El precio de tentarte Capítulo 25 #3
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Capítulo 25 #3

Y, quizá, para descubrir si yo también podía dejar de huir cada vez que algo empezaba a importarme demasiado.

Capítulo 26

La celebración empezó con una botella de champán y terminó convertida en otra reunión de trabajo.

Con Damián, aquello debía de contar como una fiesta.

Nos instalamos de nuevo en el despacho de Laurent. Javier abrió tres carpetas, Damián hizo dos llamadas y yo me senté frente al ordenador con una copa que nadie me dejó terminar.

—Las garantías están listas —dijo Javier—. Falta revisar la cláusula de permanencia.

—No la aceptaremos —respondió Damián.

—Es una condición del consejo.

—Es una propuesta del consejo.

—La diferencia es mínima.

—La diferencia es que una se negocia.

Laurent entró con otra botella.

—¿Seguimos trabajando?

—Sí —dijo Damián.

—Entonces me voy.

—Esta es tu casa.

—Precisamente. Quiero disfrutarla antes de morir rodeado de abogados.

Dejó la botella sobre la mesa y me miró.

—Tú tienes permiso para sacarlo de aquí.

—No tengo ese poder.

—Lo tienes. Aún no lo sabes.

Damián levantó la vista de los documentos.

—Laurent.

—Ya me voy.

Salió cerrando la puerta.

—Es agotador —murmuró Damián.

—Dice el hombre que ha organizado una reunión después de ganar otra.

—No hemos ganado nada hasta que se firme.

—También podrías respirar mientras tanto.

—Estoy respirando.

—Eso que haces parece más bien una función automática.

Javier escondió una sonrisa. Damián me miró.

—¿Tienes alguna propuesta mejor?

—Sí. Terminar esto en una hora, bajar a cenar y dejar de revisar los mismos números como si fueran a cambiar por miedo.

—No reviso los mismos números.

—Llevas diez minutos en la misma página.

Miró el documento. Después a mí.

—Estoy pensando.

—Pues piensa más deprisa.

Javier cerró una carpeta.

—Apoyo la propuesta de la señora Robles.

—No te he preguntado.

—Lo sé. Empiezo a sentirme libre.

Damián dejó el bolígrafo.

—Una hora.

—Una hora de verdad —dije—. No una hora tuya, que termina cuando sale el sol.

—Una hora.

El trabajo se aceleró.

No porque hubiera menos cosas que hacer, sino porque Damián dejó de discutir cada punto que podía posponerse. Revisó la cláusula de permanencia, aceptó dos modificaciones de Javier y me pidió que preparara un comunicado breve para después de la firma.

Aquello sí era nuevo. No la petición. La forma de hacerla.

—¿Puedes redactarlo? —preguntó.

Sin una orden escondida. Sin asumir que lo haría.

—Sí.

—Gracias.

Lo miré por encima del ordenador.

—Eso ha sonado casi humano.

—Estoy haciendo progresos.

—No te emociones.

A las ocho y cuarto cerramos las carpetas. Una hora y diecisiete minutos. Lo consideré una victoria.

Camille había preparado la cena en la terraza. Había luces encendidas entre las plantas, música baja y una mesa mucho menos formal que la de la noche anterior.

—Nada de operaciones —advirtió al vernos llegar.

—Tenemos que hablar de la firma —dijo Laurent.

—Entonces comes en la cocina.

—No he dicho nada.

Nos sentamos. Esta vez Damián quedó a mi lado. No frente a mí. Lo noté demasiado.

También noté la forma en que su rodilla rozaba la mía debajo de la mesa y se apartaba un segundo después, como si todavía necesitara comprobar dónde terminaban los permisos.

La conversación se mantuvo lejos del trabajo durante los primeros veinte minutos.

Camille habló de un restaurante nuevo en el puerto. Laurent contó una historia sobre una cena con un ministro que terminó encerrado en un baño. Javier incluso dejó el teléfono boca abajo.

Damián parecía relajado. No del todo. Pero lo suficiente para que su mano descansara sobre el respaldo de mi silla sin tocarme.

—¿Cuándo vuelves a Madrid? —me preguntó Camille.

—En tres días.

Damián giró la cabeza.

—Cuatro.

—Llegué ayer.

—El vuelo de regreso era dentro de cuatro días.

—Desde ayer.

—Entonces quedan tres noches y parte del cuarto día.

—Eso son tres días.

—No exactamente.

—No vamos a discutir matemáticas durante la cena —dijo Camille.

—No son matemáticas —respondió Damián—. Es precisión.

—Es obsesión —corrigió Laurent.

Yo bebí un sorbo de vino.

—Volveré cuando estaba previsto.

—Después de la firma —dijo Damián.

—Sí.

—Podríamos cambiar el vuelo.

—No.

—No he terminado.

—Ya conozco la propuesta.

—No puedes conocerla si no la he hecho.

—Quieres que me quede más tiempo.

—Sí.

La sencillez de la respuesta me desarmó. Camille miró su plato. Laurent miró el mío.

Javier volvió a coger el teléfono sin desbloquearlo. Todos parecían haber desarrollado un interés repentino por cualquier cosa que no fuera nuestra conversación.

—Tengo trabajo en Madrid —dije.

—Puedes hacerlo desde aquí.

—No todo.

—¿Qué no puedes hacer?

—Mi vida.

Damián se quedó quieto. La frase había salido más dura de lo que pretendía.

—Mi vida está allí —aclaré—. Mi casa, mis cosas, mis planes. No puedo quedarme indefinidamente cada vez que tú tengas una operación.

—No te he pedido que te quedes indefinidamente.

—Todavía.

—Te he pedido unos días más.

—Y yo he dicho que no.

Asintió.

—De acuerdo.

Otra vez aquella aceptación inmediata. Me irritaba que ya no discutiera. Y me irritaba todavía más que una parte de mí quisiera que lo hiciera.

—Eso es todo —dijo.

—¿Eso es todo?

—Has dicho que no.

—Sí.

—Entonces no voy a insistir.

Laurent tosió.

—El pescado está excelente.

Camille lo fulminó con la mirada.

—Nadie te ha preguntado.

—Intentaba ayudar.

—No lo hagas.

Damián siguió comiendo. Yo también. Pero el ambiente había cambiado. No porque estuviera enfadado. Porque no lo estaba.

Había aceptado mi decisión sin convertirla en una ofensa personal. Sin retirarse. Sin castigarme con silencio.

Y, por alguna razón, eso me hizo sentir peor. Después de la cena, Laurent abrió la segunda botella de champán.

—Ahora sí podemos brindar.

—Todavía falta la firma —repitió Damián.

—Si vuelves a decirlo, te la haré beber entera.

—Eso no me parece una amenaza.

—Lo será cuando Camille me mate por dejarte dormir aquí.

Levantamos las copas. Laurent brindó por la operación. Camille por el final de las reuniones en su casa. Javier por las próximas ocho horas sin llamadas. Cuando llegó mi turno, todos me miraron.

—Por no volver a enterarnos de nada importante por internet.

Damián alzó la copa.

—Por eso.

Nuestros ojos se encontraron por encima del cristal. No fue un brindis elegante. Pero era el único que me importaba.

Más tarde, cuando subimos a la habitación, el sofá seguía allí. Con su manta. Su almohada. Y la apariencia de un objeto fabricado expresamente para provocar una lesión lumbar.

Damián se quitó la chaqueta y la dejó sobre una silla.

—Dormiré ahí.

—No he dicho nada.

—Lo estás pensando.

—No puedes robarme mis frases.

—Puedo intentarlo.

Abrí la maleta y saqué el camisón.

—Voy a ducharme.

—Bien.

—No pongas esa voz.

—¿Cuál?

—La de hombre resignado que espera que cambie de opinión.

—No espero nada.

Lo miré.

—Mientes mejor de lo que creía.

Entré en el baño. Me duché despacio. No porque lo necesitara. Porque no sabía qué hacer al salir.

La noche anterior había compartido cama con él porque el sofá era ridículo y porque Damián había respetado cada límite.

Después nos habíamos besado. Eso cambiaba las cosas. Las complicaba. Cuando regresé a la habitación, él estaba sentado en el sofá leyendo un correo.

Se había quitado la camisa. Otra vez. Aquello parecía una estrategia bastante menos inocente que todas las anteriores.

—¿No tienes pijama? —pregunté.

—Sí.

—Pues úsalo.

—Es una camiseta.

—Póntela.

Damián levantó la vista.

—¿Te molesta?

—No.

—Entonces ¿por qué?

—Porque sí.

Una sonrisa lenta apareció en su boca.

—Eso no es un argumento razonable.

—No estamos en una reunión.

Dejó el teléfono.

—Aitana.

—¿Qué?

—Puedo ponerme la camiseta si quieres.

—Quiero.

Se levantó. Fue hasta la maleta, sacó una camiseta negra y se la puso. Sin bromas. Sin quitarme los ojos de encima.

—¿Mejor?

No. Mucho peor.

—Sí.

Me metí en la cama. Damián apagó la luz de su lado y se acomodó en el sofá. Pasaron cinco minutos. Luego diez. El sofá crujió.

—No digas nada —advirtió.

—No he dicho nada.

—Te estás riendo.

—No.

—Aitana.

Me tapé la boca con la sábana.

—Un poco.

Se oyó otro crujido.

—Esta noche se rompe.

—Puedes dormir en el suelo.

—Gracias.

—Era una opción.

—Muy generosa.

Me giré hacia él. Solo distinguía su silueta.

—¿Estás incómodo?

—No.

—Mientes fatal.

—Solo contigo.

—Esa ya la usaste.

—Sigue siendo verdad.

Volvió el silencio. Cerré los ojos. Los abrí otra vez.

—Puedes venir a la cama.

Damián no se movió.

—Solo dormir —añadí.

—Ayer dijiste que hoy volvería al sofá.

—He cambiado de opinión.

—¿Por el sofá?

—Principalmente.

—Entiendo.

Se levantó. El colchón se hundió a mi espalda. Esta vez no se quedó tan lejos. Tampoco se acercó.

Dejó un espacio prudente entre nosotros y apoyó la cabeza en la almohada.

—Buenas noches —dijo.

—Buenas noches.

Pasaron unos segundos.

—No tienes que quedarte quieto como un cadáver.

—Intento no molestarte.

—Respirar no molesta.

—No estaba seguro.

—Damián.

—¿Sí?

—Relájate.

Lo sentí cambiar de postura. Su brazo quedó entre nosotros. Cerca. Demasiado cerca para ignorarlo.

Me giré boca arriba. Él hizo lo mismo. La oscuridad volvió más fácil mirarlo.

—¿Estás enfadado porque voy a regresar a Madrid? —pregunté.

—No.

—Te ha molestado.

—Sí.

—No es lo mismo.

—No.

—¿Y no vas a intentar convencerme?

—Has dicho que no quieres quedarte.

—He dicho que tengo que volver.

—No pienso pedirte que abandones tu vida por mí.

La frase me dolió. No porque quisiera hacerlo.

Porque sonaba como si no hubiera lugar para mí dentro de la suya, salvo en los espacios que quedaban entre una reunión y otra.

—No te he pedido que abandones nada.

—Lo sé.

—Entonces no hagas que parezca que venir aquí ha sido un sacrificio.

Damián giró la cabeza hacia mí.

—No lo ha sido.

—Pues lo parece.

—Aitana, quiero que te quedes.

—Pero no vas a insistir.

—Porque dijiste que no.

—Antes insistías en todo.

—Antes no escuchaba.

La respuesta volvió a dejarme sin defensa.

—No sé qué hacer cuando respondes así.

—Podrías decirme qué quieres.

Miré el techo. Aquella era la pregunta. No si quería quedarme una semana más.

Ni si iba a dormir con él. Qué quería de verdad.