Capítulo 19
El artículo salió el domingo a las ocho de la mañana.
A las ocho y cinco, Lucía me envió el enlace. A las ocho y siete, mi padre llamó.
A las ocho y diez, yo seguía mirando la fotografía de portada sin decidir cuál de las dos cosas quería evitar primero.
Damián y yo aparecíamos sentados en el sofá de la recepción, girados el uno hacia el otro. Él tenía un brazo apoyado detrás de mí y una expresión que no parecía ensayada. Yo sonreía como si hubiera olvidado que había una cámara delante.
El titular era peor.
EL HOMbrE QUE PODÍA COMPRARLO TODO ENCONTRÓ A LA ÚNICA MUJER QUE NO TENÍA PRECIO
—Helena va a morir —murmuré.
Damián apareció en la puerta de la cocina con una taza de café.
—Buenos días.
Le enseñé el teléfono.
—¿Has visto esto?
—Sí.
—¿Y sigues vivo?
—No veo el problema.
—Parecemos enamorados.
Damián bebió café.
—Ese era el objetivo.
—El objetivo era parecer una pareja creíble, no protagonizar una campaña de perfume.
Se acercó y tomó el teléfono de mi mano. Leyó parte del artículo sin ninguna prisa, mientras yo intentaba no fijarme en que llevaba pantalones deportivos y una camiseta oscura. Era la primera vez que lo veía vestido de una forma que no parecía destinada a cerrar una operación millonaria.
—La entrevista está bien —dijo.
—Dice que me conquistaste porque no aceptabas un no.
—Eso lo dijiste tú.
—No exactamente.
Damián deslizó el dedo por la pantalla.
—También dice que eres la única persona capaz de hacerme llegar tarde.
—Eso es mentira.
—Ayer llegué doce minutos tarde a una videollamada.
—Porque estabas discutiendo conmigo sobre las lámparas.
—Exactamente.
Le quité el teléfono.
—Mi padre ha llamado tres veces.
—Contéstale.
—No.
—¿Por qué?
—Porque quiere conocerte.
Damián dejó la taza sobre la encimera.
—Bien.
Lo miré.
—¿Bien?
—Sí.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Quiere conocerme. Lo conoceré.
—Mi padre es capaz de preguntarte cuánto dinero tienes antes de darte la mano.
—Puede consultar los informes públicos.
—También puede preguntarte cuántas mujeres han dormido en esta casa.
Damián arqueó una ceja.
—Eso no es información pública.
—Todavía.
El teléfono volvió a vibrar. Mi padre. Lo puse boca abajo. Damián lo giró otra vez.
—Contesta.
—No me des órdenes.
—Entonces considéralo una sugerencia especialmente razonable.
—No sabes cómo es.
—Tú tampoco sabes cómo seré yo con él.
Aquello no me tranquilizó.
—Precisamente.
Damián tomó el teléfono y me lo tendió.
—Aitana.
Suspiré y contesté.
—Hola, papá.
—Por fin. Llevo una hora llamándote.
—Llevas diecisiete minutos.
—Parecen más cuando tu hija aparece en una revista diciendo que se va a casar con un hombre que tiene doce hoteles.
Damián levantó un dedo.
—Más —murmuró.
Lo fulminé con la mirada.
—No me voy a casar mañana.
—Eso no responde.
—Estamos prometidos.
Las palabras salieron con más facilidad de la que deberían. Damián me observó.
—Quiero conocerlo —dijo mi padre.
—Ya lo sé.
—Hoy.
—No.
—Estoy en Madrid.
Me quedé quieta.
—¿Qué?
—Llegué anoche.
—¿Por qué no avisaste?
—Porque entonces habrías encontrado una excusa.
—Tengo una excusa. Mañana nos vamos a Niza.
—Entonces hoy es perfecto.
Cerré los ojos.
—Papá.
—A las dos. Comeremos juntos.
—No puedes organizar mi día desde Sevilla.
—Ahora estoy en Madrid.
—Eso no mejora nada.
—Dime dónde vive.
Miré a Damián. Él esperaba con una calma irritante.
—No vas a venir aquí.
—Entonces reservamos un restaurante.
—Tampoco.
Damián extendió la mano.
—Dame el teléfono.
Negué con la cabeza.
—¿Está contigo? —preguntó mi padre.
—Sí.
—Que se ponga.
—No.
Damián me quitó el teléfono antes de que pudiera evitarlo.
—Buenos días, señor Salvatierra.
Lo miré con ganas de estrangularlo. Mi padre guardó silencio durante dos segundos.
—Así que usted es Blake.
—Damián.
—Todavía no.
Damián sonrió.
—Como prefiera.
Me apoyé en la encimera, resignada.
—Mi hija dice que mañana se van de viaje.
—Así es.
—Entonces comeremos hoy.
—A las dos está bien.
Me enderecé. Damián levantó una mano para que no interrumpiera.
—Le enviaré un coche.
—Tengo taxi.
—Entonces le mandaré la dirección.
Otra pausa.
—No intente impresionarme.
—No suelo intentarlo.
—Eso ya me lo imagino.
La llamada terminó. Damián dejó el teléfono sobre la mesa.
—Vendrá a comer.
—He oído esa parte.
—Mercedes preparará algo.
—Mi padre no va a comer aquí.
—Ya lo hemos acordado.
—Tú lo has acordado.
—Él también.
—Los dos sois insoportables.
—Eso puede ayudarnos a entendernos.
Subí a vestirme antes de decir algo que terminara el compromiso antes del almuerzo.
A la una y media, Mercedes había preparado la mesa de la terraza. Había elegido un menú sencillo, aunque en aquella casa “sencillo” incluía tres platos, vino y flores recién cortadas.
—No pongas las copas buenas —le dije.
—Son las que usamos siempre.
—Eso es deprimente.
Damián salió al jardín hablando por teléfono. Llevaba pantalón oscuro y una camisa blanca, pero no chaqueta ni corbata.
—Podrías vestirte peor —dije cuando colgó.
—¿Para tranquilizarlo?
—Para que no parezca que vas a comprarle una empresa.
—Tu padre no tiene ninguna.
—Eso no te impediría intentarlo.
Damián se acercó y me rozó la cintura con una mano.
—Estás nerviosa.
—No.
—Mientes mal.
—No empieces con él delante.
—Todavía no ha llegado.
—Estoy practicando.
El timbre sonó. Me aparté.
—Recuerda que no sabe nada del contrato.
—Lo sé.
—Ni de Moreau.
—Lo sé.
—Ni de la deuda.
Damián me miró.
—Aitana.
—¿Qué?
—No voy a decir nada que pueda perjudicarte.
La forma en que lo dijo me hizo sentir culpable por haber dudado.
Solo un poco. Fui a abrir. Mi padre estaba en el vestíbulo con una chaqueta azul, una pequeña maleta y la misma expresión desconfiada que había usado toda mi adolescencia cada vez que un chico se acercaba a casa.
Me abrazó. Después miró alrededor.
—Doce habitaciones, dijiste.
—No empieces.
—Solo estoy contando puertas.
Damián apareció detrás de mí. Mi padre lo examinó con una lentitud deliberada. Damián extendió la mano.
—Bienvenido.
Mi padre la estrechó.
—Aún no he decidido si darle las gracias.
—Tiene todo el almuerzo.
—Eso pensaba.
Los conduje a la terraza antes de que empezaran a medir fuerzas en el vestíbulo.
Durante los primeros diez minutos, hablaron de Madrid, del viaje desde Sevilla y del artículo. Mi padre respondió con frases cortas. Damián mantuvo una educación impecable que solo conseguía que pareciera más peligroso.
Mercedes sirvió el primer plato y desapareció con una velocidad sospechosa.
—¿Cuándo conoció a mi hija? —preguntó mi padre.
—Hace poco más de dos semanas.
Mi padre dejó el tenedor.
—Eso no estaba en la revista.
—Las revistas resumen —dije.
—Dos semanas.
—Sí.
—Y ya están prometidos.
—Sí.
—¿A usted le parece normal?
Damián me miró antes de responder.
—No.
La sinceridad pareció desconcertar a mi padre.
—Entonces estamos de acuerdo en algo.
—Parece que sí.
—¿Por qué tanta prisa?
Damián tomó la copa.
—Porque no me gusta perder el tiempo.
—Mi hija no es una operación.
Sentí que se me tensaban los hombros. Damián dejó la copa.
—Lo sé.
—¿Está seguro?
—Sí.
—Porque tiene fama de convertir todo en negocio.
—La fama suele simplificar mucho a las personas.
Mi padre soltó una risa sin humor.
—Eso suena bien.
—También es verdad.
—¿Y qué quiere de ella?
—Papá.
—No te he preguntado a ti.
—Pues deberías. Soy la persona de la que habláis.
Damián apoyó una mano sobre la mesa, cerca de la mía. No me tocó.
—Quiero que se quede —dijo.
El silencio cayó sobre los tres. Mi padre lo observó.
—¿Dónde?
—En mi vida.
Lo miré. No había esperado aquella respuesta. Mucho menos delante de mi padre.
—Eso también suena bien —dijo él—. Pero sigue sin decirme qué le ofrece.
Damián no apartó la mirada.
—Nada que ella no quiera aceptar.
—Tiene dinero, poder y gente que hace lo que usted ordena.
—Aitana no hace nada de eso.
—Ya lo sé.
Por primera vez, mi padre pareció a punto de sonreír.
—Entonces entiende el problema.
—Lo estoy aprendiendo.
Mercedes sirvió el segundo plato. Esta vez tardó más de lo necesario en colocar las fuentes.
Yo sabía que estaba escuchando. Seguramente media casa también.
—¿Va a vender el hotel? —preguntó mi padre.
—No —respondimos Damián y yo al mismo tiempo.
Él nos miró.
—Pensaba que eso era lo que quería.
—Ya no —dijo Damián.
—¿Por qué?
—Porque ella no quiere venderlo.
—Eso no suele detener a hombres como usted.
Damián apretó la mandíbula.
—A mí sí.
La respuesta me tocó más de lo que estaba dispuesta a admitir. Mi padre tomó un poco de vino.
—El hotel la está arruinando.
—Ya no —dije.
Su mirada se clavó en mí.
—¿Qué significa eso?
Mala pregunta. Damián permaneció en silencio. Me dejó responder.
—Hemos conseguido financiación para las reparaciones.
—¿Quién es hemos?
—El banco, el equipo de Damián y yo.
—¿Él está pagando?
—No.
No era completamente cierto. Tampoco podía explicar el contrato. Mi padre me observó durante demasiado tiempo.
—No me gusta que dependas de nadie.
—No dependo de él.
—Vives en su casa.
—Temporalmente.
—Llevas su anillo.
Bajé la mirada. El diamante brillaba bajo el sol.
—Porque estamos prometidos.
Las palabras volvieron a salir con demasiada naturalidad. Mi padre negó con la cabeza.
—Tu madre habría tenido algo que decir.
La frase me endureció.
—No la metas en esto.
—Solo digo que ella...
—No sabes lo que habría dicho. Te fuiste.
El silencio fue inmediato. Mi padre dejó la copa.
—Aitana.
—No. No puedes aparecer ahora y decidir qué habría querido mamá después de no estar cuando ella enfermó.
—No sabía lo grave que era.
—Porque no llamabas.
Me levanté. La silla rozó el suelo.
—Necesito aire.
Entré en la casa antes de que pudiera responder. Atravesé el salón y subí a mi habitación. Cerré la puerta, pero no puse la llave.
No lloraba. Estaba demasiado enfadada. Con mi padre. Conmigo.
Con la facilidad con que una sola frase había conseguido devolverme a los últimos meses de vida de mi madre. Llamaron.
—No quiero hablar.
—Soy yo —dijo Damián.
—Eso no mejora nada.
—Tu padre se ha marchado.
Abrí la puerta. Damián estaba solo en el pasillo.
—¿Qué le has dicho?
—Nada.
—No te creo.
—Le he pedido un coche.
—¿Y él?
—Ha dicho que sabe utilizar un taxi.
A pesar de todo, casi sonreí. Me aparté y Damián entró. No cerró la puerta detrás de él.
—No tenías que terminar la comida —dije.
—No tenía hambre.
—Eso es mentira.
—Sí.
Me senté en el borde de la cama. Damián permaneció de pie durante unos segundos antes de sentarse en el sillón frente a mí. No demasiado cerca.
—No sabía que no estuvo cuando murió tu madre —dijo.
—No estuvo casi nunca.
—Lo siento.
—No hace falta.
—No he dicho que haga falta.
Miré mis manos.
—Se fue cuando conoció a otra mujer. Durante años llamó cuando le convenía, apareció en cumpleaños con regalos caros y creyó que eso compensaba todo. Cuando mamá enfermó, yo se lo dije. Dijo que vendría. No vino hasta el funeral.
Damián no interrumpió.
—Después empezó a decirme que vendiera el hotel, que no tenía sentido arruinarme por un edificio y que mamá habría querido otra cosa. Como si él supiera lo que quería.
—No lo sabía.
—No.
—Pero quizá sí sabe que estás cansada.
Lo miré.
—No lo defiendas.
—No lo hago.
—Lo parece.
—Estoy diciendo que puede haberte fallado y aun así preocuparse por ti.
—Eso no borra nada.
—No.
Su respuesta fue inmediata. Sin intentar arreglarlo. Sin darme una solución. Eso ayudó más que cualquier frase bonita.
—Has estado bien con él —dije.
—No me ha gustado.
—A él tampoco tú.
—Eso facilita las cosas.
—¿Qué cosas?
Damián se inclinó hacia delante.
—No tener que fingir simpatía.
Sonreí.
—Pensaba que eras experto fingiendo.
—En negocios.
—¿Esto qué es?
Su mirada se quedó en la mía.
—Todavía estoy averiguándolo.
El silencio dejó de pesar. Damián levantó una mano. Esperó. Yo me acerqué antes de que preguntara.
Apoyé la frente en su hombro. Él me rodeó despacio, con una mano en mi espalda y la otra en mi cabello.
No dijo nada. No intentó besarme. Solo se quedó allí. Y durante unos minutos dejé de pensar en mi padre, en el hotel, en el contrato y en los días que faltaban.
—Lo que has dicho abajo... —murmuré.
—He dicho muchas cosas.
—Que quieres que me quede en tu vida.
Damián no aflojó el abrazo.
—Era verdad.
—No deberías decirlo delante de mi padre.
—Me lo ha preguntado.
—Podías haber mentido.
—Contigo ya miento suficiente.
Me aparté para mirarlo.
—Eso ha sonado horrible.
—Sabes a qué me refiero.
—Sí.
Damián rozó mi mejilla con el pulgar.
—¿Quieres que me vaya?
—No.
—¿Puedo besarte?
Esta vez no dudé.
—Sí.
El beso empezó suave. No duró así.
Mis manos se cerraron alrededor de su camisa y Damián me atrajo hacia él hasta que terminé sentada sobre sus piernas. Su boca recorrió la mía con una lentitud que no se parecía a ninguna de las veces anteriores.
No había urgencia. Había algo peor. Intención. Damián se apartó apenas.
—Mañana nos vamos a Niza.
—Lo sé.
—Una habitación.
—También.
—Puedo pedir otra.
—Pensaba que despertaría preguntas.
—No me importan.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que creas que espero algo.
—¿Y esperas algo?
Damián sostuvo mi mirada.
—Sí.
Mi respiración cambió.
—Al menos eres sincero.
—Pero puedo esperar.
—Estás aprendiendo.
—Muy despacio.
Lo besé otra vez. Damián me sujetó por la cintura.
—Aitana.
—¿Qué?
—Si seguimos, no voy a querer parar.
—Yo tampoco.
La frase quedó entre los dos. Por primera vez, no me asustó.
—Entonces no pares —dije.
Damián cerró los ojos un segundo. Cuando volvió a mirarme, ya no había espacio para fingir que no entendía lo que acababa de decidir. Me levantó en brazos.
—Puedo caminar.
—Lo sé.
—Entonces...
—Déjame hacer esto.
Rodeé su cuello.
—Solo porque has sobrevivido a mi padre.
—Ha sido peor que Moreau.
—Mucho.
Damián caminó hacia la puerta.
—¿Tu habitación o la mía?
La pregunta debería haberme hecho dudar. No lo hizo.
—La tuya.
Su mirada se oscureció.
Salimos al pasillo.
Y mientras me llevaba hacia la habitación que había evitado desde el primer día, comprendí que ya no estaba dejando una puerta abierta por accidente.
Esta vez estaba cruzándola por decisión propia.