El precio de tentarte Capítulo 23
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Capítulo 23

Una hora después bajé a cenar con un vestido negro que había metido en la maleta sin saber muy bien para qué.

No era especialmente elegante, pero tampoco parecía elegido para pasar cuatro días llorando frente al Mediterráneo. Me pareció un equilibrio razonable.

Damián estaba en la terraza con Laurent.

Se había cambiado la camisa y llevaba las mangas dobladas hasta los antebrazos. Al verme, dejó de prestar atención a lo que Laurent decía.

No fue un gesto exagerado. Solo una pausa. Una mirada que bajó por mi cuerpo y regresó a mis ojos con una lentitud que me obligó a recordar que seguía enfadada.

—No digas nada —advertí al acercarme.

—No iba a hacerlo.

—Lo estabas pensando.

—Eso no puedes prohibírmelo.

—Puedo intentarlo.

Laurent se levantó para recibirme.

—Ahora sí podemos cenar.

—Podían haber empezado sin mí.

—Imposible. Camille ha dicho que nadie toca la comida hasta que bajaras.

—Porque conozco a mi marido —explicó ella desde la mesa—. Si empieza con los aperitivos, cuando lleguemos al plato principal ya no queda nada.

Laurent se llevó una mano al pecho.

—Eso es una calumnia.

—Es un diagnóstico.

Me senté junto a Camille. Damián ocupó la silla frente a mí y Javier se colocó a su lado.

La mesa estaba preparada bajo una pérgola cubierta de plantas, con el mar al fondo y suficientes velas para organizar una ceremonia secreta.

Durante unos minutos, la conversación se mantuvo en un terreno cómodo.

Laurent habló del tiempo, Camille se quejó de los turistas que bloqueaban la carretera costera y Javier respondió dos llamadas sin levantarse de la mesa.

Damián apenas probó la comida.

—Vas a conseguir que me sienta culpable —dije.

—¿Por qué?

—Porque desde que he llegado pareces incapaz de comer.

—He almorzado.

—Un café no cuenta como almuerzo —intervino Javier.

Damián lo miró.

—¿Desde cuándo participas en conversaciones personales?

—Desde que alguien tiene que impedir que termines ingresado antes de firmar.

Laurent levantó su copa.

—Por Javier, que hace el trabajo que todos creemos que puede hacer Damián solo.

—Puedo hacerlo solo.

—Claro —dije—. Por eso tienes un asistente que sabe cuándo has comido.

La sonrisa de Javier fue mínima. Damián tomó un trozo de pan.

—¿Satisfecha?

—Muchísimo.

—Bien.

—No utilices ese tono conmigo.

—¿Qué tono?

—El de hombre que está obedeciendo solo para que deje de molestarlo.

—No estoy obedeciendo.

—Acabas de coger el pan porque te lo he dicho.

—Tenía hambre.

—Mentiroso.

Damián dio un mordisco sin apartar la vista de mí. Camille ocultó una sonrisa detrás de la copa.

—Llevaba todo el día sin hablar más de tres palabras seguidas —me explicó—. Es agradable comprobar que no ha perdido la capacidad.

—No la había perdido.

—La reservaba para discutir conmigo —dije.

—La conversación es más interesante.

—Eso tampoco va a ayudarte.

—No pretendía que lo hiciera.

El camarero sirvió el pescado y Laurent aprovechó para empezar a hablar de la reunión del día siguiente.

La operación llevaba semanas atascada. El consejo de administración había aceptado revisar la propuesta de Damián, pero dos de sus miembros seguían dudando por la repercusión pública de las fotografías con Sabrina. No cuestionaban las cifras ni el proyecto. Cuestionaban su criterio.

Una forma elegante de decir que no querían entregar una parte de su empresa a un hombre que aparecía en internet besando a la hija de uno de sus principales competidores.

—Mañana intentarán retrasar la decisión —dijo Laurent—. Si consiguen aplazarla hasta septiembre, tendremos un problema.

—No la aplazarán —respondió Damián.

—Están nerviosos.

—Por eso Sabrina filtró las fotografías.

La forma en que pronunció su nombre fue completamente plana.

Aun así, mis dedos se tensaron alrededor del tenedor. Damián lo vio.

—El beso ocurrió antes de que nosotros nos conociéramos —dijo, mirándome directamente—. Ella ha utilizado una imagen antigua para hacer creer que seguimos teniendo una relación.

Laurent dejó la copa sobre la mesa.

—Eso ya lo sabemos todos.

—Aitana no lo sabía cuando vio las fotografías.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue peor. Fue atento. Cuatro personas observando cómo Damián hacía en público lo que no había hecho a tiempo en privado.

Explicarme la verdad.

—Ahora sí lo sé —dije.

—Y también sabes que debí contártelo antes.

—También.

Camille cambió de tema con la habilidad de una mujer que llevaba años evitando que su marido provocara guerras durante la cena.

—La presentación está preparada —dijo—. Javier me ha enviado la última versión.

—Hay que modificarla —respondí.

Todos me miraron. Incluido Damián.

—¿Qué cambiarías? —preguntó.

No sonó molesto. Ni sorprendido. Solo interesado. Dejé el tenedor.

—La estrategia parte de que las fotografías son un problema personal que deben justificar. No lo son. Son un ataque empresarial.

Laurent frunció el ceño.

—Eso resulta evidente.

—Para nosotros. Pero mañana Damián piensa dedicar los primeros diez minutos a defender su vida privada.

—No pienso defenderla.

—Vas a explicar la relación con Sabrina, el origen de las imágenes y por qué se han publicado ahora.

—Eso es exponer los hechos.

—Es entrar en el terreno que ella ha elegido.

Damián apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Continúa.

—Sabrina quiere que todos hablen del beso. Mientras hablen del beso, nadie habla de que ha utilizado información antigua para interferir en una operación comercial. No debes negar que ocurrió. Debes demostrar por qué ha aparecido precisamente esta semana.

Javier dejó el teléfono.

—No podemos acusarla sin pruebas.

—No hace falta acusarla. Basta con ordenar las fechas.

Me volví hacia Laurent.

—¿Cuándo recibió su padre la propuesta alternativa?

—El lunes.

—¿Cuándo se publicaron las fotografías?

—El martes por la noche.

—¿Cuándo estaba prevista la primera votación del consejo?

—El miércoles.

—Ahí tienen la presentación.

Laurent se recostó en la silla.

—No está mal.

—No es una presentación —dijo Damián.

—Todavía no.

—¿Cuánto necesitas?

—Una hora.

Javier consultó el reloj.

—La reunión es mañana a las diez.

—Sé contar.

—No lo dudo. Me preocupa que Damián te deje trabajar toda la noche.

—Damián no decide cuánto trabajo.

—Eso llevo años intentando explicárselo —comentó Laurent.

Esperé que él protestara. No lo hizo.

—Trabajaremos después de cenar —dijo.

—Trabajaré.

—Trabajaremos.

—No necesito supervisión.

—No voy a supervisarte.

—¿Entonces?

—Voy a ayudarte.

La respuesta salió con tanta naturalidad que tardé un segundo en reaccionar.

Damián Salvatierra no ayudaba. Dirigía, exigía, corregía y, cuando estaba de buen humor, permitía que los demás siguieran respirando cerca de él.

—¿Sabes usar un programa de presentaciones? —pregunté.

Javier soltó una risa. Fue corta, pero lo bastante clara para que Damián girara la cabeza.

—¿Quieres conservar tu empleo?

—Mucho.

—Entonces deja de disfrutar.

—Lo intento.

Después de cenar nos instalamos en el despacho de Laurent.

No era una habitación especialmente grande, pero tenía una mesa frente a las ventanas y una vista del mar que hacía difícil concentrarse. Javier abrió los archivos, Laurent trajo una botella de coñac que nadie le había pedido y Camille desapareció después de desearme suerte.

—No permitas que te convenzan de seguir hasta el amanecer —me dijo al marcharse.

—No ocurrirá.

—Eso mismo dije yo la primera vez que trabajé con estos hombres.

—¿Y qué pasó?

—Vi salir el sol.

Damián tomó asiento a mi lado.

—No tardaremos tanto.

—Eso depende de lo rápido que aprendas a obedecer instrucciones.

—Puedo seguir instrucciones.

Javier y Laurent nos miraron.

—¿Qué? —preguntó Damián.

—Nada —respondieron los dos a la vez.

Abrí la presentación. Los primeros minutos fueron un desastre.

No por el contenido, que estaba bien estructurado, sino porque Damián tenía la costumbre de interrumpir cada cambio antes de que terminara de hacerlo.

—Ese gráfico debe quedarse.

—No.

—Resume la evolución de los últimos cinco años.

—Y parece el electrocardiograma de alguien que está muriendo.

—Los datos son buenos.

—Entonces hagamos que lo parezcan.

—No puedes eliminar la información.

—No la elimino. La divido.

—Eso añade una diapositiva.

—Nadie ha muerto por ver una diapositiva más.

—La presentación debe ser breve.

—Será breve cuando dejes de explicarme cómo hacerla.

Laurent sirvió coñac.

—La echaba de menos.

—No la conocías antes de hoy —dijo Javier.

—Pero echaba de menos a alguien que le hablara así.

Damián se volvió hacia ellos.

—¿No tienen nada que hacer?

—Estoy en mi casa —recordó Laurent.

—Y yo estoy trabajando —añadió Javier.

—Pues háganlo en silencio.

Me incliné hacia la pantalla.

—Ahora entiendo por qué todos te obedecen.

—¿Por qué?

—Porque es la única forma de que te calles.

Damián me miró de lado. Había cansancio en su rostro, pero también algo que no estaba allí cuando llegué. Una tensión distinta. Menos oscura.

—Sigue —dijo.

Y siguió dejándome trabajar.

A partir de ese momento solo intervino cuando necesitaba un dato, corrigió una cifra o respondió a una pregunta. No intentó imponer su criterio. Tampoco utilizó su experiencia como excusa para tener siempre la última palabra.

Fue extraño. Y peligrosamente agradable. A medianoche, Laurent abandonó el despacho.

Media hora después se marchó Javier, aunque antes dejó programado el envío de la nueva versión a todos los asistentes.

Damián y yo nos quedamos solos. Revisé la última diapositiva.

—Ya está.

—No.

—¿Qué falta?

—Tu nombre.

Lo miré.

—Mi nombre no pinta nada aquí.

—La estrategia es tuya.

—La empresa es tuya.

—Eso no cambia quién ha hecho el trabajo.

—No necesito que aparezca.

—No te he preguntado si lo necesitas.

—Pues deberías.

Damián se acercó al teclado y añadió mi nombre debajo del suyo.

Aitana Robles. Estrategia de comunicación.

—Bórralo.

—No.

—No trabajo para ti.

—Precisamente.

—Esto puede crear preguntas.

—Las responderé.

—No quiero que parezca que he venido a salvar tu operación.

—No has venido a salvarla.

—Entonces no pongas mi nombre.

—Has transformado la presentación en menos de tres horas. No voy a atribuirme tu trabajo.