Capítulo 20
La habitación de Damián era distinta al resto de la casa. No más cálida. No más acogedora. Pero sí más suya.
Había una chaqueta sobre una butaca, un libro abierto en la mesilla y un reloj junto a la cama. La lámpara estaba encendida y las cortinas abiertas dejaban entrar las luces del jardín.
No tuve tiempo de mirar mucho más. Damián me dejó junto a la cama, pero no me soltó.
Sus manos permanecieron en mi cintura mientras me observaba con una intensidad que habría resultado arrogante en cualquier otro momento.
Aquella noche no.
—Todavía puedes cambiar de opinión —dijo.
—También tú.
—No voy a hacerlo.
—Qué sorpresa.
No sonrió.
—Aitana.
—Estoy segura.
—Necesito oírlo.
—Sí.
Su boca encontró la mía. No hubo prisa al principio. Solo esa forma suya de besar que parecía controlada hasta que dejaba de serlo. Mis dedos subieron por su camisa. Encontré los botones y abrí el primero. Después el segundo. Damián se apartó apenas.
—¿Qué haces?
—Pensaba que estaba claro.
—Quiero asegurarme.
—Si vuelves a preguntarlo todo, vamos a amanecer aquí vestidos.
Una sonrisa breve apareció en su boca.
—Eso no ocurrirá.
—Ahí está otra vez esa seguridad.
—Esta vez está justificada.
Abrí otro botón. Damián soltó el aire. Su mano recorrió mi espalda y se detuvo en la cremallera del vestido. Esperó. Lo miré por encima del hombro.
—Sí.
La bajó despacio. Demasiado. La tela cedió sobre mis hombros y cayó hasta mi cintura. Damián se quedó mirándome.
Sin fingir. Sin intentar disimular.
—No digas nada —murmuré.
—No pensaba hacerlo.
—Lo estás pensando.
—Pienso muchas cosas.
—La frase sigue jubilada.
—Esta noche vuelve a trabajar.
Me besó el hombro. Después el cuello. El vestido terminó en el suelo. Yo le quité la camisa. La dejé caer sobre la butaca.
—Eso cuesta más que mi ascensor —dije.
—El ascensor no funciona.
—Funciona cuando quiere.
—Entonces cuesta demasiado.
Quise responder, pero Damián volvió a besarme. Sus manos bajaron por mi cintura y me acercaron hasta que no quedó espacio entre los dos.
Sentí la dureza de su cuerpo contra el mío. Mi respiración cambió. La suya también.
—Mucho autocontrol —murmuré.
—Cada vez menos.
—Ya era hora.
Damián me tomó por la cintura y me hizo retroceder hasta la cama. Me senté. Él permaneció de pie frente a mí.
Por primera vez desde que lo conocía, no parecía tener una respuesta preparada. Solo deseo. Algo más oscuro. Más directo.
—Ven —dije.
Damián bajó la cabeza. El beso siguiente no tuvo nada de prudente.
Me hizo tumbarme y se colocó sobre mí sin cargar todo su peso. Una de sus manos quedó junto a mi cabeza. La otra recorrió mi costado, lenta, firme, como si quisiera memorizarlo. Yo le rodeé la cintura con las piernas. Damián se detuvo.
—No hagas eso si quieres que siga pensando.
—No quiero que sigas pensando.
—Eso ya lo habías dicho.
—Y sigues sin obedecer.
Su boca rozó la mía.
—No soy muy bueno obedeciendo.
—Eso también lo había notado.
Le mordí el labio. Damián soltó un sonido bajo y me sujetó con más fuerza. El control terminó allí.
Me besó el cuello, el pecho, el vientre. Sin prisa al principio. Después con menos. Mis manos encontraron su cabello. Tiré de él cuando su boca descendió. Damián levantó la mirada.
—¿Está bien?
—Como vuelvas a parar para preguntarlo, te tiro de la cama.
—Eso quiero verlo.
—Sigue y lo evitamos.
La sonrisa que apareció en su boca fue breve. Después desapareció entre mis piernas. Tuve que cerrar los ojos. No porque quisiera. Porque mirar resultaba demasiado.
Damián no hacía nada a medias. Ni negociar. Ni discutir. Ni aquello. Mis dedos se cerraron sobre las sábanas.
—Damián.
Él no respondió. No hacía falta. El placer llegó rápido, fuerte y sin ninguna clase de elegancia. Me arqueé contra su boca mientras intentaba recordar cómo respirar.
Damián siguió hasta que tuve que apartarlo con una mano.
—Basta.
Se incorporó.
—¿Basta de verdad?
—Por ahora.
—Eso suena mejor.
Me reí, todavía sin aire.
—Eres insoportable incluso desnudo.
—Todavía no estoy desnudo.
Miré hacia abajo. Tenía razón.
—Soluciónalo.
Damián se levantó. Se quitó el resto de la ropa sin apartar la mirada de mí. La imagen borró cualquier pensamiento sensato.
—No digas nada —advirtió.
—No pensaba hacerlo.
—Lo estás pensando.
—Pienso muchas cosas.
—Ahora la frase es tuya otra vez.
Volvió a la cama. Esta vez fui yo quien se incorporó. Lo besé. Mis manos recorrieron su pecho, su abdomen y bajaron. Damián cerró los ojos un segundo cuando lo toqué. Aquello me gustó demasiado.
—Menos control —dije.
—No abuses.
—Apenas estoy empezando.
Lo acaricié despacio. Damián apoyó la frente contra la mía. Su respiración perdió el ritmo.
—Aitana.
—¿Qué?
—Así no voy a durar.
—Qué tragedia.
Me hizo retroceder sobre la cama.
—No te rías.
—Es difícil cuando te pones serio para todo.
Damián abrió el cajón de la mesilla. Sacó un preservativo.
—Al menos una cosa estaba organizada —dije.
—No sabía que vendrías.
—Claro.
—No lo sabía.
—Pero estabas preparado.
—Siempre.
—Eso sí te lo creo.
Se lo puso. Después volvió sobre mí. Esta vez no preguntó con palabras. Esperó. Lo miré. Abrí las piernas.
—Sí.
Entró despacio. No por falta de deseo. Por control. Otra vez. El primer movimiento me dejó sin aire. Damián se quedó quieto.
—¿Bien?
Asentí.
—Sí.
Volvió a moverse. Lento al principio. Profundo. Demasiado consciente de cada reacción. Yo le rodeé la espalda con los brazos y lo acerqué más.
—No seas delicado ahora.
Damián levantó la cabeza.
—¿Segura?
—Sí.
Eso fue suficiente. El ritmo cambió. La cama golpeó una vez contra la pared. Después otra. Me reí.
—La casa perfecta hace ruido.
—No te distraigas.
—Intento darte información útil.
Damián me besó para callarme. Funcionó. Durante un rato.
Mis piernas se cerraron alrededor de su cintura. Sus manos me sujetaron con fuerza. Ya no había lentitud ni distancia ni ninguna intención de fingir que aquello podía seguir siendo sencillo.
El placer volvió a crecer. Más fuerte. Más rápido. Damián hundió el rostro en mi cuello.
—Mírame.
Lo hice. Ese fue el error. No fue su cuerpo. Ni el ritmo. Ni la forma en que me tocaba. Fue su mirada. No había cálculo. No había contrato. Solo algo demasiado real.
El orgasmo me alcanzó antes de que pudiera apartar los ojos. Damián siguió unos segundos más. Después se tensó sobre mí y soltó mi nombre contra mi boca.
No una vez. Dos. Se quedó quieto. Yo también. Durante varios segundos solo se oyó nuestra respiración. Después Damián apoyó la frente contra la mía.
—Esto complica las cosas.
Me reí sin fuerzas.
—No puedes usar mi frase después de hacer todo eso.
—La estabas usando demasiado.
—Ladrón.
Damián me besó. Esta vez fue distinto. Breve. Casi tierno. Peor que todo lo anterior.
Se apartó, se ocupó del preservativo y volvió a la cama. Yo ya había tirado de la sábana. Damián se metió a mi lado. No esperaba que lo hiciera. Tampoco esperaba que me atrajera hacia él.
Apoyé la cabeza en su pecho. Su corazón seguía latiendo rápido.
—No sabía que los hombres como tú hacían esto —dije.
—¿Qué hombres?
—Los que tienen doce habitaciones y abogados para respirar.
—Respiran solos.
—No estoy convencida.
Damián acarició mi espalda.
—¿Te arrepientes?
—No.
—Respuesta rápida.
—No me hagas analizarlo ahora.
—No pensaba hacerlo.
—Mientes mal.
—Eso también es tuyo.
Nos quedamos en silencio. La habitación había cambiado. O quizá era yo.
—Mañana Niza —murmuró.
—Sí.
—Pediré otra habitación.
Levanté la cabeza.
—¿Por qué?
—Para que no sientas que esto te obliga a nada.
—No me obliga.
—Lo sé.
—Entonces no la pidas.
Damián me miró.
—¿Segura?
—No empieces.
—Necesito saberlo.
—Sí. Estoy segura.
Su mano se detuvo en mi espalda.
—Dormiremos juntos.
—Parece que ya estamos haciéndolo.
—No estás durmiendo.
—Porque hablas demasiado.
Damián sonrió. Apagué la lámpara. La habitación quedó iluminada por la luz del jardín. Cerré los ojos. Durante unos minutos pensé que no conseguiría dormir.
Había demasiadas cosas que analizar. El contrato. Niza. Mi padre. El hotel. Lo que acababa de ocurrir.
Después Damián me besó el cabello y ajustó el brazo alrededor de mi cintura.
—Descansa.
—No me des órdenes.
—Buenas noches, Aitana.
—Buenas noches.
Me dormí antes que él. Lo supe porque, cuando cerré los ojos, su mano seguía moviéndose despacio sobre mi espalda.
A la mañana siguiente, desperté sola. El lado de Damián estaba frío. Sobre la almohada había una nota. Reunión urgente. Vuelvo antes del vuelo. Nada más. Miré la hora.
Las siete y veinte. El teléfono vibró sobre la mesilla. Un mensaje de Lucía. Entra en internet. Ahora. Sentí que el estómago se me cerraba.
Abrí el enlace. La fotografía ocupaba toda la pantalla. Damián saliendo de un restaurante la noche anterior. Sabrina a su lado.
La hora aparecía en la esquina inferior. Once y cuarenta y ocho. Mucho antes de que hubiera venido a buscarme al hotel. El titular era peor.
DAMIÁN BLAKE Y SAbrINA COLE: UNA REUNIÓN SECRETA HORAS ANTES DE SU NOCHE CON AITANA SALVATIERRA
Leí la primera línea. Después la segunda. Damián había cenado con Sabrina antes de volver a casa. No me lo había contado.
Miré la cama. La camisa en el suelo. El vestido junto a la butaca. Todo lo que había ocurrido unas horas antes. El teléfono volvió a vibrar. Esta vez era Damián. No contesté. Volvió a llamar.
Lo dejé sonar.
Me levanté, recogí mi ropa y empecé a vestirme.
A las siete y treinta, ya había decidido una cosa.
No iba a subir a ningún avión con él hasta saber exactamente qué había pasado.
Y esta vez no pensaba aceptar una respuesta precisa.
Quería la verdad completa.