Capítulo 21
Metí el vestido en la maleta sin doblarlo. Después la camisa. Después todo lo que encontré sobre la butaca, incluido uno de los zapatos de Damián.
Lo saqué al darme cuenta. No porque no mereciera perderlo. Porque no pensaba regalarle la satisfacción de convertir mi salida en una escena absurda.
El teléfono volvió a sonar sobre la cama. Damián. Lo dejé otra vez.
Abrí el armario, recogí el resto de mi ropa y cerré la maleta con más fuerza de la necesaria. No sabía si volvía al hotel o si solo necesitaba salir de aquella habitación, pero no iba a quedarme esperando mientras él decidía qué parte de la verdad consideraba oportuno contarme.
Llamaron a la puerta.
—Aitana.
Era Mercedes. Respiré hondo antes de abrir. Me miró a mí, después a la maleta.
—¿Qué ha pasado?
—Tengo que irme.
—El avión sale en unas horas.
—No voy a subir.
Mercedes no hizo preguntas inútiles. Entró, cerró la puerta y señaló el teléfono, que volvía a vibrar.
—¿No piensa contestar?
—No.
—Entonces él vendrá.
—Está en una reunión urgente.
Mercedes levantó una ceja.
—No hay ninguna reunión.
Me quedé quieta.
—¿Qué?
—Se fue antes de las seis porque Javier lo llamó. Había periodistas frente a las oficinas y quería evitar que llegaran aquí.
—Eso no cambia nada.
—No he dicho que lo cambie.
Le enseñé la fotografía. Mercedes la miró sin sorpresa.
—Ya la he visto.
—¿Sabía que cenó con Sabrina?
—No.
—Yo tampoco.
—Entonces debería preguntarle.
—Eso intento evitar.
Mercedes me devolvió el teléfono.
—No parece usted una mujer que evite preguntas.
—No quiero escuchar una explicación preparada.
—Damián prepara muchas cosas. Las explicaciones personales no suelen estar entre ellas.
—Qué alivio.
Intenté cerrar la maleta. La cremallera se atascó. Mercedes se acercó, apartó una manga y la cerró con facilidad.
—Puede marcharse —dijo—. Pero si lo hace sin escucharlo, pasará el resto del día imaginando algo peor.
—Lo que imagino ya es suficiente.
—Entonces no tiene nada que perder.
El timbre de la entrada sonó. Después escuché pasos en el pasillo. Damián apareció en la puerta.
No llevaba chaqueta. La corbata estaba floja y su expresión no se parecía en nada a la del hombre que había salido de casa antes del amanecer.
Miró la maleta. Después me miró a mí.
—Mercedes.
Ella salió sin esperar más. Damián cerró la puerta.
—He llamado ocho veces.
—Las he contado.
—¿Por qué no contestabas?
Le mostré el teléfono. La fotografía seguía abierta en la pantalla. Damián la miró. Su mandíbula se tensó.
—¿Eso es todo?
No podía creerlo.
—¿Todo?
—¿Vas a irte por una fotografía?
—Voy a irme porque cenaste con Sabrina y no me lo dijiste.
—No cené con ella.
—Hay una mesa, platos y una salida conjunta de un restaurante.
—Estuvo allí quince minutos.
—Eso sigue siendo estar allí.
Damián pasó una mano por el cabello.
—Me pidió que nos reuniéramos.
—Y tú aceptaste.
—Porque amenazó con enviar información a Mercier.
—¿Qué información?
—Nada real. Rumores sobre el compromiso, fechas, fotografías antiguas. Lo suficiente para retrasar la operación.
—Podías habérmelo contado.
—Sí.
—Pero no lo hiciste.
—No.
La respuesta me enfureció más porque no intentó disfrazarla.
—¿Por qué?
Damián guardó silencio.
—No me digas que era para protegerme.
—No iba a decir eso.
—Entonces dime la verdad.
—Pensé que no era importante.
Me reí. No porque tuviera gracia.
—Te reúnes a escondidas con tu ex, el mismo día que yo decido acostarme contigo, y no te parece importante.
—No fue a escondidas.
—No me lo dijiste.
—Eso no convierte la reunión en secreta.
—No vuelvas a responder con precisión.
Mi voz salió más alta. Damián se quedó quieto.
—Tienes razón.
—Deja de decir eso cuando ya es tarde.
—No sabía que aparecería una fotografía.
—Ese no es el problema.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. El problema es que anoche me miraste a la cara, hablaste con mi padre, me llevaste a tu habitación y en ningún momento pensaste que quizá debía saber que habías estado con Sabrina unas horas antes.
—No ocurrió nada.
—No estoy hablando de sexo.
—Entonces, ¿de qué?
—De confianza.
La palabra quedó entre nosotros. Damián apartó la mirada. Solo un segundo. Suficiente.
—No confías en mí —dijo.
—Después de esto, no sé.
—Aitana.
—No.
Me acerqué a la maleta.
—No voy a viajar contigo.
—El viaje forma parte del acuerdo.
—Termínalo.
Damián no reaccionó.
—¿Qué?
—El acuerdo. Termínalo.
—No.
—Puedo hacerlo si incumples.
—No he incumplido ninguna cláusula.
—Entonces aplicarás la penalización y volveremos a ser dos desconocidos con abogados.
La expresión de Damián cambió.
—No voy a hacer eso.
—No puedes obligarme a quedarme.
—No estoy intentando obligarte.
—Lo parece.
Damián se acercó, pero se detuvo antes de tocarme.
—No quiero que te vayas enfadada por algo que no significa nada.
Cerré los ojos.
—Acabas de usar mi frase.
—No de esa forma.
—Siempre hay una forma distinta cuando la dices tú.
—Aitana, mírame.
—No.
—Por favor.
Aquella palabra me hizo abrir los ojos. Damián Blake no pedía por favor. No a mí. No a nadie.
—Sabrina quería volver —dijo—. No sentimentalmente. Quería recuperar la atención, las invitaciones y el acceso a ciertos círculos. Le dejé claro que no ocurriría.
—¿Y por qué en un restaurante?
—Porque insistió en un lugar público.
—Podías llevar a Javier.
—Estaba fuera.
—Podías decírmelo antes.
—Sí.
—Podías contármelo anoche.
—Sí.
—Podías decirlo esta mañana en la nota.
—Sí.
Cada respuesta le costaba más.
—Entonces no entiendo por qué no lo hiciste.
Damián bajó la voz.
—Porque sabía que te molestaría.
—Magnífica estrategia.
—Y porque no quería que Sabrina entrara en nuestra habitación.
La frase me dejó quieta.
—No estaba en la habitación.
—Habría estado en tu cabeza.
—Ahora está peor.
—Lo sé.
—No, Damián. Ahora parece que elegiste qué verdad podía soportar.
—No pensé eso.
—Actuaste como si lo pensaras.
Damián miró la maleta otra vez.
—No puedo cambiar lo que hice.
—Por fin algo que no puedes controlar.
—Pero puedo decirte todo ahora.
—Ahora ya lo he leído en internet.
—No había nada más.
—¿Qué te dijo?
Damián respiró hondo.
—Que el acuerdo era obvio. Que Moreau terminaría descubriéndolo. Que podía convencer a Mercier de retrasar la firma si yo no desmentía públicamente el compromiso.
—¿Y qué respondiste?
—Que hiciera lo que quisiera.
—Eso no parece muy inteligente.
—No estaba de humor.
—¿Y después?
—Dijo que tú acabarías marchándote cuando supieras cómo soy.
La frase me golpeó de una forma que no esperaba.
—¿Y qué contestaste?
Damián sostuvo mi mirada.
—Que tú ya sabes cómo soy.
—No del todo.
—Cada día más.
—Y cada día aparece algo nuevo.
—No voy a decir que soy fácil.
—No lo eres.
—Tampoco voy a prometer que nunca volveré a equivocarme.
—Eso sería nuevo para ti.
—Puedo prometerte que no volveré a ocultarte algo porque crea que no importa.
—Eso ya lo has prometido con otras palabras.
—Entonces esta vez no voy a pedirte que me creas.
Señaló la maleta.
—Quédate hasta después de Niza. Si sigo haciendo lo mismo, te vas. Sin penalización. Sin abogados. Sin nada.
—No quiero quedarme para ponerte a prueba.
—Entonces quédate porque anoche querías hacerlo.
La frase me dolió.
—No uses anoche.
—No lo uso contra ti.
—Parece que sí.
Damián se acercó otro paso.
—Anoche fue real.
—También lo fue la fotografía.
—No.
—La fotografía existe.
—La interpretación no.
—Eso no puedes decidirlo tú.
—Entonces pregúntame lo que necesites.
—Ya lo he hecho.
—No todo.
Lo miré. No sabía qué más quería preguntar. O quizá sí.
—¿Te acostaste con ella mientras estabais juntos?
La respuesta llegó inmediata.
—Sí.
No esperaba que la sinceridad doliera.
—¿Muchas veces?
—Durante los dos meses que duró la relación.
—¿La trajiste aquí?
—Sí.
Miré hacia la cama. Damián siguió mi mirada.
—No dormía en esta habitación.
—¿Dónde?
—En otra.
—Tienes doce.
—Sí.
—Qué práctico.
—Aitana.
—No pasa nada.
—Sí pasa.
—No tienes que disculparte por haber tenido vida antes de conocerme.
—No lo hago.
—Entonces no pongas esa cara.
—Me molesta que estés imaginándola aquí.
—Tú la trajiste.
—Y no significó nada.
—Otra vez.
—Esta vez es verdad.
Me crucé de brazos.
—¿Qué significó lo nuestro?
Damián no respondió de inmediato. Ese silencio fue peor que cualquier frase.
—No sé ponerle un nombre todavía —dijo al fin—. Pero no se parece a nada de lo anterior.
—Eso dicen todos los hombres cuando intentan evitar que una mujer cierre una maleta.
—Yo no intento evitarlo.
—La miras cada diez segundos.
—Porque no quiero que te vayas.
—No es lo mismo.
—Para mí sí.
El teléfono volvió a vibrar. Una notificación. Otro artículo. Otra fotografía. No la abrí. Damián extendió la mano.
—Dámelo.
—¿Para qué?
—Para detener esto.
—No puedes detener internet.
—Puedo detener a quien está filtrando información.
—¿Quién es?
—No lo sé todavía.
—Pensaba que sabías todo.
—No hoy.
La respuesta sonó cansada. Mucho más de lo que estaba acostumbrada a escucharle.
—El vuelo sale en dos horas —dijo—. Puedes ir al hotel ahora y decidir allí. No enviaré el coche si no quieres.
—¿Y tú?
—Iré a Niza.
—¿Solo?
—Sí.
—Moreau preguntará.
—Le diré que has tenido un problema familiar.
—Eso sería otra mentira.
—¿Prefieres que le cuente la verdad?
—No.
—Entonces será esa.
Damián se dirigió hacia la puerta. No intentó besarme. No volvió a pedirme que me quedara. Solo abrió.
—Javier enviará por correo la modificación del contrato. Puedes marcharte cuando quieras sin penalización.
La facilidad con que lo dijo me dejó sin aire.
—¿Eso es todo?
Damián se giró.
—Me has pedido que no te obligue.
—No he dicho que quisiera que te rindieras.
—No me estoy rindiendo.
—Lo parece.
—Estoy intentando no convertirte en otro objetivo.
La frase me devolvió la nuestra conversación en el despacho. Mira lo que hago.
Damián salió. La puerta quedó abierta. Me quedé junto a la maleta, escuchando sus pasos alejarse por el pasillo.
El teléfono sonó otra vez. Lucía. Contesté.
—¿Has visto la foto? —preguntó.
—Sí.
—¿Qué ha dicho?
—Que no pasó nada.
—¿Le crees?
Miré la habitación. La cama sin hacer. Su camisa sobre la butaca. Mi vestido en la maleta.
—Sí.
—Entonces, ¿qué problema hay?
—Que no me lo contó.
Lucía guardó silencio.
—Eso sí es muy suyo —dijo al fin.
—¿Qué cosa?
—Decidir qué datos son importantes y cuáles no.
—Exactamente.
—¿Vas a dejarlo?
La pregunta me molestó.
—No estamos juntos.
—Aitana.
—No sé.
—¿Y el viaje?
Miré la hora.
—No voy a ir.
—¿Segura?
—Sí.
—Mientes fatal.
—Hoy no.
—Vale.
Lucía no intentó convencerme. Eso hizo que dudara más.
—¿Cómo está el hotel? —pregunté.
—Bien.
—¿Las obras?
—También.
—¿Y mi padre?
—Ha llamado.
—¿A ti?
—Quería saber si estabas bien.
—Perfecto. Ahora todo el mundo te llama a ti.
—Soy más fácil de localizar.
—Eso no es difícil.
Lucía bajó la voz.
—Vuelve.
—Eso voy a hacer.
—Pero no para esconderte.
—No me escondo.
—Claro.
Colgué. Cerré la maleta. La llevé hasta la puerta. Mercedes esperaba al final del pasillo.
—El coche está preparado.
—Gracias.
—¿Va al aeropuerto?
—Al hotel.
Mercedes asintió. No dijo nada más. Bajé. Damián no estaba en el vestíbulo. Tampoco en el despacho. El coche me llevó hasta el Hotel Salvatierra.
Lucía salió a recibirme. No miró la maleta. Solo me abrazó.
—No preguntes —dije.
—No iba a hacerlo.
—Mientes fatal.
—Eso se me ha pegado.
Entramos. La recepción estaba llena de obreros, huéspedes y cajas de material. Mi mundo. Lo que había protegido durante dos años. Debería haber sentido alivio.
En lugar de eso, miré hacia la puerta esperando que Damián apareciera detrás de mí.
No lo hizo.
A las diez y media, llegó por correo la modificación del contrato. Una sola página. Sin penalización. Sin obligación de convivencia. Sin viaje.
Podía terminar el acuerdo en cualquier momento. Solo necesitaba firmar.
Abrí el documento. Lo leí tres veces. No firmé.
A las once, el vuelo de Damián despegó hacia Niza. A las once y cinco, recibí un mensaje.
No volveré a decidir por ti.
Nada más. Miré la pantalla durante demasiado tiempo.
Después abrí la página de la aerolínea.
El siguiente vuelo salía a las cuatro. Quedaban dos asientos. No reservé ninguno. Todavía.