Capítulo 22 #2
Damián guardó silencio. Yo miré por la ventana. El mar apareció entre los edificios, brillante bajo el sol de la tarde.
—¿Has firmado la modificación? —preguntó.
—No.
Noté cómo su cuerpo se tensaba apenas.
—¿Por qué?
—Porque no quería terminar el acuerdo por correo.
—Eso no responde del todo.
—Es lo único que vas a tener ahora.
—De acuerdo.
Otra vez. Sin presión. Sin insistir. El hombre empezaba a resultar inquietante cuando obedecía.
—¿Y Sabrina? —pregunté.
—Ha recibido una notificación formal.
—Eso ya ocurrió antes.
—Esta vez también Mercier.
—¿Por qué?
—Porque ha utilizado información confidencial para presionarme.
—¿Puedes demostrarlo?
—Sí.
—¿Cómo?
Damián me miró.
—La reunión estaba grabada.
Me giré hacia él.
—¿Qué?
—El restaurante pertenece a un socio. Había cámaras de seguridad.
—Eso no significa que grabaran el sonido.
—Mi teléfono sí.
Javier bajó todavía más la cabeza.
—¿Grabaste la conversación?
—Sí.
—¿Y no pensabas contármelo?
Damián cerró los ojos un segundo.
—No sabía que tendría que hacerlo.
—Ahí está otra vez.
—Lo sé.
—Decidiendo qué información importa.
—No. Estaba esperando a tener pruebas antes de involucrarte.
—Eso sigue siendo decidir.
—Sí.
—¿Y qué decía la grabación?
Damián sacó el teléfono.
—Puedes escucharla.
No lo tomé.
—Cuéntamelo tú.
—Sabrina admitió que habló con el asistente de Mercier. Quería que retirara el compromiso públicamente y apareciera con ella en un evento la próxima semana.
—¿A cambio de qué?
—De dejar de interferir.
—¿Y qué contestaste?
—Que si volvía a acercarse a ti, al hotel o a cualquier persona relacionada contigo, la demandaría.
Lo miré.
—Eso no aparecía en la fotografía.
—Las fotografías cuentan muy poco.
—A veces suficiente.
—Esta vez no.
Damián dejó el teléfono entre los dos.
—No voy a pedirte que confíes porque lo diga.
—Bien.
—Pero puedes escuchar la conversación completa.
—Después.
—Cuando quieras.
El coche continuó bordeando la costa.
La villa apareció tras una verja blanca, rodeada de jardines y con el mar extendiéndose al fondo. Había varios vehículos en la entrada y personal moviéndose entre la casa y una terraza enorme.
—¿Cuánta gente hay aquí? —pregunté.
—Doce invitados. Más el personal.
—¿Y sigue habiendo una sola habitación?
—Para nosotros, sí.
Lo miré.
—Eso parece organizado.
—Moreau cree que estamos prometidos.
—Y tú no lo corregiste.
—No.
—Bien.
Damián arqueó una ceja.
—¿Bien?
—No significa que vaya a compartir cama.
—Hay un sofá.
—Lo recuerdo.
El coche se detuvo. Antes de que Javier bajara, Damián puso una mano sobre mi muñeca. No me sujetó. Solo me detuvo.
—Aitana.
—¿Qué?
—Gracias por venir.
La frase era sencilla. Sin estrategia. Sin una segunda intención visible.
—No he venido a perdonarte.
—Lo sé.
—Ni a salvar la operación.
—También.
—He venido porque no quería que nuestra última conversación fuera en una habitación mientras cerraba una maleta.
Damián sostuvo mi mirada.
—Entonces tendremos otra.
—Varias.
—Las que necesites.
—Eso puede llevar tiempo.
—Tengo cuatro días.
—Pensaba que nunca tenías tiempo.
Su pulgar rozó apenas mi muñeca.
—Para ti estoy aprendiendo a encontrarlo.
El gesto me desarmó más de lo que debía. Retiré la mano.
—No empieces a hacerlo bien ahora.
—¿Por qué?
—Porque complica mi enfado.
Damián sonrió. Javier abrió la puerta.
—Bienvenida a Niza —dijo.
Bajé del coche. Laurent apareció en la terraza. Al verme, abrió los brazos con una sonrisa enorme.
—¡Aitana! Sabía que vendrías.
Miré a Damián. Él negó apenas con la cabeza. No lo había avisado. Camille salió detrás de su marido y vino directamente hacia mí.
—Menos mal —murmuró al abrazarme—. Lleva todo el día insoportable.
—¿Laurent?
Camille se apartó y miró a Damián.
—No.
Él tomó mi maleta.
—La habitación está arriba.
—Puedo encontrarla sola.
—Lo sé.
—Entonces deja la maleta.
—No.
—Estamos otra vez con esto.
—Algunas cosas no pienso cambiarlas.
Subimos.
La habitación tenía un balcón frente al mar, una cama enorme y, junto a la ventana, un sofá demasiado pequeño para un hombre de la altura de Damián.
Me quedé mirándolo.
—No cabes ahí.
—Cabré.
—Te vas a despertar doblado.
—Sobreviviré.
—Podemos pedir otra cama.
—No hay espacio.
—Un colchón.
—Aitana.
—No estoy invitándote a la cama.
—No he dicho eso.
—Lo estás pensando.
—Pienso muchas cosas.
Lo señalé.
—Esa frase sigue jubilada.
Damián dejó la maleta junto al armario.
—Me ducharé en otra habitación para que tengas tiempo.
—¿Tiempo para qué?
—Para decidir si bajas a cenar.
—Voy a bajar.
—¿Segura?
—No he cruzado media Francia para esconderme.
—Has volado desde Madrid.
—No arruines la frase.
Damián caminó hacia la puerta.
—Volveré en una hora.
—Damián.
Se giró.
—Quiero escuchar la grabación.
Su expresión se volvió seria.
—De acuerdo.
—Ahora.
Sacó el teléfono. Se sentó en el extremo del sofá y abrió un archivo. Yo permanecí de pie hasta que empezó la voz de Sabrina. La conversación duró catorce minutos.
No hubo cariño. Ni nostalgia. Ni una sola frase que pudiera interpretarse como algo personal por parte de Damián.
Solo amenazas disfrazadas de propuestas, el intento de Sabrina de volver a colocarse a su lado y una respuesta cada vez más fría.
Al final se oyó la voz de Damián con absoluta claridad.
—No vuelvas a acercarte a Aitana. No es parte de este negocio y no permitiré que la utilices para llegar a mí.
Sabrina se rio.
—¿Desde cuándo te importa tanto una mujer?
Hubo un silencio. Después él respondió:
—Desde ella.
La grabación terminó. Damián dejó el teléfono. Yo seguía mirando la pantalla apagada.
—No sabía que habías dicho eso.
—No pensaba que lo escucharías.
—¿Por qué no me lo contaste?
—Porque habría sonado como una frase preparada para convencerte.
Tenía razón. Eso me irritó.
—Sigue sin arreglar que no me dijeras nada.
—Lo sé.
—Y no quiero enterarme de otra cosa por internet.
—No ocurrirá.
—No puedes prometerlo.
—Puedo prometerte que no habrá nada que yo haya decidido ocultar.
Lo miré.
—Eso está mejor formulado.
—He tenido tiempo en el avión.
—Pensaba que estabas trabajando.
—No conseguí concentrarme.
Aquello me produjo una satisfacción mezquina.
—Bien.
—¿Bien?
—Te lo merecías.
Damián asintió.
—Sí.
La facilidad con que aceptó volvió a dejarme sin armas.
—Vete a ducharte —dije.
Se levantó. Al pasar junto a mí, se detuvo.
—¿Puedo besarte?
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Eso me enfureció.
—No.
Damián asintió.
—De acuerdo.
Salió. La puerta se cerró.
Me quedé sola frente al mar, con el sonido de la grabación todavía en la cabeza y una certeza mucho más incómoda que los celos.
Había venido a Niza para comprobar si podía confiar en Damián.
El problema era que empezaba a creer que sí.