Qué vas a hacer?
—Llamar al socio responsable.
—¿Para decirle qué?
—Que cierre el despacho hasta que identifiquen el acceso.
—No puedes cerrar un despacho que no es tuyo.
—Puedo retirarles toda nuestra documentación.
—Eso no va a conseguir que el audio desaparezca.
—No. Pero impedirá otra filtración.
—Primero averigua si realmente ha salido de allí.
—El registro lo indica.
—Indica una dirección. No una persona.
Su expresión se endureció.
—No voy a quedarme quieto.
—Nadie te pide que lo hagas.
—Entonces no me impidas actuar.
La frase salió más alta de lo necesario. El despacho quedó en silencio. Javier miró la pantalla. Yo miré a Damián. Él se dio cuenta de inmediato.
—No quería decirlo así.
—Pero lo has dicho.
—Estoy intentando proteger información confidencial.
—Y yo estoy intentando que no destruyas una relación profesional antes de conocer los hechos.
—¿Por qué te preocupa tanto ese despacho?