El precio de tentarte Capítulo 16
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Capítulo 16

La periodista se llamaba Rebeca Montes y tenía esa clase de sonrisa amable que solo utilizan las personas que están a punto de hacer preguntas desagradables con voz dulce.

Llegó acompañada por un fotógrafo, dos asistentes y Helena, que entró en el hotel como si la recepción le perteneciera. Tardó menos de treinta segundos en mirar las flores, la luz de los ventanales y el sofá provisional que habíamos colocado junto a la pared.

—Las fotografías serán aquí —decidió.

—No moveremos nada —dije.

—Solo necesitamos despejar un poco el fondo.

—Eso es mover cosas.

Helena respiró hondo.

—Aitana.

—Lo hablamos esta mañana.

—Hablamos de muebles.

—Las plantas también cuentan.

Rebeca observaba la conversación con evidente interés. El fotógrafo fingía revisar la cámara, aunque estaba escuchando cada palabra.

—Podemos trabajar con el espacio como está —dijo él.

Lo miré.

—Gracias.

Helena lo fulminó con los ojos.

—Perfecto —respondió—. Empezaremos con algunas imágenes de Aitana sola mientras esperamos a Damián.

Me giré.

—¿Esperamos a Damián?

—Sí.

—No me dijeron que venía.

—La entrevista es sobre los dos.

—Pensaba que harían su parte en la oficina.

Helena consultó la hora.

—Ha cancelado una reunión.

La noticia me produjo una satisfacción pequeña y completamente absurda.

—Qué sacrificio.

—No suele cancelar reuniones.

—Entonces alguien va a perder dinero.

Rebeca sonrió.

—Parece conocerlo bien.

La miré. La entrevista todavía no había empezado y ya estaba trabajando.

—Lo suficiente para saber que siempre hay una factura detrás de cada decisión.

Helena señaló el sofá.

—Siéntate allí.

—No soy una de tus modelos.

—No he dicho que lo seas.

—Ha sonado parecido.

Rebeca intervino antes de que la discusión creciera.

—Podemos empezar hablando. Las fotografías pueden hacerse mientras conversamos.

Nos instalamos cerca de la ventana. Lucía apareció en recepción con una carpeta y, al ver el equipo, redujo el paso.

—¿Quieres que me quede? —preguntó.

—Sí.

—No —dijo Helena al mismo tiempo.

La miré.

—Se queda.

—La entrevista debe ser íntima.

—Lucía sabe más de mi vida que yo. Si buscamos intimidad, es imprescindible.

Rebeca volvió a sonreír.

—No tengo inconveniente.

Helena sí lo tenía, pero decidió no decirlo. Lucía se colocó detrás del mostrador, suficientemente cerca para escuchar y suficientemente lejos para fingir que trabajaba. Rebeca encendió una grabadora.

—Empecemos por el hotel. Damián Blake ha dicho en varias ocasiones que su relación nació aquí.

—Eso es verdad.

—¿Cómo fue el primer encuentro?

—Quería comprarlo.

Rebeca esperó.

—¿Y?

—Le dije que no.

—¿Eso fue todo?

—No. Volvió a insistir.

—Y usted volvió a rechazarlo.

—Varias veces.

—¿Qué cambió?

La pregunta llegó rápido. Miré las flores. Después el mostrador.

—Supongo que dejó de hablarme como empresario.

—¿Y empezó a hablarle como hombre?

Helena levantó apenas la cabeza. Rebeca sabía hacer su trabajo.

—A veces cuesta distinguirlo —respondí.

—¿Qué la atrajo de él?

Pensé en el avión. En la cena en la cocina. En la forma en que no había entrado en mi habitación aunque la puerta estuviera abierta.

—No se rinde.

—Eso también puede ser un defecto.

—Lo es.

—¿Y una virtud?

—Depende de lo que persiga.

Rebeca inclinó la cabeza.

—¿Y ahora qué persigue?

Sentí calor en la cara. Antes de que pudiera responder, la puerta del hotel se abrió.

Damián entró. Llevaba un traje oscuro y el teléfono en la mano. Javier venía detrás, hablando en voz baja sobre una llamada pendiente.

Damián me vio. Después miró a la periodista, al fotógrafo y a Helena.

—Llegas tarde —dije.

Guardó el teléfono.

—Buenos días.

—Eso no responde.

—Once minutos.

—Doce.

—He aparcado lejos.

—Tienes chófer.

—El coche ha aparcado lejos.

Rebeca observaba el intercambio como si acabara de encontrar la portada del reportaje.

Damián se acercó y me besó en la mejilla. El gesto fue breve. Natural. No pidió permiso. No me molestó. Eso sí me molestó.

—¿Empezasteis sin mí? —preguntó.

—Tu prometida es muy eficiente —respondió Rebeca.

Damián se sentó a mi lado. Demasiado cerca para una entrevista normal. Exactamente a la distancia correcta para una pareja.

—Lo sé.

Helena señaló al fotógrafo.

—Podemos aprovechar esta posición.

El hombre empezó a disparar. Damián apoyó un brazo sobre el respaldo del sofá, detrás de mí. No llegó a tocarme, aunque la postura daba esa impresión.

—Mirad a cámara —pidió el fotógrafo.

Lo hicimos.

—Ahora entre vosotros.

Me giré. Damián ya me estaba mirando.

—No pongas esa cara —murmuré.

—¿Cuál?

—La que utiliza para vender hoteles.

—No estoy vendiendo nada.

—Eso no me tranquiliza.

El fotógrafo disparó varias veces.

—Perfecto.

Rebeca retomó la entrevista.

—Damián, ¿qué vio en Aitana para cambiar de opinión sobre el matrimonio?

—Nunca cambié de opinión sobre el matrimonio.

—Está prometido.

—Eso no significa que antes tuviera una opinión firme.

—La prensa ha publicado que siempre rechazó comprometerse.

—La prensa publica muchas cosas.

—¿Y cuáles son ciertas?

Damián me miró antes de responder.

—Que no había conocido a la persona adecuada.

La frase era perfecta. Demasiado perfecta. Rebeca sonrió.

—¿Y cómo supo que Aitana lo era?

—Porque dijo que no.

—Eso ya se lo habían dicho otras mujeres.

—No como ella.

Me quedé quieta. No sabía si seguía interpretando. Ese empezaba a ser el problema habitual.

—¿Qué tuvo de distinto? —preguntó Rebeca.

Damián apoyó la mano sobre mi rodilla. El gesto quedó oculto para la cámara por la posición de nuestros cuerpos.

—No quería nada de mí.

—Quería salvar el hotel —dije.

—Eso no era algo que pudiera darle sin que discutiera.

—Porque todo lo convierte en un trato.

—No todo.

Su pulgar rozó apenas mi rodilla. Rebeca observó nuestras caras.

—Hay mucha tensión entre ustedes.

—Nos llevamos bien —respondió Damián.

Lo miré.

—Eso es una interpretación generosa.

—Cenamos juntos.

—También discuten los países antes de una guerra.

—Y después firman acuerdos.

—Nosotros empezamos con uno.

Rebeca alzó las cejas. Damián no cambió de expresión.

—Un acuerdo para la reforma del hotel —añadí.

No era completamente falso. Tampoco completamente verdad.

—¿Van a reformarlo juntos? —preguntó.

—Todavía no —dije.

—Estamos estudiándolo —respondió Damián al mismo tiempo.

Lo miré.

—Yo estoy estudiándolo.

—Eso he dicho.

—Has dicho estamos.

—Porque yo preparé el proyecto.

—Sin permiso.

Rebeca miró a Helena. Helena cerró los ojos. El fotógrafo siguió disparando.

—¿Discuten siempre así? —preguntó la periodista.

—Sí —dijo Damián.

—No —respondí.

Él sonrió.

—Casi siempre.

—Solo cuando intenta mandar.

—Entonces sí.

Rebeca se rio.

—Esto explica bastante el interés de la gente.

—¿Qué interés? —pregunté.

—No parecen una pareja fabricada para una portada. Parecen dos personas que todavía no han decidido si quieren besarse o estrangularse.

Lucía dejó caer algo detrás del mostrador. Me giré. Ella se agachó demasiado rápido.

—El orden puede variar —dijo Damián.

Volví a mirarlo.

—No ayudes.

—Intento ser sincero.

—Eso sería una novedad.

—No lo fue anoche.

La frase salió baja. Solo para mí. Sentí cómo me ardían las mejillas. Rebeca lo notó. Por supuesto.

—¿Qué ocurrió anoche?

—Nada —respondí.

Damián apretó los dedos sobre mi rodilla.

—Cenamos.

—Eso no explica esa mirada.

—¿Qué mirada? —pregunté.

—La suya.

Rebeca me señaló.

—Parece que está recordando algo.

—Estoy recordando que no he desayunado.

Damián la miró.

—Eso es verdad.

—¿Cómo lo sabes?

—Lucía me escribió.

Me giré hacia recepción. Lucía levantó ambas manos.

—Estabas ocupada.

—No necesitas informar de mis comidas.

—Alguien tiene que hacerlo.

Rebeca sonrió otra vez.

—¿Siempre se cuidan así?

—No —dije.

—Sí —respondió Damián.

Lo miré.

—No haces nada de eso.

—Ayer envié un coche.

—Eso no es cuidar. Es transporte.

—Te esperé para cenar.

—Porque eres maniático con los horarios.

—También mandé flores.

—Sin preguntar.

—Le gustan.

—No he dicho eso.

—No las ha quitado.

El fotógrafo capturó el momento exacto en que intentaba no sonreír. Helena se acercó a revisar la pantalla.

—Esa sirve.

—No quiero verla —dije.

—Por eso seguramente será la mejor.

La entrevista continuó durante media hora.

Rebeca preguntó por mi madre, por el hotel, por la expansión de Blake Hospitality y por la supuesta boda. Damián respondió con facilidad hasta que llegó la fecha.

—Todavía no la hemos decidido —dije.

—Será después del verano —respondió él.

Me giré.

—¿Después del verano?

—Es lo lógico.

—No vamos a organizar nada hoy.

—Solo he dado una referencia.

—Podías haber dicho el próximo siglo.

—Eso habría parecido extraño.

Rebeca intervino.

—¿Quién de los dos está más ilusionado con la boda?

—Ninguno —respondí.

Damián se rio. La periodista me miró, sorprendida.

—Quería decir que estamos tranquilos —añadí.

—Muy tranquilos —confirmó él.

—No hagas esto.

—¿Qué?

—Disfrutar.

—No puedo evitarlo.

Cuando terminó, Rebeca apagó la grabadora.

—Tengo suficiente.

—¿Para qué clase de artículo? —pregunté.

—Uno que mucha gente va a leer.

Eso no era tranquilizador.

Helena acompañó al equipo hasta la salida. Lucía desapareció hacia el despacho antes de que pudiera interrogarla sobre sus mensajes secretos.

Damián se quedó sentado a mi lado. Su mano seguía sobre mi rodilla. Miré hacia abajo. Él la retiró.

—La entrevista ha ido bien.

—Has inventado una boda después del verano.

—No he dado fecha.

—Has dado una estación.

—Es imprecisa.

—No lo suficiente.

Damián se levantó.

—Moreau estará satisfecho.

—Todo es para Moreau.

—Al principio, sí.

La respuesta me hizo levantar la mirada.

—¿Y ahora?

Damián guardó silencio.

—Ahora la operación está prácticamente cerrada —dijo.

No era una respuesta.

—Entonces ya no necesitas tanto teatro.

—No.

—Podemos reducir las apariciones.

—Podemos.

—Podría volver al hotel.

Damián se quedó inmóvil.

—Podría.

La palabra sonó fría.

—No he dicho que vaya a hacerlo.

—Tiene derecho.

—Otra vez estás ofreciéndome que me vaya.

—Otra vez estoy dejando que decida.

Me levanté.

—No sé qué quieres.

—Eso nos convierte en dos.

—Normalmente sabes exactamente lo que quieres.

—Normalmente no eres parte de la decisión.

El silencio se instaló entre nosotros mientras los obreros trabajaban al otro lado de la recepción.

—¿Qué significa eso? —pregunté.

Damián se acercó. No había cámaras. Helena se había marchado. Lucía seguía encerrada en el despacho.

—Significa que quiero que vuelvas a la casa esta noche.

—Eso sí ha sido claro.

—También quiero que sigas allí cuando termine el contrato.

Mi respiración se detuvo.

—Eso no estaba previsto.

—Lo sé.

—¿Como qué?

—No lo sé todavía.

—No puedes pedirme que cambie mi vida porque tu casa parece menos vacía.

—No te lo estoy pidiendo.

—Acabas de hacerlo.

—He dicho lo que quiero. No es lo mismo.

—Contigo siempre parece una orden aunque no la pronuncies.

Damián bajó la voz.

—Entonces dime qué quieres tú.

Miré alrededor. El hotel. Las flores. Los obreros. La puerta del despacho donde Lucía seguramente tenía la oreja pegada a la madera.

—Quiero que dejes de acelerar todo.

—De acuerdo.

—Quiero tiempo.

—Lo tienes.

—Y quiero terminar el contrato antes de decidir nada.

Damián apretó la mandíbula.

—De acuerdo.

—No parece gustarte.

—No me gusta.

—Pero vas a respetarlo.

—Sí.

Su respuesta fue inmediata. Eso me dolió de una forma extraña.

—Bien.

Damián retrocedió.

—Tengo una reunión.

—Claro.

—El coche te recogerá a las ocho.

—Puedo ir sola.

—Lo sé.

—Entonces no lo envíes.

—¿Quieres que no lo envíe?

La pregunta era sencilla. No pude responder igual.

—Envíalo.

Damián asintió. Se dirigió hacia la puerta.

—Damián.

Se giró.

—¿Qué?

—La entrevista no ha sido tan terrible.

Una sonrisa apareció en su boca.

—Eso, viniendo de ti, es entusiasmo.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

Salió. Esperé hasta que el coche desapareció. Lucía abrió la puerta del despacho.

—Después del verano.

—No empieces.

—Quiere que sigas viviendo con él.

—Has estado escuchando.

—Las paredes son finas.

—Son gruesas.

—He acercado una silla.

La miré. Lucía sonrió.

—¿Qué vas a hacer?

Volví a mirar las flores.

—Terminar el contrato.

—Eso no responde.

—Es la única respuesta que tengo.

—Mientes fatal.

—Todo el mundo está abusando de esa frase.

Entré en el despacho. La carpeta de la reforma seguía abierta sobre la mesa. Me senté. En la última página había una nota que no había visto antes.

No estaba impresa. Era la letra de Damián. No quiero cambiar lo que ella creó. Quiero asegurarme de que siga en pie.

Pasé el dedo sobre la frase. Después cerré la carpeta. El problema ya no era que Damián estuviera intentando entrar en mi hotel.

Era que empezaba a encontrar sitio en todas las partes de mi vida que yo había mantenido cerradas.