El precio de tentarte Capítulo 12
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Capítulo 12

El ascensor subió en silencio. Damián estaba a mi lado. Demasiado cerca. No me tocaba. Eso era peor.

Había pasado toda la noche poniéndome una mano en la espalda, rodeándome la cintura y acercándose cada vez que aparecía una cámara. Ahora, sin nadie mirando, mantenía una distancia exacta.

Como si esperara. Como si la decisión fuera mía. Las puertas se abrieron. Entramos en la suite. Damián dejó las llaves sobre una mesa.

Yo me quité los pendientes. Uno. Después el otro. No sabía qué hacer con las manos.

—Ha dicho que no aquí —dijo.

Me giré.

—Sí.

—Ya no estamos allí.

—Eso también lo sé.

Damián se quitó la chaqueta. La dejó sobre el respaldo de una silla. No avanzó.

—¿Quiere que me vaya?

—Esta también es su suite.

—Sabe a qué me refiero.

Lo sabía. No respondí. Damián aflojó la corbata.

—Aitana.

—No diga mi nombre así.

—¿Así cómo?

—Como si estuviera intentando convencerme.

—No intento convencerla.

—Entonces, ¿qué hace?

—Esperar.

La palabra me dejó quieta. Damián Blake no parecía un hombre que esperara nada. Mucho menos permiso.

—No es muy bueno en eso —dije.

—Estoy aprendiendo.

—Qué sacrificio.

—No sabe cuánto.

Su mirada bajó a mi boca. Otra vez. Esta vez no había excusas. No había contrato. No había prensa. Yo también miré la suya. Mala idea.

—Esto complicaría todo —dije.

—Ya está complicado.

—Podemos seguir fingiendo que no.

—Usted puede.

—¿Y usted no?

Damián dio un paso hacia mí. Solo uno.

—No quiero.

Mi respiración cambió. Él lo notó. Por supuesto.

—Mañana podemos arrepentirnos —murmuré.

—Mañana podemos hacer muchas cosas.

—Eso no ayuda.

—No estoy intentando ayudar.

—Qué novedad.

Damián sonrió apenas.

—Dígame que me vaya.

La frase volvió a caer entre los dos. Esta vez no había un coche esperando. Ni una puerta abriéndose. Ni flashes.

—No quiero que se vaya.

Lo dije tan bajo que casi no me reconocí. Damián se quedó quieto. Como si necesitara asegurarse de que lo había oído bien.

Después se acercó. Despacio. Mucho más despacio de lo que esperaba de él. Levantó una mano y rozó mi mejilla con los nudillos.

—¿Puedo besarla?

Asentí.

—Dígalo.

—Sí.

Su boca tocó la mía. No se pareció a los besos anteriores. No había prisa. Ni actuación. Ni necesidad de convencer a nadie.

Damián me besó como si llevara días conteniéndose y todavía no estuviera seguro de poder dejar de hacerlo.

Su mano se deslizó hasta mi nuca. La mía terminó en su camisa. Lo acerqué. Eso fue suficiente.

El beso cambió. Se volvió más profundo. Más intenso. Damián rodeó mi cintura y me pegó a su cuerpo.

Sentí el calor atravesar la tela del vestido. El aire desapareció.

También el sentido común. Mi espalda chocó suavemente contra la pared. Damián se apartó apenas.

—¿Está bien?

—Si vuelve a preguntar cada diez segundos, dejará de estarlo.

Una sonrisa rozó su boca.

—Eso es un sí.

—Eso es una queja.

Volvió a besarme. Esta vez sin contenerse tanto. Mi mano subió hasta su cabello.

Tiré apenas. Damián soltó un sonido bajo contra mi boca. Nada dramático.

Lo suficiente para hacerme olvidar que debía respirar. Sus dedos recorrieron mi espalda desnuda. Se detuvieron en la cintura. No bajaron más.

—Tiene demasiado autocontrol —murmuré.

—No tiene idea.

—Otra vez esa frase.

—Sigue siendo verdad.

Lo besé antes de que pudiera añadir nada. No sé cuánto tiempo estuvimos así. Un minuto. Cinco. Demasiado. No lo suficiente.

Damián apoyó la frente contra la mía. Respiraba más fuerte. Yo también.

—Tenemos que parar —dije.

—No quiero.

—Yo tampoco.

—Entonces no paremos.

—Ese no es un argumento.

—Es uno excelente.

Me reí. Damián me miró. De esa forma. La de la fotografía. Solo que esta vez no había fotógrafo.

—No haga eso —dije.

—¿Qué?

—Mirarme como si...

—¿Como si qué?

No terminé.

Damián levantó una mano y apartó un mechón de mi rostro.

—Aitana.

—No.

—Todavía no he dicho nada.

—Lo estaba pensando.

—Pienso muchas cosas.

—Ya lo sé.

La tensión seguía allí. Más fuerte. Pero algo había cambiado. El beso había roto una barrera. No sabía cuál. Tampoco sabía cómo volver a levantarla.

—No voy a acostarme con usted esta noche —dije.

Damián no pareció sorprendido.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí.

—Eso ha sonado demasiado fácil.

—¿Quiere que discuta?

—No.

—Entonces bien.

—No se haga el razonable ahora.

—Estoy intentando no asustarla.

La frase me irritó.

—No me asusta.

Damián arqueó una ceja.

—No de esa forma.

—¿De cuál?

—De la forma en que uno se asusta cuando algo empieza a importar.

Me aparté. No mucho. Lo suficiente.

—No empiece.

—No he empezado nada.

—Acaba de hacerlo.

Damián bajó la mano.

—Tiene razón.

—Otra vez.

—No se acostumbre.

La frase me hizo sonreír. Lo odié.

—Voy a dormir.

—Está bien.

—En mi habitación.

—También está bien.

—Con la puerta cerrada.

Damián sostuvo mi mirada.

—Eso ya no me gusta tanto.

—Sobrevivirá.

Me dirigí hacia el pasillo. Antes de entrar en mi dormitorio, me giré. Damián seguía junto a la pared. Corbata floja. Camisa arrugada. Boca ligeramente enrojecida. Por mi culpa.

La imagen provocó una satisfacción completamente innecesaria.

—Buenas noches —dije.

—Aitana.

—¿Qué?

Damián no sonrió.

—No voy a fingir que esto no ha ocurrido.

Sentí un vuelco.

—No le he pedido que lo haga.

—Mañana no vuelva a decir que todo es mentira.

—El acuerdo lo es.

—Nosotros no.

No supe qué responder. Entré en la habitación. Cerré la puerta. No puse la llave. Otra vez.

Me quité el vestido y me metí en la cama. El teléfono vibró. Un mensaje de Lucía.

¿Qué tal la gala?

Miré la pantalla. Después miré la puerta. Respondí:

Complicada.

La respuesta llegó de inmediato.

¿Lo has besado?

Me quedé inmóvil. No sabía cómo lo hacía. Escribí:

Buenas noches.

Lucía contestó con seis emojis de fuego. Apagué el teléfono. Intenté dormir. No funcionó.

Cada vez que cerraba los ojos, recordaba la boca de Damián. Sus manos. La forma en que había pedido permiso. La forma en que había parado.

Y la frase. Nosotros no.

A las dos de la madrugada, seguía despierta. Me levanté para beber agua. Abrí la puerta. Damián estaba en el salón. Solo. Sentado junto al ventanal. Sin chaqueta. Sin corbata. Con un vaso en la mano.

Se giró al oírme.

—¿No duerme?

—Podría preguntarle lo mismo.

—Yo he preguntado primero.

Entré.

—Tenía sed.

Damián señaló la botella de agua sobre la mesa. Serví un vaso. Él me observaba.

—¿Qué bebe?

—Whisky.

—Pensaba que no perdía el control.

—No lo hago.

—Lleva la camisa abierta.

—Eso no es perder el control.

—Para usted parece bastante cerca.

Damián miró el vaso.

—No debería haberla besado.

La frase me golpeó.

—Ah.

—No porque no quisiera.

—Eso mejora mucho.

—Porque ahora será más difícil.

—¿Qué cosa?

Levantó la mirada.

—Mantener la distancia.

El aire volvió a tensarse.

—Entonces no la mantenga.

No sé por qué lo dije. Tal vez porque estaba cansada. Tal vez porque ya era demasiado tarde para fingir prudencia.

Damián dejó el vaso sobre la mesa. Se levantó.

—Aitana.

—No vuelva a preguntarme si estoy segura.

—Necesito hacerlo.

—Pues hágalo una vez.

Damián caminó hacia mí.

Se detuvo frente a mí.

—¿Está segura?

Lo miré.

—No.

Su expresión cambió.

—Entonces paremos.

—No he dicho que no quiera.

—No es lo mismo.

—Ya lo sé.

—Necesito un sí.

Sentí una mezcla absurda de irritación y algo mucho más peligroso.

—Sí.

Damián me besó. Esta vez no hubo pared. Ni dudas. Ni espacio. Su boca cayó sobre la mía con toda la intensidad que había contenido antes.

Yo rodeé su cuello. Él me levantó apenas del suelo. Lo suficiente para que mi cuerpo chocara contra el suyo. El vaso de agua quedó olvidado sobre la mesa. También el whisky. También París.

Damián me llevó hasta el sofá sin dejar de besarme. Se sentó. Yo quedé sobre sus piernas. La posición me dejó demasiado consciente de todo. De su respiración. De sus manos en mi cintura. De la forma en que me miraba.

—Treinta días —murmuré.

—No hable del contrato ahora.

—Es una mala idea.

—Sí.

—Podemos parar.

—Sí.

Ninguno lo hizo. Damián rozó mi cuello con la boca. Cerré los ojos. Mis dedos se hundieron en su cabello.

—Esto sigue sin significar nada —dije.

Él se detuvo. Levantó la cabeza.

—No vuelva a decir eso.

Su tono había cambiado.

—Damián...

—No voy a pedirle que lo llame amor. Ni relación. Ni futuro.

Su mano permaneció firme en mi cintura.

—Pero no me diga que no significa nada mientras está sentada sobre mí.

Me quedé callada. Tenía razón. Lo odié.

—Es deseo —dije.

—Sí.

—Nada más.

Damián sostuvo mi mirada.

—Por ahora.

La respuesta me puso nerviosa.

—No prometa cosas que no puede cumplir.

—No he prometido nada.

—Ha sonado como si lo hiciera.

—Entonces ha escuchado lo que quería.

Me aparté de sus piernas. Damián no intentó detenerme.

—Esto es exactamente lo que quería evitar.

—Lo sé.

—Mañana tenemos que seguir actuando como si nada.

—No.

—¿No qué?

—No voy a actuar como si nada.

—Entonces, ¿qué propone?

Damián se levantó.

—Que dejemos de mentirnos cuando estamos solos.

La idea era peor que acostarnos. Mucho peor.

—Eso no estaba en el contrato.

—Añádalo.

—No todo se arregla con cláusulas.

—Empiezo a darme cuenta.

Nos quedamos mirándonos. Yo en mitad del salón. Él frente al sofá.

—Buenas noches —dije.

Esta vez mi voz salió más baja.

—Buenas noches.

Volví a mi habitación. Cerré la puerta. No puse la llave. Y mientras regresaba a la cama, entendí que ya no estaba intentando protegerme de Damián. Estaba dejando la puerta abierta para que pudiera entrar.