Capítulo 27 #2
No era un desastre. No era una mentira. Ni siquiera era importante. Pero precisamente por eso me preocupaba.
Los grandes secretos no empezaban siempre con una conspiración.
A veces empezaban con veinte minutos. Con pensar que algo podía esperar. Con decidir que ya se explicaría después.
—Dímelo en el momento —dije.
—Lo haré.
—Aunque parezca una tontería.
—También.
—Aunque esté enfadada.
—Especialmente entonces.
Asentí. Javier cerró la funda.
—La cena es a las ocho.
—Gracias —respondí.
—También han invitado a la señora Robles.
—¿A mí?
—Su nombre figura en la estrategia.
Miré a Damián.
—¿Lo sabías?
—Desde hace veinte minutos.
—Bien.
—¿Eso significa que vendrás?
—Significa que ahora puedo decidirlo.
—Exacto.
—¿Quieres que vaya?
—Sí.
—¿Por la operación?
—No.
La respuesta llegó demasiado rápido para ser estratégica.
—Quiero que estés conmigo.
Javier observó una pared. Yo miré mi café.
—Entonces iré.
—Bien.
—Pero no porque necesites mejorar tu imagen.
—No necesito mejorarla.
—Eso es discutible.
—Ni porque quieras presentar una pareja estable delante del consejo.
—No necesito presentar nada.
—¿Entonces?
Damián se acercó.
—Porque quiero cenar contigo cuando esto termine.
No tuve una respuesta inteligente. Tampoco la busqué.
—De acuerdo.
Javier consultó el reloj.
—La firma nos espera.
Bajamos juntos. Esta vez no había dos coches. Solo uno. Me detuve junto a la puerta.
—¿No íbamos separados?
—Ya no hay una reunión que proteger —dijo Damián.
—Siguen estando los periodistas.
—Lo sé.
—Y publicarán otra fotografía.
—Probablemente.
—¿Te da igual?
—No.
—Entonces ¿por qué?
Damián abrió la puerta.
—Porque ayer querías que no pareciera una maniobra. Hoy ya saben quién eres y qué hiciste en la presentación. No voy a fingir que no estamos juntos para facilitarles un titular.
Lo miré.
—Eso ha sonado peligrosamente bien.
—He tenido una noche productiva.
—No todo fue trabajo.
Su mirada bajó hasta mi boca.
—Lo recuerdo.
Subí al coche antes de que Javier fingiera otra vez que no había escuchado nada. El trayecto hasta el edificio fue más tranquilo que el día anterior.
No había presentación que repasar. Ni estrategia que cambiar. Solo la firma. Y, aun así, Damián revisó cada página dos veces.
—Vas a desgastar el papel —dije.
—Quiero asegurarme.
—Javier ya se ha asegurado.
—Yo también.
—¿No confías en él?
—Sí.
—Entonces deja la carpeta.
—No.
—¿Quieres que te la quite?
—No te atreverías.
Le quité la carpeta. Damián me miró. La dejé en el asiento contrario.
—Respira.
—Estoy respirando.
—Eso ya lo dijiste ayer.
—Sigue siendo cierto.
—Mira por la ventana.
—¿Para qué?
—Para comprobar que el mundo sigue existiendo sin que lo revises cada treinta segundos.
Javier ocultó una sonrisa en el asiento delantero. Damián miró por la ventana.
—¿Contenta?
—Mucho.
—El mundo sigue ahí.
—Milagroso.
Cuando llegamos, había menos periodistas. Aun así, las preguntas empezaron en cuanto bajamos. Damián caminó a mi lado. No me tocó hasta que nuestras miradas se encontraron.
Entonces extendió la mano. No hacia mi espalda. Hacia la mía. Una invitación visible. Una pregunta en mitad de las cámaras.
Miré sus dedos. Después su rostro. Y puse mi mano en la suya. Los flashes se multiplicaron.
—Señor Salvatierra, ¿confirma su relación con Aitana Robles?
—¿La señora Robles formará parte de la nueva empresa?
—¿Han viajado juntos a Niza?
Damián no respondió. Yo tampoco. Entramos sin soltarnos. La firma duró menos que todas las discusiones que la habían precedido.
Treinta minutos. Doce documentos. Tres bolígrafos. Y una cantidad absurda de fotografías oficiales.
Damián firmó el último papel. Laurent soltó el aire. La mujer de cabello gris extendió la mano.
—Enhorabuena.
—Gracias.
El padre de Sabrina no estaba. Ella tampoco. Aquello debería haberme tranquilizado. No lo hizo. Después de la firma, el equipo de comunicación repartió el comunicado que yo había redactado.
La operación estaba cerrada. Salvatierra Capital adquiría la participación mayoritaria. Se garantizaba la continuidad del equipo directivo.
No había una sola mención a las fotografías. Ni a Sabrina. Ni a mí. Exactamente como debía ser.
Damián habló durante cinco minutos ante los periodistas. Cifras. Planes. Compromisos. Nada personal. Cuando terminó, una reportera levantó la voz.
—¿La presencia de Aitana Robles forma parte de la nueva estrategia del grupo?
Damián miró hacia donde yo estaba. Podía ignorar la pregunta. Debía ignorarla. La estrategia era no responder.
—No —dijo.
Sentí que todos giraban hacia mí.
—Aitana no forma parte de ninguna estrategia.
Javier se tensó. Yo también. Damián continuó.
—Su trabajo contribuyó a que esta operación se explicara con claridad. Su relación conmigo no es una herramienta de comunicación y no voy a convertirla en una.
La reportera insistió.
—¿Entonces confirma que mantienen una relación?
Damián sostuvo mi mirada. No respondió por mí. No decidió.
Esperó. Podía pedirle que callara. Negarlo. Marcharme. En lugar de eso, di un paso al frente.
—Confirmamos que hemos venido a hablar de una operación empresarial —dije—. Todo lo demás pertenece a nuestra vida privada.
Algunas cámaras se giraron hacia mí.
—¿Seguirá trabajando con Salvatierra Capital?
—No trabajo para Salvatierra Capital.
—¿Pero colaborará en futuros proyectos?
—No hay ningún acuerdo.
Era verdad. Y, al decirlo, me di cuenta de algo. Había ayudado a cerrar una operación que hasta hacía dos días me habría parecido fuera de mi alcance.
No porque Damián me hubiera regalado un puesto. Porque había visto algo que los demás no. Porque era buena. Aquella certeza se quedó conmigo cuando terminó la rueda de prensa.
También cuando subimos al ascensor. Damián esperó hasta que las puertas se cerraron.
—Has estado perfecta.
—No era una presentación.
—Lo sé.
—Solo he contestado una pregunta.
—Era la pregunta más complicada.
—Exageras.
—No.
Me observó durante unos segundos.
—Deberías considerar trabajar en esto.
—¿En qué?
—Estrategia de crisis.
Solté una risa.
—Ni hablar.
—Eres buena.
—Eso no significa que quiera pasarme la vida rodeada de abogados, periodistas y hombres incapaces de contar las cosas a tiempo.
—Podrías elegir clientes mejores.
—¿Que tú no seas el único?
—Exacto.
Lo miré.
—¿Me estás ofreciendo trabajo?
—No.
—Menos mal.
—Te estoy diciendo que podrías crear algo tuyo.
La idea me dejó quieta.
—Ya trabajo por mi cuenta.
—No de esta forma.
—No sabes cómo trabajo.
—Sé lo que hiciste aquí.
El ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron, pero ninguno salió.
—No quiero que parezca que me colocas en tu empresa —dije.
—Por eso no te he ofrecido un puesto.
—Pero estás intentando dirigir mi carrera.
—Estoy señalando algo que tú todavía no ves.
—Eso suena mucho a dirigir.
—Entonces lo formularé mejor.
Esperó.
—Creo que eres buena en esto. Tú decides si quieres hacer algo con ello.
Salí del ascensor. Damián caminó a mi lado.
—Eso está mejor —admití.
—Estoy aprendiendo.
—No lo repitas tanto.
—¿Por qué?
—Porque empiezo a creérmelo.
Sonrió. Al llegar a la salida, Javier recibió una llamada. Su expresión cambió mientras escuchaba.
—¿Qué ocurre? —preguntó Damián.
Javier no respondió de inmediato. Colgó.
—Tenemos otro problema.
—¿Con la firma?
—No.
Nos miró a los dos.
—Sabrina ha enviado la grabación a varios medios.
El pasillo pareció quedarse sin aire.
—¿Qué grabación? —pregunté.
Damián se quedó inmóvil. No necesitaba preguntar. Su cara ya me había dado la respuesta.
—La conversación que escuchaste ayer —dijo.
Sentí un frío lento recorrerme la espalda.
—¿Cómo la tiene?
—No lo sé.
Javier abrió uno de sus teléfonos.
—No ha enviado el archivo completo. Solo un fragmento.
—¿Qué parte? —preguntó Damián.
Javier levantó la vista.
—La frase sobre Aitana.
No necesité que la repitiera. Desde ella. La respuesta de Damián a la pregunta de Sabrina.
¿Desde cuándo te importa tanto una mujer?
La frase que me había desarmado en privado. La frase que ahora iba a circular fuera de contexto.
—¿Ya está publicada? —pregunté.
—Todavía no —dijo Javier—. Pero será cuestión de minutos.
Damián me miró. Esperó. No llamó a nadie. No dio una orden. No decidió por mí.
—¿Qué quieres que hagamos? —preguntó.
La cuestión ya no era la operación. Ni Sabrina. Ni el artículo.
Era él cumpliendo lo que acababa de prometer. Incluso cuando todo volvía a complicarse.
Respiré hondo.
—Quiero escuchar exactamente qué ha enviado.
Javier me entregó el teléfono.
—Después decidimos juntos.
Damián asintió.
—Juntos.
Pulsé el archivo. La voz de Sabrina llenó el pasillo.
—¿Desde cuándo te importa tanto una mujer?
Hubo un silencio. Después la voz de Damián, fría y clara.
—Desde ella.
El audio terminó. Diez segundos. Suficientes para cambiar el titular de todos los periódicos.
Le devolví el teléfono a Javier.
—Van a convertirlo en una declaración pública.
—Sí —dijo.
—Y en otra prueba de que fui a Niza como parte de una estrategia romántica.
—Probablemente.
Miré a Damián. Seguía esperando.
—No respondemos —dije.
—¿Segura?
—Sí.
—Puede crecer.
—Crecerá aunque respondamos.
—Podríamos denunciar la filtración.
—Después. Ahora no.
Damián asintió.
—De acuerdo.
—Y no quiero que publiques nada sobre nosotros para corregirlo.
—No lo haré.
—Ni una frase.
—Ni una.
—Ni siquiera una perfectamente redactada por veinte abogados.
—Ninguna.
Solté el aire.
—Entonces vámonos.
Caminamos hacia la salida. Los periodistas seguían fuera. Todavía no habían recibido el audio.
Pero lo harían. Quizá antes de que llegáramos al coche. Damián extendió la mano otra vez.
La miré.
—Esto también puede aparecer en todas partes.
—Lo sé.
—Y complicarlo.
—También.
—Podríamos salir separados.
—Podríamos.
—¿Quieres hacerlo?
Damián negó con la cabeza.
—No.
Yo tampoco. Tomé su mano.
Las puertas se abrieron.
Y salimos juntos justo cuando el primer teléfono empezó a reproducir su voz.