El precio de tentarte Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

—Podrías decir que ha sido Javier.

—Javier no tuvo la idea.

—No le importará.

—A mí sí.

Lo dijo sin elevar la voz, pero con una firmeza que me hizo dejar de discutir.

Miré la pantalla. Mi nombre estaba allí. En una presentación que verían empresarios, abogados y personas acostumbradas a medir cada palabra en millones.

—Podría perjudicarte —dije.

—No.

—Una desconocida que aparece de repente en medio de una negociación después de un escándalo personal no parece muy profesional.

—No eres una desconocida.

—Para ellos sí.

Damián cerró el ordenador.

—Entonces mañana dejarás de serlo.

Mi estómago dio una vuelta.

—¿Quieres que vaya a la reunión?

—Quiero que presentes tu parte.

—Eso no estaba previsto.

—Tampoco estaba previsto que vinieras.

—No tengo ropa.

—Tienes ropa.

—No para una reunión de ese nivel.

—Lo que llevabas puesto esta tarde era apropiado.

—Era un pantalón y una camisa.

—Exacto.

—Tu argumento sobre moda resulta demoledor.

—Puedo pedir que traigan algo.

—No vas a comprarme un traje.

—No iba a comprarlo. Iba a pedir que lo trajeran para que eligieras.

—Eso sigue implicando que pagarías tú.

—Podrías pagarlo tú.

Lo observé.

—Estás aprendiendo.

—Me esfuerzo.

Guardé el ordenador en su funda.

—Lo pensaré.

—De acuerdo.

—No insistas.

—No lo haré.

—Ni utilices esa mirada.

—¿Cuál?

—La que pretende que ya has ganado.

Damián apoyó una mano en el respaldo de mi silla.

—No siento que haya ganado nada.

Su voz cambió. La ligereza desapareció, y con ella la protección que me había permitido pasar las últimas horas fingiendo que solo estábamos trabajando.

Me levanté. Quedamos demasiado cerca.

—Has conseguido que venga —dije.

—Viniste porque quisiste.

—Me pediste que lo hiciera.

—Y tú decidiste escucharme.

—Eso ya es más de lo que pensabas conseguir ayer.

—Ayer pensaba que no volverías a hablarme.

La sinceridad de la frase me golpeó en un lugar incómodo.

—No exageres.

—No lo hago.

—Sabías dónde vivía.

—No habría ido a buscarte si me hubieras pedido que te dejara en paz.

—¿De verdad?

—Sí.

—No pareces el tipo de hombre que acepta un no.

Damián bajó la mirada hacia mi boca.

—Depende de la pregunta.

Recordé la habitación. Su petición.

¿Puedo besarte?

Y la forma en que se había marchado después de escuchar mi negativa. Sin insistir. Sin convertir mi no en una parte del juego.

—Antes te he dicho que no —murmuré.

—Lo recuerdo.

—Y te has ido.

—Eso también.

—No intentaste convencerme.

—No quería convencerte.

—Querías besarme.

—Sigo queriendo.

Mi respiración se volvió más lenta.

—Pero no lo has hecho.

—No.

—Podrías haberlo intentado ahora.

—Podría.

—¿Y?

—No voy a tocarte mientras dude de si lo deseas o solo estás cansada, confundida o agradecida por lo que ha pasado esta noche.

Aquello no era justo.

No podía pasar de esconderme información a decir exactamente lo que necesitaba escuchar. No podía aprender tan rápido. No podía mirarme de esa forma y, al mismo tiempo, colocar toda la decisión en mis manos.

—Estoy enfadada contigo —dije.

—Lo sé.

—Todavía no confío del todo.

—Lo sé.

—Y no pienso olvidar lo que ocurrió solo porque me has dejado cambiar una presentación.

—No espero que lo hagas.

—Entonces deja de responder bien.

Una sonrisa apareció lentamente en su boca.

—No sé responder de otra forma.

—Eso es mentira.

—Contigo estoy intentando que no lo sea.

Agarré la funda del ordenador y caminé hacia la puerta. Necesitaba distancia. Aire. Un océano completo entre su boca y la mía.

Damián me siguió por el pasillo, subió las escaleras detrás de mí y esperó mientras abría la habitación.

Al entrar, me detuve.

Sobre la cama había una manta doblada y una almohada nueva. Miré el sofá. Después a él.

—¿Cuándo has preparado esto?

—Antes de cenar.

—No vas a caber.

—Ya lo hemos hablado.

—Tienes la espalda destrozada.

—Sobreviviré cuatro noches.

Dejé el ordenador sobre una mesa.

—Eso es absurdo.

—Es un sofá.

—Es una silla con aspiraciones.

Damián se quitó el reloj y lo dejó junto al teléfono.

—Puedes dormir tranquila. No voy a moverme de ahí.

—No me preocupa que te muevas.

—¿Entonces?

Me preocupaba verlo tumbado en aquel sofá ridículo. Me preocupaba que respetara mi espacio.

Me preocupaba que hubiese grabado a Sabrina, que me hubiera contado la verdad, que pusiera mi nombre en una presentación y que hubiese aprendido a pedir permiso antes de besarme.

Me preocupaba que cada cosa que hacía me acercara a una decisión para la que aún no estaba preparada.

—Nada —respondí.

Fui al baño, cerré la puerta y me apoyé contra ella. Tardé más de lo necesario en cambiarme.

Cuando salí, Damián estaba tumbado en el sofá con una pierna doblada porque no tenía espacio para estirarla. Se había quitado la camisa y llevaba una camiseta gris que no ayudaba en absoluto a mi intención de mantener una distancia razonable.

Apagué la luz principal.

—Buenas noches.

—Buenas noches, Aitana.

Me metí en la cama. Durante diez minutos escuché el ruido del mar. Después veinte. Damián no se movía.

—¿Estás despierto? —pregunté.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque no puedo sentir los pies.

Solté una risa. Intenté contenerla, pero ya era tarde.

—No tiene gracia.

—Tienes razón.

—Te estás riendo.

—Un poco.

Damián cambió de postura y el sofá crujió de una forma preocupante.

—Como se rompa, Laurent te cobrará la reforma.

—Comprar é otro.

—No puedes solucionar todo comprándolo.

—El sofá sí.

Volvió el silencio. Me giré hacia la ventana.

—Damián.

—¿Sí?

—Puedes dormir en la cama.

No respondió.

—Solo dormir —añadí.

—Aitana…

—No hagas que me arrepienta.

Lo escuché levantarse. El colchón se hundió a mi espalda unos segundos después. Damián se quedó en el borde, dejando entre nosotros un espacio exagerado.

—Vas a caerte.

—Estoy bien.

—No he dicho que tengas que dormir en el suelo de la cama.

Se acercó apenas. No me tocó. Podía sentir el calor de su cuerpo detrás de mí, pero mantuvo las manos quietas y la respiración controlada.

—Gracias —murmuró.

—No conviertas esto en algo que no es.

—No lo haré.

—Mañana seguimos enfadados.

—De acuerdo.

—Y no voy a besarte.

—Entendido.

Cerré los ojos. Pasaron unos minutos.

—Aitana.

—¿Qué?

—No pienso hacer nada.

—Ya lo sé.

—Entonces deja de sujetar la sábana como si fuera un arma.

Aflojé los dedos.

—Duérmete.

—Lo intento.

—Pues inténtalo en silencio.

Damián respiró hondo.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que mi cuerpo empezara a relajarse.

Quizá fueron cinco minutos. Quizá media hora.

Solo sé que, cuando abrí los ojos en mitad de la noche, estaba pegada a su pecho y uno de sus brazos rodeaba mi cintura.

Damián seguía dormido. No había aprovechado mi cercanía. No había convertido el permiso para compartir cama en otro diferente.

Podría haberme apartado. Debería haberlo hecho.

En lugar de eso, cerré los ojos y apoyé la mano sobre la suya.

Seguía enfadada. Seguía teniendo miedo.

Pero, por primera vez desde que vi aquellas fotografías, no sentí que dormir junto a él fuera una rendición.

Parecía una elección.