El precio de tentarte Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Damián se acercó y levantó una mano hacia mi cuello, pero se detuvo antes de tocarme.

—La etiqueta —dijo.

—Ah.

Me giré. Sus dedos rozaron mi nuca al esconderla bajo la blusa. Fue un contacto mínimo, pero mi piel reaccionó como si me hubiera besado.

—Ya está —murmuró.

Me aparté antes de hacer algo estúpido. Como girarme. O pedirle que continuara. Javier llamó a la puerta a las nueve menos cuarto.

Traía el ordenador, dos teléfonos y la expresión de alguien que llevaba despierto desde antes de que existiera el amanecer.

—El coche está preparado —dijo.

—Aitana irá contigo —respondió Damián.

Javier nos miró a los dos. Después miró la cama. No estaba deshecha de forma escandalosa, pero las almohadas ocupaban ambos lados.

—No preguntes —advertí.

—No pensaba hacerlo.

—Lo estabas pensando.

—Pienso muchas cosas.

Se produjo un silencio. Damián sonrió.

—A él no le has prohibido la frase.

—Todavía.

Javier dejó el ordenador sobre la mesa.

—Tenemos un problema.

—Otro —dije.

—Los Delacour han solicitado asistir a la reunión.

Damián se quedó inmóvil.

—¿Los dos?

—Sabrina y su padre.

La tostada que había conseguido tragar amenazó con regresar.

—¿Pueden hacerlo? —pregunté.

—El padre de Sabrina controla una parte de la propuesta rival —explicó Javier—. Tiene derecho a presentar sus condiciones antes de la votación.

—Y Sabrina irá para asegurarse de que nadie hable de cifras —dije.

—Probablemente.

Miré a Damián. Su rostro se había cerrado por completo. Había vuelto el hombre que conocí al principio. El que no dejaba pasar nada. El que medía cada gesto antes de permitir que alguien viera una reacción.

—¿Sabías que podía ocurrir? —pregunté.

—Era una posibilidad.

—No me lo habías dicho.

—Nos enteramos ahora.

—¿Y si lo hubieras sabido ayer?

Su mandíbula se tensó.

—Te lo habría contado.

Necesité un segundo para decidir si le creía. Lo hice. Y aquella certeza me asustó más que la presencia de Sabrina.

—Bien —dije—. Entonces cambiaremos el orden.

Javier abrió el ordenador.

—¿Qué propones?

—No podemos esperar a que Sabrina entre, hable de las fotografías y obligue a Damián a defenderse. Tenemos que hacerlo antes.

—¿Quieres mostrar las publicaciones? —preguntó Damián.

—Quiero mostrar las fechas.

Abrí la presentación y moví la diapositiva que habíamos preparado hasta colocarla al principio.

—Empiezas hablando de la operación. Dos minutos. Después introduces los intentos de interferencia.

—Eso puede parecer defensivo —dijo Javier.

—Solo si se defiende. No va a hacerlo. Va a señalar que la campaña mediática coincide con cada movimiento de la propuesta rival.

Damián se apoyó en la mesa.

—Sabrina afirmará que las fotografías son reales.

—Lo son.

—Y que yo mantuve una relación con ella.

—También.

No apartó la mirada.

—¿Quieres que lo diga delante de ti?

—Quiero que digas la verdad delante de todos.

La habitación quedó en silencio.

—Sin matices —continué—. Sin esconder que hubo una relación. Sin intentar convertirla en algo menos importante para protegerme. O para protegerte tú.

Damián asintió despacio.

—De acuerdo.

—Después explicas cuándo terminó y por qué las imágenes no tienen ninguna relación con la operación actual.

—¿Y tú? —preguntó Javier.

—Yo presentaré la cronología de las filtraciones.

—Sabrina te atacará —dijo Damián.

—Seguramente.

—Puede decir cualquier cosa.

—También internet.

—Aitana.

—No voy a esconderme.

Repetí sus propias palabras. Él lo entendió.

—Estaré a tu lado.

—No necesito que me rescates.

—No he dicho que vaya a hacerlo.

—Lo estabas pensando.

—Pensaba que, si intenta utilizarte, tendrá que hacerlo delante de mí.

La frialdad de su voz me recorrió la espalda.

—No la amenaces.

—No necesito amenazarla.

—Damián.

—Me limitaré a decir la verdad.

No sonó tranquilizador. Javier cerró el ordenador.

—Debemos salir.

Damián tomó su chaqueta. Antes de que abandonáramos la habitación, se acercó a mí.

—Todavía puedes decidir no entrar.

—¿Quieres que no entre?

—No.

—Entonces ¿por qué me lo preguntas?

—Porque ayer no lo hice. Decidí por ti qué información podías soportar y cuál no.

Su mirada se mantuvo fija en la mía.

—No volveré a hacerlo.

Algo dentro de mí cedió. No del todo. Solo lo suficiente para obligarme a respirar más despacio.

—Voy a entrar —dije.

—Bien.

—Y voy a presentar mi parte.

—Bien.

—Y si Sabrina intenta provocarme, no vas a intervenir.

Damián guardó silencio.

—Esa condición no te gusta.

—No.

—Pues es la más importante.

—Intervendré si cruza un límite.

—El límite lo decido yo.

—Eso podemos discutirlo.

—No, eso no.

Nos quedamos mirándonos. Javier abrió la puerta.

—Me encantaría ver cómo termina esta negociación, pero tenemos otra dentro de cuarenta minutos.

Salimos al pasillo. Damián caminó conmigo hasta la entrada de la casa. Había dos coches esperando. Laurent ya estaba dentro del primero.

Antes de separarnos, Damián puso una mano en mi cintura. Esta vez no había cámaras visibles. Aun así, miré hacia la carretera.

—No deberías tocarme aquí.

Retiró la mano de inmediato.

—Tienes razón.

La ausencia de contacto fue instantánea. Y desagradable. Me odié un poco por notarlo.

—No he dicho que me moleste —murmuré.

Damián bajó la voz.

—Aitana, ahora mismo necesito que seas muy clara.

Miré su boca. Después sus ojos.

—Me molesta que puedan utilizarlo.

—Eso no es lo mismo.

—No.

Su mano regresó a mi cintura, más despacio esta vez.

—¿Así?

—Así está bien.

No me besó. Ni siquiera se acercó. Solo mantuvo la mano allí unos segundos, como si aquel pequeño permiso significara más de lo que debía.

Después se apartó y subió al otro coche. Me senté junto a Javier. Mientras nos alejábamos de la casa, abrí la presentación y repasé las primeras diapositivas.

—¿Estás nerviosa? —preguntó.

—Muchísimo.

—No lo parece.

—Es el traje.

Javier miró la pantalla.

—La estrategia es buena.

—Eso tampoco evita que quiera abrir la puerta y saltar.

—Vamos a ochenta kilómetros por hora.

—Gracias por el dato.

—Pensé que ayudaría a descartar la opción.

Cerré el ordenador.

—¿Cómo soportas trabajar con él?

Javier tardó unos segundos en responder.

—Damián es exigente, controlador y tiene la costumbre de creer que puede resolver cualquier problema si trabaja más horas que el resto.

—Eso ya lo sabía.

—También es el primero en asumir una responsabilidad cuando algo sale mal y el último en atribuirse un mérito que no le corresponde.

Pensé en mi nombre debajo del suyo.

—No siempre cuenta toda la verdad.

—No.

La respuesta fue demasiado rápida.

—¿Lo sabías?

Javier miró por la ventanilla.

—Sabía que Sabrina estaba presionándolo. No conocía todos los detalles.

—¿Y no le dijiste que me lo contara?

—Varias veces.

Aquello me sorprendió.

—¿Qué respondió?

—Que no quería involucrarte.

—Una forma elegante de decir que no confiaba en mí.

—Creo que era una forma equivocada de intentar protegerte.

—No necesito protección.

—Él tampoco. Sin embargo, llevamos años protegiéndolo de sí mismo.

No pude evitar sonreír.

—Eso debe de ser un trabajo agotador.

—No imaginas cuánto.

El coche se detuvo frente a un edificio de cristal con vistas al puerto. Había periodistas junto a la entrada. Muchos. Demasiados.

En cuanto vieron el coche, las cámaras se levantaron.

—No saben que estás aquí —dijo Javier—. Podemos entrar por el aparcamiento.

Miré a través de la ventanilla. El coche de Damián acababa de detenerse delante del nuestro. Laurent bajó primero. Damián salió después y los periodistas se lanzaron hacia él.

—Señor Salvatierra, ¿ha venido acompañado por la mujer de las fotografías?

—¿Ha terminado definitivamente su relación con Sabrina Delacour?

—¿Quién es la joven española?

Damián no respondió. Caminó hacia la entrada sin mirar atrás. Podíamos usar el aparcamiento. Entrar sin que nadie me viera. Evitar que mi rostro apareciera junto al suyo antes de la reunión. Era lo más sensato.

También significaba empezar el día escondiéndome.

—Bajaré aquí —dije.

Javier me observó.

—No tienes que demostrar nada.

—No lo hago.

Abrí la puerta. Los periodistas tardaron menos de dos segundos en reconocerme. Las cámaras giraron hacia mí. Las preguntas llegaron todas a la vez.

—¿Es usted la mujer que acompaña a Damián Salvatierra?

—¿Desde cuándo mantienen una relación?

—¿Trabaja para él?

—¿Ha venido a sustituir a Sabrina Delacour en la presentación?

Respiré hondo. No respondí. Caminé hacia la entrada con Javier a mi lado. Damián se detuvo al verme.

Durante un instante, su expresión mostró algo parecido a la preocupación. Después miró a los periodistas, regresó hasta mí y se colocó a mi lado.

—Te dije que no necesitaba que me rescataras —murmuré.

—No lo hago.

—Entonces sigue caminando.

Damián obedeció. Entramos juntos. Los flashes continuaron detrás del cristal, pero el ruido desapareció al cerrarse las puertas.

—Podías haber usado el aparcamiento —dijo.

—Tú también.

—No me escondo.

—Yo tampoco.

Sus ojos se detuvieron en los míos.

—Lo sé.

El ascensor nos llevó hasta la última planta. Cuando se abrieron las puertas, Sabrina estaba esperando en el pasillo. Llevaba un traje blanco, el cabello recogido y una sonrisa tranquila que no alcanzaba sus ojos.

Su mirada pasó de Damián a mí. Después bajó hasta la mano que él todavía mantenía cerca de mi espalda.

—Así que tú eres Aitana.

No pregunté cómo sabía mi nombre. A esas alturas, habría sido perder el tiempo.

—Y tú eres Sabrina.

Su sonrisa se amplió.

—Espero que Damián te haya contado toda la verdad.

Miré al hombre que estaba a mi lado. Después volví a mirarla.

—La suficiente para saber por qué estás aquí.

Sabrina inclinó la cabeza.

—Entonces esto será interesante.

Las puertas de la sala de reuniones se abrieron. Damián me ofreció el paso. Entré primero. Y por primera vez desde que había comenzado todo aquello, no tuve la sensación de estar entrando en su mundo.

Tuve la sensación de que estaba dispuesta a ocupar mi sitio en él.