El precio de tentarte Capítulo 24
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Capítulo 24

Me desperté con una mano apoyada en mi cintura y la sensación de haber dormido demasiado bien para una mujer que todavía estaba enfadada.

Abrí los ojos despacio.

La habitación estaba llena de luz. El mar se extendía detrás de las cortinas abiertas y, durante unos segundos, no recordé dónde estaba ni por qué había un cuerpo pegado al mío.

Después Damián respiró contra mi nuca. Y lo recordé todo. Las fotografías. La grabación. La presentación. El sofá ridículo. Mi generosidad nocturna. Y mi mano todavía colocada sobre la suya.

La retiré con cuidado. Damián no se movió. Intenté deslizarme hacia el borde de la cama sin despertarlo, pero su brazo se tensó alrededor de mi cintura.

—No te vayas.

Su voz sonó ronca, medio dormida. Mi cuerpo decidió reaccionar como si aquello fuera una invitación mucho más indecente de lo que realmente era.

—Tengo que levantarme.

—Todavía no.

—La reunión es a las diez.

—Son las siete.

—Necesito prepararme.

—Tienes tres horas.

—Las mujeres no nos duchamos, nos vestimos y salimos de casa en cuatro minutos.

—Yo tampoco.

—Tú eliges una camisa blanca entre veinte camisas blancas.

Damián abrió los ojos.

—No son iguales.

—Claro. Una tiene botones blancos y la otra botones ligeramente menos blancos.

—Hay diferentes tejidos.

—Fascinante.

Intenté apartarme otra vez. Esta vez me dejó hacerlo, aunque su mano recorrió mi cintura antes de separarse. Fue un roce involuntario. O fingió muy bien que lo era.

Me senté en el borde de la cama.

—No deberías haberme abrazado.

—Estaba dormido.

—Tu inconsciente tiene demasiada confianza.

—Tú estabas apoyada contra mí.

—También dormía.

—Entonces nuestros inconscientes se entienden.

Me giré. Damián estaba tumbado boca arriba, con el pelo desordenado y una expresión relajada que no le había visto nunca. Sin el traje, el teléfono y la costumbre de controlar todo lo que ocurría a su alrededor, parecía más joven.

También más peligroso.

Porque era mucho más fácil mantener distancia con el empresario frío que con el hombre que se había pasado la noche respetando cada centímetro que yo le había permitido.

—No saques conclusiones —dije.

—No he dicho nada.

—Lo estás pensando.

—Pienso muchas cosas.

Le lancé una almohada. Damián la atrapó antes de que le diera en la cara.

—Esa frase sigue prohibida.

—Lo había olvidado.

—No olvidas nada.

—Contigo últimamente olvido bastantes cosas.

—¿Como contarme que una mujer estaba intentando chantajearte?

Su expresión cambió. No mucho, pero lo suficiente. La ligereza desapareció de sus ojos.

—No.

Me arrepentí de haberlo dicho en cuanto vi cómo se incorporaba. No porque no fuera cierto, sino porque no quería empezar el día con otra discusión. Ya tendríamos tiempo para eso. Bastante tiempo, según él.

Cuatro días.

—Voy a ducharme —dije.

Damián asintió.

—Pediré el desayuno.

—Café.

—Y comida.

—No eres mi padre.

—Afortunadamente.

Lo miré.

—No hagas ese tipo de comentarios a las siete de la mañana.

—¿Por qué?

—Porque mi capacidad para resistirme todavía está dormida.

Su boca se curvó.

—Lo tendré en cuenta.

—Eso significa que vas a hacerlo otra vez.

—Probablemente.

Entré en el baño antes de que mi enfado terminara de desintegrarse.

Cuando salí, había una bandeja de desayuno sobre la mesa y Damián ya estaba vestido. Camisa blanca, pantalón oscuro y el teléfono pegado a la oreja.

No supe distinguir el tejido de la camisa. Tampoco me esforcé demasiado.

—No —decía mientras caminaba frente al balcón—. No responderemos a ninguna publicación antes de la reunión. Que el departamento jurídico guarde las capturas y registre las horas.

Me detuve. Damián me miró.

—¿Qué ha pasado? —pregunté.

Señaló el teléfono y continuó hablando.

—Quiero el informe completo antes de las nueve. Y localiza a Javier.

Colgó.

—Han publicado otra cosa.

Mi estómago se cerró.

—¿Qué?

—Una fotografía de ayer.

—¿Ayer cuándo?

—Cuando llegaste.

No necesité preguntar quién aparecía.

—¿Tú y yo?

—Bajando del coche.

—¿Cómo pueden tener una fotografía?

—Había periodistas en la entrada de la urbanización.

—Yo no vi a nadie.

—Estaban en la carretera.

Extendió el teléfono. La fotografía estaba tomada desde lejos. Damián aparecía junto a la puerta del coche, inclinado hacia mí mientras yo bajaba. Su mano estaba en mi espalda y, por el ángulo, parecía que me estaba abrazando.

El titular era peor.

Damián Salvatierra sustituye a Sabrina Delacour horas antes de la reunión decisiva.

Leí el texto que acompañaba la imagen. No conocían mi nombre. Todavía.

Me describían como una joven española sin relación conocida con la operación. Insinuaban que Damián me había llevado a Niza para limpiar su imagen después de las fotografías con Sabrina.

—Qué eficiente —murmuré—. Ayer era la amante secreta de Sabrina y hoy soy su sustituta.

—Nadie dice que fueras su amante.

—Era una forma de hablar.

—No me gusta ni como forma de hablar.

Le devolví el teléfono.

—No podemos ir juntos a la reunión.

—Sí podemos.

—Acaban de publicar que estoy aquí para mejorar tu imagen.

—Eso no convierte la información en cierta.

—Pero hace que mi nombre en la presentación parezca una maniobra.

—Tu nombre está ahí porque la estrategia es tuya.

—Ellos no lo saben.

—Lo sabrán cuando hables.

—O pensarán que me has puesto delante para disimular.

Damián dejó el teléfono sobre la mesa.

—No voy a esconderte.

—No se trata de esconderme.

—Entonces, ¿de qué?

—De no regalarles otra distracción.

—Tú no eres una distracción.

—Para ti quizá no.

—Para mí, menos que para nadie.

La frase me dejó quieta. Él también pareció darse cuenta de lo que había dicho, pero no intentó corregirlo.

—No puedes presentarte ante un consejo que ya duda de tu criterio acompañado por la mujer que aparece esta mañana en todos los medios —dije.

—No vas acompañándome. Formas parte de la presentación.

—Desde hace diez horas.

—Eso no invalida tu trabajo.

—No, pero sí puede convertirlo en algo que nadie escuche.

Damián se acercó.

—¿Quieres retirarte?

La pregunta no sonó como una provocación. Eso la hizo más difícil de responder.

Miré el ordenador sobre la mesa. Había trabajado durante horas en aquella estrategia. Sabía que era buena. También sabía que, si no entraba en esa sala, todos asumirían que Damián me había apartado después de la publicación.

O que yo no estaba preparada.

—No.

—Entonces iremos juntos.

—No confundas que vaya a entrar en la reunión con que puedas tomar todas las decisiones.

—No las estoy tomando.

—Acabas de decidir que iremos juntos.

—Porque tenemos el mismo destino.

—Podemos usar coches diferentes.

Damián me observó durante un instante.

—De acuerdo.

Parpadeé.

—¿De acuerdo?

—Irás con Javier. Yo saldré antes.

—No has discutido.

—Has dado un argumento razonable.

—Ayer también los daba y discutías todos.

—Estoy aprendiendo.

Aquello empezaba a ser sospechoso.

—No se puede mejorar tanto en una noche.

—Dormí bien.

—En mi cama.

—Eso ayuda.

Me crucé de brazos.

—No era una invitación permanente.

—Lo sé.

—Esta noche vuelves al sofá.

—Como quieras.

—Deja de aceptar todo.

—No acepto todo.

—Ponme un ejemplo.

Damián se acercó otro paso.

—No voy a aceptar que permitas que una fotografía te haga dudar de si mereces estar en esa reunión.

Abrí la boca. La volví a cerrar.

—Eso ha sido muy manipulador.

—Ha sido cierto.

—Las dos cosas no son incompatibles.

—Desayuna.

—Otra orden.

—Una recomendación firme.

—Eso es una orden con corbata.

Damián miró su camisa.

—No llevo corbata.

—Todavía.

Se sirvió café y empujó hacia mí un plato con tostadas y fruta.

—Come.

—No tengo hambre.

—Ayer tampoco y terminaste robándome el pan.

—No te lo robé.

—Lo mirabas.

—Eso no es robar.

—Dependiendo de cómo mires, puede serlo.

Cogí una tostada solo para dejar de escucharlo. Damián sonrió.

—No pongas esa cara.

—¿Cuál?

—La del hombre que cree que ha ganado.

—No he ganado nada.

—Has conseguido que coma.

—Es una victoria pequeña.

—Para ti todas son importantes.

—Contigo sí.

No respondí. Me concentré en el café mientras él revisaba los mensajes que no dejaban de llegarle.

A las ocho apareció una mujer con varias fundas de ropa y dos cajas de zapatos. Miré a Damián.

—Te dije que no ibas a comprarme nada.

—No he comprado nada.

La mujer dejó las prendas sobre la cama.

—El señor Salvatierra ha pedido varias opciones para que pueda elegir. Solo se cobrará lo que decida quedarse.

—Eso sigue siendo pedir ropa.

—No es comprarla.

—Te estás aprovechando de un tecnicismo.

—Estoy respetando tus condiciones.

La mujer abrió las fundas. Había tres trajes. Uno azul oscuro, uno gris claro y otro color crema. Todos eran preciosos. Todos parecían costar más de lo que yo ganaba en varios meses.

—No necesito esto.

—Puedes ir con tu ropa —dijo Damián—. Solo quería que tuvieras opciones.

Ese era el problema. No había impuesto nada. No había elegido por mí.

No había pedido el traje más caro ni llamado a alguien para que me vistiera como una muñeca adecuada a su mundo.

Había colocado varias posibilidades sobre la cama y me había dejado decidir.

—Voy a probarme el azul —dije.

—Bien.

—Y lo pagaré yo.

—Bien.

—No preguntes cuánto cuesta.

—No iba a hacerlo.

—Lo estabas pensando.

—Pienso muchas…

Levanté un dedo. Damián cerró la boca. La mujer ocultó una sonrisa. El traje azul me quedaba como si lo hubieran confeccionado para mí.

El pantalón era recto, la chaqueta entallada y la blusa de seda tenía un escote discreto que me hacía parecer profesional sin convertirme en una señora que dirigía un banco desde 1987.

Salí del baño. La mujer me observó con aprobación. Damián no dijo nada. Ni siquiera parpadeó.

—Puedes hablar —dije.

—Me pediste que no dijera nada cuando te viera vestida anoche.

—Eso fue anoche.

—No sabía si la norma seguía vigente.

—No.

Su mirada bajó lentamente hasta los zapatos y volvió a mi rostro.

—Estás perfecta.

Solo eso. Sin exageraciones. Sin una frase preparada. Y, aun así, noté el calor subir por mi cuello.

—El traje ayuda.

—No es el traje.

La mujer decidió que era un momento excelente para guardar las otras prendas. Yo también habría huido.