El precio de tentarte Capítulo 25 #4
72%

Capítulo 25 #4

—Quiero que esto no dependa de que yo entre en tu mundo cuando te conviene.

Damián no habló.

—No quiero vivir de vuelos, hoteles y reuniones —continué—. No quiero ser la mujer que aparece cuando todo está a punto de explotar y desaparece cuando vuelves a controlar la situación.

—No quiero eso.

—Entonces ¿qué quieres?

Su silencio duró demasiado. Sentí el primer impulso de levantarme. De apartarme antes de escuchar una respuesta que pudiera hacerme daño.

Damián se giró hacia mí.

—Quiero que estés en mi vida.

—Eso no significa nada.

—Para mí sí.

—Pues explícalo.

Respiró hondo.

—Quiero saber dónde estás cuando no estás conmigo. Quiero poder llamarte sin preguntarme si voy a interrumpir algo que no conozco. Quiero que tengas un lugar en mi casa que no dependa de una maleta. Quiero poder hacer planes contigo sin que parezcan una negociación.

Mi corazón empezó a golpear demasiado rápido.

—Eso suena mucho a que quieres incorporarme a tu agenda.

—Probablemente porque no sé decirlo mejor.

—Inténtalo.

Damián levantó una mano. No me tocó. Esperó. Asentí. Sus dedos recorrieron mi mejilla.

—Quiero despertarme contigo más de dos noches seguidas.

La sencillez de la frase acabó con todas mis defensas.

—Eso está mejor.

—También quiero que sigas teniendo tu vida en Madrid.

—¿Y cómo piensas hacer las dos cosas?

—No lo sé.

—Gran plan.

—Puedo empezar por ir yo.

—¿Ir dónde?

—A Madrid.

Parpadeé.

—Tienes una empresa.

—También aviones.

—Eso ha sonado muy arrogante.

—Es práctico.

—No puedes cruzar Europa cada vez que quieras verme.

—Puedo intentarlo.

—Damián.

—No estoy diciendo que sea sencillo. Estoy diciendo que no espero que seas tú quien siempre se adapte.

Aquello sí era nuevo. No una promesa perfecta. No una solución comprada. Una dificultad reconocida.

—Podríamos empezar por una semana —dije.

—¿Una semana aquí?

—No.

Su expresión no cambió, pero noté la decepción.

—Una semana en Madrid cuando terminemos aquí.

—Tengo reuniones.

—Yo también tengo trabajo.

—Puedo moverlas.

—No quiero que las canceles.

—He dicho moverlas.

—Y yo no quiero que llegues a mi casa con tres asistentes, cinco ordenadores y un consejo reunido en el salón.

—Solo llevaría a Javier.

Solté una risa.

—Ni se te ocurra.

—Entonces iré solo.

—¿De verdad?

—Sí.

—Una semana.

—Una semana.

—En mi casa.

Damián frunció el ceño.

—Tu cama es pequeña.

—Entonces duermes en el sofá.

—Eso es una amenaza.

—Es una condición.

Su pulgar se movió sobre mi mejilla.

—Acepto.

—No sabes cómo es mi sofá.

—Después de este, nada puede asustarme.

Sonreí. Él también. La tensión cambió. No desapareció. Se volvió más cálida.

Más cercana. Su mano bajó hasta mi cuello.

—¿Puedo besarte?

—Sí.

Damián se inclinó. El beso empezó despacio, pero no tenía nada de cuidadoso. No esta vez.

Su boca encontró la mía con una seguridad que mi cuerpo reconoció demasiado rápido.

Le agarré la camiseta y lo acerqué, borrando el espacio que habíamos mantenido entre nosotros.

Su mano se cerró en mi cintura. La otra quedó junto a mi cabeza, sosteniendo su peso. El beso se volvió más profundo. Más urgente.

Damián se apartó apenas.

—Dime si quieres que pare.

—No quiero que pares.

Sus ojos se oscurecieron.

—Aitana.

—¿Qué?

—Necesito que estés segura.

—Lo estoy.

No hizo falta decir nada más. Volvió a besarme. Y esta vez no hubo fotografías. Ni reuniones. Ni mujeres del pasado.

Solo su cuerpo sobre el mío, mis manos aferradas a él y la certeza de que no estábamos intentando arreglar nada.

No era una disculpa. Ni una tregua. Era deseo. El mismo que había estado creciendo debajo de cada discusión, cada silencio y cada vez que nos habíamos obligado a apartarnos.

Damián recorrió mi cuello con la boca.

—He pensado en esto desde que entraste en aquella sala —murmuró.

—¿En besarme?

—En llevarte lejos de todos.

—Eso habría sido poco profesional.

—Mucho.

Deslicé las manos bajo su camiseta. Su respiración cambió.

—¿Y ahora?

—Ahora no hay nadie mirando.

—Eso no lo sabes. Laurent parece capaz de instalar cámaras para divertirse.

Damián soltó una risa contra mi piel.

—No arruines el momento.

—Pensaba que eso era cosa tuya.

Levantó la cabeza.

—Puedo parar.

—Ni se te ocurra.

Lo besé antes de que respondiera. La camiseta terminó en el suelo. Mi camisón no tardó mucho más. No hubo prisa, aunque lleváramos demasiado tiempo conteniéndonos. Damián me tocó como si cada reacción importara. Como si escucharme fuera también parte de aquello.

Y yo dejé de pensar. Por fin. Cuando todo terminó, me quedé tumbada sobre su pecho, intentando recuperar el aire. Su mano recorría mi espalda lentamente.

—Sigues volviendo a Madrid —dijo.

Levanté la cabeza.

—¿Eso es lo primero que se te ocurre decir?

—Quería asegurarme.

—Sí.

—Bien.

—Y tú vienes una semana.

—Sí.

—Sin Javier.

—Eso será más complicado.

Le di un golpe en el pecho. Damián me sujetó la mano y la besó.

—Solo.

—Mejor.

Apoyé otra vez la cabeza sobre él.

—Esto tampoco significa que todo esté arreglado.

—Lo sé.

—Ni que confíe ciegamente.

—No quiero que lo hagas.

—¿No?

—Quiero que confíes porque te doy motivos. No porque decidas ignorar los que te faltan.

Me quedé en silencio. Aquello era exactamente lo que necesitaba. Y me molestaba un poco que hubiera aprendido a decirlo tan bien.

—Vas demasiado rápido —murmuré.

—Me dijiste que aprendiera.

—No esperaba que fueras buen alumno.

—Soy bueno en casi todo.

Levanté la cabeza.

—Ahí está el Damián que conozco.

—¿Lo echabas de menos?

—Un poco.

Me besó la frente.

—Duerme.

—Mañana hay que revisar el comunicado.

—Mañana.

—Y la cláusula de permanencia.

—Mañana.

—Y llamar a Madrid.

—Aitana.

—¿Qué?

—No conviertas esto en una reunión.

Sonreí contra su pecho.

—Estoy haciendo progresos.

Damián apagó la lámpara. Me acomodé junto a él y cerré los ojos. La firma todavía no estaba hecha. Sabrina seguía siendo un problema.

Mi vuelo de regreso seguía reservado. Nada estaba resuelto del todo. Pero, por primera vez, no necesitaba que lo estuviera.

Habíamos dejado de buscar una solución perfecta. Solo teníamos un siguiente paso.

Una semana en Madrid. Una semana en mi casa.

Sin hoteles, sin consejos de administración y sin sofás imposibles.

Una prueba pequeña. Real.

Y quizá mucho más peligrosa que cualquier promesa.