Capítulo 14
El hotel olía a pintura nueva. También a polvo, café y a ese tipo de caos que aparece cuando varias personas intentan arreglar cosas al mismo tiempo.
Pasé la tarde revisando presupuestos, firmando autorizaciones y preguntando por cada objeto que habían movido sin consultarme.
A las seis, ya había discutido con un electricista, corregido dos facturas y prohibido que sustituyeran las lámparas del pasillo por unas “más modernas” que parecían diseñadas para interrogar prisioneros.
Lucía entró en el despacho con dos cafés.
—Vas a matar a alguien.
—No si dejan de tocar mis cosas.
—Las lámparas estaban rotas.
—Una.
—Cuatro.
—Funcionaban.
—Parpadeaban como una película de terror.
—Eso era ambiente.
Lucía dejó un café frente a mí.
—Damián ha llamado.
Levanté la vista.
—¿A ti?
—A recepción.
—Tiene mi número.
—Dijo que no contestabas.
Miré el teléfono. Tenía tres llamadas perdidas.
—Estaba trabajando.
—Eso le dije.
—¿Y?
—Que enviaría un coche a las ocho.
—No necesito coche.
—También se lo dije.
—¿Y?
—Me ignoró.
—Naturalmente.
Lucía se sentó frente al escritorio.
—¿Vas a volver a su casa?
—He firmado un contrato.
—No he preguntado eso.
—Entonces pregunta mejor.
—¿Quieres volver?
Tomé el café.
—Quiero dormir.
—También puedes dormir aquí.
—Mi ropa está allí.
—Eso tampoco responde.
La miré. Lucía sonrió.
—París ha ido bien.
—Ha ido normal.
—Tienes la misma cara que cuando mentías a tu madre después de llegar tarde.
—No ponía ninguna cara.
—Por eso te descubría.
Abrí una factura.
—Tengo trabajo.
—Y yo tengo paciencia.
—Pues úsala en otro sitio.
Lucía se levantó.
—El coche llega a las ocho.
—No voy a estar lista.
—Estarás abajo a las siete cincuenta y ocho.
—Te odio.
—No tanto como a él.
—Eso no tiene sentido.
—Exactamente.
Salió. Intenté concentrarme en las facturas. No funcionó. Cada vez que miraba el teléfono, pensaba en la cena.
En la casa. En Damián esperando.
A las siete y media, seguía en el despacho. A las siete cuarenta, cerré el ordenador. A las siete cincuenta y ocho, el coche se detuvo frente al hotel.
Lucía levantó la vista desde recepción.
—No voy a decir nada.
—Mejor.
—Solo una cosa.
—No.
—Te has pintado los labios.
La miré.
—Los tenía secos.
—Claro.
Salí antes de escucharla reír. El trayecto hasta La Moraleja duró poco más de veinte minutos. Cuando llegamos, Mercedes abrió la puerta.
—Pensaba que no vendría.
—Yo también.
—Él no.
Entré.
—¿Dónde está?
—En el despacho.
—¿Trabajando?
Mercedes me miró como si hubiera preguntado si respiraba.
—Siempre.
—Entonces no lo molesto.
—La cena está servida.
—Puede empezar sin mí.
—No empezará.
—Eso es problema suyo.
Mercedes sonrió.
—Exactamente.
Subí a mi habitación. Me quité la chaqueta, dejé el bolso y miré la cama. Podía cenar sola. Podía ducharme. Podía cerrar la puerta y fingir que nada había cambiado.
Bajé diez minutos después. Damián estaba en el comedor. Tenía el teléfono junto al plato y una copa de vino frente a él.
—Llega tarde —dijo.
—No me dio una hora.
—Dije cena.
—Eso no es una hora.
—Mercedes dijo que estaría a las nueve.
—Mercedes tiene demasiada información.
—Mercedes lo sabe todo.
Me senté. Había pasta, ensalada y pan. Nada extravagante.
—¿Cómo está el hotel? —preguntó.
—En obras.
—Eso ya lo sabía.
—Entonces no pregunte.
Damián dejó el teléfono.
—¿Está enfadada conmigo?
—No.
—Miente mal.
—Estoy cansada de esa frase.
—Y yo de que la haga necesaria.
Mercedes entró con otra copa. La dejó frente a mí.
—¿Todo bien?
—Perfecto —dije.
—No —dijo Damián.
Mercedes nos miró.
—Entonces comerán mejor si discuten después.
Salió. Tomé el vino.
—Su personal no le respeta.
—Me respeta demasiado para fingir obediencia.
—Eso ha sido casi profundo.
—No se acostumbre.
Probé la pasta. Damián me observaba.
—¿Qué?
—Nada.
—Todo el mundo dice nada cuando quiere decir algo.
—Eso también lo dice usted.
—Lo uso mejor.
Damián se recostó.
—¿Por qué no contestaba?
—Porque estaba trabajando.
—Podía enviar un mensaje.
—No sabía que necesitara informar de cada movimiento.
—No necesita hacerlo.
—Entonces ya está.
—Pero habíamos quedado en cenar.
—Usted dijo que cenaríamos. No es lo mismo.
Damián apretó la mandíbula.
—¿Quiere que pida las cosas?
—Sí.
—Bien.
Dejó el tenedor.
—La próxima vez, ¿puede avisarme si va a llegar tarde?
Lo miré.
—Eso ha sonado doloroso.
—Lo ha sido.
—Entonces sí.
—Gracias.
—De nada.
Seguimos comiendo. El silencio no era cómodo. Tampoco hostil. Era nuevo.
—He estado pensando —dijo Damián.
—Eso suele acabar mal.
—Sobre el contrato.
—Peor.
—Quiero modificar una cláusula.
Dejé el tenedor.
—¿Cuál?
—La duración.
—No.
—Todavía no he explicado nada.
—No necesito escuchar.
—No quiero ampliarlo.
Eso me hizo callar.
—¿Entonces?
Damián tomó la copa.
—Quiero eliminar la obligación de convivencia cuando termine la operación.
—No entiendo.
—Moreau firmará definitivamente en tres semanas. Después, no será necesario que siga viviendo aquí hasta completar los treinta días.
—Ah.
La respuesta debería haberme aliviado. No lo hizo.
—Puede volver al hotel cuando quiera —añadió.
—¿Está echándome?
—No.
—Lo parece.
—Estoy dándole una opción.
—Usted nunca da opciones sin motivo.
Damián sostuvo mi mirada.
—No quiero que se sienta atrapada.
—No me siento atrapada.
—Lo dijo anoche.
—Dije que todo avanzaba demasiado rápido.
—Es lo mismo.
—No.
—Se parece.
Tomé la copa.
—¿Y qué quiere que haga?
—Lo que quiera.
—Esa respuesta no parece usted.
—Eso ya lo ha dicho varias veces.
—Porque sigue siendo verdad.
Damián guardó silencio.
—¿Quiere que me vaya? —pregunté.
—No.
La respuesta fue inmediata.
—Entonces deje de ofrecerlo.
—Quiero que quedarse sea una decisión suya.
—Firmé un contrato.
—No hablo del contrato.
El aire cambió. Mercedes apareció con el postre. Miró nuestras caras. Dejó la tarta y salió sin hablar. Eso sí era preocupante.
—¿Qué está diciendo? —pregunté.
Damián se inclinó un poco hacia mí.
—Que no quiero que se quede aquí porque una cláusula la obliga.
—¿Y por qué quiere que me quede?
—Ya lo sabe.
—Quiero escucharlo.
La petición salió antes de que pudiera detenerla. Damián no apartó la mirada.
—Porque la casa parece distinta cuando está usted.
Sentí un golpe pequeño y absurdo en el pecho.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
—Tiene doce habitaciones. Puede contratar más personal.
—No necesito personal.
—Entonces, ¿qué necesita?
Damián tardó en responder.
—No lo sé.
Era la primera vez que le oía decirlo. Sin ironía. Sin seguridad. Sin una solución preparada.
—Eso sí que es nuevo —murmuré.
—No me gusta.
—A nadie le gusta no saber.
—A mí menos.
Tomé un poco de vino.
—Puedo quedarme hasta que termine el contrato.
Damián no reaccionó.
—Pero no porque me obligue —añadí.
—Bien.
—Y no significa nada.
Su expresión cambió.
—Aitana.
—Era una broma.
—No tiene gracia.
—Un poco sí.
—No.
Sonreí.
—Está perdiendo sentido del humor.
—Lo pierdo cada vez que dice que esto no significa nada.
—Entonces tendré que buscar otro tema.
Damián tomó la copa.
—Eso sería recomendable.
Terminamos de cenar. Mercedes no regresó. Supuse que había decidido dejarnos gestionar nuestro desastre solos.
Me levanté.
—Voy a trabajar un rato.
—Ya ha trabajado todo el día.
—El hotel no se gestiona solo.
—Lucía está allí.
—No voy a cargarla con todo.
—No la está cargando. Está delegando.
—Eso lo dice porque tiene cien empleados.
—Tengo más.
—No ayuda.
Damián se levantó.
—Venga conmigo.
—¿Adónde?
—Al despacho.
—¿Para qué?
—Necesito enseñarle algo.
—Esa frase tampoco suele acabar bien.
Lo seguí. El despacho estaba al fondo del pasillo. Era grande, oscuro y mucho más personal que el resto de la casa.
Había libros. Fotografías. Papeles sobre la mesa. Una chaqueta colgada en una silla. Por fin, una habitación donde parecía vivir alguien. Me acerqué a una estantería.
—Así que sí tiene libros.
—Algunos.
—Pensaba que solo leía contratos.
—También leo balances.
—Eso no mejora nada.
Damián abrió un cajón. Sacó una carpeta.
—Esto es para usted.
La tomé. Dentro había planos del hotel.
—¿Qué es?
—Una propuesta de reforma.
Sentí que se me tensaba el cuerpo.
—No he pedido una reforma completa.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué existe esto?
—Pedí al equipo que estudiara opciones.
Pasé varias páginas. La recepción. Las habitaciones. El comedor. La fachada. Todo estaba redibujado. Modernizado. Perfeccionado. Y completamente distinto. Cerré la carpeta.
—No.
—No tiene que decidir ahora.
—No hay nada que decidir.
—Aitana.
—Le pedí reparaciones, no que transforme el hotel en uno de los suyos.
—No sería uno de los míos.
—Parece exactamente eso.
Damián se acercó.
—El edificio necesita más que reparaciones.
—Es mi edificio.
—Lo sé.
—Entonces debería haberme preguntado.
—Solo pedí un estudio.
—Sobre algo que no le pertenece.
La expresión de Damián se endureció.
—Estoy intentando ayudar.
—No. Está intentando arreglarlo a su manera.
—Mi manera funciona.
—No para todo.
—El hotel pierde dinero.
—No siempre tiene que convertirlo todo en una cifra.
—Las cifras pagan nóminas.
—También borran lo que importa.
El silencio se tensó. Damián miró la carpeta entre mis manos.
—No pretendía borrar nada.
—Pues eso es lo que ha hecho.
Abrí una de las páginas.
—La recepción ya no tiene el mostrador original. El comedor ha cambiado entero. Han quitado las lámparas, las molduras y hasta la mesa de mi madre.
—Son propuestas.
—Son su forma de decir que todo lo que ella hizo está mal.
—No he dicho eso.
—No necesita hacerlo.
Dejé la carpeta sobre el escritorio.
—No vuelva a pedir ningún proyecto sin consultarme.
—De acuerdo.
—Y no envíe a nadie al hotel.
—De acuerdo.
—¿Así de fácil?
—Sí.
—No parece convencido.
Damián apoyó las manos en el escritorio.
—Creo que se equivoca.
—Qué sorpresa.
—Pero el hotel es suyo.
—Exactamente.
—Y no volveré a intervenir.
Su tono fue frío. Demasiado.
—No he dicho que no pueda opinar.
—No veo la diferencia.
—La diferencia es que puede hablar conmigo antes de poner a veinte personas a rediseñar mi vida.
Damián levantó la mirada.
—No estaba rediseñando su vida.
—A veces no se da cuenta de lo que hace.
—Sé exactamente lo que hago.
—Ese es su problema.
Salí del despacho. Damián no me siguió. Subí a mi habitación. Cerré la puerta. Esta vez puse la llave.
Me quedé apoyada contra ella, enfadada. No porque hubiera preparado una reforma. Porque durante unos minutos, al ver los planos, había imaginado el hotel funcionando.
Lleno. Sin deudas. Sin goteras. Y había odiado que su visión pudiera ser mejor que la mía.
El teléfono vibró. Un mensaje de Damián. No tocaré el hotel sin su permiso. Lo leí. No respondí.
Un segundo mensaje llegó después. Pero no voy a fingir que no necesita cambios. Sonreí a pesar de mí misma. Escribí:
Y yo no voy a fingir que usted sabe hacerlo todo.
La respuesta apareció enseguida. Eso sí que es una mentira. Guardé el teléfono. No quité la llave. Pero tampoco dejé de sonreír.