El precio de tentarte Capítulo 11
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Capítulo 11

La gala se celebraba en el Hôtel de Crillon. Había una alfombra roja, cámaras, invitados vestidos como si fueran a negociar la paz mundial y una cantidad de diamantes capaz de financiar varios países pequeños.

Damián apoyó una mano en mi cintura antes de que bajáramos del coche.

—Recuerde lo que le he dicho.

—No separarme de usted.

—Sí.

—Sigue sonando a orden.

—Entonces considérelo una sugerencia especialmente insistente.

—Eso es una orden con perfume.

El chófer abrió la puerta. Los flashes empezaron inmediatamente. Damián salió primero y me ofreció la mano. La acepté. No porque la necesitara. Porque había veinte cámaras esperando que lo hiciera.

En cuanto puse un pie sobre la alfombra, las voces empezaron a llamarnos.

—¡Damián!

—¡Aitana, por aquí!

—¡Una foto juntos!

—¡Muestren el anillo!

Damián me atrajo hacia él. Yo apoyé una mano en su pecho. La postura ya empezaba a resultarnos demasiado fácil.

—Sonría —murmuró.

—Lo estoy haciendo.

—Parece que piensa en un asesinato.

—Eso también atrae atención.

Damián inclinó la cabeza hacia mí.

—Esta noche no provoque.

—No prometo cosas imposibles.

Los fotógrafos pidieron un beso. Yo lo miré. Él esperó. No hizo nada. Eso era nuevo.

—¿Va a pedir permiso? —pregunté en voz baja.

—Sí.

—Qué progreso.

—¿Puedo besarla?

—Solo uno.

—¿Qué duración tiene uno?

—La que yo decida.

Una sonrisa apareció en su boca.

—Trato hecho.

Me besó. Fue breve. Casi correcto. Lo suficiente para las cámaras. Cuando se apartó, los fotógrafos siguieron gritando.

—Eso ha sido sospechosamente obediente —dije.

—No se acostumbre.

—Otra vez me roba la frase.

Entramos. El salón principal estaba lleno de mesas, flores blancas y gente que parecía conocerse desde siempre. Laurent y Camille nos esperaban junto a la entrada.

Camille me abrazó.

—Estás preciosa.

—Gracias.

—Y él lleva diez minutos mirando a todos los hombres que se acercan.

Miré a Damián.

—¿Ya ha empezado?

—No sé a qué se refiere —dijo.

Camille sonrió.

—Claro que no.

Laurent le estrechó la mano.

—Esta noche celebramos.

—Mañana —respondió Damián—. Cuando el último documento esté registrado.

—Siempre tan alegre.

—Por eso lo invitamos —dije.

Laurent rio. Nos condujeron hacia la mesa principal. Sabrina estaba sentada dos lugares más allá.

La reconocí enseguida. Cabello rubio, vestido rojo y esa clase de belleza que parecía construida para que todas las habitaciones se giraran cuando entraba.

Ella me vio. Después miró a Damián. Su sonrisa fue lenta.

—Qué sorpresa.

—Sabrina —dijo él.

No hubo beso. Ni abrazo. Ni gesto amable. Eso debió de molestarla porque su mirada se endureció apenas.

—Aitana —continuó—. Por fin nos conocemos.

—Eso parece.

Sabrina miró el vestido.

—Muy elegante.

—Gracias.

—Helena siempre hace milagros.

Sonreí.

—No necesitó tanto trabajo.

Damián tosió para ocultar una risa. Sabrina lo miró.

—Sigues teniendo el mismo sentido del humor.

—No sabía que lo tuviera —dije.

—Solo aparece cuando está cómodo.

La frase llevaba intención. No pensaba recogerla.

—Entonces debo de tener mucha suerte.

Damián colocó una mano en mi espalda.

—Vamos a sentarnos.

Sabrina tomó una copa de champán.

—Luego hablaremos.

—No es necesario —respondió él.

Nos alejamos.

—Eso ha sido sutil —murmuré.

—No necesito serlo con ella.

—¿Por qué salieron juntos?

—No vamos a hablar de eso.

—Entonces no debería haberme traído a una gala donde ella lleva rojo como una señal de emergencia.

—No sabía qué vestido usaría.

—Pero sabía que estaría aquí.

—Sí.

Nos sentamos. Damián quedó a mi derecha. Sabrina, frente a nosotros. Perfecto.

Durante el primer plato, la conversación se mantuvo en negocios, fundaciones y proyectos benéficos.

Yo participaba lo suficiente para no parecer decorativa. Sabrina participaba lo suficiente para recordar que estaba allí.

—¿Cuánto tiempo llevan juntos? —preguntó de repente.

Damián ni siquiera levantó la mirada.

—Lo suficiente.

—Esa respuesta siempre significa poco.

—En nuestro caso significa que no es asunto tuyo.

Laurent bajó la vista hacia el plato. Camille bebió vino. Yo respiré despacio.

—No pretendía incomodar —dijo Sabrina.

—Entonces ha fallado —respondí.

Ella me miró.

—Solo me sorprende. Damián nunca habla de su vida privada.

—Tal vez no tenía nada interesante que contar.

Damián me miró de lado. Sabrina sonrió.

—Ahora sí.

—Eso parece.

El segundo plato llegó. Pensé que la conversación había terminado. Me equivoqué.

—¿Ya conoces su casa de Madrid? —preguntó Sabrina.

—Sí.

—Es impresionante.

—Y un poco vacía.

Damián dejó los cubiertos.

—Aitana.

—¿Qué? Es verdad.

Sabrina inclinó la cabeza.

—Nunca me pareció vacía.

—Entonces debió de tener más suerte.

El silencio duró un segundo. No necesitaba preguntar si había estado allí. La respuesta estaba en su cara. Damián se acercó a mi oído.

—No haga esto.

—¿Qué cosa?

—Competir.

Me giré hacia él.

—No compito por algo que no quiero.

Su expresión se cerró.

—Bien.

La palabra sonó demasiado fría. Me arrepentí inmediatamente. No porque fuera mentira. Porque no sabía si lo era.

La cena continuó. Sabrina dejó de preguntar. Damián dejó de hablarme. Eso fue peor.

Al terminar el postre, empezó la subasta benéfica. Un presentador subió al escenario y anunció lotes absurdos: una semana en una villa de Capri, una cena privada con un chef de tres estrellas y un reloj que probablemente costaba más que mi hotel.

—Voy al baño —dije.

Damián me miró.

—La acompaño.

—No hace falta.

—Aitana.

—Está a veinte metros.

—Hay prensa en el pasillo.

—Sé caminar entre periodistas.

Camille intervino.

—Yo voy con ella.

Damián no pareció satisfecho. Aun así, asintió. Salimos del salón. Camille esperó hasta que estuvimos solas.

—No tenías que decir eso.

—¿Qué cosa?

—Que no lo quieres.

—No he dicho eso.

—Casi.

—Estamos fingiendo.

Camille me miró. Demasiado.

—Claro.

—¿Qué significa esa cara?

—Nada.

—Todo el mundo dice nada cuando quiere decir algo.

—Entonces diré algo.

Se detuvo junto a una columna.

—Damián no sabe pedir.

—Eso ya lo he notado.

—Tampoco sabe esperar.

—Eso también.

—Pero contigo está haciendo ambas cosas.

La frase me incomodó.

—No necesito analizarlo.

—No. Necesitas decidir cuánto tiempo vas a seguir fingiendo que esto no te afecta.

—No me afecta.

Camille sonrió.

—Entonces no te habría dolido saber que Sabrina estuvo en su casa.

Me quedé callada.

—No me ha dolido.

—Claro.

—No haga eso.

—¿Qué?

—Hablar como él.

—Tal vez ambos tengamos razón.

Fuimos al baño. Cuando regresamos, Damián ya no estaba en la mesa. Sabrina tampoco. Miré alrededor.

—¿Dónde están? —pregunté.

Laurent señaló hacia una terraza lateral.

—Ella quería hablar con él.

Perfecto. No tenía por qué importarme. El acuerdo era falso. La relación era falsa. El anillo era falso. Todo era falso.

Caminé hacia la terraza. No porque estuviera celosa. Porque Damián había pedido que no me separara de él. Eso era todo.

La puerta de cristal estaba entreabierta. Escuché la voz de Sabrina antes de salir.

—No me creo que vayas a casarte con ella.

—No necesito que lo creas.

—Te conozco.

—Ya no.

—Estuvimos juntos.

—Brevemente.

—No dijiste eso cuando estabas en mi cama.

Me detuve. No debería escuchar. Tampoco debería importarme.

—Eso no cambia nada —dijo Damián.

—Cambia que sé cómo miras cuando quieres a una mujer.

Hubo un silencio.

—Y no la miras como finges delante de las cámaras.

Mi estómago se tensó.

—Vete, Sabrina.

—Solo dime la verdad.

—No te debo ninguna.

—¿Es por Moreau?

Damián no respondió. Sabrina soltó una risa baja.

—Lo sabía.

Empujé la puerta. Los dos se giraron. Sabrina estaba demasiado cerca de él. Damián tenía las manos en los bolsillos. Ni siquiera parecía alterado.

—Aquí estabas —dije.

Su mirada se clavó en mí.

—Te estaba buscando.

—No parecía.

Sabrina sonrió.

—Solo estábamos recordando viejos tiempos.

—Qué bonito.

Damián dio un paso hacia mí.

—Volvamos dentro.

—Todavía no hemos terminado —dijo Sabrina.

—Sí hemos terminado.

Ella me miró.

—Ten cuidado, Aitana. Damián puede hacer que cualquier mentira parezca real.

—Y tú puedes hacer que cualquier advertencia parezca resentimiento.

Su sonrisa desapareció.

—No sabes nada de él.

—Tú tampoco, por lo que parece.

Damián colocó una mano en mi cintura.

—Nos vamos.

—La gala no ha terminado —dije.

—Para nosotros sí.

Sabrina tomó su copa.

—Cuando esto acabe, no digas que nadie te avisó.

Me acerqué un poco más a ella.

—Cuando esto acabe, dudo mucho que recuerde esta conversación.

Damián me condujo hacia la puerta. Atravesamos el salón sin despedirnos. Los fotógrafos nos siguieron hasta la salida. En el coche, el silencio fue insoportable.

Damián miraba por la ventana. Yo miraba mi anillo.

—¿Va a decir algo? —pregunté.

—No.

—Eso es nuevo.

—No quiero discutir.

—Pues no haber desaparecido con ella.

Damián giró la cabeza.

—No desaparecí con ella.

—Se fueron a una terraza.

—Ella me siguió.

—Podía haber vuelto.

—Estaba intentando dejar claro que no volvería a hablar con la prensa.

—Muy heroico.

—No empiece.

—¿Por qué? ¿Le molesta que pregunte?

—Me molesta que actúe como si estuviera celosa y después repita que no quiere nada de esto.

La frase cayó entre los dos.

—No estoy celosa.

—Claro.

—No use ese tono.

—¿Cuál?

—Ese en el que cree saber lo que siento.

Damián se inclinó hacia mí.

—Entonces dígame que no le importó verme con ella.

Abrí la boca. No salió nada.

—Eso pensaba —dijo.

—No significa nada.

—Todo parece no significar nada para usted.

—Porque no puede significar nada.

—¿Por qué?

—Porque tenemos un contrato.

—Lo sé.

—Porque esto termina.

—También lo sé.

—Porque usted no quiere una relación.

—Eso era antes.

Me quedé inmóvil. El coche siguió avanzando.

—¿Antes de qué? —pregunté.

Damián sostuvo mi mirada.

—Antes de usted.

El aire desapareció. No había cámaras. No había inversores. No había nadie esperando una actuación.

—No diga cosas que no piensa —murmuré.

—No suelo hacerlo.

—Ha construido todo esto sobre una mentira.

—No todo.

—Damián.

—El compromiso es falso.

Se acercó un poco más.

—Lo que quiero hacer ahora no lo es.

Su mirada bajó a mi boca.

—¿Y qué quiere hacer?

No sé por qué lo pregunté. Quizá porque estaba cansada de fingir que no lo sabía. Damián levantó una mano. Se detuvo antes de tocarme.

—Besarla sin cámaras.

Mi respiración se volvió lenta.

—Eso rompería las reglas.

—Usted las escribió.

—Precisamente.

—Puede cambiarlas.

—No sé si quiero.

—Miente mal.

El coche se detuvo frente al hotel. El chófer abrió la puerta. Ninguno se movió.

Los flashes empezaron fuera. Damián no apartó la mirada.

—Dígame que no —murmuró.

Podía hacerlo. Debía hacerlo.

—No aquí.

Sus ojos se oscurecieron.

—Eso no es un no.

Salí del coche. Damián salió detrás. Frente a las cámaras, apoyó una mano en mi cintura.

No me besó. Esperó.

Y durante todo el trayecto hasta el ascensor, solo pude pensar en que acababa de aplazar algo que ya no sabía si quería evitar.