Capítulo 18
A la mañana siguiente, encontré a Damián en la cocina. Mercedes no estaba. Eso explicaba por qué había una cafetera encendida, dos tazas vacías y una tostada quemada sobre un plato.
Me apoyé en el marco de la puerta.
—¿Qué ha pasado aquí?
Damián levantó la vista desde el teléfono.
—Buenos días.
—Eso no responde.
—He preparado café.
—¿Y ha intentado asesinar una tostada?
Miró el plato.
—La tostadora funciona mal.
—La tostadora funciona perfectamente. Usted no.
—Es posible.
Entré. Llevaba la camisa abierta en el cuello y el cabello ligeramente desordenado. No parecía recién levantado. Parecía alguien que había trabajado desde antes del amanecer y había perdido una batalla contra un electrodoméstico.
—¿Dónde está Mercedes?
—Ha ido al mercado.
—¿Y el resto del personal?
—Todavía no ha llegado.
—Entonces estamos solos.
Damián dejó el teléfono sobre la encimera.
—Eso parece.
El silencio cambió inmediatamente. No debería haberlo hecho. La noche anterior no había terminado en nada que no pudiéramos controlar. Habíamos parado. Habíamos hablado. Yo había subido a mi habitación.
Y aun así, allí estábamos, mirándonos como si el desayuno fuera una situación peligrosa. Me acerqué a la cafetera.
—¿Este café también ha sufrido?
—Está bien.
Serví un poco. Lo probé.
—Está fuerte.
—Necesario.
—Para usted todo lo que resulta desagradable es necesario.
—No todo.
Sus ojos bajaron a mi boca. Dejé la taza sobre la encimera.
—No empiece.
—No he hecho nada.
—Lo estaba pensando.
—Pienso muchas cosas.
—Habíamos jubilado esa frase.
—Ha vuelto.
Damián se acercó. No demasiado. Lo suficiente para que el espacio empezara a parecer pequeño.
—¿Ha dormido bien? —preguntó.
—Sí.
—Miente mal.
—También habíamos jubilado esa.
—No puedo perder todas mis frases el mismo día.
—Sería una mejora.
Sonrió. Aquello resultaba más peligroso que su arrogancia.
—He estado pensando en Niza —dijo.
—Qué romántico.
—Salimos pasado mañana.
—Eso ya lo sabía.
—El viaje durará cuatro días.
—También.
—Moreau ha organizado una cena en su villa y una visita a uno de los complejos.
—¿Y?
Damián bajó la voz.
—Habrá una sola habitación.
Lo miré.
—No.
—La villa está llena.
—Entonces iremos a un hotel.
—Eso despertaría preguntas.
—Que las despierte.
—Aitana.
—No pienso dormir con usted porque Laurent Moreau tenga problemas de alojamiento.
—No le he pedido que duerma conmigo.
—Hay una sola habitación.
—Y un sofá.
—Duerma usted ahí.
—Eso pensaba hacer.
La respuesta me dejó sin discusión preparada.
—Ah.
Damián se apoyó en la encimera.
—¿Qué esperaba que dijera?
—Nada.
—Eso nunca es verdad.
—Esperaba que intentara convertirlo en otra cláusula absurda.
—No hace falta.
—Entonces estamos de acuerdo.
—Sí.
Tomé la taza.
—Bien.
—Bien.
Ninguno se movió.
—Está decepcionada —dijo.
Casi dejé caer el café.
—¿Perdón?
—Porque no he discutido.
—No sea ridículo.
—No suelo serlo.
—Constantemente.
Damián se acercó un poco más.
—Podría cambiar de opinión sobre el sofá.
—No.
—Eso ha sido rápido.
—Porque no estaba decepcionada.
—Claro.
—Deje ese tono.
—¿Cuál?
—Ese en el que cree saber algo.
—Sé que anoche dejó la puerta sin llave.
Lo miré.
—Eso no significa nada.
La expresión de Damián cambió. No enfado. Algo más serio.
—Aitana.
—Era una forma de hablar.
—No.
La palabra fue suave, pero firme. Dejó suficiente silencio después para que entendiera.
—Ya lo sé —dije.
—Entonces no siga usando esa frase.
—No me diga qué puedo decir.
—No lo hago.
—Lo parece.
Damián respiró hondo.
—No quiero discutir.
—Eso sí que es nuevo.
—Quiero saber qué significa para usted.
La pregunta me incomodó. Mucho más que un beso.
—No lo sé.
—Eso es una respuesta.
—No una buena.
—Es honesta.
Miré la taza.
—Me gustas.
Damián no reaccionó de inmediato. Aquello me puso más nerviosa.
—No pongas esa cara.
—¿Cuál?
—La de hombre que acaba de cerrar una operación.
—No estoy poniendo ninguna cara.
—Por dentro sí.
—No puedes demostrarlo.
La sonrisa apareció al fin.
—Tú también me gustas.
—Eso ya estaba bastante claro.
—Quería decirlo.
—No hacía falta.
—Para mí sí.
La cocina se quedó demasiado silenciosa. Damián levantó una mano.
—¿Puedo besarte?
Lo miré.
—Estamos solos.
—Eso no responde.
—Pensaba que el permiso era para las cámaras.
—No.
—¿Siempre va a preguntar?
—Mientras haga falta.
No sabía qué respuesta esperaba. Tampoco sabía por qué la pregunta seguía afectándome.
—Sí.
Damián se acercó. El beso fue lento. Sin urgencia. Sin nada que demostrar. Precisamente por eso me desarmó.
Apoyé una mano en su pecho. Noté su respiración cambiar.
Damián me sujetó por la cintura y me acercó, pero no intentó llevar el beso más lejos. Solo permaneció allí, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Me aparté primero.
—Esto no ayuda.
—¿A qué?
—A pensar.
—No parece que quiera pensar.
—Quiero hacerlo.
—Entonces haré café.
Lo miré.
—Eso ha sido sorprendentemente sensato.
—No se acostumbre.
—Otra vez me roba la frase.
—Ya es compartida.
La puerta de la cocina se abrió. Mercedes entró con dos bolsas. Nos miró. Después miró la tostada quemada.
—Cinco minutos sola y casi incendian la casa.
—Ha sido él —dije.
—Lo suponía.
Damián tomó una de las bolsas.
—No ha habido ningún incendio.
Mercedes observó la tostada.
—Todavía.
Empezó a guardar fruta en un cuenco.
—El coche llegará a las diez.
—¿Qué coche? —pregunté.
Damián respondió antes que ella.
—Vamos al hotel.
—Tengo mi propio coche.
—Ya lo sé.
—Entonces, ¿por qué vamos juntos?
—Quiero revisar la reforma contigo.
Lo miré.
—¿Conmigo?
—Es tu hotel.
—Eso empieza a parecerte importante.
—Siempre lo fue.
—No siempre lo demostrabas.
—Estoy intentando mejorar.
Mercedes dejó una manzana sobre la mesa.
—Eso sí que quiero verlo.
Damián la miró.
—¿No tiene trabajo?
—Mucho. Pero esto es más interesante.
Subí a vestirme. Cuando bajé, Damián estaba esperando en el vestíbulo. No llevaba traje. Pantalones oscuros, camisa blanca y una chaqueta ligera.
—¿No trabaja hoy? —pregunté.
—Sí.
—No lo parece.
—Tengo reuniones después.
—Ah.
—¿Decepcionada?
—Deje de obsesionarse con esa palabra.
—No ha respondido.
—No.
—Miente mal.
—Va a quedarse sin frases otra vez.
Salimos. Durante el trayecto, Damián revisó varios planos en una tableta.
—He pedido al equipo que prepare dos versiones —dijo.
—¿Sin consultarme?
—Basadas en tus notas.
—Ah.
—Una conserva la distribución completa. La otra modifica solo la zona de recepción y mejora la accesibilidad.
—¿Y la cocina?
—En ambas se reforma.
—Eso sí es necesario.
—Lo sé.
—No empiece.
Damián sonrió.
—También he hablado con una empresa especializada en restauración.
—¿Para qué?
—Para las molduras y el mostrador.
Lo miré.
—Eso costará más.
—Sí.
—No quiero un presupuesto inflado.
—Tendrás tres.
—¿Tres?
—Para comparar.
—Eso suena razonable.
—Intenta no parecer tan sorprendida.
—Estoy asimilándolo.
—Tómate tu tiempo.
Llegamos al hotel. Lucía estaba en recepción con el casco amarillo otra vez. Cuando nos vio entrar juntos, su sonrisa se volvió sospechosa.
—Buenos días.
—No pongas esa cara —dije.
—¿Cuál?
—La que estás poniendo.
—No hago nada.
—Mientes fatal.
Damián la miró.
—Esa frase se está extendiendo.
—Es útil —respondió Lucía.
Un arquitecto y dos técnicos nos esperaban junto al despacho. Extendieron planos sobre una mesa improvisada y empezaron a explicar las opciones.
Esta vez, Damián no habló primero. Me dejó hacerlo.
Pregunté por las instalaciones, la cocina, el ascensor y las habitaciones. Rechacé cambiar la escalera principal. Acepté ampliar el acceso al comedor. Pedí conservar las puertas originales y sustituir solo las que estuvieran dañadas.
Damián intervino pocas veces. Cuando lo hizo, fue para aclarar costes o señalar un problema técnico. Nada más.
Después de una hora, el arquitecto recogió los planos.
—Prepararemos una tercera versión con estos cambios.
—Gracias —dije.
Cuando se marcharon, miré a Damián.
—No has intentado decidir nada.
—Me pediste que no lo hiciera.
—Pensé que te costaría más.
—Me ha costado mucho.
—No se ha notado.
—Tengo práctica ocultando sufrimiento.
—Qué dramático.
—Estoy intentando adaptarme a tu estilo.
Lucía dejó una carpeta sobre el mostrador.
—Voy a revisar habitaciones.
No tenía ninguna carpeta que revisar. Solo quería dejarnos solos. La ignoré.
—El proyecto es mejor —dije.
Damián asintió.
—Sí.
—No digas sí como si fuera una victoria.
—No lo hago.
—Por dentro sí.
—Eso no puedes demostrarlo.
Me crucé de brazos.
—Esa frase también es mía.
—Ahora es compartida.
No pude evitar sonreír. Damián me miró. La sonrisa desapareció sola.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Otra vez.
Se acercó. Había obreros al otro lado del pasillo. Un huésped cruzó la recepción. No estábamos solos. Aun así, la forma en que me miraba hizo que todo lo demás perdiera volumen.
—Quiero enseñarte algo —dijo.
—¿Otro plano?
—No.
Sacó una llave del bolsillo. La dejó sobre la mesa.
—¿Qué es?
—El local de al lado.
Lo miré.
—¿Qué local?
—El edificio contiguo tiene una planta baja vacía y un patio interior.
—Ya lo sé.
—Está en venta.
—También lo sé.
—Podría conectarse con el hotel.
Sentí que la emoción aparecía antes que la prudencia.
—¿Cómo?
Damián abrió una carpeta. Dentro había fotografías y un plano sencillo.
—Ampliaríamos el comedor, crearíamos una sala para eventos pequeños y añadiríamos cuatro habitaciones.
Pasé las páginas. El patio interior podía convertirse en una terraza. La entrada secundaria mejoraría el acceso de proveedores. Las cuatro habitaciones resolverían parte de los problemas de ocupación en temporadas altas.
Era una buena idea. Demasiado buena. Cerré la carpeta.
—No puedo comprarlo.
—Lo sé.
—No voy a aceptar que lo compres tú.
—No te lo he ofrecido.
—Entonces, ¿para qué me lo enseñas?
—Porque podrías solicitar financiación cuando el hotel vuelva a generar beneficios.
—Eso llevará tiempo.
—Sí.
—Mucho.
—Probablemente.
Lo miré.
—¿Y estás dispuesto a esperar?
Damián sostuvo mi mirada.
—Estoy aprendiendo.
La respuesta me golpeó donde no debía.
—Quiero verlo —dije.
—¿El local?
—Sí.
Damián tomó la llave.
—Ahora.
—Tengo trabajo.
—Está al lado.
—Cinco minutos.
—Diez.
—Siete.
—Hecho.
Entramos por una puerta lateral que llevaba años cerrada. El local estaba vacío, lleno de polvo y con las paredes desconchadas. La luz entraba por un patio pequeño cubierto de hojas.
No era bonito. Todavía. Caminé despacio. Imaginé mesas. Flores. Desayunos en el patio. Clientes tomando café. Damián no dijo nada. Me dejó mirar.
—Podría funcionar —murmuré.
—Sí.
—No te emociones.
—Nunca.
Me giré. Damián estaba junto a la puerta, observándome. No el local. A mí.
—Deja de mirarme así.
—No puedo.
—Claro que puedes.
—No quiero.
El aire cambió otra vez.
—Estamos en un local lleno de polvo.
—Lo sé.
—Hay obreros al otro lado.
—También.
—Lucía seguramente está escuchando pegada a la pared.
—Eso parece probable.
—Entonces compórtate.
Damián caminó hacia mí.
—Estoy comportándome.
—No lo parece.
—No te he tocado.
—Todavía.
Se detuvo frente a mí.
—¿Puedo?
Lo miré.
—No.
Damián asintió. Retrocedió. Sin discutir. Sin insistir. La respuesta me sorprendió tanto que casi me molestó.
—¿Ya está?
—Has dicho que no.
—Sí.
—Entonces no.
Lo observé.
—Estás mejorando demasiado rápido.
—No parece gustarte.
—Me desconcierta.
—Tendrás que acostumbrarte.
—No quiero.
—Mientes mal.
Sonreí. Damián también. Salimos del local. Lucía estaba junto a la puerta del hotel.
—¿Siete minutos?
Miré el reloj. Habían pasado veinte.
—Había mucho que ver.
—Claro.
Damián le entregó la llave.
—Guárdala.
Lucía la tomó.
—¿Por qué yo?
—Porque Aitana la perderá entre sus facturas.
—No pierdo cosas.
—Ayer buscaste unas llaves que llevabas en el bolso —dijo Lucía.
La miré.
—Traidora.
Damián soltó una risa. Yo intenté no contagiarme. No funcionó.
Y mientras los tres regresábamos a la recepción, entendí que el problema no era que Damián empezara a formar parte del hotel.
Era que, por primera vez, no me molestaba imaginar que siguiera allí cuando todo terminara.