El precio de tentarte Capítulo 27
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Capítulo 27

Me desperté antes que Damián. No porque hubiera dormido mal. Todo lo contrario. Ese era precisamente el problema.

Su brazo seguía alrededor de mi cintura, una pierna atrapaba las mías y mi mejilla descansaba sobre su pecho como si llevara años despertándome allí.

Nada en aquella postura tenía sentido. Ni era prudente. Ni encajaba con la versión de mí que había llegado a Niza dispuesta a escuchar una explicación y mantener una distancia razonable.

La distancia había durado poco. Miré el reloj. Las siete y veinte. La firma estaba prevista para las once. Teníamos tiempo.

Demasiado, si seguía tumbada junto a un hombre que dormía como si no hubiera pasado las últimas semanas complicándome la vida.

Intenté apartarme. Su brazo se cerró con más fuerza.

—No.

La voz me vibró bajo la mejilla.

—Estás despierto.

—Ahora sí.

—Suéltame.

—¿Por qué?

—Porque necesito levantarme.

—No.

—Esa respuesta no demuestra ningún progreso.

Damián abrió los ojos.

—Depende de lo que intentara conseguir.

—Estoy hablando en serio.

—Yo también.

Su mano recorrió mi espalda con una lentitud que hizo que mi cuerpo olvidara por qué quería salir de la cama.

—Tenemos una firma —recordé.

—A las once.

—Y trabajo antes.

—Javier lo está haciendo.

—Eso explica por qué no querías traerlo a Madrid. Lo tienes explotado.

—Está bien pagado.

—Esa es la respuesta de todos los jefes que explotan a alguien.

—No lo exploto.

—Ayer llevaba dos teléfonos y la mirada perdida.

—Es su mirada habitual.

Me incorporé sobre un codo.

—Voy a preguntárselo.

—No lo hagas. Podría sincerarse.

Sonreí. Damián levantó una mano y apartó un mechón de mi rostro. Su expresión cambió.

No de golpe. Solo lo suficiente para que el ambiente dejara de ser ligero.

—¿Te arrepientes? —preguntó.

—¿De anoche?

—Sí.

Pensé la respuesta. No porque dudara. Porque sabía que él iba a escuchar cada matiz.

—No.

Su pulgar rozó mi mejilla.

—Bien.

—Eso no significa que todo sea sencillo.

—No esperaba que lo fuera.

—Ni que vayamos a repetirlo cada vez que discutamos.

—Preferiría discutir menos.

—Eso no va a pasar.

—Entonces tendremos que buscar otros finales.

—No conviertas el sexo en una herramienta de negociación.

—No lo haría.

—Te conozco.

—Precisamente por eso sabes que, si quisiera negociar, tendría un contrato preparado.

Le di un golpe suave en el pecho.

—Eres insoportable.

—Y vas a dejar que pase una semana en tu casa.

—Todavía puedo arrepentirme de eso.

—No lo harás.

—Ahí está otra vez tu seguridad.

—No es seguridad.

—¿Entonces?

—Esperanza.

La palabra no encajaba con él. Quizá por eso me dejó quieta. Damián no era un hombre que esperara. Decidía. Ejecutaba. Controlaba.

Pero conmigo, por primera vez, no tenía más garantía que mi palabra.

—No pongas esa cara —dijo.

—¿Cuál?

—La que aparece cuando digo algo que no esperabas.

—Últimamente ocurre demasiado.

—Puedo volver a comportarme como antes.

—Ni se te ocurra.

Sonrió. Me incliné y lo besé. Fue un beso corto. Al menos esa era la intención.

Damián me sujetó la nuca y lo alargó hasta que olvidé la hora, la firma y el nombre de casi todos los presentes en la operación. Me aparté sin aire.

—Esto es exactamente por lo que tenía que levantarme.

—No veo el problema.

—Claro que no.

Salí de la cama y recogí el camisón del suelo. Damián siguió mirándome.

—Puedes darte la vuelta.

—Podría.

—Damián.

—Ya te he visto desnuda.

—Eso no te da derechos ilimitados.

Giró la cabeza hacia la ventana.

—Estoy aprendiendo.

Me puse el camisón.

—Ya.

—¿Puedo mirar?

—Sí.

Volvió a hacerlo. La facilidad con que respetó algo tan pequeño me produjo una satisfacción extraña. Ridícula. Y también peligrosa. Porque podía acostumbrarme.

Me dirigí al baño.

—Pediré el desayuno —dijo.

—Café.

—Y comida.

—No empieces.

—Anoche apenas cenaste.

—Porque alguien tenía la rodilla pegada a la mía debajo de la mesa.

Damián sonrió.

—No sabía que afectara al apetito.

—Pues ahora lo sabes.

—Lo tendré en cuenta.

—Eso ha sonado como una amenaza.

—Era información.

Cerré la puerta antes de que mi cuerpo decidiera regresar a la cama.

Cuando salí, había café, fruta, tostadas y una carpeta abierta sobre la mesa.

Damián ya estaba vestido. Traje oscuro. Camisa blanca. Corbata gris. El hombre relajado de hacía unos minutos había desaparecido.

En su lugar estaba el empresario que no dejaba nada al azar.

—La cláusula de permanencia está cerrada —dijo.

—¿La has aceptado?

—La hemos reducido a doce meses.

—¿Cuánto pedían?

—Treinta y seis.

—Eso es bastante reducción.

—Era una petición absurda.

—Pero la has firmado.

—Porque los doce meses no afectan al plan.

Me serví café.

—¿Y las garantías?

—Aprobadas.

—Entonces solo queda la firma.

—Y el comunicado.

—Lo terminé anoche.

—Lo sé.

—¿Lo has cambiado?

—No.

Lo miré.

—¿Nada?

—Nada.

—Eso es preocupante.

—Es bueno.

—Todo el texto.

—Sí.

—Incluso la parte en la que evitamos mencionar a Sabrina.

—Especialmente esa parte.

Me senté.

—Creía que intentarías añadir algo sobre la manipulación mediática.

—Quiero cerrar la operación, no prolongar el conflicto.

—Eso suena sensato.

—Puedo ser sensato.

—No abuses. Podría dejar de reconocerte.

Damián se acercó con una taza.

—Hay otra cosa.

La frase me hizo dejar el café.

—¿Qué?

—La fotografía de ayer ya incluye tu nombre.

—Eso era cuestión de tiempo.

—También han publicado dónde trabajas.

Mi estómago se cerró.

—¿Cómo?

—Han localizado tu perfil profesional.

—No tengo ningún perfil público.

—Tenías uno antiguo.

Recordé una página que había creado años atrás y que no actualizaba desde hacía meses.

—Pensaba que estaba desactivado.

—No lo estaba.

—¿Qué han publicado exactamente?

Damián me entregó el teléfono. El artículo era breve. Demasiado breve para todo lo que conseguía insinuar.

Decía que yo trabajaba como consultora independiente, que había colaborado con varias empresas pequeñas en Madrid y que no tenía experiencia conocida en operaciones de aquella magnitud.

También mencionaba que había viajado con Damián a Niza después de abandonar mi puesto anterior.

Nada era falso.

Pero todo estaba colocado para hacerme parecer una aficionada que había conseguido una silla en la mesa por acostarse con el hombre adecuado.

—Qué sutiles —murmuré.

—He pedido que revisen cómo obtuvieron la información.

—Estaba publicada.

—No toda.

Seguí leyendo. Habían encontrado el nombre de mi antigua empresa. El de mi exjefe.

Incluso una fotografía de una jornada profesional de hacía dos años en la que aparecía al fondo, con una copa en la mano y una expresión horrible.

—No pueden hacer nada con esto —dije.

—Pueden seguir buscando.

—Pues que busquen.

—Aitana.

—No voy a esconder mi trabajo porque alguien haya decidido que no es lo bastante importante para sentarme contigo.

—No me preocupa lo que digan de tu trabajo.

—¿Entonces?

—Que entren en tu vida.

Le devolví el teléfono.

—Ya han entrado.

—Puedo hacer que retiren parte de la información.

—¿Cómo?

—Por vía legal.

—No hay nada ilegal en publicar datos públicos.

—Podemos presionar al medio.

—Eso solo conseguirá que publiquen que intentas silenciarlos.

Damián no respondió. Su silencio confirmó que ya lo había pensado.

—No hagas nada —dije.

—No puedo quedarme quieto mientras te exponen.

—Sí puedes.

—No.

—No decidas por mí.

La frase cayó entre los dos. Damián se quedó inmóvil. Después asintió.

—De acuerdo.

—¿De acuerdo de verdad?

—Sí.

—Sin llamadas por detrás.

—Sin llamadas.

—Sin abogados.

—Sin abogados.

—Sin comprar el periódico.

—Eso sería ineficiente.

Lo miré.

—Era una broma.

—Yo también.

No estaba segura. Me senté frente a él.

—Esto va a seguir un tiempo.

—Probablemente.

—Y no puedes reaccionar a cada artículo como si fuera un ataque que tienes que destruir.

—No me gusta que te conviertan en parte de esto.

—Ya soy parte.

—No por elección.

—Vine a Niza por elección. Entré en esa reunión por elección. Salí del coche delante de las cámaras por elección.

Damián apoyó las manos en la mesa.

—No elegiste que investigaran tu vida.

—Tú tampoco elegiste que publicaran aquellas fotografías.

Su expresión se endureció.

—No es lo mismo.

—No, porque tú estás acostumbrado.

—Eso no lo hace aceptable.

—Tampoco lo hace solucionable.

Respiró hondo.

—¿Qué quieres que haga?

La pregunta me sorprendió. No qué iba a hacer. Qué quería yo.

—Nada por ahora.

—Eso me resulta difícil.

—Lo sé.

—Mucho.

—También lo sé.

—Puedo vigilar que no publiquen datos privados.

—Eso sí.

—Y avisarte antes de tomar cualquier medida.

—Exacto.

Damián asintió.

—Bien.

—¿Bien?

—Puedo hacerlo.

—No pareces convencido.

—No lo estoy. Pero puedo hacerlo.

Aquello era probablemente lo máximo que iba a conseguir. Desayunamos mientras Javier enviaba mensajes cada dos minutos.

A las nueve y media apareció en la habitación con tres carpetas y una funda de traje.

—¿Eso es para mí? —pregunté.

—No.

—Entonces ¿por qué lo traes?

Javier miró a Damián.

—Porque el señor Salvatierra ha decidido que podría necesitar otra camisa después de la firma.

—No he decidido nada —respondió Damián—. Se ha enviado por error.

—Claro.

—No hagas comentarios.

—No los hago.

Abrí la funda. Dentro había una camisa blanca y otra azul oscuro.

—¿Por qué necesitarías cambiarte?

Damián cerró una carpeta.

—Hay una cena esta noche.

—¿Otra?

—Con el consejo y el equipo legal.

—No me habías dicho nada.

El silencio fue breve. Pero lo vi. Él también.

—Me lo confirmaron hace veinte minutos —dijo.

—¿Y pensabas contármelo cuándo?

—Ahora.

—Después de mandar ropa.

—La ropa llegó antes que Javier.

—Eso no mejora nada.

Damián dejó el bolígrafo.

—Tienes razón.

La respuesta desactivó la mitad de mi enfado. La otra mitad seguía allí.

—No quiero enterarme por una camisa.

—Lo sé.

—Eso es exactamente de lo que hablábamos.

—Me confirmaron la cena mientras revisabas el artículo. Pensé que podía esperar unos minutos.

—¿Y quién decidió pedir ropa?

Javier levantó una mano.

—Yo.

Lo miré.

—¿Tú?

—Conozco los horarios y sabía que no tendríamos tiempo de volver antes de la cena.

Damián no apartó la vista de mí.

—No fue una decisión para ocultarte nada.

—Ya.

—Pero entiendo por qué te ha molestado.