El precio de tentarte Capítulo 13
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Capítulo 13

A la mañana siguiente, la puerta seguía cerrada. Damián no había entrado. Eso debería haberme tranquilizado. No lo hizo.

Me desperté a las seis y veinte, miré el teléfono y encontré un mensaje suyo enviado a las cinco y cincuenta y ocho.

Desayuno a las siete. Salimos a las ocho. Nada más. Ni una referencia al sofá. Ni al beso. Ni a la puerta abierta. Perfecto.

Exactamente lo que había pedido. Exactamente lo que me estaba molestando.

Me duché, me vestí y salí al salón a las siete en punto. Damián estaba junto a la mesa, hablando por teléfono. Traje gris. Camisa blanca. Expresión impecable. Como si no me hubiera tenido sentada sobre él unas horas antes.

Levantó un dedo al verme. No era un saludo. Era una petición para que esperara. Me senté. Sobre la mesa había café, fruta, pan y una bandeja de cruasanes. Tomé uno.

Damián seguía hablando.

—No. Si Mercier quiere cambiar las condiciones, que lo haga antes del registro.

Escuchó.

—No me importa lo que haya prometido Laurent.

Otra pausa.

—Entonces detengan el proceso.

Colgó.

—Buenos días.

—Buenos días.

Damián se sentó frente a mí.

—¿Ha dormido?

—Sí.

—Miente mal.

—No vuelva a empezar.

—No he empezado nada.

—Eso parece.

Sirvió café. Yo lo observé. Él no me miró.

—¿Vamos a hablar de anoche? —pregunté.

Damián dejó la cafetera.

—Sí.

—Ah.

—Pero no ahora.

—Claro.

—Tenemos que salir en una hora.

—Eso no impide hablar.

—Impide hacerlo bien.

—Qué conveniente.

Damián levantó la vista.

—No estoy evitando la conversación.

—Lo parece.

—Estoy intentando no tenerla con una llamada cada cinco minutos.

—Podía haber escrito algo más en el mensaje.

—¿Qué quería que escribiera?

No lo sabía. Eso me irritó todavía más.

—Nada.

—Aitana.

—He dicho nada.

—Lo ha dicho como si fuera todo.

Tomé el café.

—¿Qué ha pasado con Mercier?

—Quiere revisar una cláusula.

—¿La de no tocar rodillas ajenas?

Damián me miró.

—No tiene gracia.

—Un poco sí.

—No.

—Entonces está de mal humor.

—Estoy trabajando.

—Eso siempre parece ponerlo de mal humor.

Damián apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—¿Está enfadada porque no entré?

Me quedé quieta.

—¿Perdón?

—La puerta estaba abierta.

—Eso no significaba nada.

—Claro.

—No use ese tono.

—¿Qué tono?

—Ese.

—No sé cuál es ese.

—El de hombre que se cree irresistible.

Damián soltó una risa baja.

—No me creo irresistible.

—Eso es lo menos creíble que ha dicho desde que nos conocimos.

—No entré porque había dicho que quería parar.

—Después volví a besarlo.

—Sí.

—Y dejé la puerta abierta.

—También.

—Entonces...

Me detuve. Damián esperó.

—Entonces nada.

—Exactamente.

Lo miré.

—Es insoportable.

—Eso no es nuevo.

—Podía haber entrado.

—Podía.

—¿Y por qué no lo hizo?

Damián sostuvo mi mirada.

—Porque no quería que esta mañana pensara que me aproveché de una duda.

La respuesta desarmó todo lo que estaba preparada para decir.

—No habría pensado eso.

—No estaba seguro.

—Pues podía haber preguntado.

—Ya había preguntado demasiado.

—Eso es verdad.

Una sombra de sonrisa apareció en su boca.

—Además, si hubiera entrado, no habría dormido.

—Eso suena bastante seguro.

—Lo es.

Sentí calor en la cara.¡ Miré el café.

—Sigue siendo arrogante.

—No en esto.

—Especialmente en esto.

Damián tomó un trozo de pan.

—Esta noche volveremos a Madrid.

—¿Y la gala?

—Terminó.

—Pensaba que habría otra reunión.

—La habrá por videollamada.

—¿Entonces podemos volver antes?

—Sí.

—Bien.

La palabra salió demasiado rápida. Damián lo notó.

—¿Echa de menos el hotel?

—Sí.

—¿Solo el hotel?

—¿Qué más iba a echar de menos?

—No lo sé. Su cama. Lucía. El ascensor demoníaco.

—El ascensor tiene personalidad.

—Tiene una avería.

—Eso también es personalidad.

Terminamos de desayunar. A las ocho, bajamos al coche. La prensa seguía frente al hotel.

Damián colocó una mano en mi espalda. El gesto ya no parecía parte del contrato. Ese era el problema.

—¿Beso? —preguntó en voz baja.

Lo miré.

—¿Siempre va a preguntarlo?

—Hasta que me diga que no hace falta.

—No va a ocurrir.

—Entonces sí.

—Uno breve.

—Como ayer.

—El de ayer no fue breve.

—El primero sí.

—Está contando demasiado.

—Recuerdo bien.

Sonreí sin querer. Damián me besó frente a las cámaras. Fue breve. Correcto. Y aun así, cuando se apartó, su pulgar rozó mi mejilla. Un gesto pequeño. Demasiado íntimo para una fotografía.

Entramos en el coche.

—Eso no era necesario —dije.

—¿Qué cosa?

—La mejilla.

—No sé de qué habla.

—Claro.

El coche nos llevó al aeropuerto. En el avión, Damián trabajó durante casi todo el vuelo. Yo revisé correos del hotel. Las reparaciones habían empezado.

El seguro seguía discutiendo una parte de los daños, pero la empresa contratada por Blake Hospitality ya había sustituido el techo de la recepción y revisado las tuberías.

Lucía había enviado fotografías. Todo parecía demasiado rápido. Demasiado fácil. Escribí:

¿Han firmado algo sin consultarme?

La respuesta llegó enseguida.

No. Estoy vigilando a tus nuevos amigos ricos.

No son mis amigos. Uno te besa como si quisiera comerte. Eso supera la amistad. Bloqueé el teléfono.

Damián levantó la mirada.

—¿Problemas?

—Lucía.

—Eso no responde.

—Entonces sí.

—¿Qué ha dicho?

—Nada que vaya a repetir.

—Ahora quiero saberlo.

—Sobrevivirá.

Damián volvió al portátil. Cinco minutos después, cerró la pantalla.

—Vamos a hablar.

Lo miré.

—¿Ahora?

—No hay llamadas.

—Qué momento tan romántico.

—No estoy intentando ser romántico.

—Eso me tranquiliza.

Damián se sentó frente a mí.

—Lo de anoche no fue un error.

—No he dicho que lo fuera.

—Lo ha pensado.

—Pienso muchas cosas.

—Esa frase es mía.

—La utilizo mejor.

Damián ignoró el comentario.

—No quiero volver a fingir cuando estemos solos.

—Eso ya lo dijo.

—Y usted no respondió.

—Porque no sé qué significa.

—Significa que, en privado, no voy a actuar como si no la deseara.

El aire pareció cambiar dentro del avión.

—Eso ya había quedado bastante claro.

—No solo eso.

—¿Entonces qué?

Damián tardó un segundo.

—Quiero conocerla.

Lo miré.

—Ya ha investigado mi vida.

—No es lo mismo.

—Sabe dónde trabajo, cuánto debo y a qué hora duermo.

—No sé qué la hace reír.

—Usted, a veces.

—Eso lo sé.

—Qué modesto.

—No sé por qué dejó de hablar con su padre durante tres meses el año pasado.

Me tensé.

—Eso no es asunto suyo.

—Exactamente.

—¿Entonces?

—No quiero averiguarlo en un informe.

La respuesta me dejó callada.

—Quiero que me lo cuente si algún día quiere hacerlo —añadió.

Miré por la ventanilla. Las nubes se extendían debajo de nosotros.

—No sé qué espera de mí.

—Nada que no quiera dar.

—Eso no parece usted.

—Empieza a repetirlo demasiado.

—Porque sigue sorprendiéndome.

—Acostúmbrese.

—No quiero.

—Miente mal.

Lo miré. Damián no sonreía.

—¿Y usted? —pregunté.

—¿Qué pasa conmigo?

—¿Va a contarme cosas o solo a hacer preguntas?

—Lo que quiera saber.

—Eso suena a trampa.

—No lo es.

—¿Por qué trabaja tanto?

Damián se recostó.

—Porque sé hacerlo.

—No es una respuesta.

—Es la principal.

—¿Y la verdadera?

Guardó silencio.

—Mi padre perdió el control de la empresa durante el último año de su vida —dijo al fin—. Tomó decisiones malas. Confiaba en personas equivocadas.

—¿Y usted tuvo que arreglarlo?

—Sí.

—¿Cuántos años tenía?

—Veintinueve.

—Eso es demasiado joven para cargar con todo.

—No había otra opción.

—Siempre hay otra opción.

Damián me miró.

—Eso lo digo yo.

—Y yo lo utilizo mejor.

Una sonrisa breve apareció en su boca.

—La empresa estuvo cerca de desaparecer.

—Pero no desapareció.

—No.

—Porque usted la salvó.

—Porque despedí a cientos de personas, vendí propiedades y rompí acuerdos que mi padre había firmado.

Su voz se volvió más fría.

—No fue heroico.

—No he dicho que lo fuera.

—La gente siempre lo hace después.

—La gente no suele querer saber qué costó.

Damián apartó la mirada.

—Costó bastante.

El silencio ya no era incómodo. Era otra cosa. Algo más delicado.

—Mi padre se fue cuando yo tenía diecisiete años —dije.

Damián volvió a mirarme.

—No murió. Solo se fue.

No había pensado contarle aquello. Mucho menos en un avión.

—Conoció a otra mujer. Se mudó a Sevilla y decidió que llamar una vez al mes era suficiente para seguir siendo padre.

—No lo era.

—No.

—¿Y ahora?

—Ahora intenta compensarlo dando consejos que nadie le ha pedido.

—Por eso discutieron.

—Quería que vendiera el hotel.

—Entiendo.

—No, no entiende.

—No he dicho que estuviera de acuerdo con él.

Lo miré. Damián sostuvo mi mirada.

—Solo entiendo por qué dejó de hablarle.

—Ah.

—¿Qué?

—Nada.

—Otra vez.

—Pensaba que diría que tenía razón.

—Vender habría sido lo sensato.

—Exactamente.

—Pero no siempre respeto lo sensato.

—Eso sí que no me lo esperaba.

—Usted tampoco parece sensata.

—Gracias.

—Era un cumplido.

—Necesita practicar.

El piloto anunció el descenso. Damián volvió a guardar el portátil.

—Cuando lleguemos, irá al hotel.

—¿Y usted?

—A la oficina.

—Pensaba que volveríamos juntos a la casa.

—¿Quiere hacerlo?

La pregunta llegó demasiado rápido.

—No.

—Entonces irá al hotel.

—No hace falta que suene decepcionado.

—No lo estoy.

—Miente mal.

Damián sonrió.

—Eso también es mío.

Aterrizamos en Madrid poco después del mediodía. Un coche nos esperaba.

Cuando llegamos al Hotel Salvatierra, había obreros entrando y saliendo, parte de la recepción estaba cubierta con plásticos y Lucía daba instrucciones con un casco amarillo que le quedaba enorme.

Bajé antes de que el chófer rodeara el coche.

—Aitana.

Me giré. Damián seguía dentro.

—¿Qué?

—Esta noche cenamos en casa.

—Tengo trabajo.

—Después.

—No sé a qué hora terminaré.

—La esperaré.

—No se acostumbre.

—Esa ya no es suya.

Cerré la puerta. Lucía corrió hacia mí.

—¡Por fin!

Me abrazó. Después miró el coche negro. Damián seguía observándonos a través de la ventanilla.

—¿Qué tal París? —preguntó.

—Bien.

—¿Solo bien?

—Sí.

—Tienes cara de haber tomado malas decisiones.

—Tengo cara de no haber dormido.

—Eso también.

El coche arrancó. Lucía esperó hasta que desapareció.

—¿Te acostaste con él?

—No.

—¿Lo besaste?

—No voy a hablar de esto.

—Eso es un sí.

Entramos en el hotel. Los cambios eran visibles. El techo estaba reparado. El sofá azul había desaparecido. Las paredes de la recepción tenían una capa nueva de pintura.

Me detuve.

—¿Dónde está el sofá?

Lucía señaló el pasillo.

—Lo han retirado.

—¿Quién lo autorizó?

—Estaba empapado.

—Era de mi madre.

—Aitana.

—¿Dónde está?

—En el almacén.

Solté el aire.

—No vuelvan a tocar nada sin preguntarme.

—De acuerdo.

Lucía me observó.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Otra vez esa palabra.

—Estoy cansada.

—No. Estás asustada.

La miré.

—¿De qué?

Lucía señaló la puerta por donde había salido Damián.

—De que él empiece a encajar demasiado bien en todo esto.

No respondí.

Porque el problema no era que Damián estuviera entrando en mi vida.

Era que empezaba a parecerme extraño cuando se iba.