El precio de tentarte Capítulo 22
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Capítulo 22

A las doce y cuarto seguía abierta la página de la aerolínea. Dos asientos disponibles. Uno en turista. Otro en clase ejecutiva.

El de ejecutiva costaba lo mismo que arreglar dos habitaciones del hotel y una parte de mi cerebro seguía funcionando lo bastante bien como para indignarse.

La otra llevaba más de una hora mirando la pantalla, cerrándola, abriéndola otra vez y buscando motivos para no hacer exactamente lo que quería hacer.

Lucía entró en el despacho con una carpeta bajo el brazo, vio el ordenador y se detuvo.

—¿Estás mirando vuelos?

Minimicé la página.

—No.

—Acabo de ver un avión enorme ocupando toda la pantalla.

—Publicidad.

—Qué casualidad que la publicidad sepa que Damián está en Niza.

Abrí la carpeta que tenía delante, aunque no sabía qué contenía.

—Tengo trabajo.

Lucía se sentó frente a mí y dejó su carpeta sobre la mesa.

—Perfecto. Yo también.

—Entonces trabaja.

—Estoy trabajando.

—No lo parece.

—Mi trabajo ahora mismo consiste en evitar que hagas una estupidez por orgullo.

Levanté la vista.

—No voy a hacer ninguna estupidez.

—Eso depende de cuál de las dos opciones elijas.

—No hay opciones.

—Claro que las hay. Puedes quedarte aquí mirando el teléfono durante cuatro días o puedes subirte a ese avión y terminar la conversación que has dejado a medias.

—La conversación terminó.

—No. Terminó él marchándose porque le pediste que no te obligara a quedarte.

—Eso era lo que tenía que hacer.

—Y lo hizo.

—Sí.

—Entonces, ¿por qué tienes esa cara?

Cerré la carpeta. Estaba vacía. Lucía la miró. Después me miró a mí.

—Muy productiva.

—No sé qué quieres que haga.

—No quiero que hagas nada por mí. Quiero que decidas qué quieres tú.

—Eso mismo dijo él.

—Qué fastidio cuando el millonario y yo coincidimos.

Me levanté y fui hasta la ventana del despacho.

La recepción estaba llena de movimiento.

Un obrero subía por una escalera, una pareja esperaba junto al mostrador y alguien arrastraba una caja por el pasillo.

Todo seguía funcionando. El hotel no se había derrumbado porque yo hubiera pasado varios días fuera.

Tampoco porque Damián hubiera subido a un avión sin mí.

—No puedo aparecer en Niza como si no hubiera pasado nada —dije.

—No tienes que hacerlo.

—Entonces, ¿para qué voy?

—Para decirle a la cara que sigue siendo un imbécil y después decidir si quieres volver a acostarte con él.

La miré.

—Tu capacidad para simplificar las cosas da miedo.

—La tuya para complicarlas también.

Volví al escritorio.

—No confío en que no vuelva a decidir por mí.

—Entonces díselo.

—Ya se lo he dicho.

—Y ha cambiado el contrato para que puedas irte.

—Eso no arregla lo anterior.

—No.

—Deja de darle la razón.

—No se la doy. Te estoy recordando que ha hecho lo único que podía hacer después.

Miré la pantalla. Los dos asientos seguían disponibles.

—No voy a pagar clase ejecutiva.

—Eso significa que vas.

—No he dicho eso.

—Has empezado a discutir el precio, no el viaje.

Abrí de nuevo la página. Lucía sonrió.

—No pongas esa cara.

—¿Cuál?

—La de persona que acaba de demostrar algo.

—No he demostrado nada.

—Mientes fatal.

La fulminé con la mirada y seleccioné el asiento en turista. El sistema mostró un aviso. Este asiento ya no está disponible.

—Perfecto —murmuré—. El universo ha decidido.

Lucía se inclinó hacia la pantalla.

—Queda el otro.

—Ni hablar.

—Damián te ha pagado una deuda que podía comprar media calle.

—Eso no significa que vaya a tirar dinero.

—No lo tiras. Lo inviertes en ir a gritarle frente al Mediterráneo.

—Eso suena peor.

—Suena memorable.

Miré el precio otra vez. Después la hora. Si salía en treinta minutos, llegaría al aeropuerto con margen suficiente.

—No tengo maleta.

—La tienes en recepción.

La miré.

—¿Qué?

Lucía levantó una mano antes de que protestara.

—No la he abierto. Solo la dejaste junto al mostrador cuando llegaste.

—Necesito ropa para cuatro días.

—La maleta viene de la casa de Damián. Está llena.

—No sé qué metí.

—Eso añade emoción.

—Y el hotel.

—Yo me encargo.

—Las obras.

—También.

—La entrevista.

—Ya salió.

—Mi padre.

—No vive aquí.

Me crucé de brazos.

—Llevas una hora preparando esto.

—Llevo una hora esperando que dejaras de fingir que no ibas a ir.

Compré el billete. La confirmación apareció en pantalla. Sentí un vuelco en el estómago.

—Esto es una pésima idea.

—Probablemente.

—No voy por él.

—Claro.

—Voy porque el acuerdo incluye Niza.

—Ya no.

—Entonces voy por Moreau.

—Seguro que Laurent está deseando verte.

—Y porque no pienso dejar que Sabrina controle la historia.

—Esa es nueva.

—Tiene sentido.

—Muchísimo.

Cogí el bolso y cerré el ordenador. Lucía se levantó.

—¿Quieres que llame a un taxi?

—Sí.

—¿A Damián?

—No.

—¿A Helena?

—Tampoco.

—Entonces llegarás sin avisar.

—Exactamente.

—Eso puede salir muy bien o muy mal.

—Es el espíritu del experimento.

Lucía frunció el ceño.

—¿Qué experimento?

—Nada.

—Estás rara.

—Estoy a punto de pagar una fortuna por sentarme dos horas en un avión para discutir con un hombre que tiene una villa llena de inversores.

—Eso explica bastante.

El taxi llegó doce minutos después. Lucía me acompañó hasta la puerta con la maleta.

—Una cosa —dijo antes de que subiera.

—¿Qué?

—No vuelvas porque te convenza. Vuelve porque quieras.

La miré.

—Eso ha sido sorprendentemente sensato.

—Tengo momentos.

—Pocos.

—Y no te olvides de decirle que es imbécil antes de besarlo.

—No voy a besarlo.

Lucía cerró la puerta del taxi.

—Mientes fatal.

El trayecto al aeropuerto pasó demasiado rápido. Facturé la maleta, atravesé el control y llegué a la puerta de embarque con veinte minutos de margen. Solo entonces comprendí que no había pensado qué iba a decir al llegar.

Podía enviar un mensaje. No lo hice. Podía avisar a Helena. Tampoco. Subí al avión sin que nadie supiera que iba.

Durante el vuelo intenté trabajar. Abrí el portátil, respondí dos correos y leí el mismo presupuesto cuatro veces sin entender una cifra. Después cerré todo y miré por la ventanilla.

No sabía dónde se alojaban. No tenía la dirección de la villa. Ni siquiera sabía si Damián seguía allí o había decidido volver después de la reunión.

Eso sí era una estupidez. Encendí el teléfono en cuanto aterrizamos. Había un mensaje de Lucía.

¿Has llegado?

Respondí:

Sí.

El siguiente apareció enseguida.

¿Sabes adónde vas?

No contesté. La pantalla mostró una llamada entrante. Damián. Me quedé mirándola.

No podía saber que estaba allí. Contesté.

—¿Qué?

—¿Dónde estás?

Su voz sonó distinta. Tensa. Miré alrededor.

—En un aeropuerto.

Hubo un silencio.

—¿Cuál?

—El de Niza.

Otro silencio. Más largo.

—Aitana.

—No empieces.

—¿Estás en Niza?

—Eso acabo de decir.

—¿Por qué no me has avisado?

—Porque quería decidirlo sola.

Damián soltó el aire. No parecía enfadado. Parecía algo peor. Aliviado.

—Quédate donde estás.

—No me des órdenes.

—Entonces dime en qué terminal.

—La dos.

—Voy a buscarte.

—Puedo tomar un taxi.

—Lo sé.

—Entonces mándame la dirección.

—Aitana.

—Damián.

Guardó silencio.

—Por favor, espera.

La palabra volvió a detenerme.

—Diez minutos —dije.

—Quince.

—Doce.

—Estoy a veinte.

—Entonces tienes un problema.

—No te muevas.

—Eso sigue siendo una orden.

—Considera que estoy suplicando.

Casi sonreí.

—Eso quiero verlo.

Colgué.

Esperé junto a una cafetería, con la maleta a mi lado y el corazón comportándose como si hubiera subido corriendo las escaleras del hotel.

Damián apareció dieciocho minutos después.

No llevaba chaqueta. La camisa azul estaba arremangada y el cabello ligeramente desordenado, como si hubiera salido de una reunión sin detenerse a mirar un espejo. Caminaba deprisa, buscando entre la gente.

Me vio. Se detuvo. Durante un segundo ninguno se movió. Después Damián llegó hasta mí.

—Has venido.

—Eso parece.

Miró la maleta. Después volvió a mirarme a mí.

—Pensaba que no subirías al avión.

—Yo también.

—¿Por qué lo has hecho?

—No empieces con preguntas difíciles en una terminal.

—Necesito saberlo.

—Y yo necesito saber por qué Sabrina sigue teniendo acceso suficiente a tu vida para sentarse contigo en un restaurante y amenazar tu operación.

La expresión de Damián se cerró.

—No tiene acceso.

—Lo tuvo.

—Una vez.

—Y no me lo contaste.

—Lo sé.

—No he venido porque se me haya olvidado.

—No lo esperaba.

—Ni porque acepte que ocultes cosas cuando te conviene.

—Tampoco.

—Entonces deja de mirarme como si esto ya estuviera solucionado.

Damián dio un paso hacia mí.

—No está solucionado.

—Bien.

—Pero estás aquí.

—Eso no significa que me quede.

—Lo sé.

—Ni que vaya a dormir contigo.

Su mirada bajó un instante hacia mi boca.

—También lo sé.

—No lo parece.

—Estoy intentando no tocarte.

La frase me dejó sin respuesta durante un segundo.

—Sigue intentándolo.

—Me está costando.

—Ese es problema tuyo.

—Completamente.

El ruido del aeropuerto continuaba alrededor, pero todo parecía más lejano. Damián extendió la mano hacia el asa de la maleta.

—Puedo llevarla.

—Lo sé.

—Entonces déjame.

No discutí. Eso debió de preocuparlo porque me miró con desconfianza.

—¿Qué?

—Nada.

—No digas nada cuando quieres decir algo.

—Solo esperaba una pelea por la maleta.

—Estoy guardando energía para cosas importantes.

—Eso suena amenazante.

—Lo es.

Caminamos hacia la salida. Había un coche esperando junto a la acera. Javier estaba dentro. Cuando me vio, abrió mucho los ojos.

—Señorita Salvatierra.

—Hola, Javier.

Miró a Damián.

—No sabía que vendría.

—Yo tampoco —respondió él.

Subimos.

Damián dejó la maleta en el maletero y se sentó a mi lado. Javier ocupó el asiento delantero, aunque su postura dejaba claro que estaba intentando hacerse invisible.

El coche arrancó.

—¿Dónde está la villa? —pregunté.

—En Saint-Jean-Cap-Ferrat.

—Eso suena caro.

—Lo es.

—Naturalmente.

—Moreau organiza una cena esta noche.

—¿Sabe que estoy aquí?

—Todavía no.

—Entonces no le digas nada.

Damián giró la cabeza.

—¿Quieres esconderte?

—Quiero llegar, ducharme y decidir qué voy a hacer antes de convertirme otra vez en parte del espectáculo.

—De acuerdo.

—Eso ha sido rápido.

—Estoy aprendiendo.

—No abuses de esa frase.