El precio de tentarte Capítulo 15
35%

Capítulo 15

A la mañana siguiente, el desayuno estaba servido en la cocina. No en el comedor. Eso ya era raro.

Damián estaba sentado frente a una taza de café y un montón de papeles, pero no llevaba traje. Solo pantalón oscuro y una camisa gris con las mangas dobladas.

Me detuve en la puerta.

—¿Qué hace aquí?

Levantó la vista.

—Vivo aquí.

—Normalmente desayuna como si estuviera esperando una reunión del consejo.

—Mercedes ha decidido que hoy comemos en la cocina.

—¿Y usted ha obedecido?

—No tenía energía para discutir.

Mercedes apareció con una sartén.

—Miente.

Dejó un plato de huevos sobre la mesa.

—Le he dicho que el comedor parecía un tanatorio con vajilla.

Damián cerró los ojos un segundo.

—Gracias, Mercedes.

—De nada.

Me senté. Mercedes colocó pan, fruta y café.

—¿Han dormido bien?

—Sí —dijo Damián.

—No —dije yo.

Ella nos miró.

—Entonces uno de los dos miente.

—No pienso participar en esta conversación —respondió él.

Mercedes sonrió y salió. Tomé café. Damián volvió a mirar los papeles.

—¿Qué es eso?

—La operación de Córcega.

—Pensaba que estaba cerrada.

—Casi.

—Siempre es casi.

—Los negocios grandes tienen muchas capas.

—Como una cebolla cara.

Damián levantó la vista.

—Eso no tiene sentido.

—Lo tiene para mí.

Seguí desayunando. Durante unos minutos ninguno habló.

—He revisado los planos otra vez —dijo Damián.

Dejé el tenedor.

—Pensaba que habíamos terminado con eso.

—No.

—Pues yo sí.

—No voy a intervenir.

—Bien.

—Pero quiero explicarle algo.

—No.

—Aitana.

—No me dé una clase sobre mi hotel.

Damián apoyó los papeles sobre la mesa.

—No voy a explicarle su hotel. Voy a explicarle por qué el proyecto no elimina lo que importa.

—Ya lo vi.

—Vio dibujos.

—Suficiente.

—No.

Lo miré. Damián no parecía enfadado. Eso me puso más alerta.

—El mostrador original se conserva —dijo—. Está restaurado en el plano técnico, no sustituido.

—En las imágenes no aparece.

—Porque querían mostrar otra distribución.

—Pues la mostraron muy bien.

—Las molduras también se mantienen.

—¿Y la mesa de mi madre?

—Puede seguir en el comedor.

—No aparecía.

—Porque estaba trabajando con una copia antigua del inventario.

Me quedé callada.

—¿Cómo tiene un inventario?

—Lo preparó el equipo de reparación.

—¿Sin mi permiso?

—Para valorar daños.

—Eso sí estaba autorizado.

—Exacto.

Tomé café.

—No significa que vaya a aceptar la reforma.

—No he dicho eso.

—Lo está pensando.

—Pienso muchas cosas.

—Esa frase ya la hemos agotado.

Una sonrisa breve apareció en su boca.

—Solo quiero que vea el proyecto completo antes de rechazarlo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque si lo veo, tendrá una oportunidad de convencerme.

Damián apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—¿Y eso sería tan terrible?

—Sí.

—¿Porque podría tener razón?

—Porque podría hacerlo parecer.

Su expresión cambió apenas.

—No quiero borrar a su madre del hotel.

—No puede saber lo que significa.

—No.

La respuesta me sorprendió. Damián continuó.

—Pero sé lo que significa conservar algo porque es lo último que queda.

El tono había cambiado. Más bajo.

—¿La empresa? —pregunté.

—La casa.

Miré alrededor.

—¿Era de su padre?

—De mis padres.

—Por eso no ha cambiado nada.

Damián miró hacia la ventana.

—He cambiado muchas cosas.

—No las suficientes para que parezca suya.

—Tal vez no quiero que lo sea.

La frase quedó suspendida.

—Entonces entiende por qué no quiero que toquen el hotel.

—Sí.

—Y aun así preparó el proyecto.

—También entiendo que conservar algo no significa dejar que se caiga.

Eso dolió porque era cierto.

—No se está cayendo.

Damián me miró.

—El techo cayó sobre un sofá.

—Fue una tubería.

—El ascensor se detiene cuando llueve.

—Tiene carácter.

—La instalación eléctrica no cumple la normativa nueva.

—Eso no lo sabía.

—La cocina necesita una reforma completa.

—¿Quién le ha dicho eso?

—El informe técnico.

—No he visto ningún informe.

Damián cogió una carpeta del suelo y la puso delante de mí.

—Porque todavía no había terminado.

No la abrí.

—¿Cuánto costaría?

—Depende del alcance.

—Eso significa mucho.

—Sí.

—No puedo pagarlo.

—Lo sé.

—Y no voy a aceptar que usted lo pague.

—No se lo he ofrecido.

La respuesta me molestó más de lo que debería.

—Bien.

—Podemos buscar financiación.

—¿Podemos?

—Usted puede. Yo puedo ayudarla.

—Ahí está otra vez.

—¿Qué?

—El nosotros.

Damián sostuvo mi mirada.

—Le molesta.

—Me confunde.

—No debería.

—Todo esto empezó como un trato.

—Sigue siéndolo.

—Pero ya no actúa como si lo fuera.

—Usted tampoco.

Bajé la vista hacia la carpeta.

—No voy a decidir nada ahora.

—No se lo he pedido.

—Solo quiere que lo lea.

—Sí.

—Y después me hará una presentación.

—Probablemente.

—Con cifras.

—Muchas.

—Y gráficos.

—Algunos.

—Lo odio.

—Todavía no.

Tomé la carpeta. Damián sonrió.

—No significa que vaya a aceptar.

—Claro.

—Ese tono otra vez.

—No sé de qué habla.

Mercedes entró. Miró la carpeta en mis manos. Después miró a Damián.

—Ha ganado.

—No he ganado nada —dijo él.

—Todavía —respondió ella.

Me levanté.

—Voy al hotel.

Damián miró el reloj.

—Tiene una reunión a las once.

—¿Con quién?

—Con Helena.

—No.

—Hay una entrevista.

—No.

—Está acordada.

—No recuerdo haber acordado ninguna entrevista.

—Forma parte de la estrategia de comunicación.

—Eso no es una respuesta.

Damián se levantó.

—Una revista quiere publicar un perfil sobre nosotros.

—No hay nosotros.

—Eso empieza a ser menos creíble cada día.

Lo miré.

—No voy a contar mi vida a una revista.

—No tiene que hacerlo.

—Entonces, ¿qué quieren?

—Fotografías en el hotel y algunas preguntas sobre cómo nos conocimos.

—Ya tienen una versión.

—Quieren detalles.

—Que se los invente Helena.

—Necesitan verla a usted.

—Pues no.

Damián rodeó la mesa.

—La entrevista ayudará a controlar la historia antes de Niza.

—Otra vez controlar.

—Sí.

—No quiero cámaras en el hotel.

—Puede elegir otro lugar.

—Tampoco.

—Aitana.

—No.

Se detuvo frente a mí.

—Moreau está satisfecho, pero Mercier sigue haciendo preguntas.

—¿Sobre qué?

—Sobre la cronología de nuestra relación.

—¿Por qué?

—Porque Sabrina habló con uno de sus asistentes.

Sentí que se me tensaba el cuerpo.

—Pensaba que la había silenciado con sus abogados.

—No ha hablado con la prensa.

—Solo con gente relacionada con el negocio.

—Exacto.

—Qué respetuosa.

Damián apretó la mandíbula.

—La entrevista cerrará el tema.

—O lo hará más grande.

—No.

—Siempre dice no como si tuviera autoridad sobre la realidad.

—Suele funcionar.

—Conmigo no.

—Eso ya lo sé.

Nos quedamos mirándonos.

—¿Qué revista? —pregunté.

—Élite.

—No conozco ninguna revista con ese nombre.

—No la lee.

—Eso mejora mucho.

—La entrevista será breve.

—¿Cuánto?

—Una hora.

—Media.

—Cuarenta y cinco minutos.

—Treinta.

—Cuarenta.

—Treinta y cinco.

—Hecho.

Lo señalé con un dedo.

—Y no entran en las habitaciones.

—De acuerdo.

—Ni en el despacho.

—De acuerdo.

—Ni en la cocina.

—¿Por qué?

—Porque es mi cocina.

—Es una cocina.

—La de mi madre.

Damián asintió.

—De acuerdo.

—Y no quiero que muevan muebles.

—Se lo diré a Helena.

—Se lo digo yo.

—Mejor.

Recogí el bolso.

—No sonría.

—No lo estoy haciendo.

—Por dentro sí.

—Eso no puede demostrarlo.

Salí. Cuando llegué al hotel, Lucía estaba en recepción rodeada de flores. Había ramos sobre el mostrador, en el suelo y junto a la escalera. Me detuve.

—¿Qué ha pasado?

—Tu prometido.

—¿Qué?

Lucía señaló una tarjeta. La abrí. Para que la recepción no parezca un tanatorio. Miré las flores. Después la tarjeta.

—Es idiota.

—Es un idiota con buen gusto.

—No debería haber hecho esto.

—Son flores.

—Son demasiadas.

—Eso también.

Cogí el teléfono. Llamé a Damián. Contestó al segundo tono.

—¿Qué ocurre?

—¿Ha enviado flores?

—Sí.

—¿Por qué?

—Mercedes dijo que el hotel necesitaba color.

—Mercedes habla demasiado.

—Mucho.

—No puede llenar mi recepción sin preguntarme.

—Son flores.

—Eso no cambia nada.

—Puede quitarlas.

Miré los ramos. Eran blancos, verdes y amarillos. Nada exagerado. Nada romántico. Exactamente lo que habría elegido yo.

—No voy a quitarlas.

—Entonces no veo el problema.

—El problema es que vuelve a decidir.

Damián guardó silencio.

—Tiene razón —dijo.

—Eso empieza a preocuparme.

—La próxima vez preguntaré.

—Bien.

—¿Le gustan?

Miré la recepción. Los cubos habían desaparecido. El techo estaba reparado. La luz entraba por los ventanales y se reflejaba en las flores. El hotel parecía distinto. Más vivo.

—No están mal.

—Eso, viniendo de usted, es entusiasmo.

—No se acostumbre.

—Demasiado tarde.

Colgué. Lucía me miraba.

—¿Qué?

—Nada.

—No digas nada cuando quieres decir algo.

—Solo estaba pensando que cada vez discutes menos porque hace cosas mal y más porque te gustan demasiado.

—Eso no tiene sentido.

—Claro.

Me dirigí al despacho. Lucía levantó la voz.

—¡La entrevista llega en una hora!

Me giré.

—¿Cómo lo sabes?

—Helena llamó.

—Todo el mundo sabe demasiado de mi vida.

—Es lo que ocurre cuando finges estar prometida con un multimillonario.

—No estoy fingiendo ahora.

La frase salió sola. Lucía se quedó quieta. Yo también.

—Quería decir que ahora no estoy actuando —añadí.

—Claro.

—No pongas esa cara.

—¿Cuál?

—La de haber entendido algo.

—No he entendido nada.

—Mientes fatal.

Entré en el despacho y cerré. Sobre la mesa estaba la carpeta de la reforma. La abrí. Solo para comprobar una cosa.

El mostrador original aparecía en los planos técnicos. También las molduras. Las lámparas. La mesa redonda del comedor. Todo seguía allí.

Me senté. Seguí leyendo.

Cuando Helena llegó con la periodista y el fotógrafo, ya había marcado cinco páginas con notas.

Cerré la carpeta rápido. No porque Damián estuviera convenciéndome. Solo porque quería entender mejor lo que pensaba rechazar.

Eso era todo.