El precio de tentarte Capítulo 25 #2
67%

Capítulo 25 #2

—Veo que has cambiado deprisa.

Damián la soltó. No porque quisiera ocultarlo. Porque dio un paso hacia Sabrina.

—No vuelvas a utilizar a Aitana.

Su voz era baja. Mucho más peligrosa que si hubiera gritado. Sabrina cruzó los brazos.

—No he hecho nada.

—Sabías su nombre.

—No es difícil averiguar quién es.

—Las fotografías se publicaron antes de que apareciera en ningún documento.

—Quizá alguien la reconoció.

—No.

—¿Vas a acusarme de algo?

—Voy a decirte una sola vez que te mantengas lejos de ella.

Me acerqué.

—Damián.

No me miró.

—Esto no te corresponde —le dije.

Entonces sí lo hizo.

—Claro que me corresponde.

—No.

—Han publicado tu imagen por mi culpa.

—Por culpa de quien la vendió.

—No habrías estado allí si no fuera por mí.

—Y tampoco estaría aquí.

Sabrina observaba la conversación como si hubiera pagado una entrada.

—No necesito que me defiendas —continué.

—No estoy intentando defenderte.

—Entonces, ¿qué haces?

—Poner un límite.

—El límite lo pongo yo.

Su mandíbula se tensó.

—Aitana.

—Le pedí que no me utilizara y no volveré a pedírselo. Si lo hace, responderé yo.

Sabrina sonrió.

—Esto empieza a gustarme.

La miré.

—No deberías.

Su sonrisa se apagó.

—No conoces a Damián —dijo.

—Lo suficiente.

—Eso crees.

—Sabrina —intervino él.

—No. Déjala. Quiere hablar por sí misma.

Se acercó un paso.

—¿Te ha contado cómo terminó conmigo?

Damián se quedó inmóvil. Mi estómago también.

—Sí —respondí.

—¿Seguro?

—No hagas esto.

—¿Esto qué? ¿Decirle que desapareciste sin una explicación?

La miré a ella. Después a él. Damián no intentó interrumpir. Eso fue peor.

—Me dijiste que habías terminado la relación —dije.

—La terminé.

Sabrina soltó una risa sin humor.

—Dejó de responder llamadas. Cambió la cerradura de su apartamento y envió a un abogado a recoger mis cosas.

No aparté la vista de Damián.

—¿Es verdad?

—Sí.

La palabra me golpeó. No por Sabrina. Por la facilidad con que encajaba con el hombre que había cerrado una puerta en mi cara cada vez que algo podía complicarse.

—No fue así exactamente —añadió.

—Acabas de decir que sí.

—Porque ocurrió. Pero no sin una explicación.

Sabrina negó con la cabeza.

—Una nota de tres líneas no es una explicación.

—Habías utilizado información confidencial de mi empresa para beneficiar a tu padre.

La expresión de Sabrina cambió. Muy poco. Pero cambió.

—Eso no tiene nada que ver.

—Tiene todo que ver.

El padre de Sabrina dejó de hablar por teléfono.

—Basta.

Damián se volvió hacia él.

—Su hija tuvo acceso a una documentación que nunca debió salir de mi despacho. Dos días después, esa información estaba en poder de uno de sus asesores.

—Nunca pudiste demostrarlo.

—No hizo falta.

—Entonces no lo mencione como un hecho.

—No estamos en una sala judicial.

—Todavía.

Laurent se colocó entre ambos.

—No es el momento.

La puerta de la sala se abrió. La mujer de cabello gris apareció con una carpeta en la mano. Todos guardaron silencio.

—Hemos tomado una decisión.

Mi respiración se detuvo. Ella miró primero al padre de Sabrina. Después a Damián.

—El consejo acepta la propuesta de Salvatierra Capital.

Laurent cerró los ojos. Javier dejó escapar el aire. Damián no se movió.

—Con una condición —continuó la mujer.

Por supuesto. Nunca había una buena noticia sin una condición.

—La firma definitiva se realizará en cuarenta y ocho horas, después de revisar las garantías adicionales solicitadas esta mañana.

Damián asintió.

—Las tendrá hoy.

—Y esperamos que cualquier asunto personal quede fuera de la comunicación pública.

—Así será.

La mujer me miró.

—La estrategia es correcta.

—Gracias.

—Asegúrese de que la sigan.

Miré a Damián.

—Haré lo posible.

Ella casi sonrió. Casi. Después regresó a la sala. Laurent abrazó a Damián antes de que pudiera evitarlo.

—Sabía que lo conseguiríamos.

—Todavía falta la firma.

—Siempre tienes que estropearlo.

Javier me tendió la mano.

—Enhorabuena.

—¿Por qué?

—Acabas de conseguir que nueve personas dejaran de hablar de unas fotografías y volvieran a pensar en dinero.

—No sé si eso es un cumplido.

—En este edificio, sí.

El padre de Sabrina pasó junto a nosotros sin despedirse. Ella se quedó un momento más.

—Esto no ha terminado —dijo.

Damián dio un paso hacia ella. Yo le sujeté la muñeca.

—Déjala.

Sabrina miró mi mano.

—Vas a necesitar mucha paciencia.

—La tengo.

—No sabes cuánto.

—Tú tampoco sabes cuánto me queda.

Nos sostuvo la mirada un instante. Después se marchó. El pasillo se vació poco a poco. Laurent bajó con uno de los abogados. Javier recibió una llamada y se alejó.

Damián y yo nos quedamos solos. Retiré la mano de su muñeca.

—¿La dejaste de esa forma?

—Sí.

—¿Por qué no me lo contaste?

—Porque no tenía relación con lo que ocurrió ahora.

—Tiene relación contigo.

—Aitana…

—No digo que estuvieras equivocado al terminar. Digo que desapareciste.

—Ella había traicionado mi confianza.

—Y la castigaste sin permitirle explicarse.

—No fue un castigo.

—Cambiaste la cerradura.

—Vivía en mi apartamento.

—Le mandaste sus cosas con un abogado.

—No quería verla.

La frialdad de la respuesta me hizo retroceder un paso. Damián lo notó.

—No eres ella.

—Eso no significa que no puedas hacerme lo mismo.

—No podría.

—Ya lo hiciste.

Su rostro se endureció.

—No.

—Cuando aparecieron las fotografías decidiste callarte. Cuando intenté entender qué pasaba, cerraste la puerta. La diferencia es que yo hice una maleta antes de que pudieras enviármela.

—No es lo mismo.

—Se parece demasiado.

Damián bajó la voz.

—No voy a desaparecer de tu vida.

—Eso dijiste cuando volviste a Madrid.

—Y vine a buscarte.

—Después de dejar que me enterara por internet de que habías estado con otra mujer.

—No estaba con ella.

—No hablo del beso.

La frustración le cruzó el rostro.

—Entonces dime de qué hablas.

—De que cada vez que pierdes el control de una situación, apartas a la persona que tienes delante. Decides por ella. La dejas fuera. Y después, cuando todo está resuelto, vuelves con una explicación impecable.

Damián no respondió.

—No quiero una relación en la que tenga que esperar a que termines de gestionar la crisis para saber qué está pasando.

—Lo entiendo.

—No, todavía no.

—Aitana.

—Has ganado la operación. Ahora no me digas lo que crees que quiero escuchar.

Su mirada se oscureció.

—¿Piensas que todo lo que digo es una estrategia?

—Pienso que llevas toda la vida consiguiendo que la gente haga lo que necesitas.

—Tú nunca haces lo que necesito.

—Y por eso estás aprendiendo a pedírmelo.

—Sí.

La respuesta me dejó sin la frase que estaba a punto de decir.

—No sé hacerlo bien —continuó—. No sé cómo darte espacio sin sentir que te pierdo. No sé cómo contarte algo que puede hacerte daño sin intentar arreglarlo antes. Y no sé cómo confiar en que vas a quedarte mientras todo se complica.

Había cansancio en su voz. No el de la reunión. Otro. Más profundo.

—Pero estoy intentando aprenderlo.

Lo miré.

—No basta con decirlo.

—Lo sé.

—Tienes que hacerlo.

—Lo haré.

—Y si vuelves a ocultarme algo…

—No lo haré.

—No prometas lo que no puedes controlar.

Damián respiró hondo.

—Entonces prometo que, si ocurre algo que te afecta, lo sabrás por mí. Aunque no tenga una solución. Aunque no sepa cómo vas a reaccionar. Aunque piense que puedo perderte. Eso sí podía prometerlo. Y yo podía decidir si creerle.

—Bien —dije.

—¿Bien?

—Es un comienzo.

Se acercó despacio. No me tocó.

—¿Puedo abrazarte?

La pregunta me hizo cerrar los ojos un instante. Asentí. Damián me rodeó con los brazos.

Sin prisa. Sin fuerza. Apoyé la frente en su pecho y respiré. Seguía enfadada. Seguía asustada.

Pero ya no estaba pensando en marcharme. Eso era nuevo. Y bastante más peligroso que cualquier fotografía.

—No significa que te haya perdonado —murmuré.

—Lo sé.

—Ni que esta noche vayas a dormir en la cama.

—Lo sé.

—Y no pongas esa cara.

—No puedes verla.

—La noto.

Damián soltó una risa contra mi cabello.

—La operación sale adelante.

—Con una condición.

—Siempre hay una condición.

—En eso sí que somos compatibles.

Se apartó lo justo para mirarme.

—¿En poner condiciones?

—En complicarlo todo.

Su mano subió hasta mi mejilla. Se detuvo antes de tocarla.

—¿Puedo besarte?

La misma pregunta. Otra vez. Pero ahora no estábamos en una habitación cerrada. Ni huyendo. Ni intentando arreglar una pelea.

Estábamos en mitad de un pasillo, después de discutir y decirnos cosas que ninguno quería escuchar. Y aun así seguía allí. Esperando.

—Sí —respondí.

Damián me besó. No fue desesperado. Ni perfecto. Fue lento. Casi cuidadoso. Como si todavía temiera que pudiera cambiar de opinión.

Le agarré la chaqueta y lo acerqué. Entonces dejó de contenerse. Su boca se volvió más firme, su mano se cerró en mi cintura y el beso cambió hasta recordarme todo lo que había intentado olvidar desde que salí de Madrid.

Cuando nos separamos, me faltaba el aire.

—Eso tampoco significa que hayas ganado —dije.

—No me atrevería a pensarlo.

—Mientes fatal.

—Solo contigo.

—Otra frase preparada.

—No. Esa llevaba meses esperando.

Lo miré.

—No la arruines.

—Intentaré no hacerlo.

Las puertas del ascensor se abrieron. Javier apareció al otro lado.

Nos miró. Miró mi mano todavía agarrada a la chaqueta de Damián. Después pulsó el botón para cerrar otra vez.

—Subiré en el siguiente.

—Javier —dijo Damián.

Las puertas se detuvieron.

—¿Sí?

—No has visto nada.

—Eso llevo diciendo desde que la señora Robles llegó a Niza.

Entró en el pasillo. Yo solté la chaqueta.

—Tenemos trabajo —dijo—. Las garantías deben estar listas antes de esta noche.

Damián me miró.

—Y una cena que celebrar.

—Primero el trabajo.

—Después la cena.

—Y después duermes en el sofá.

—Eso todavía podemos negociarlo.

—No.

Sonrió.

—Cuatro días dan para muchas conversaciones.

Empezamos a caminar hacia el ascensor. Por primera vez desde que llegué a Niza, no sentí que estuviera avanzando hacia una decisión.

Sentí que ya la había tomado. No había perdonado a Damián. Todavía no.

Pero había decidido quedarme el tiempo suficiente para comprobar si de verdad podía cambiar la forma en que amaba.