El precio de tentarte Capítulo 17
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Capítulo 17

El coche llegó a las ocho en punto. Yo estaba preparada desde las siete y cincuenta, aunque pasé los últimos diez minutos fingiendo que buscaba unas llaves que llevaba en el bolso.

Lucía me observaba desde recepción.

—No voy a decir nada.

—Mejor.

—Solo quiero saber si vas a dormir allí.

—Sí.

—¿En tu habitación?

La miré.

—Tengo una habitación.

—No he preguntado eso.

—Pues no preguntes.

Lucía sonrió.

—Mañana me cuentas.

—No va a pasar nada.

—Claro.

Salí antes de que pudiera seguir. Damián no estaba en el coche. Eso me sorprendió.

No tenía ningún motivo para esperar que viniera a buscarme, pero durante el trayecto miré dos veces el asiento vacío a mi lado. Cuando llegué a la casa, Mercedes abrió la puerta.

—Está en el despacho.

—Qué novedad.

—Lleva allí desde las seis.

—¿Ha cenado?

Mercedes me miró.

—¿Qué cree?

Dejé el bolso sobre una consola.

—Puedo cenar sola.

—La mesa está preparada para dos.

—Entonces uno de los platos se va a enfriar.

Mercedes sonrió.

—Eso también se lo he dicho.

Subí a mi habitación. Me cambié de ropa, abrí el ordenador y respondí algunos correos. Intenté trabajar durante media hora.

No conseguí concentrarme. A las nueve, bajé. El comedor estaba vacío. La cena seguía servida. Uno de los platos estaba cubierto. El otro también. Mercedes apareció desde la cocina.

—No ha salido.

—Podía haber empezado sin él.

—Usted tampoco ha empezado.

—No tenía hambre.

—Claro.

Miré hacia el pasillo.

—¿Está en una llamada?

—No.

—Entonces, ¿qué hace?

—Trabajar.

—Eso no es una respuesta.

—Con él, casi siempre sí.

Cogí uno de los platos.

—¿Qué hace?

Mercedes señaló el comedor.

—Siéntese.

—Voy a llevárselo.

—Eso había entendido.

—No ponga esa cara.

—¿Cuál?

—La de saber algo.

—No sé nada.

—Miente fatal.

Mercedes sonrió.

—Se le está pegando.

Caminé hasta el despacho. La puerta estaba entreabierta. Damián estaba sentado frente al escritorio, con la chaqueta colgada en una silla y la corbata suelta. Tenía varios documentos abiertos y hablaba por teléfono.

—No —dijo—. Si Mercier quiere retrasarlo, que dé una razón real.

Me vio en la puerta. Su expresión cambió apenas. Levanté el plato. Damián señaló el sofá. Entré. Dejé la comida sobre una mesa baja y me senté. La llamada duró otros cinco minutos. Cuando terminó, Damián dejó el teléfono.

—Podías haber cenado.

—Podías haber salido.

—Tenía trabajo.

—Siempre tienes trabajo.

—Sí.

—Eso no es normal.

—Para mí sí.

Me levanté.

—Come.

Damián miró el plato.

—No tengo hambre.

—Eso dice todo el mundo antes de comerse lo que le ponen delante.

—¿Mercedes te ha enviado?

—No.

—Entonces has venido sola.

—No hagas que parezca importante.

Damián tomó el tenedor.

—No he dicho nada.

—Lo estabas pensando.

—Pienso muchas cosas.

—Esa frase necesita jubilarse.

Probó la comida. Yo volví a sentarme.

—¿Qué pasa con Mercier?

—Quiere retrasar el registro.

—¿Por Sabrina?

—No.

—Respuesta rápida.

—Porque ha encontrado otro inversor dispuesto a mejorar su parte.

—¿Puede hacerlo?

—Puede intentarlo.

—¿Y tú qué harás?

—Evitarlo.

—Eso ha sonado amenazante.

—Solo exacto.

Damián comió un poco más.

—¿Y la entrevista? —preguntó.

—Bien.

—Ya estaba allí.

—Entonces no preguntes.

—Quiero saber cómo te sentiste.

Lo miré.

—Eso sí que es nuevo.

—Contesta.

—No me des órdenes.

—Aitana.

—Incómoda al principio. Después menos.

—¿Por qué?

—Porque Rebeca no parecía buscar una trampa.

—Siempre buscan una.

—Entonces no la encontré.

Damián dejó el tenedor.

—La entrevista saldrá el domingo.

—Muy rápido.

—Helena la revisará antes.

—¿Y yo?

—También.

—Bien.

—Podrás pedir cambios.

—Eso no estaba previsto.

—Ahora sí.

La facilidad con la que lo dijo me hizo desconfiar.

—¿Por qué?

—Porque habla de ti.

—También de ti.

—Eso me importa menos.

Me quedé callada. Damián siguió comiendo.

—He leído el proyecto completo —dije.

Levantó la mirada.

—¿Y?

—No está mal.

—Eso, viniendo de ti, es prácticamente una declaración de amor.

—No te emociones.

—Nunca.

—Hay cosas que cambiaría.

—Claro.

—La recepción debe conservar la distribución original.

—Se puede adaptar.

—La cocina necesita reforma, pero no quiero perder la mesa.

—No hace falta.

—Y las habitaciones no pueden parecer todas iguales.

—No lo harán.

—¿Cómo sabes lo que voy a decir?

—Porque el proyecto ya contempla parte de eso.

—No todo.

—Entonces lo modificaremos.

La palabra volvió a aparecer. Nosotros. Esta vez no dije nada. Damián lo notó.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso nunca es nada contigo.

—Solo estaba pensando.

—¿En qué?

—En que hablas de la reforma como si fueras a seguir implicado.

Damián apoyó el tenedor.

—Quiero estarlo.

—Aunque termine el contrato.

—Sí.

—¿Por qué?

—Ya te lo he dicho.

—No del todo.

Damián se recostó en la silla.

—Porque el hotel te importa.

—Eso no explica que te importe a ti.

—Tú me importas.

La frase llegó sin aviso. Sin preparación. Sin una cámara cerca. No supe qué hacer con ella.

—No digas esas cosas como si fueran sencillas.

—Para mí no lo son.

—Pues lo parece.

—Porque llevo todo el día pensando cómo decirlo.

Eso fue peor. Me levanté. No para irme. Solo porque necesitaba moverme. Caminé hasta la estantería.

—No sé qué esperas que responda.

—Nada.

—Siempre esperas algo.

—Esta vez no.

Me giré. Damián seguía sentado. No parecía el hombre que controlaba cada conversación. Parecía incómodo. Casi vulnerable.

Eso me asustó más que su arrogancia.

—Quedan quince días —dije.

—Catorce después de hoy.

—No ayuda que los cuentes.

—Los cuento porque sé cuándo termina.

—Y quieres que no termine.

—Sí.

La respuesta fue inmediata.

—Yo no sé qué quiero.

—Lo sé.

—No deberías estar tan tranquilo.

—No lo estoy.

—No lo parece.

Damián se levantó. Caminó hacia mí. Se detuvo a una distancia prudente.

—Estoy intentando darte el tiempo que pediste.

—Y al mismo tiempo me dices que te importo.

—Porque las dos cosas pueden ser verdad.

—No contigo.

—¿Por qué?

—Porque conviertes lo que quieres en un objetivo.

Su expresión cambió.

—No eres un objetivo.

—Todavía no sé si creerlo.

—Entonces no lo hagas.

La respuesta me sorprendió.

—¿Qué?

—No me creas todavía.

Damián bajó la voz.

—Mira lo que hago.

No supe qué decir. Él levantó una mano. No me tocó. Esperó.

—¿Puedo?

—Sí.

Sus dedos rozaron mi mejilla. Después apartó un mechón de mi rostro. Nada más.

—No voy a presionarte —dijo.

—Eso sería una novedad.

—Estoy hablando en serio.

—Yo también.

Damián sonrió apenas.

—Seguirás viviendo aquí hasta que termine el contrato.

—Sí.

—Después decidirás.

—Sí.

—Y mientras tanto, no fingiremos cuando estemos solos.

Mi respiración cambió.

—Eso todavía no lo hemos acordado.

—Podemos hacerlo ahora.

—Siempre quieres convertirlo todo en una cláusula.

—Porque funcionan.

—No con esto.

Damián se acercó un poco más.

—Entonces sin cláusulas.

Su mano seguía junto a mi rostro.

—Sin promesas —dije.

—De acuerdo.

—Sin hablar del futuro.

Su expresión se endureció apenas.

—De acuerdo.

—Y sin actuar como si esto fuera más de lo que es.

—Eso no puedo prometerlo.

—Damián.

—Has dicho sin promesas.

Lo miré.

—Eres imposible.

—Y tú sigues aquí.

La frase no fue arrogante. Solo cierta. Damián bajó la vista hacia mi boca.

—¿Puedo besarte?

—Sí.

Esta vez no hubo cámaras. Ni dudas. Ni una discusión previa que sirviera de excusa. Lo besé antes de que él se moviera. Damián reaccionó de inmediato.

Su mano bajó a mi cintura y me atrajo hacia él. El beso empezó despacio, pero no duró así.

Yo le rodeé el cuello. Él me pegó a su cuerpo. El escritorio quedó detrás de mí. La mesa. Los papeles. El plato a medio terminar. Todo dejó de importar.

Damián me levantó y me sentó sobre el borde del escritorio.

Un montón de documentos cayó al suelo. Me separé apenas.

—Eso parecía importante.

—No ahora.

Volvió a besarme. Sus manos se quedaron en mi cintura. Firmes. Controladas. Demasiado.

—Sigues pensando demasiado —murmuré.

—Intento no arruinarlo.

—Eso también es pensar demasiado.

Damián apoyó la frente contra la mía.

—Dime que pare.

—No.

—Aitana.

—He dicho que no pares.

Su mirada se oscureció. Volvió a besarme. Esta vez sin la misma contención. Mis dedos encontraron los botones de su camisa. Abrí uno. Después otro. Damián soltó el aire contra mi boca.

—Esto no estaba en el plan —dijo.

—Pensaba que siempre tenías uno.

—Contigo no funciona ninguno.

—Por fin reconoces algo útil.

Abrí otro botón. Damián tomó mi mano. No para detenerla. Para besar la palma. El gesto fue tan inesperado que me quedé quieta.

—No hagas eso —murmuré.

—¿Qué?

—Ser tierno ahora.

—¿Por qué?

—Porque complica las cosas.

—Ya están complicadas.

—Damián.

—Lo sé.

Me besó otra vez. Más despacio. Peor. Porque esta vez no era solo deseo. Yo también lo sabía. Y precisamente por eso fui yo quien se apartó.

—Tenemos que parar.

Damián cerró los ojos un segundo. Después retrocedió. Sin discutir. Sin intentar convencerme.

—De acuerdo.

Bajé del escritorio. Me arreglé la camisa. Él empezó a abrocharse la suya.

—No pongas esa cara —dije.

—¿Cuál?

—La de estar enfadado.

—No estoy enfadado.

—Entonces, ¿qué?

Damián recogió uno de los documentos del suelo.

—Estoy intentando recordar que prometí darte tiempo.

—No lo prometiste.

—Lo estoy haciendo de todos modos.

Lo observé.

—Gracias.

Levantó la mirada.

—No tienes que agradecerlo.

—Ya lo sé.

Nos quedamos en silencio.

—Voy a dormir —dije.

—Bien.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Caminé hasta la puerta.

—Aitana.

Me giré. Damián estaba junto al escritorio, con la camisa todavía mal abrochada.

—¿Qué?

—No me arrepiento.

—Yo tampoco.

La respuesta salió antes de que pudiera protegerla.

Subí a mi habitación. Cerré la puerta. No puse la llave.

Y por primera vez no intenté convencerme de que había sido un descuido.