El precio de tentarte Capítulo 25
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Capítulo 25

La sala era más grande de lo que esperaba. Una mesa de madera ocupaba casi todo el espacio y, al otro lado de los ventanales, el puerto de Niza brillaba bajo el sol como si nada importante estuviera a punto de ocurrir.

Había nueve personas sentadas. Dos abogados. Tres miembros del consejo. Un asesor financiero. Laurent.

El padre de Sabrina. Y una mujer de cabello gris que no levantó la vista de los documentos cuando entramos. Damián se acercó a su silla, pero antes de sentarse esperó a que yo ocupara la mía.

Sabrina se colocó frente a nosotros. Su padre no me miró. Ni siquiera cuando Javier dejó una copia de la presentación delante de cada asistente y mi nombre apareció bajo el de Damián.

Eso me tranquilizó menos de lo que debería. La mujer de cabello gris cerró la carpeta.

—Empecemos.

Laurent se aclaró la garganta.

—Antes de revisar las propuestas económicas, el señor Salvatierra desea abordar una cuestión que ha aparecido en los medios durante los últimos días.

Sabrina sonrió. Muy poco. Lo suficiente. Damián se levantó. No llevó papeles. No abrió el ordenador.

Se limitó a apoyar una mano sobre la mesa y mirar a todos los presentes con esa calma que siempre parecía preceder a una orden.

—Las fotografías publicadas esta semana son reales —dijo—. Fueron tomadas hace más de un año, cuando la señorita Delacour y yo mantuvimos una relación.

Sabrina inclinó la cabeza. Yo mantuve la vista en la pantalla. Sabía que iba a decirlo. Se lo había pedido. Aun así, escuchar las palabras delante de ella me produjo un golpe seco en el estómago.

—La relación terminó meses antes de que comenzaran estas negociaciones —continuó Damián—. Desde entonces no ha existido ningún vínculo personal entre nosotros.

—Eso depende de lo que consideres personal —intervino Sabrina.

Su padre la miró. Ella fingió no verlo. Damián tampoco reaccionó.

—Las imágenes aparecieron veinticuatro horas después de que el grupo Delacour presentara una propuesta alternativa y la víspera de la primera votación.

La primera diapositiva apareció en la pantalla. Fechas. Horas. Titulares. Nada más.

Damián dio un paso atrás. Me tocaba. Me levanté. Las piernas me temblaron lo justo para recordarme que seguía viva.

—La publicación de las fotografías no responde a un interés periodístico espontáneo —dije—. Las imágenes permanecieron archivadas durante más de un año y se difundieron cuando podían afectar directamente a la percepción del consejo sobre el señor Salvatierra.

Uno de los abogados levantó la mano.

—¿Está acusando al grupo Delacour de filtrar las fotografías?

—No.

Sabrina dejó escapar una risa corta.

—Qué prudente.

La miré.

—Estoy mostrando una cronología.

Pasé a la siguiente diapositiva.

—El lunes se registró la oferta alternativa. El martes aparecieron las primeras fotografías. El miércoles estaba prevista la votación. Ayer se difundió una segunda imagen, esta vez de mi llegada a Niza, después de que comenzara a colaborar en esta presentación.

La mujer de cabello gris me observó por primera vez.

—¿Cuál es su función exacta?

—Estrategia de comunicación.

—¿Trabaja para Salvatierra Capital?

—No.

—Entonces, ¿por qué está aquí?

Esa era la pregunta. La que todos querían hacer. La que podía convertir cualquier respuesta en un error.

—Porque el problema dejó de ser únicamente empresarial cuando utilizaron mi imagen para reforzar una historia falsa —respondí—. Y porque fui quien identificó que la operación se estaba defendiendo desde el terreno equivocado.

La mujer no apartó la mirada.

—¿Qué terreno sería ese?

—El personal.

Me volví hacia la pantalla.

—Si Damián dedica esta reunión a justificar con quién estuvo, cuándo terminó la relación o a quién conoce ahora, pierde. No porque haya hecho algo incorrecto, sino porque permite que la conversación se aleje de la operación.

El padre de Sabrina apoyó las manos sobre la mesa.

—Mi hija no es una distracción.

—No he dicho que lo sea.

—Lo ha insinuado.

—He dicho que las publicaciones lo son.

Sabrina se inclinó hacia delante.

—Qué cómodo. Llegas ayer, te presentan como experta y hoy decides que todo lo relacionado conmigo es una maniobra.

—No he decidido nada sobre ti.

—Pero sabes perfectamente por qué estoy aquí.

—Sí.

La sonrisa desapareció de su rostro.

—¿Y por qué?

—Porque la propuesta de tu padre no es suficiente por sí sola.

El silencio fue inmediato. Laurent bajó la vista para ocultar una reacción. Javier no tuvo tanta suerte.

Sabrina se recostó en la silla.

—Eso es bastante atrevido para alguien que no sabe nada de esta operación.

—Sé que la oferta económica es inferior.

El asesor financiero levantó la cabeza.

—Por un margen reducido.

—Pero inferior.

—Ofrece otras garantías —dijo el padre de Sabrina.

—Y por eso debería defenderlas.

Lo miré directamente.

—En lugar de permitir que toda la atención se concentre en unas fotografías antiguas.

Su expresión se endureció.

—No he permitido nada.

—Entonces estamos de acuerdo.

Damián seguía de pie a mi lado. No intervino. Ni siquiera cuando Sabrina me miró como si estuviera calculando cuántas formas legales existían de hacerme desaparecer.

Continué con la presentación.

Expuse la secuencia completa de publicaciones, la relación entre cada filtración y los movimientos de la negociación, y la respuesta que proponíamos. Ninguna. No desmentir. No entrar en detalles. No alimentar la historia.

—La única comunicación pública debería centrarse en la continuidad del proyecto y en el compromiso con los términos de la operación —concluí—. Todo lo demás favorece a quien necesita desviar la atención.

La mujer de cabello gris cerró el bolígrafo.

—¿Y la fotografía de ayer?

—También es real.

—¿Mantiene una relación con el señor Salvatierra?

La pregunta cayó sobre la mesa como una copa rompiéndose. Damián se tensó. Yo lo noté sin mirarlo.

—Eso no afecta a la operación —respondí.

—Puede afectar a su independencia.

—No trabajo para él.

—Pero aparece como responsable de una parte de su estrategia.

—Porque la he desarrollado yo.

—No ha respondido.

Respiré hondo. No había forma correcta de hacerlo. Negarlo sería mentira. Confirmarlo convertiría la reunión en exactamente lo que intentábamos evitar.

—Mi relación con Damián es personal —dije—. Mi trabajo en esta presentación no lo es.

Sabrina soltó una carcajada.

—Qué respuesta tan conveniente.

Me volví hacia ella.

—Más conveniente sería fingir que no existe.

Damián me miró. No esperaba que dijera eso. Yo tampoco.

—Lo que existe entre nosotros no cambia las cifras —continué—. Tampoco modifica las condiciones de compra ni la capacidad de Salvatierra Capital para cumplirlas. Si alguien quiere cuestionar mi análisis, puede hacerlo. Pero tendrá que cuestionar los datos, no con quién comparto una fotografía.

La mujer de cabello gris sostuvo mi mirada durante varios segundos.

Después miró a Damián.

—¿Tiene algo que añadir?

—Sí.

Su voz llenó la sala. Se levantó del todo y cerró el ordenador.

—Aitana no forma parte de esta operación porque mantenga una relación conmigo. Está aquí porque vio con claridad algo que ninguno de mis asesores había detectado a tiempo.

Sabrina apretó los labios.

—Qué romántico.

Damián ni siquiera la miró.

—Su nombre aparece en la presentación porque el trabajo es suyo. Y seguirá apareciendo en cualquier documento que utilice sus ideas.

Mi corazón dio un golpe demasiado fuerte. Aquello no era una declaración. No exactamente.

Pero era lo más parecido que Damián podía hacer en una sala llena de personas que medían cada palabra como una inversión.

—Podemos continuar con las propuestas económicas —dijo.

La mujer de cabello gris asintió.

—Continuemos.

Me senté. Damián ocupó su silla a mi lado. Por debajo de la mesa, su mano rozó la mía. No la tomó. Solo la tocó una vez. Como una pregunta.

Giré la palma y entrelacé los dedos con los suyos. Su expresión no cambió. La mía tampoco. Pero su pulgar se movió sobre mi piel. Y durante el resto de la reunión no volvió a soltarme.

Las siguientes dos horas estuvieron llenas de cifras, porcentajes y cláusulas que entendía solo a medias.

El padre de Sabrina defendió su propuesta. Damián expuso la suya.

Laurent intervino cuando fue necesario y Javier deslizó documentos por la mesa con la precisión de alguien que sabía qué iba a pedir cada persona antes de que abriera la boca.

Sabrina no volvió a hablarme. Eso no significaba que hubiera dejado de mirarme. La votación se realizó a puerta cerrada.

Nos pidieron que abandonáramos la sala mientras el consejo deliberaba. El pasillo se convirtió en una colección de silencios incómodos.

Laurent caminaba de un lado a otro. Javier respondía correos. El padre de Sabrina hablaba por teléfono junto a una ventana.

Ella se quedó frente a la máquina de café. Damián y yo nos alejamos unos metros.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí.

—No tenías que responder a esa pregunta.

—Si no lo hacía, parecía que escondíamos algo.

—Podía haber intervenido.

—Lo sé.

—No me dejaste.

—También lo sé.

Sus ojos bajaron a mi boca.

—Has dicho que nuestra relación existe.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—La cara que estás poniendo cuenta como una frase completa.

Damián sonrió.

—Solo intento entender qué significa.

—Significa que existe algo.

—Eso ya lo sabía.

—Pues no preguntes.

—Quiero saber qué es.

—Ahora no.

—¿Cuándo?

—Cuando no haya un consejo decidiendo si te vende una empresa al otro lado de esa puerta.

—Es una parte de la empresa.

—No arruines la frase.

—Lo siento.

No parecía sentirlo.

—También has dicho que mi análisis era mejor que el de tus asesores —añadí.

—Porque lo era.

—Javier estaba delante.

—Javier sobrevivirá.

Él levantó la vista desde el teléfono.

—Con dificultad.

No pude evitar reírme. La tensión se aflojó durante unos segundos. Hasta que Sabrina se acercó.

—Necesito hablar contigo —le dijo a Damián.

—No.

La respuesta fue tan rápida que incluso ella parpadeó.

—A solas.

—No.

—No puedes evitarme para siempre.

—No te estoy evitando. Estoy rechazando una conversación que no me interesa.

Sabrina miró nuestras manos. No me había dado cuenta de que seguíamos unidas.